Fatima_O
Dean no tiene ni puta idea.
Un motel en Texas, una habitación hortera, un fantasma que ¡sorpresa! no existe.
Sam sólo necesita una excusa para que Dean deje de ponerlas.
DEBERÍAS SABER ALGO
Sam pestañea un par de veces. Tres. Diez. Sacude la cabeza otras tantas. No está alucinando. La habitación del motel es completamente real, más que nada porque tiene que agachar la cabeza -aún más- al pasar por la puerta para que un globo en forma de corazón no se le quede pegado a la frente.
—¿Qué dices que se aparece aquí, Sammy? ¿El fantasma de una Barbie decapitada por una cría psicópata?
Y encima, la puerta no cierra.
Sam carraspea. No puede echarle la culpa a nadie. Hospedarse en ese sitio es todo mérito suyo.
Desde lo que no pasó en Yachats, Oregón, supo que tenía que hacer algo.
Algo. Lo que fuera. Encontrar un caso que encajara con sus necesidades.
No encontró ninguno.
Pero cuando uno tiene una mente brillante y no encuentra lo que busca, siempre puede inventárselo.
***
Septiembre arrastra sus días con la sed agrietada de un desierto en Texas. Hace millas que el paisaje cruje y el verano se resiste a dejar de morder el pasto seco.
Están en el motel Love Ranch, en algún punto perdido de la I-35, donde el horizonte es una bóveda de latón ardiente en la que el polvo y el tiempo pesan lo mismo.
Dean se ha empeñado en comprarse un sombrero de cowboy que ha visto de camino, cuando han parado a por munición, y Sam le ha gruñido no vamos de rodeo.
Bueno. Tampoco van a cazar nada para la cantidad de balas que han cargado en el maletero. Pero eso Dean no lo sabe, claro.
Sam le ha dejado quedarse el sombrero. Verle con él le despierta unas ganas inaguantables de que le cabalgue hasta el amanecer. Las espuelas, no. No quiere acabar con agujeros en sitios donde no debería tenerlos.
***
Sam bufa, resignado. En las fotos, el motel le parecía apropiado. En persona es imperdonable.
La habitación es de una rosa criminal. Cupido ha vomitado corazones por todas partes. Hay pétalos esparcidos hasta en la maldita cisterna del váter.
—Estás tardando en quitar esa música, Sam.
Dean deja caer el petate en la única cama que hay y tira el sombrero al lado. Hace una mueca de asco.
Unchained melody de los Righteous Brothers suena desde un altavoz integrado en el cabecero. Dean no se siente como Demi Moore en Ghost. Ni de coña. Aunque le dan ganas de aplastar la habitación como si fuera barro, mientras espera la llegada de ese fantasma con el que Sam no ha parado de dar por culo. Tenemos que cazarlo, Dean. Es nuestro trabajo. Le ha dado el coñazo durante todo el viaje, especialmente después de que una camarera con una minifalda que gritaba Yeehaw le invitara a un trozo de tarta de nueces pecanas.
—Joder, ni el Infierno me torturaban con esto.
Dean admira el atentado contra su virilidad, mientras su hermano camina a gatas por la cama para toquetear un montón de botones del cabecero.
—Sam, ¿qué coño haces?
Dean no puede evitar mirarle el culo con la misma desesperación con la que un perro hambriento mira cómo su dueño rebaña el plato.
—Empezar sin ti —Sam lo dice tan bajito que casi es un pensamiento, pero es lo que hay, lleva tres pueblos preparando un caso completamente necesario—. ¿Tú qué crees, Dean?
Sam sube la música sin querer. No atina con el botón. Como tarde mucho, Dean va a apagarla a tiros antes de que se le piquen los dientes y se le caiga la polla a pedazos.
Woah, my love, my darling.
I've hungered, hungered for your touch. A long, lonely time.
Hay canciones y canciones. Y luego están las enfermedades terminales.
