martes, 18 de marzo de 2025

Capítulo 1: Interestatal 80 (Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin)

Aquí os comparto el primer capítulo del primer fanfic que escribí. Con la sinopsis, las notas y hasta una portada.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -8 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, John Winchester, Bobby Singer

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Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin
Fatima_O

Sumario:
No llegaron a Las Vegas.
¿Y a quién demonios le importa?
El destino es lo de menos.
Sam y Dean siguen en ruta. Están en la carretera, donde pasa lo que pasa y se queda lo que queda.
De Michigan a Indiana. Muchos estados diferentes. Muchos moteles. Muchas cervezas. Muchas noches. Muchas peleas. Mucho sexo. Muchas mentiras. Y muchas cintas de Led Zeppelin.

Fanfic situado tras el 1x14.

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Notas:
Esta historia llevaba mucho tiempo en mi cabeza. Podría decir muchísimos motivos por los que no la he escrito antes, pero sólo importa el único por el que he decidido hacerlo ahora. Porque nadie más la iba a escribir.

Es mi primer fic y espero que no sea el último.

***

Muchísimas gracias, Irati. Por tu ayuda. Por tu luz inmensa. Por confiar en mí.
Gracias a ti, este fic no ha acabado olvidado en una carpeta de mi ordenador.
Has salvado más que una historia.

***

Sube el volumen. Arrancamos.

I've tried to do all those things the best I can.
No matter how I try, I find my way to the same old jam.
Good times. Bad times.
You know I've had my share.

Good times. Bad times - Led Zeppelin


Sumario:
No llegaron a Las Vegas.
Pero, de todas formas, lo que pasa en la Interestatal 80, se queda en la Interestatal 80.
Lo importante es el viaje, no el destino.

1 - INTERESTATAL 80


 

No llegaron a Las Vegas.

Pero, de todas formas, lo que pasa en la Interestatal 80, se queda en la Interestatal 80.

 

Después de tres días prácticamente mudo, Dean le habla con algo que se aproxima a la naturalidad y suena medio cordial, sólo para dirigirse a Sam de modo estrictamente profesional, comentándole un posible caso que ha encontrado en el periódico.

Periódico: dícese de la excusa en papel que Dean emplea para iniciar una conversación con su hermano y fingir que todo es normal, que está normal, que viva la normalidad.

 

Están en un pueblucho de Wisconsin, en mitad de ninguna parte, tan cerca y a la vez tan lejos de donde partieron, desviados por completo de su ruta hacia Las Vegas.

Ninguno le pregunta al otro por qué razón continúan ahí, pero ya van tres noches consecutivas. Les aterra volver a la carretera por si esa normalidad, tan frágil como falsa que han construido a marchas forzadas, se desmorona bajo las ruedas del Impala.

Dean parece hueco, una carcasa vacía. Apático. No hay chistes. No hay bromas. Ni siquiera miradas asesinas o llenas de reproches. Tampoco hay música. Y eso sí que es alarmante porque Dean no la apaga ni cuando uno de los dos se duerme en el coche, sólo baja considerablemente el volumen.

Lo que sí hay es seriedad y un monstruo llamado silencio que no se puede cazar. Es como si se hubiese muerto de nuevo John Bonham, el baterista de Led Zeppelin, y hubiera que guardar tres días de luto.

Dean duerme en otra habitación. EN OTRA HABITACIÓN.

La primera noche lo hizo en la parte trasera del Impala. Pasó un frío de tres pares de Polo Norte.

A Sam aún le cuesta digerirlo y le da un vuelco el corazón al recordar lo que Dean, con la voz oxidada y el alma en los pies, le pidió al recepcionista del motel.

—Dos habitaciones, por favor.

El timbre de recepción que Dean hizo sonar, antes de soltar aquella sentencia de muerte, fue como escuchar el doblar de las campanas en su propio funeral. Sam se llevó una terrible decepción. Había muerto y no sonó Let it be.

Era la frase más dolorosa que Dean había pronunciado y también la que Sam había escuchado en veintidós años, después de la de aquel médico en el hospital, comunicándole que a su hermano le quedaban dos semanas de vida o un mes a lo sumo.

Ante tal anuncio, el recepcionista se convirtió en la única persona en el planeta que no necesitó un letrero plastificado en el que rezase que eran hermanos.

 

***

 

Que Dean se acerque a la barra y le pregunte en un tono casi amable ¿Qué quieres tomar, Sam? es un gran avance en su comportamiento, todo un progreso.

Sam, el tío más muermo del mundo, el que por diversión entiende pasarse toda una tarde encerrado en una biblioteca estudiando, está por organizar una fiesta para celebrarlo.

La última frase que Sam le oyó pronunciar a Dean fue un me toca conducir.

Y después de eso, tres días comunicándose a base de monosílabos y apartado de él, como si le fuese a contagiar la lepra.

