martes, 18 de marzo de 2025

Capítulo 5: Rutina (Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin)

Quinto capítulo del primer fanfic que escribí.
Podéis leer el fic completo -8 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, John Winchester, Bobby Singer

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Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin
Fatima_O

Sumario:
Llegar al sitio. Repostar. Buscar un motel. Una habitación. Dos camas. Provisiones. Sal. Balas. Estacas. Agua bendita. Investigar. Interrogar a testigos. Seguir pistas. Encontrar un rastro. Elegir las armas. Saber con qué se combate a esa cosa maligna. Dar con ella. Matarla. Regresar al motel. Lamerse las heridas. Beber. No hablar de otras mierdas. No hacer otras mierdas. Rutina.
A veces esa rutina se va a la mierda.

5 - RUTINA


 

El Infierno está empedrado de buenas intenciones.

O eso dicen.

La primera prueba de que Madrid no es un distrito del Infierno es que empedrado no está. Dean piensa que un grupo de operarios demoníacos ha tenido la decencia de asfaltarlo para que nadie tropiece con sus buenas intenciones, como está tropezando él con las de Sam desde que llegaron.

Cuando alguien está obsesionado con algo, todo adquiere su forma.

Infierno o no, el procedimiento es el mismo al encontrar un caso.

Llegar al sitio. Repostar. Buscar un motel. Una habitación. Dos camas. Provisiones. Sal. Balas. Estacas. Agua bendita. Investigar. Interrogar a testigos. Seguir pistas. Encontrar un rastro. Elegir las armas. Saber con qué se combate a esa cosa maligna. Dar con ella. Matarla. Regresar al motel. Lamerse las heridas. Beber. No hablar de otras mierdas. No hacer otras mierdas. Rutina.

A veces esa rutina se va a la mierda.

 

***

 

Llegar al sitio.

 

—¿Qué te parece?

Sam lleva cinco minutos de monólogo con su tono de planta adormidera, mientras se dirigen a la mina para echar un vistazo.

El sol se ha derramado en el horizonte y ha dejado atrás un paisaje casi líquido, como pintado a acuarela tras la ventanilla del Impala.

¿Que qué le parece?

Pues que no me lo pasé tan bien en Montana como te dije, que por un momento he pensado que podríamos corrernos y corrernos y corrernos eternamente y que follamos tan de puta madre que nos forraríamos si cobráramos entrada. Eso es lo que me parece, Sammy.

Respecto al caso, lo que le parece es que es un caso a secas.

—Que a los lugareños les van a salir branquias en el cuello como siga lloviendo.

A Dean, sin embargo, lo que le ha salido en el cuello es una alarma antirrobo en forma de chupetón.

Sam se acaba de dar cuenta al encender la linterna y apuntarle a la cara sin querer. Tensa demasiado la mandíbula como para que Dean no suelte ¿Qué pasa? ¿Yo también estoy mutando?, en un tono que está más cerca del pánico que de la broma, mientras se palpa el cuello en busca de algo parecido a unas branquias.

Sam traga saliva como el que intenta tragarse una piedra y deja pasar un silencio interminable. Le va a resultar difícil que su hermano no se mire al espejo hasta que el chupetón desaparezca, más que nada porque tiene la costumbre de afeitarse religiosamente todas las mañanas.

 

Hoy no lo ha hecho.

Sam se consuela tan despacio como camina hasta la entrada de la mina.

Está demasiado oscuro y el barro tampoco ayuda.

Dean no se ha afeitado porque estaba en shock por tirárselo.

Sam espera que mañana tampoco se afeite porque ¡vaya! se lo ha tirado de nuevo.

Conseguir que Dean se deje barba de leñador va a ser un festival de orgasmos y un tremendo dolor de culo.

 

—Mierda. Se me ha olvidado el detector de energías en el coche —se maldice Dean—. Joder. Y el arma también.

