Fatima_O
TRADICIONES NAVIDEÑAS
El búnker está helado, aunque no tanto como las miradas que Sam y Dean intercambian al llegar a la puerta. El Impala tiene nieve ensangrentada hasta en los asientos y ellos parecen sacados de un basurero. Ropa hecha jirones, caras cubiertas de mugre y un olor a azufre que sería la envidia de cualquier sauna infernal.
—Bueno, seguimos enteros, ¿no?
Dean sonríe, conformista, mientras arrastra una pierna hacia el interior. La otra le acompaña simplemente porque sigue conectada al resto de su cuerpo.
Por poco, pero enteros.
Sam resopla, mientras se arranca del hombro un pedazo de algo que parece tener tentáculos. Todavía se mueve y no tiene pinta de parar. Decide no preguntar cuánto tiempo lleva eso sobre él. Le molesta que Dean no le haya dicho nada.
Desde dentro, a todo volumen, suena All I want for Christmas is you de Mariah Carey. Retumba por las paredes del búnker como un exorcismo fallido. Aún no han dado con un hechizo efectivo que neutralice el mal gusto musical de Castiel.
—Puto Cas.
Dean gruñe y Sam se encoge de hombros.
Ni siquiera en Navidad pueden tomarse un descanso. Cada año significa más trabajo, menos que celebrar y un nivel de cansancio que haría llorar a un muerto. Sam intenta no odiar unas fiestas en las que se debería respirar paz y reencuentros con la familia, pero cada Navidad el trineo de Papá Noel parece arrastrarse más bajo, tan bajo como su ánimo. Y Dean es la única familia que le queda.
Castiel aparece como salido de la nada, lo que no sería raro si no estuviera intentando mover músculos de esa cara de estatua de mármol para lograr una sonrisa.
Spoiler: no lo logra.
Está de pie, frente a la puerta. Les mira como si llevara toda su inmortalidad esperando un momento así.
—Chicos. Me han dicho que esto es tradición.
Castiel señala hacia arriba con un dedo, mientras habla con cara simplona. Bueno, con su cara habitual y esa solemnidad angelical que a Dean le irrita en el alma.
Sam y Dean levantan la vista lentamente, como si algo les fuese a atacar desde el techo.
—Venga ya, Cas.
Dean protesta y rueda los ojos en cuanto ve una ramita de muérdago estratégicamente colocada sobre sus cabezas. Quiere apartar a Castiel de un empujón y entrar, pero sus piernas no están para heroísmos.
Castiel ni se mueve. Es un ángel-pared.
—Tenéis que besaros, chicos. Es la tradición.
El muy idiota insiste y Dean abre la boca, listo para gritar un ni de coña, pero Sam no le da oportunidad. Se inclina con la gracia de un tronco cayendo y le da un beso a su hermano en la mejilla. Es tan torpe y desastroso que parece un accidente laboral.
—¿Contento?
Sam resopla con resignación. Si le dieran un dólar por cada vez que le gustaría estar en otro maldito lugar, ya tendría suficiente para comprarse una máquina del tiempo y saltarse todas esas fiestas en las que a Dean se lo come la tristeza y a él se lo come la impotencia porque no le puede abrazar sin que se burle.
Mira a Castiel, como si le quisiera pintar un par de alas en la espalda para que salga volando y los deje en paz. Sólo tiene ganas de darse una ducha caliente, meterse en la cama y no levantarse hasta Año Nuevo. Eso sí que sería un buen regalo de Navidad.
Cuando mira a Dean de reojo, sólo por curiosidad, no hay rastro de la sonrisa que esperaba encontrar. Lo que hay es un ceño arrugado y una mano frotándose la mejilla, como si acabara de besarle una babosa gigante.
Su gesto es tan exagerado y grosero que Sam casi puede oír su piel rechinar. La sangre le hierve. Dean está de mierda hasta el cuello, pero parece que lo que más asco le da es un beso totalmente inocente y fraternal que le ha sacado de un aprieto incómodo.
De nada, Dean.
Tendría que haberle dado un puñetazo que lo dejara de calcomanía en la puerta. Así, al muy cretino, le dolería tanto la mandíbula como de seguro le duele todo después de haberse enzarzado con esa cosa con miles de tentáculos. Y de paso, que sintiera lo que es chocar contra algo, como Sam se ha chocado contra el Impala después de haber rodado cuesta abajo, esquivando nieve, tres árboles y hasta una piedra gigante para salvarle el culo. Porque no ha sido un paseo.
—¿Así besa un Winchester?
Dean suena genuinamente indignado, lo que ya es preocupante, pero antes de que Sam pueda decir algo, le agarra del cuello de la chaqueta y lo arrastra hacia él.
No hay tiempo para protestas, disculpas o palabras. Lo que hay es un beso directo a la boca de Sam, tan jodidamente caliente que podría derretir toda la nieve de fuera. Lleno de lengua, saliva y unas ganas de quedarse sin aire que aterran. Es tan apasionado que hasta a Mariah Carey le sale un gallo y Sam emite un hmmm involuntario al corresponderle y no precisamente por inercia. No. No hay nada de inercia ni de inerte en sus manos cuando engancha a Dean de los bolsillos traseros del vaquero y le sigue besando como si quisiera que el mundo se detuviera e hiciera una reverencia.
Castiel parpadea, desconcertado y perplejo cuando Sam se separa de su hermano. Y Dean sonríe como si acabara de abrir su regalo de Navidad. Le importa una mierda que Mariah Carey siga cantando de fondo cuando se ha besado con su hermano como si estuvieran en el maldito videoclip de November rain de Guns N' Roses. Hasta espera que Castiel les tire arroz o algo así al terminar.
—No pienses que a ti te voy a besar igual, Cas.
Dean camina hacia la cocina con un nuevo objetivo.
—¿Alguien quiere una cerveza?
Castiel sigue congelado, con cara de los humanos son raros. Una cerveza no estaría mal.
Pero tiene que cogerla él mismo. Dean no se la da.
Sam se lleva una mano a la boca para que el beso no se escape de sus labios y con la otra coge la cerveza que Dean le ofrece, sólo porque sus manos responden automáticamente. No la abre y no porque no le apetezca beber junto a Dean después de una cacería. No quiere que ningún sabor se lleve ese beso por delante. Sacude la cabeza, murmura algo que no se entiende ni en enoquiano y hace lo más sensato que podría hacer alguien de su tamaño. Sentarse ante la amenaza de un desmayo.
—Oye, Cas —Dean le da un trago a la cerveza con una despreocupación que roza lo ridículo—. Encárgate de empapelar todo el búnker con esa hierba. Para respetar las tradiciones navideñas.
Dean se lo pide sin rastro de culpabilidad. Un favor que suena más a una misión que a una tarea. Le parece completamente normal.
Va a ser divertido ver a un ángel cubriendo todo con muérdago. Pero no tanto como besar a su hermano en cada maldito rincón del búnker, por todas las navidades en las que se quedó con ganas de hacerlo. Navidades en las que no podía ni justificar un abrazo, impensable un beso.
Sam abre la cerveza. Ahora sí que la necesita. Quiere tomarse algo antes de salir con Castiel a recolectar todo el muérdago del planeta hasta que nadie más que Dean y él se puedan besar.
Ojalá todos los días pudieran besarse, sin esperar a que el calendario y un ángel-pared les dieran la excusa perfecta.
Ojalá todos los días fueran Navidad.
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