Dean, que lo hace todo complicado porque su vida es complicada y no sabe hacerlo de otra manera, no sabe disculparse. Nunca sabe.

Por eso cada mañana le trae a su hermano café. Manchado, como sus conciencias. Caliente, como todo lo que hacen juntos. Con el vaso ardiendo, como lo sirven en el Infierno, donde van a terminar por sus pecados cuando mueran o cuando les maten, si John se entera del asunto y adelanta el doble acontecimiento. Con medio azucarillo, como a Sam le gusta, no demasiado dulce ni empalagoso.

Es evidente que ninguno piensa en café y cuando Dean se lo entrega es la única vez que coinciden sus miradas en todo el día.

 

Dean no se fija en la camarera que le sirve los dos botellines de cerveza cuando ella le guiña un ojo, como si tuviera un tic nervioso. Ni siquiera le mira el pronunciado escote, mientras ella se inclina a recoger el par de billetes arrugados que Dean aplasta sobre la barra, que desprende un olor a Eau de Parfum Bayeta Sucia. Tampoco babea por su retaguardia cuando ella se gira.

La chica es una auténtica belleza y deja claro con su coqueto batir de pestañas lo que quieren todas: Dejar su mierda de curro, matar al baboso de su jefe, casarse y formar una familia con Sam, pero follarse a Dean esa noche en el almacén, entre palés de botellas, barriles de cerveza y todo tipo de mercancía robada.

Sam está preocupado. Dean no parece Dean. El Dean que él conoce nunca ignoraría a una chica y menos a una como esa. El Dean de antes de la Interestatal 80 ya le habría preguntado a qué hora cierra el bar y abren sus piernas.

Sam se debate entre si ese cambio en su conducta supone un problema -porque hasta a él se le van los ojos detrás de esa camarera- u otro motivo para organizar una fiesta que empalme con la anterior.

Tiene el presentimiento de que va a ser un fiestón. Con alcohol y todo. Piensa pinchar hasta canciones de Survivor, que eso a Dean siempre le anima.

 

Y todo porque no llegaron a Las Vegas.

 

***

 

En algún tramo de la Interestatal 80, esa palabra tan incómoda que Dean siempre evita que se le pase remotamente por la sesera, no sólo surcó su mente, sino que Sam le montó un campamento y la asentó lo suficientemente profunda y enredada en su lengua como para mermarle la capacidad del habla durante tres días.

La historia comenzó como todas las historias de carretera. Uno propone un destino, al otro le parece bien, en el transcurso del viaje pasan un montón de mierdas y, al final, todo acaba como sólo puede acabar si uno es un Winchester. Jodido.

Nada más salir del motel de Michigan, Sam le sorprendió con un ¿Por qué no? Está bien, vayámonos a Las Vegas. Y a Dean ¿Qué te has tomado, Sammy? ¿Vas borracho? le faltó hasta tiempo para lanzarle las llaves del Impala y decirle despiértame cuando te canses, sin hacer preguntas y disimulando su extrañeza, no fuese a ser que su hermano se arrepintiese y cambiara de idea.

No llegaron a Las Vegas.

Las Vegas, esa ciudad que sigue oliendo a Elvis décadas después de su muerte, queda a treinta horas de viaje de Saginaw, Michigan, de donde salieron. Más de 2.020 millas a Nevada. Atravesando nueve estados distintos. Una auténtica paliza y un derroche de gasolina.

Dean se despertó unas seis horas después de empezar el viaje, poco antes de llegar a una gasolinera, cerca de Princeton, Illinois.

Algo tiene Illinois que, cada vez que pasan por allí, es como si algo les poseyera.

Recién desperezado, Dean empezó a rememorar batallitas de cómo ganó 10.000 dólares, jugando a la ruleta la primera vez que estuvo en el Bellagio y de cómo conoció a una chica despampanante, que fue como su amuleto de la suerte y se llamaba Mandy, o Candy, o tal vez Sandy.

Dean no recuerda ya el nombre, ni si era rubia, pelirroja o morena, sólo se acuerda de sus largas piernas, de cómo contoneaba las caderas y de otra serie de encantos que abochornarían a medio set de rodaje de una película porno.

Mandy/Candy/Sandy era stripper, que Dean recuerde, no camarera. Tampoco es que para Sam exista gran diferencia. Su profesión no altera en absoluto el hilo narrativo.

Sam, que le prefería dormido y comenzaba a estar cansado de oír por qué partes del cuerpo, casinos y bares de copas había rodado la boca su hermano, encontró una forma de hacérsela callar. Paró el coche en un arcén polvoriento y solitario, a dos millas escasas de la zona de servicio en la que pretendían repostar y ni apagó el motor con las prisas.

Dean no pudo terminar de articular ¿Qué hac...? cuando Sam le agarró de la pechera, con una fuerza de empuje de 1.000 newtons, como si quisiera fusionarle con la tapicería del respaldo.