Esa no se le ha olvidado, se le ha caído, mientras tenía los pantalones por los tobillos y estaba disparando el cargador entero de su otra arma dentro de Sam.

Para su sorpresa, Sam le sonríe en vez de llamarle idiota y desencadenar una discusión aún más idiota. Debe estar de buen humor. Un orgasmo siempre ayuda. Y uno como el que Sam ha tenido tiene hasta tres meses de garantía.

El colosal despiste de Dean sólo indica que un shock ha sucedido a otro. Es una noticia buenísima. Las buenas noticias siempre se reciben con sonrisas, no con insultos.

—En cuanto nos carguemos a ese espíritu, nos largamos de esta puta pecera. No pienso volver por aquí, antes me tiro a un volcán en erupción.

Todo lo que no es tácito es implícito.

Dice nos largamos y se le quiebra la voz al mismo tiempo que se le arruga el corazón. Aún no le ha dicho a Sam que no se van a largar al mismo sitio, que sus caminos van a separarse.

Cuando cumpla con esa promesa estúpida que le ha hecho a su madre, quizá se tire a un volcán. Dicen que los hay muy bonitos en Hawaii.

 

***

 

Repostar.

 

—¡Menudo robo! Aquí tienen la gasolina diez centavos más cara.

Dean se queja al volver al coche, como si él no fuera un estafador. Acaba de pagarle al tipo de la gasolinera, que estaba experimentando los peligros naturales de ver una porno en horario laboral, con una tarjeta de crédito más falsa que los gemidos de la pornostar.

Es un segundo. Un relámpago. Pero Dean lo ve en sus ojos. Sam tampoco sabe cómo se llama el pueblucho de Wisconsin donde follaron.

—Pues sí, estaba más barata en Little York.

Sam decide correr el riesgo.

Y acaba de delatarse. Acaba de confirmárselo. 

Decir algo con convicción no necesariamente implica que sea verdad.

Dean no sabe dónde está Little York -le suena que en Indiana y odia Indiana, en ese estado sólo le pasan cosas malas-, pero sí sabe dónde no está.

Hay siete pueblos que comienzan por Little en Wisconsin. Los ha mirado en el mapa.

Little Black. Little Falls. Little Grant. Little Rice. Little River. Little Suamico. Little Wolf.

No será ningún filósofo, pero leer, sabe leer. Y es un hacha memorizando.

—Sí, Sammy. ¿Te lo puedes creer?

Arranca el Impala. Acepta su farol. No quiere ponerle en evidencia. Le da ternura.

—¿Y mi bolsa de M&M's, Dean?

Esa carita le da más ternura aún. 

Dean saca a relucir su sonrisa desgastada tres farolas más atrás. Se me han olvidado, Sammy, no me hagas volver, que el tío estaba ocupado con su surtidor personal.

Sam saca a relucir su mirada suplicante y caprichosa que tiene bien ensayada. Porfa, Dean. Me apetecen M&M's.

Al cabo de cinco minutos, Dean le tira la bolsa de M&M's por la ventanilla.

La gasolina le ha salido gratis por mucho que se queje.

La bolsa de M&M's, algo menos de tres dólares.

No saber decirle que no a su hermano le está saliendo cada vez más caro.

Pero hay que ser positivo.

Cinco dólares la caja de seis. Talla estándar. Ultrafinos. Comprando dos, te salen casi a mitad de precio. El de la gasolinera ha supuesto que necesitaba condones al verle volver, sobre todo cuando se ha fijado en la muestra de sexo desenfrenado de su cuello. Ni se ha molestado en parar la porno esta vez. Tenía la bragueta bajada y la caja de pañuelos inquietantemente cerca. Casi le pilla en plena faena.

Gracias, pero sólo vengo a por M&M's porque a mi hermano le entra gusa después de follar. Ahora lo hacemos a pelo. Eso que me ahorro en condones y en el porno de pago.