Sam se rinde con el cabecero. Ha conseguido bajar el volumen a cambio de clavarse tres astillas. Se cruza de brazos, sentado en el borde de la cama, y mira a Dean como si le viera por primera vez. No al Dean de los chistes malos, las armas y la fachada de tipo duro que caza demonios antes del desayuno, sino al que se esconde tras esas miradas de cristal que se hacen añicos y no es capaz de enfrentarse a lo que siente.
Decidido. Va a seguir adelante con el plan. Ya está bien de que ese imbécil ligue con cualquiera -con la camarera, con la recepcionista, con una maldita valla publicitaria- cuando es un secreto a voces que quiere tirarse a su propio hermano.
Dean se mira en el espejo del baño, pero no se ve. No reconoce a ese tío nervioso que suda y al que le tiemblan las manos tanto como las pupilas.
—Sam. Sé que hemos quedado en hacer de señuelos, pero no te voy a be…
A Dean el verbo se le atasca en la garganta porque es un verbo que ha practicado muchas veces, pero nunca con su hermano.
—…y menos mientras suena esta mierda romántica…
La canción se le atraganta aún más cuando sale del baño y mira el cabecero, como si lo desafiara a un duelo.
—…en esta puta habitación que me da urticaria.
Dean mira la colcha, las paredes, las cortinas, la colcha otra vez. Cristo bendito, la colcha. Retuerce la mirada en esa tragedia de satén. Decide no apartar la vista de Sam porque la habitación es un chicle de fresa con purpurina, aunque su hermano es lo único que realmente se le queda pegado a los ojos.
—No sé por qué la gente quiere follar aquí. Sería como follar con muñecas.
Ante ese comentario, Sam se mira de arriba a abajo para comprobar que no se ha vuelto de plástico.
Dean a veces no se da cuenta de que su lenguaje corporal es un maldito chivato. Se muerde el labio con descaro y deja la vista enganchada en el borde de la camisa de su hermano, como si se la pudiera arrancar con los ojos. Su resistencia diaria es agotadora.
Y Sam está cansado de esa resistencia. Tanto como de la propia.
Quiere -necesita- que Dean le folle como a un muñeco articulado. Ya no aguanta más fingir que es de plástico y tiene ojos de cristal.
Por tercera vez, Dean pasa el detector de presencias por cada rincón de la habitación y, como es lógico, no capta ninguna anomalía.
—Debe estar averiado, Dean.
Sam le quita el aparato de las manos. Se alegra de que ese trasto detecte fantasmas, no mentiras.
—¿Cómo se supone que atraemos a ese cabrón?
Dean se pasa la mano por el pelo una y otra vez. Después da vueltas por toda la habitación, levantando una polvareda de pétalos con los pies.
Sam resopla. Le empieza a doler la mandíbula de tenerla tan apretada y tiene calor. Porque hace calor. El aire es espeso como jarabe y el olor de su plan se mezcla con el olor a rosas de la habitación y del aftershave de su hermano cada vez que pasa cerca de él.
—Aparece cuando hay parejas en la habitación, ya sabes, Dean, intimando. ¿Estás preparado ya o vas a seguir arando la moqueta para plantar algo?
Una burla y más presión. Justo lo que Dean necesita.
—Nací preparado, listillo.
Fanfarronea.
Le pareció un caso fácil cuando Sam se lo planteó. Alojarse en el motel, esperar a que el puto fantasma voyerista apareciera, acabar con él y largarse al siguiente pueblo. Pero cuando Sam soltó un quizá deberíamos provocarle un poco, algo en el estómago le hizo crack. Se le paró la sangre, se le secó la boca y todo lo que creía tener bajo control echaba humo y olía a gasolina.
No es que no haya imaginado besar a Sam alguna vez.
Una vez. Hace años. En Massachusetts. Una bruja de Salem le lanzó un hechizo que le hizo decir cosas. Cosas como quiero besarte hasta romperte la lengua, Sammy. Lo más incómodo no fue que Sam lo escuchara. Aunque John no dijo ni media palabra. Luego actuó como si esa puta frase no doliera tanto como el billete que Sam compró para largarse a Stanford.