Pregunta absurda donde las hubiese. Sólo era plausible que Sam le estampara dos cosas en la boca. O bien un beso, o un puñetazo. Ambas ejecutadas con mucho ímpetu, eso seguro.

A veces a Dean le es difícil acertar por cuál se decanta su hermano y no siempre puede/sabe/quiere retirarse.

Se la jugó, como aquella vez en la ruleta. Todo a lo primero, al rojo, impar.

Raro hubiese sido que hubiera caído en bancarrota cuando Sam llevaba margaritas deshojadas en los ojos, la respiración agitada de un león, el fuego de diez chiles habaneros en la lengua y ganas de poner a cero el contador de sus strippers y de sus camareras.

No era de noche.

No hacía calor.

No estaban borrachos.

No habían comprado tequila ni seis Reese's big cups.

Estaban dentro del Impala, en el estado de Illinois y sonaba una de Zeppelin, Whole lotta love.

Esa canción es un orgasmo en clave de rock.

Algo tiene Led Zeppelin que, cada vez que lo escuchan, es como si algo les poseyera.

 

No. No llegaron a Las Vegas.

Pero, de todas formas, lo que pasa en la Interestatal 80, se queda en la Interestatal 80.

 

Hicieron una regresión a Fairbury, un remake con los mismos actores, más bien, cuando Sam no tenía edad legal para beber -qué coño, ni para votar, tenía 17 putos años, los justos para conducir- y Dean compró todo el tequila del mundo y media docena de Reese's big cups porque tenía hambre.

Bueno. Todo el tequila del mundo acabó siendo una botella de José Cuervo en el establecimiento de un viejo bizco, que no sabía si le estaba vigilando a él o a Sam por si acaso mangaban algo. Hambre sí tenía, pero no toda estaba alojada en su estómago.

Entonces Sam era un poquito más bajo -y ya era alto- y cándido -todavía más- y Dean no había adecentado sus entrañas para convertirlas en una morgue, llena de sentimientos cadavéricos y emociones putrefactas. Tenía 21 años. No tuvo que enseñar un carné falso para comprar alcohol. Tampoco fue falso lo que ocurrió dos tercios de botella después en un descampado a la luz de las estrellas, como si fuese una puñetera peli romántica de esas que Dean no ve, por supuesto, porque son ñoñas y de chicas, sólo lo sabe porque se lo han contado.

No. No fue falso, sino lo más real y auténtico de sus vidas, a ritmo de Immigrant song, entrando en el Valhala tras una atípica batalla y gimiendo más alto que Robert Plant al comienzo de la canción.

Dean no recuerda mucho de aquella noche, estaba bastante borracho y aún más caliente tras tres canciones y media desgastándose los labios, la piel y las huellas dactilares con su hermano. Podría haberle consentido a Sam cualquier cosa, aunque su cerebro estuviese lleno de luces rojas con esa palabra tan incómoda, buscando un eufemismo que sonara mejor, como si importase más el hecho de que sonara mal a que estuviera mal y la fonética se impusiese ante la semántica.

Sólo recuerda que Sam le dijo yo me encargo, antes de agachar la cabeza. Todo lo demás lo tiene un poco borroso, pero muy nítido porque todo sucedió un poco despacio, pero muy rápido.

 

***

 

Ahí, cerca de Princeton, con el sabor de su hermano aún en la boca, Dean pensó un “TE QUIERO” en mayúsculas, en negrita y subrayado, como si fuese a colocarlo en una valla publicitaria de la Interestatal 80. Pero le dijo a Sam otra cosa completamente distinta.

—Me toca conducir.

Pulió la frase. En Fairbury pensó su primer “te quiero” y le soltó nos hemos quedado sin sal en el maletero.

Y sin aliento, le faltó añadir.

Y, sin más, Dean le relevó, intercambiándole el asiento, mientras se abrochaba el vaquero. Tenía la respiración junto al pulso a más revoluciones de las que había puesto el Impala alguna vez.

No tenía ni idea de adónde se dirigían porque habían perdido el rumbo y porque no había nadie al volante, aunque se hubiera ofrecido a conducir.

Sam le miró, perplejo, arqueando las cejas y con un ¿Qu.. Qué? áspero y atropellado que le arañó hasta la garganta. Un ¿Qu.. Qué? poco lubricado y escaso de saliva. La había gastado en otros asuntos y ya no le quedaban más reservas.

Lo habitual. Ellos no hablan de cosas de las que nunca han hablado y de las que jamás lo van a hacer.

Dean es especialista en ello. Es su sello personal. Tiene ese defecto insufrible e insoportable, qué le va a hacer.

Y Sam lo acepta, igual que acepta todos sus defectos, sin juzgarle, pero a regañadientes esta vez.

Su posterior voto de silencio, Sam lo tradujo como un no lo vamos a hablar. Ni de coña, Sammy. Nunca. Jamás. Ni en sueños. Olvida otra vez qué cosas hemos hecho con nuestras bocas, en más de sesenta y nueve idiomas, la mitad en los que pensó el nombre de su hermano, mientras redujeron el Impala a un rincón húmedo, diluido, resbaladizo y caliente, donde el tiempo quedó atrapado en una dimensión diferente.

 

***

 

—Dean, tenemos que hablar.

Esas palabras a Dean le suenan tan a película de Hugh Grant que, seriamente, se plantea en ponerle un control parental al televisor de Sam ahora que duermen en habitaciones distintas.

Sam no puede sonar más rosa, ni tampoco cruzar los brazos con más fuerza sin parecer un pretzel gigante.

—¿Se puede saber qué problema tienes, hermano?

Sam se lo pregunta, enconado y volcando su cuerpo hacia adelante. Golpea con los nudillos la destartalada mesa que han conseguido en el antro en el que están, un bar de mala muerte, maloliente y oscuro, donde es más fácil pillar la gonorrea y algún navajazo de regalo antes que una mesa libre de billar.

Dean no contesta y le mira de reojo, mientras da un largo trago a su botellín. El enfado de Sam le resulta tan irónicamente gracioso que casi se le escapa una risa nerviosa. Su hermano le parece un completo gilipollas al pensar que sólo tiene un problema -porque tiene muchos, por decenas y algunos son graves- y, para colmo, le llama hermano con todas las de la ley, después de haberlo olvidado otra vez en un arcén de la Interestatal 80.

—En serio, Dean —insiste, frunciendo el ceño.

Dean sólo le mira en silencio.

Deberías haberte quedado con Lori, la chica de Iowa, esa que rescatamos del hombre del garfio.

Se tortura, maldiciéndose, o maldiciendo a Sam, no se decanta por quién de los dos merece más el castigo. Casi que le da igual. Ambos están malditos.

Lleva tres días con Lori en la cabeza y ese consejo que nunca le va a dar a Sam. Pero lo piensa de corazón, que es justo lo que se le rompe cada vez que lo hace.

Lori parecía buena chica, del tipo de Sam, le convenía, por Dios que le convenía. Pese al dolor de quedarse solo otra vez. Pese a que Sam le abandone por esa copia de Jessica.

De veras cree que, con el tiempo y a más de tropemil millas de él, Sam podría haber llegado a quererla. Lori era una excelente candidata para reemplazar a Jessica.

Lástima que Lori no se haya quedado atrapada en el espejo retrovisor, como en Alicia a través del espejo, allí es donde la vio por última vez. Encontraría la forma de sacarla del espejo para que le diera a su hermano la vida que merece, no la que le ha tocado y a la que él no para de arrastrarle.

Dean está dispuesto a hacer cualquier sacrificio por Sam, por su futuro, por no llevarle al Infierno o, lo que es lo mismo, a garitos como ese tugurio donde están, plagado de borrachos de garrafón, buscabroncas y depredadoras con minifalda y carmín corrido.

Porque siente que lo está jodiendo todo otra maldita vez, lo único que tiene, que le queda además de la caza, su hermano. Porque su madre está muerta y su padre, desaparecido.

Es como si no pudiera evitarlo, como si lo llevase registrado en el ADN y éste tuviera alguna anomalía genética que enlaza perfectamente con los problemas, esos que tiene por decenas, como si fuese intrínseco a su naturaleza corromper cuanto quiere, a quien quiere.

Además de experto en boicotearse a sí mismo, Dean también lo es en acordarse de todos los nombres de las chicas que han sido significativas en la vida de Sam y, sin embargo, no atinar ni con la inicial de ninguna de sus camareras.

 

—Te vi morir en mi cabeza, aún te veo si cierro los ojos —alega Sam, casi lloroso, como si ese motivo justificase todos sus actos y todas las decisiones que ha tomado hasta el momento.

No le importa que Dean no conteste. Habla en voz alta para tranquilizarse, para expulsar la angustia igual que se exorciza a un demonio con un rezo.

Dean sigue con el mute activado. La frase de Sam es una bofetada de ida y vuelta. Apura la cerveza de trago y se levanta para largarse a la calle, furioso, a ver si el frío le espabila y el viento arrastra las palabras de sus oídos. Ni en broma quiere quedarse al final del espectáculo para presenciar la cosa más desagradable del mundo, que sigue siendo ver llorar a su hermano y, encima, por su culpa.

Dean sólo quiere dejar que pasen los días con sus condenadas noches, que el tiempo arregle lo que él no sabe arreglar. Sobrevivir cada día en ese vacío legal. Tirarse sobre la cama, emborracharse en solitario con la petaca que lleva escondida en la mochila y ver algún programa indecente en la tele, en una habitación no mucho más decente.

Espera que Sam no le siga, que se vaya dando un paseo hasta el motel, que está a unos veinticinco minutos a pie, algo menos con las piernas de su hermano, que da zancadas de media milla.