Fue culpa de una bruja.
Bueno. Tal vez fueran dos veces. En Deadwood, Dakota del Sur. Bebió tanto que al despertar en el motel tenía la nariz enterrada en el cuello de Sam y una pierna estratégicamente acomodada entre las suyas. Suerte que John no estaba. Su instinto le dijo que moverse sería un crimen, pero tuvo que hacerlo antes de que Sam se levantara. No recuerda bien qué pasó, pero sí que tuvo la clase de sueños en los que uno despierta con la sensación de haber dejado preñados a sus calzoncillos.
Fue culpa del alcohol.
Y luego estuvo lo de Yachats. Un pueblecito costero con olor a salitre y a madera mojada. Era un caso sencillo. Un par de turistas desaparecidos, una historia sobre un marinero ahogado. Lo resolvieron en una noche. Sal en las botas y calados hasta los huesos hasta dar con un astrolabio maldito cerca del acantilado. No sólo pensó en besarle. Casi lo hizo.
—No sé por qué demonios ese chisme se llama astrolabio. Yo sí que tengo astrolabios. Mis besos pueden ser viajes astrales.
Nunca sus labios estuvieron tan cerca de ser lo que prometían.
Habían encendido una hoguera para destruir el astrolabio. Las llamas no eran lo único que calentaba sus cuerpos. Se quedó inmóvil cuando sintió la mano de Sam apoyada en su rodilla. Su aliento le quemaba los labios.
—¿Es una invi-ta-ción pa-ra com-pro-bar-lo?
Sam rozó su boca con cada sílaba, mientras su mano trepaba por el muslo. Sintió el peso de todas las veces en las que su hermano -mihermanomihermanomiputohermano- olvidaba que lo era, cuando las distancias se hacían peligrosamente cortas y las manos, como siempre, se volvían increíblemente largas.
No fue culpa de una bruja.
No fue culpa del alcohol.
John no estaba ni se le esperaba.
No tenía excusas.
Se apartó.
Quizá ha imaginado besarle más veces de las que se atreve a admitir, en más lugares de los que puede recordar. Es un deseo que le ha erosionado a lo largo de los años, a veces como un torrente, a veces con la suavidad de la niebla tragándose la costa.
La voz cálida y suave de Ray LaMontagne palpita en la habitación y convierte Unchained melody en un recuerdo mientras otro golpea la memoria de Dean.
I could hold you in my arms. I could hold you forever.
And I could hold you in my arms. Oh, I could hold you forever.
Le gusta Hold you in my arms. Le gusta y le duele a rabiar. Pero no lo va a reconocer delante de Sam. Es la canción que llevaba puesta en el Impala antes de llegar a Stanford, con la mejor excusa del mundo para volver a verle. Al ver a Jessica, todas las estrofas que había tarareado en el coche quedaron pisoteadas en algún lugar entre su ilusión y el pedal de freno. Su conciencia le devolvió a puñetazos esa culpa de mihermanomihermanomiputohermano que había estado intentando arrancarse a pellizcos durante años.
—Dean.
La voz de Sam le hace volver a la realidad.
—Oye, tal vez el fantasma piense que somos pareja si nos ponemos a jugar al strip póker, Sammy. Te dejo ganar una mano o dos.
Una mano o dos. Con eso Sam no tiene ni para empezar. Necesitaría muchas más para dejar a Dean como realmente lo quiere. Sin escapatoria.
—El fantasma no es estúpido, Dean. Lleva aquí décadas. Necesitamos que sea algo más convincente.
Sam intenta sonar paciente, pero como Dean diga media tontería más le va a estampar contra la pared para besarle hasta que sea parte del papel pintado.
—¿Convincente? ¿Cómo de convincente, Sammy?
La voz de Dean suena como si se hubiera pillado las pelotas con la cremallera.