Pero no. Sam le sigue hasta el Impala y se monta a su lado, en el asiento del copiloto, su sitio, su trono, del que se resiste a ser derrocado, previendo que Dean tiene la intención de dejarle tirado en tierra.

Le sigue allá donde va. Le sigue porque echa de menos discutir por quién de los dos se ducha primero, qué cama elegir para dormir, cómo cargarse al monstruo de la semana y qué canción de Allman Brothers Band es mejor -Dean cree que Whipping post, a Sam le gusta Ramblin’ man-. Le sigue porque comparten muertos, sangre, habitación, colchón, profesión, armas, coche, alma, sauna, latidos, esa forma de quererse, olor y pecados. Y por compartir lo último, a Sam se le ha caído más de media lista en menos de tres días.

Tiene que recuperarla, que vuelva a estar completa para hacerla cada vez más larga.

 

—¿Qué quieres, Sam?

Dean resopla de mala gana, estrangulando la voz al arrancar el Impala.

Sam se sobrecoge al escuchar su nombre con la crudeza y el cansancio de quien se siente inmensamente culpable. Ya tiene que estar cabreado, o dolido, o arrepentido, o avergonzado, o lo que diablos le ocurra a Dean -porque ya no pone música para expresar cómo se siente- para que haya suprimido todos los Sammy de su vocabulario.

El ruido del motor rellena todos los huecos vacíos, todos los espacios donde debería haber una larga charla terapéutica.

Es un trayecto muy corto, pero Dean está por parar antes de llegar al parking del motel, coger una cuerda del maletero y colocársela voluntariamente al cuello porque no cree que merezca ni seguir respirando, robándoles el oxígeno a personas no depravadas y que saben poner un separador sustancial entre hermano sexo.

 

Al llegar al motel, el camino en común se bifurca. La habitación de Sam queda a la izquierda, la de Dean, dos puertas más a la derecha. A un abismo la una de la otra.

—No le importa a nadie, Dean —se atreve a decir, y hace que su hermano se gire al oír su voz y deje de encauzar sus pasos en sentido contrario—. Lo que hacemos.

—Hicimos, Sam —y no le hace falta que Sam especifique más porque sabe que no se está refiriendo a cazar cosas ni a salvar gente, sino a las escenas postcréditos de después—. Buenas noches.

—Dee.

Es su último cartucho. Ese Dee infantilizado y su carita de cachorro abandonado. Un combinado letal.

 

Maldita sea, Sammy. No me llames así. NO ME LLAMES ASÍ.

Lo piensa tan alto que está seguro de que Sam oye ese pensamiento salir disparado directamente desde su cráneo, atravesándolo y desparramando sus sesos sobre el pavimento.

Hace tantísimos años que su hermano no le llama así que Dean había olvidado cómo suena. Su voz es ligeramente distinta, más ronca, grave y masculina a cómo la recuerda, pero igualmente capaz de derribarle, como a un castillo de naipes con un soplido.

 

Dime qué quieres, Sammy, qué quieres, quécosaquieresahora,joder.

Se impacienta, se desespera. Está por abalanzarse sobre él y arrancarle la respuesta de las cuerdas vocales con sus propias manos.

Sam quiere tantas cosas.

Y Dean no ha aprendido aún a negarle ninguna.

Algún día. Lo promete. No esa noche.

 

—¿Sabes qué? Vuelve al bar y emborráchate, búscate una pelea, o una camarera, o cualquier entretenimiento que te distraiga. Haz lo que te dé la gana.

Sam gruñe con una paciencia inversamente proporcional a su estatura.

Dean sólo aguanta la respiración, mientras esas palabras se vuelven rojas.

—Parece que lo que ha pasado entre nosotros sólo ha sido cosa mía.

Sam lo murmura, indignado, mientras la cara se le arruga y no atina a meter la llave en la cerradura para abrir la puerta de su habitación.

Y Dean cae en la trampa como un incauto. Que Sam se haga la víctima es algo que no puede soportar, que le hierve la sangre, que le saca de quicio, que le va a hacer pagar.

Dean, que sólo ha aprendido a resolver los problemas de dos formas, en la cama o a hostias, empuja a su hermano violentamente contra la pared de la habitación, sin saber muy bien cuál es la opción que está eligiendo. Está tan rabioso que ni se acuerda de cerrar la puerta.

No es la primera vez que el límite que separa ambas opciones es confuso y se emborrona cuando tiene a Sam enfrente, como si esa línea divisoria tuviera la tinta todavía demasiado fresca.

Dean no distingue entre sexo y violencia, a veces es todo lo mismo, un impulso que surge de dentro.

—Siento que lo veas así, Sammy.

Dean retoma el hábito de fundirlo todo como caramelo con su voz y su disculpa roza los labios de Sam, que saborea sus palabras.

El techo se evapora.

La habitación se desdibuja.

Sam es lo único que a Dean no le cuesta enfocar.

Todo en Dean es una peligrosa declaración de intenciones. Y se acerca a su hermano, como un potente imán, pero errático en la sacudida.

Respira sobre la boca entreabierta de Sam por instinto, como si lo fuese a devorar. Porque es precisamente el instinto el que se le activa y le está exigiendo a gritos un montón de cosas en perfecto descontrol y sin frenos. Cosas que se convierten en necesidad. Cosas a golpes, a empujones, a mordiscos, a tirones, con fricción, estampadas contra la piel, en febril ebullición, totalmente desesperadas, sucias y de las que no hay vuelta atrás. Cosas que contradice su cerebro, simple subalterno, el cual le ordena retroceder. Retroceder ya.

Pero no retrocede. Dean no retrocede porque Sam suelta una bocanada de aire a menos de media pulgada de sus labios que, más que alivio por no enzarzarse en una pelea con él, está cargada de un placer sexual.

Dean espera algo de resistencia por parte de su hermano, pero no la consigue. Ni un reparo. Ni una queja. Ni una súplica. Ni un forcejeo. Ni un gesto achantado. Ni un lo que sea que le obligue a parar en ese instante. Sam se muestra receptivo, casi doblegado, inusitadamente dócil, sumiso, manso.

Puede que no vayan a pelearse, pero va a ser una paliza.

Esos pequeños besos que a Dean se le caen a veces en su cuello durante un abrazo, no sólo son como material de escalada para trepar por su mandíbula y ascender hasta una cima que queda medio palmo más arriba, sino que le dan alas.

Su mano pierde el recato cotidiano al desviarse del rumbo de la espalda de Sam, mientras hunde los dedos entre su pelo y otros tantos lugares más. Y, en vez de susurrar un Sammy contra su boca, lo acompaña hasta dentro para que no se pierda.

Dean por fin nota su sangre bombeando a todos los sitios donde tiene que irrigar, a la entrepierna y al corazón. Y le llega la circulación justa al cerebro para no morir, dándole igual si se le enciende hasta con luces de neón esa palabra tan incómoda en la sesera, esa palabra tabú que siempre trata de esquivar. Se ha propuesto hasta atropellarla.

 

¡A la mierda! El incesto sólo es un pecado más.

Y la siente de nuevo. Martilleándole las sienes. Esa necesidad histérica. Esa atracción insana que tiene por el peligro y los problemas. Esa fijación enfermiza.

Es un conductor temerario y suicida, que pisa el acelerador y decide estrellarse contra la señal de alerta que le dice que pare.

Lo quiere todo.

Y lo quiere ya.

Quiere amor y quiere sexo.

Y le da igual que nadie pueda tenerlo todo en esta vida.

Él lo va a tener.

Basta de separar.

Sexo salvaje. Amor prohibido. Todo a la vez.

Las mariposas del estómago y la peli de Godzilla ya las pone él. Cortesía de la casa.

 

No suena la música, pero toda la habitación retumba con el Heartbreaker de Led Zeppelin. Es al tempo al que se mueven, se beben el uno al otro y pierden la ropa como el control, al ritmo de esa guitarra lasciva que Jimmy Page toca cuando todos los instrumentos callan y la rasguea, rápida, pero delicada, explotando al unísono con la batería.

John Bonham lleva veinticinco años muerto, pero se levantaría de su tumba sólo para admirar cómo los Winchester llevan el compás.

Si Sam afina el oído, casi puede escuchar cómo late la melodía, cómo Dean escribe por toda su piel la letra y la partitura, con sudor, con saliva, con la boca, con las manos, con las uñas, con su aliento. Cómo acaba de clavarle some people cry and some people die by the wicked ways of love, but I'll just keep on rollin' along en algún rincón de todos los que explora.

No saben lo que están haciendo, pero tampoco pueden dejar de hacerlo porque lo están haciendo jodidamente bien.

Se besan a manos llenas, tropiezan contra la cama. Dean siente el golpe en la cabeza y escucha los mismos pensamientos de siempre, desde esto no está bien sólo una vez más y paramos, hasta el típico joder, pero si es mi hermano. Y, como buen kamikaze moral, decide pisar el acelerador y arrollarlos.

Porque Sam no le detiene y no cree que nadie vaya a hacerlo si se atreve a pasar por esa puerta, cada vez más convencido de que la ha dejado abierta.

 

Pues que el público se quede a mirar, pero sin molestar, que estamos muy ocupados.

Dean lo piensa tras un beso del que se podría estar sustentando tres semanas.

Sam está por preguntarle si se ha hecho daño al impactar contra el cabecero porque Dean aspira a enfocarle, pero queda en un amago patético. Puede ser amor lo que su hermano tiene en la mirada, aunque también puede ser conmoción cerebral, ambas cosas se confunden a menudo.