Sam se acerca lentamente y le acorrala contra la pared. Toda la presencia de Dean se reduce a un meep ahogado ante un Sam que, de pronto, mide como dos millones de metros cuando apoya la mano junto a la cabeza de Dean. Puede sentir el calor que desprende su cuerpo y ese olor a cuero, a aftershave y a pólvora que nunca parece abandonarlo.
—Muy convincente.
Sam susurra contra su oreja y se retira lo justo para mirar cómo la nuez de Dean sube y baja cuando traga saliva, cómo batea las pestañas para apartar la bruma de ese pudo haber sido y no fue en Yachats. No quiere fallar otra vez.
—Oh.
Dean mira los labios de Sam, como si estuvieran imantados.
OH.
Y sus ojos se vuelven metálicos.
—Si tienes algún problema, puedo llamar a la recepcionista.
Sam lo suelta con una sonrisa que raya la crueldad, mientras Dean palidece de golpe ante la amenaza y le clava esa mirada asustada, hambrienta, salvaje.
—¡No me jodas, Sam! ¡No ponemos a nadie en peligro! Además, me miraba más a mí.
Dean suena indignado, ofendido, rabioso, celoso. Arruga el ceño y nota cómo la sangre le hierve sólo de imaginar a esa chica tocando un solo pelo de su hermano. Ese mismo pelo en que está metiendo los dedos para marcarle con su olor como si fuera un animal.
—¿Estás seguro de eso, Dean? Me pareció que yo era más su tipo.
Y si no era su tipo, ¿qué más da? Su hermano le pone a mil cuando saca su lado posesivo y sólo actúa por instinto.
Dean le agarra de la camisa con más fuerza de la necesaria.
Sí, sólo actúa por instinto.
—Yo soy un profesional en…
Dean se pasa la lengua por los labios con una desesperación casi dolorosa para no quedarse atrapado en su propio discurso, mientras Sam sigue el movimiento, hipnotizado.
—¿Qué coño estaba diciendo?
—Estabas a punto de besarme.
Sam se acerca hasta que casi puede saborear el aliento de Dean y las pecas de su nariz se vuelven galaxias dispersas.
Dean se humedece los labios otra vez y Sam sigue el rastro de su saliva como buen cazador. Siente que la bestia que lleva dentro va a desgarrarle las tripas si no le besa ya.
—Sólo dame un puto segundo para…
Dean pide un segundo y Sam borra la distancia en una milésima.
Lo siguiente son narices que chocan, labios que resbalan, lenguas que se enredan y manos que no saben dónde agarrarse.
Dean besa como pelea, todo intensidad y pasión mal contenida. Y Sam le responde con la misma urgencia porque, cuando Dean gime contra su boca, el sonido va directo a partes de su cuerpo que no deberían reaccionar así con su hermano. Pero eso le importa lo mismo que le importa el suelo a un meteorito.
Cuando se separan, Dean tiene los labios hinchados, los ojos vidriosos y la camiseta pegada al cuerpo de la forma más injusta posible. Es la cosa más obscenamente hermosa que Sam ha visto nunca.
—Ha sido... ha sido…
Dean jadea contra su boca. Joder, jadea. Y a Sam se le va todo el oxígeno del cerebro cuando pega la frente a la suya. El corazón le golpea las costillas como si fueran simples astillas.
—¿Convincente?
La palabra convincente nunca sonó tan convincente. Sam arrastra cada sílaba como arrastra los dedos por los costados del cuerpo de Dean.
Dean se estremece al contacto. Tiene una erección monstruosa, la camiseta empapada en sudor y toda la sangre agolpada en la entrepierna.
—¿Quieres que te demuestre hasta qué punto puedo ser convincente?
Antes de que Sam termine de proponérselo, Dean se engancha a sus labios y jura por Dios que no va a soltarse hasta tener la conciencia más sucia que el rosa de la habitación.
Un segundo y Sam le tiene contra el armario. Dean nota el golpe seco en la espalda. Sam está encima, literalmente encima, una mole de músculos tensos que arden y derriten su piel como cera. Jadea un Sammy entrecortado entre mil palabras que no llegan a su lengua porque su hermano le besa mientras le agarra del culo y se frota contra él, sudado, caliente, empalmado, desesperado, con una agresividad que hace dóciles a los caimanes.