Dean sabe que lo está echando todo a perder, que se va a quedar sin hermano, que va a tirar por la borda 82.050 camareras distribuidas por 50 estados, que se va a saltar todas las putas líneas que le quedan por cruzar, que no va a poder mirar a Sam de nuevo sin que el recuerdo de esa noche le apriete la bragueta, como los dichosos calzoncillos del Walmart, que siempre le quedan pequeños. Pero va a subir la apuesta. Es un ludópata sin rehabilitar.

Todo al rojo, impar.

¡Que gire la ruleta!

Porque Sam tiene las manos enormes y las nota en todo su cuerpo. Porque tiene los labios hambrientos y no está bien dejar que se muera de hambre. Porque pronuncia su nombre como una plegaria y él no la va a desatender. Porque tiene la mirada encendida y va a sacarle de ese incendio, ya que siempre ha sido su misión rescatarle de cualquier fuego. Porque tiene el cabello tan revuelto y despeinado que le parece todavía más guapo de lo que es. Porque ¡buf! sí que el amor es ciego y él demasiado heterosexual para no haberse fijado hasta ahora en lo tremendamente bueno que está. Porque tiene pinta de ser el mejor polvo que va a echar en su vida.

 

—Joder, Sam, ¿vamos a…?

—Sí, Dean.

—¿Y quién…?

—Tú a mí.

—¿Y tienes…?

—Bolsillo lateral izquierdo de la mochila.

La conversación no puede ser más minimalista, pero se entienden bien. Siempre se entienden bien.

Se entienden en las cacerías, en la cama e incluso cuando se pelean entre sí. En todas las guerras y campos de batalla en los que combaten.

Luchar y follar. Todo lo hacen igual. Como auténticos animales. Enganchados. Con rabia. Dejándose la piel. Heridos. Con moratones, marcas, arañazos y mordiscos.

 

—¿Tú antes...?

—Eres el primero, Dean.

Genial. Eso le reconforta tanto como le pone nervioso.

Dean no ha visto porno gay ni por equivocación y menos por curiosidad. Pero, vaya, ni tan mal saber que Sam no se acuesta con hombres, sólo con su hermano. Se alegra de no tener tiempo para analizarlo.

Y se abstiene de volver a preguntar.

Prefiere quedarse con sus intrigas y metérselas por donde le quepan. Ya ha atinado con el lubricante y hasta con una caja de seis preservativos. No sabe en qué momento, ni por qué, ni pensando en quién, Sam ha equipado un compartimento de su mochila con lo básico para hacer de ella un sex shop ambulante.

De nuevo, se alegra de no tener tiempo para analizarlo.

 

Alguno de los dos debería arrepentirse, sentirse culpable, detener al otro, negarse antes de que sea demasiado tarde, demasiado incomponible, demasiado irreparable.

Pero no lo hacen.

A nadie le importará y nadie tiene por qué saberlo.

Intercambian pocas palabras, mucha saliva y sus nombres jadeados hasta en latín, por si acaso les está poseyendo algún demonio, haciendo que se comporten de esa manera.

Surge tan natural y orgánico que ninguno está pensando cómo o qué hacer, sólo están dejándose guiar por el instinto. Es algo innato, visceral, como si lo hubieran hecho centenares de veces antes.

Quizá. Tal vez. En sueños. Ninguno tan real.

 

Ni fuegos artificiales, ni bajadas a toda velocidad de una montaña rusa, ni terremotos en el cuerpo, ni el tiempo detenido en el espacio sideral. Un orgasmo compartido es otra cosa. Está a años luz del plano humano. Es embestir, recibir, abrazarse, estremecerse, correrse. Es algo sagrado, en comunión perfecta.

Y ninguno avisa al otro porque se corren a la vez. No suele ocurrir nunca la primera vez, es más que improbable. Y, sin embargo.

Todo al rojo, impar. ¿Qué pueden perder?

Es lo mejor que han hecho juntos en la vida.

Es lo peor que han hecho juntos en la vida.

Comparten muertos, sangre, habitación, colchón, profesión, armas, coche, alma, sauna, latidos, esa forma de quererse, olor, pecados y orgasmos.

Es la mejor lista que han hecho juntos en la vida.

Es la peor lista que han hecho juntos en la vida.

 

De nuevo Dean piensa un “te quiero” que, de lo inmenso que es, no entra en la habitación. Duda que lo haga en el maldito Wisconsin. Pero lo que le dice a Sam, con la voz entrecortada, es otra cosa completamente distinta.

—No he cerrado la puerta.

Y otra vez es lo más cerca que está de una declaración de amor.

En algún momento, su voz y su razón perdieron la conexión. Cortar toda vía de comunicación entre las terminales y centralitas de su cuerpo es su mecanismo de defensa.

Pero Sam lo entiende de pronto, mientras permanecen bocarriba, exhaustos en la cama, recuperándose, con la cabeza ligeramente ladeada el uno hacia el otro.

Dean encripta el lenguaje verbal, pero se vuelve transparente y cristalino en el lenguaje corporal. Sam comprende esas frases ridículas y absurdas que Dean, que lo hace todo complicado porque su vida es complicada y no sabe hacerlo de otra manera, le suelta siempre después del sexo, sustituyendo a las dos palabras que nunca le va a decir.