Y Dean se deja hacer.
Claro que se deja hacer.
Sólo un gilipollas no sabría que cuando te muerde un caimán lo más sensato no es poner resistencia, sino girar con él.
Así que giran.
Giran a golpes, a empujones, a mordiscos. Dean tira de su camisa con tanta fuerza que escucha saltar un botón. Dos botones. Tres. Le importa una mierda. Sam gruñe, le muerde, le besa y Dean está tan jodidamente empalmado que duele. Masculla un mierda que apenas se entiende y echa hacia atrás la cabeza cuando Sam rueda la boca hasta su clavícula. Sus dientes, su lengua, sus manos, su impaciencia, todo le quema como si llevara la piel del revés. Clava sus dedos en la cintura de Sam para borrar las huellas de manos, de caminos, de pasados que ya no son de nadie y reclama a toda costa.
Sam le empuja hacia adelante, buscando más fricción, y le abre la cremallera de los vaqueros para meterle la mano dentro de los calzoncillos.
Dean siente su mano tan caliente que se olvida de cómo se habla, de cómo se piensa, de cómo se respira. Se apoya en su boca cuando Sam aprieta cada vez más fuerte, más rápido, de arriba a abajo y sin demasiada paciencia. Piensa un joder, joder, JODER, o tal vez lo mastica antes de apartarle la mano y deshacerse en un no quiero correrme antes de metértela.
—Dean. Deberías saber algo.
Hay pocas cosas que Dean quiere saber y menos en ese momento. Baja la mirada a la mano de Sam, aprieta su muñeca y, antes de terminar de agonizar un ¿No quieres, Sammy?, recibe una ráfaga de sí, sí, sí disparada contra su boca.
Dean le arranca la ropa y Sam le saca los vaqueros a empujones, mientras sus bocas se estrellan contra cualquier parte de sus pieles. Se lamen consumidos por el ansia, gimen sus nombres como ecos en carne viva, se masturban el uno al otro como animales.
Dean no puede más. Le empuja bruscamente y los dos caen sobre la cama. Sam encima, entre sus piernas, contra su vientre. El calor, el roce, el peso de su cuerpo, desnudo, caliente, duro, sudoroso. Es demasiado. Pero no es suficiente.
Dice Sam,Sammy,Dios,Sam y no puede ni formar una frase porque Sam le agarra la cara con ambas manos y le mete la lengua en la boca como si quisiera robarle el alma.
Sólo hay Sam, Sam, Sam. Sus labios, su lengua, su cuello, su polla, sus manos, su espalda, respirando como una fiera.
—Sam.
—Qué.
—¿Arriba o abajo?
—Dentro.
La orden de Sam le atraviesa como un rayo. Dean se levanta de la cama, le agarra de los muslos y no deja que Sam se dé la vuelta. Ni siquiera apagar la luz. No quiere follárselo a oscuras y menos de espaldas como a una vulgar camarera. Quiere mirarle mientras gime, mientras jadea, mientras le besa, mientras se retuerce y se contrae y suda y arruga los dedos de los pies al correrse. Quiere, por Dios, cómo lo quiere, que sea la primera vez de tantas que los dos acaben por perder la cuenta.
You can leave your hat on empieza a sonar con esa voz rasposa con la que Joe Cocker rasga el aire y sube de golpe la temperatura.
Sam toma la canción como una propuesta. Agarra el sombrero de cowboy que Dean ha dejado tirado en la cama y se lo coloca a su hermano en la cabeza, como si estuviera coronando a un rey ante el que se rinde con esa mirada de hazme lo que quieras.
Dean nota la sangre más densa, el aire como gasolina. Y empieza a rebuscar algo en la mochila, ni él mismo sabe qué.
—¿Qué haces, Dean?
—No tengo.
No tiene. Desde luego que Dean no tiene lubricante igual que no tiene paciencia ni ganas de hacerle esperar. Pero revuelve la mochila como si todo fuera a aparecer por arte de magia.
Balas, crucifijos, vendas, agua bendita. Cosas que ahora mismo no necesita.
—No tienes ¿qué, Dean?
Navaja, sal, linterna, aceite de armas.
Ummm.
El aceite podría valer. Porque Dean se está quedando sin saliva y con algo tiene que lubricar su arma.
Y porque tiene a Sam impaciente, tumbado al borde de la cama, con los muslos separados, la entrepierna palpitante y las manos agarradas a esa colcha de satén como si fueran las rejas que los separan del Infierno.
—Yo tengo, Dean.
Sam estira el brazo no sabe cómo y saca un bote de lubricante de Dean no sabe dónde.
A las cacerías se va armado.
Y Dean acaba de caer. Ese cabrón retorcido que tiene por hermano ha planeado algo tan enrevesado como inventarse un caso para echar un polvo con él.
Una mierda iba a llamar a la recepcionista.
Dean le sujeta las caderas con fuerza después de que dos de sus dedos recorran varias veces ese camino que Sam llama dentro. Tantea. Restriega. Empuja. Entra. Sam es fuego, es hambre, es ansia y lo siente tan caliente, tan apretado, tan increíblemente estrecho que tiene que cerrar los ojos para no correrse de inmediato.
Sam jadea un no pares, como si a Dean se le hubiera pasado remotamente esa idea por la cabeza, mientras le clava las uñas en la espalda. Hunde la cara en su hombro. Se arquea. Le besa. Le derrite esa mirada bajo el ala del sombrero, mientras Dean le impide tocarse y le empuja más rápido, más adentro, más y más y más fuerte.
—¿Así, Sammy?
Dean duda hasta de su propia existencia. Follar es casi mecánico, lo ha hecho un montón de veces, pero con Sam se siente un principiante. No es una camarera. No es una recepcionista. No es alguien a quien dejar atrás en el siguiente pueblo sin sentir plomo en las botas, barro en la mirada y un agujero en el pecho.
Sam no puede ni hablar. Sólo siente. Lo siente hasta en la puta médula. Lo siente en cada embestida, en la forma en que Dean le agarra, le toca, le empotra, le folla.
Y es perfecto.
Sencillamente perfecto.
Es Dean. Absolutamente suyo.
—¿Es esto lo que querías?
Sam sigue sin responder. Sólo hay piel chocando, sudor, gemidos y besos que no atinan con su boca.
—Dímelo, Sam.
Dean le muerde el cuello, le devora a besos, le sujeta las piernas, se ahoga en sacudidas antes de que el orgasmo surja desde un lugar más profundo que su estómago. Siente que la voz rota de Sam se le clava directa en los sesos cuando le oye gemir sí, así, sigue, joder, es lo que quiero, loquierotequieroDean a la vez que se corre de golpe, los ojos en blanco, el cuerpo temblando como si se fuera a romper.
Y Dean se corre con él.
Tarda unos segundos en procesar lo que Sam le ha dicho sin frenos y con una herida desgarradora en la voz. Y no puede más que mirarle desconcertado mientras sigue dentro de él.
El mundo entero se reduce a una habitación rosa. Sam en sus brazos, aún encajado, jadeando, salado, brillante, sucio, oliendo a sexo y a sudor y a semen mientras le besa la mandíbula con una descoordinación orgásmica.
Y es perfecto.
Sencillamente perfecto.
Es Sam. Absolutamente suyo.
—Deberías saber algo.
Sam lo murmura con la voz espesa aún por el orgasmo y los labios pegados a la oreja de su hermano, derritiéndose como miel. Siente que su cuerpo sigue demasiado caliente, demasiado pesado, y se abraza a Dean como si quisiera hundirse en el colchón para siempre con él. Apoya la frente en su sien y Dean nota que su sudor se filtra hasta en sus pensamientos, esa humedad de su aliento que se derrama en su cuello y le cala hasta el alma.