Sam casi puede construirse una historia estrambótica con esas frases, es más, es lo que quiere hacer.

Sam quiere un par de frases absurdas por cada estado para empezar.

Dean piensa que lo que han hecho no se va a repetir.

Da igual lo que Dean piense. Sam nunca ha escuchado un no por respuesta.

Cero negociaciones.

Siempre habrá alguna camarera que le hinche las narices a Sam.

Alguno de ellos siempre estará a punto de morir y habrá que festejar que siguen vivos.

Siempre existirá alguna discusión que decidan no resolver a hostia limpia.

Y Sam siempre va a tener un Dee preparado en la punta de la lengua, una bala de plata en la recámara, lista para dispararle a bocajarro. Un Dee con el que arrancarle juramentos y un Sammy suplicante de los labios, haciendo que se le salten hasta las pecas de la cara y caigan desordenadas sobre sus mejillas y el puente de su nariz. Un Sammy pronunciado tal y como le gusta el café. Manchado, caliente, ardiendo, no demasiado dulce ni empalagoso.

A Dean, sin embargo, el café le gusta solo, frío, con dos de azúcar.

No coinciden en el café, pero eso es positivo. Si ambos fuesen café, serían exactamente como se lo toma el otro. Dean, de trago. Sam, a pequeños sorbos.

 

—Ha sido mejor que Immigrant song —dice Dean.

—Y que Whole lotta love —le secunda Sam.

—¿Heartbreaker ? —proponen al unísono.

Y de pronto, ahí está. Espontánea. Efímera. Fugaz. Pero real. Dean la ve, extasiado, como una aparición mariana. Es esa sonrisa tímida que Sam no muestra a menudo y que no sólo ilumina la cara de su hermano, sino que anula hasta un eclipse de Sol.

Dean le coge de la mano para apretarla bien fuerte. Está harto de atrapar el aire entre sus dedos y no quiere que el calor de su mano se le escape igual que su sonrisa.

Lo que no piensa y tampoco le preocupa es cómo Sam interprete el gesto ni qué connotación le dé. Acaban de follar, ¿qué es lo peor que puede pensar, que está enamorado de él? No. Para nada. Un poquito. Tampoco mucho. Lo justo. Lo necesario. No demasiado. Lo que le permite el universo, que se avergüenza de ser tan pequeño para acoger un amor tan grande.

Dean pretendía dormir, pero con toda esa luz inundando la habitación, con esa sonrisa de 64 millones de vatios que hace salir el sol por Wisconsin a las tres de la madrugada de un sábado, augura que pasará la noche despierto.

La luz no le va a dejar dormir, pero no le importa. De hecho, preferiría no parpadear, no vaya a ser que al abrir los ojos descubra que todo ha sido un sueño.

Quiere retener esa noche en su memoria. Se alegra de no estar al borde del coma etílico, de que el alcohol no empañe ni un ápice ese recuerdo en el que piensa refugiarse cuando algo no vaya bien.

 

En Wisconsin, joder, en Little ¿qué? Maldita sea. Ni siquiera sé en qué puto pueblo estamos.

Lo piensa como si tirarse a Sam en otro pueblo, estado, país o hasta continente distinto fuera a variar algo, como si en cualquier otro sitio dejara de ser su hermano.

Hay por lo menos siete pueblos en Wisconsin que comienzan por Little y todos son pequeños.

No sabe en cuál han follado. Tampoco es que le importe o quiera preguntarlo.

Siguen siendo dos personas que se quieren tantísimo que es inviable que lo hagan bien.

Y no le importa a nadie. Sam lo sabe, aunque Dean no lo quiera ver.

Lo hacen de la única forma que saben. Nadie les ha enseñado cómo.

 

No. No llegaron a Las Vegas.

Pero, de todas formas, lo que pasa en Little Loquesea, se queda en Little Loquesea.

El eslogan de Las Vegas es aplicable a cualquier parte.

Las Vegas están sobrevaloradas.

Las Vegas pueden ser cualquier lugar.

Las Vegas ya no son un sitio físico, sino una situación.

Porque no importa dónde, sino con quién.

Porque juntos donde sea, como sea, cuando sea y lo que sea.

 

Esa habitación de 15 dólares la noche, con el papel desprendiéndose a jirones de las paredes, una higiene que deja mucho que desear, la luz del cartel donde pone motel molestamente parpadeando tras las cortinas de los años 60, con el aire acondicionado haciendo un ruido demoledor y la puerta de cartón prensado que han olvidado cerrar, es mejor que la suite presidencial de 370 metros cuadrados en el Hotel Bellagio.

Ninguno entiende para qué tantos metros cuadrados. En la cama, les basta con apenas un metro de ancho por casi dos de largo. Incluso menos, si entraran físicamente en un espacio más pequeño.

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