—Ya lo sé, Sammy. No hay ningún fantasma. No soy gilipollas.
Dean no suena ni ligeramente enfadado. Está aliviado. Siente su piel contra la de Sam, el peso de su brazo, su respiración, esa sensación de pertenencia. Le gusta. Le gusta y lo necesita. Siempre le ha parecido más fácil vestirse rápido y largarse aún más rápido, con la camiseta arrugada y la conciencia tranquila. Es la primera vez que quiere quedarse después de echar un polvo.
A la mierda si es un problema para su conciencia porque ni de coña se va poner a buscar su camiseta.
—¿Cuándo te has dado cuenta?
Sam se lo pregunta con esa mirada afilada en la que entrecierra los ojos para arrancarle la verdad.
Dean se queda callado. Pasa los dedos por el borde del sombrero, mientras fija la vista en ese punto de su cadera donde su piel y la de Sam son 15 años de prisión y una multa de 10.000 dólares en el maldito Texas.
Vale cada jodido centavo y hasta la puta horca.
Ya sospechaba que no había ningún fantasma antes de que Sam le despejara todas las dudas al sacar el lubricante, pero el hecho de que le haya soltado un “te quiero” mientras se corría ya ha sido pasarse de convincente.
—¿Ibas a decirle a la recepcionista lo mismo que me has dicho a mí al correrte?
Dean elige la pregunta como elige el calibre de sus balas. Respira, apunta, busca el daño, el que hiere pero no mata. Su voz pierde la chulería habitual. Suena a Texas, a pelis del Oeste, a pasos firmes en tierra seca, los ojos fijos, las manos en las pistolas, esperando que Sam no sea el primero en disparar.
Sam ni siquiera parpadea. Apoya la cabeza en el brazo y el brazo en la almohada. Se limita a mirarle como si no hubiera otra respuesta correcta.
—Exactamente lo mismo.
Y luego le besa. Le besa como si tuviera todo el tiempo del mundo para aprenderse el sabor de su lengua.
—Dime, ¿por qué no iba a decirle a la recepcionista que te quiero, Dean?
Sam también elige el calibre de sus balas. Respira, apunta, busca el daño, el que hiere, el que mata. Sin piedad. Un balazo directo al pecho.
Dean siente el impacto devastador de ese “te quiero” de nuevo. Esa presión de los dedos de Sam sobre su pecho. Esa mirada que huele a pólvora y a sangre y a un montón de habitaciones con dos camas. Habitaciones donde los pétalos eran negros, la música estaba mutilada, el rosa olía a podrido y Cupido se había clavado todas sus flechas torcidas en el corazón.
Se quita el sombrero -metafórica y literalmente hablando- y se lo encaja a Sam en la cabeza. Después le mira como si fuera la cosa más sexy que ha visto en su vida.
Lo es.
Tiene el pelo revuelto y empapado, su piel resbala por el sudor y sus labios brillan por los restos de saliva. Está gloriosamente desnudo y sonriendo como no debería sonreír alguien tan perversamente guapo y jodidamente grande y Dios, Sammy, joder. Le dan ganas de gritar mihermanomihermanomiputohermano bajo un calabobos de “te quieros” para que todo Texas se entere de lo orgulloso que está de serlo.
—¿Quieres montarme, vaquero?
Dean se lo propone con esa media sonrisa que a Sam le desarma por completo.
Que sean 15 años más de cárcel y un maldito camión blindado hasta arriba de billetes si alguien se atreve a pasar por esa puerta que no cierra.
—Si tienes algún problema, puedo llamar a la recepcionista.
Dean se la devuelve con un rencor que aún le burbujea, se impacienta. Está sonando Smooth de Santana y la guitarra le lame como la lengua caliente de Sam se está entreteniendo en lamer su abdomen.
Al final se va a encariñar del puto cabecero.
—Ni se te ocurra, Dean. Somos profesionales, ¿no?
Profesionales y convincentes.
Y lo único que deberían saber es que la música se apaga con la luz. Pero Sam tampoco quiere follárselo a oscuras.
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