Sí. Hay que ser positivo. No hay más remedio cuando uno está en el Infierno y casi tiene que empeñar el alma para costearse la gasolina.

 

—En serio, Sam, ¿tengo algo en el cuello? Hasta el tipo de la gasolinera se me ha quedado mirando un buen rato.

 

***

 

Buscar un motel.

 

—Sólo pido un bar abierto, no encontrar el Santo Grial.

—También podrías ir buscando un sitio para pasar la noche y mañana nos ponemos con el caso. Llevamos todo el día dando vueltas y estoy cansado, me duele la espalda.

 

No me extraña, Sammy. Te has empeñado en ponerte encima. Aunque no he echado un polvazo así en el coche en la puta vida.

Cuando Sam se pone serio, viajar a su lado es como ir de excursión con la que fue su profesora de Matemáticas en Octavo Grado de Secundaria. Estaba como para parar un tren, pero era insoportablemente aburrida.

Dada la hora que es, buscar un motel no es una propuesta estúpida. El problema es no saber qué alquilar. ¿Una habitación con dos camas? ¿Una con dos dobles? ¿Dos con una? ¿Una con dos? Dos por dos, cuatro. No le gusta el cuatro. Le tiene tirria a ese número. No es impar. Pero sabe multiplicar. Su profesora de mates estaría orgullosa.

Compartir habitación con su hermano debería ser la cosa más normal del mundo, no causarle ansiedad.

Pero la situación no es normal. Nada es normal. Ni raya un poquito la normalidad.

 

—Dean.

Unos faros antiniebla se aprecian en la lejanía tras la cortina de lluvia.

 

La próxima vez, yo decido la postura y quién va encima. A mí me duelen las piernas de lo que pesas.

Y según lo está pensando, se da cuenta del problema.

El problema no es quién decide la postura. El problema no es quién va encima. El problema no es un dolor de piernas. El problema no es siquiera lo que Sam pesa.

El problema es la solución a todos los problemas. El problema es que no va a haber próxima vez.

Acaba de despejar la x en esa regla de tres.

Malditas matemáticas. Siempre tan exactas. Nunca fallan.

 

—¡Dean!

Sam le agarra del antebrazo y le zarandea.

Dean va por el medio de la carretera a demasiada velocidad. La camioneta, que se aproxima hacia ellos, toca el claxon con insistencia porque el Impala no parece tener la más mínima intención de apartarse ni de reducir la marcha.

Dean no lo oye. Tampoco lo ve. No por la música. No por la lluvia. No por la niebla. Y es un problema. Un gran problema sobre ruedas. O una solución muy drástica a todos los problemas.

 

—¡Deeeaaan!

Sam grita a la vez que agarra el volante y lo gira bruscamente para reconducir el Impala al carril de la derecha y no estamparse contra la camioneta.

Benditos reflejos. Siempre tan exactos. Nunca fallan.

—Iba distraído, ¿qué quieres?

Un ¿qué? es lo único inteligible que Sam articula entre un amasijo de balbuceos. Su shock le empieza a preocupar más que a alegrar.

Menudo susto de muerte. Han estado a punto de estrellarse y Dean ni parece haberse dado cuenta.

Ha muerto dos pensamientos más atrás.

—¿Quieres que conduzca un rato?

Sam decide apelar a su lado más civilizado en vez de regañarle por ir pensando en Dios sabe qué.

—Me gusta conducir porque me gusta elegir la música.

Y pone a todo trapo Burn in Hell de Twisted Sister.

 

There's just five words to say as you go down, down, down. You're gonna burn in Hell.

 

Porque si el Infierno es una decepción y no como lo pintan los rockeros, tendrá que molestarse en ambientarlo él mismo.

Sam se da cuenta enseguida de su metáfora sexual. A Dean le gusta conducir, pero en el fondo es muy sumiso. No tiene ni que cogerle del volante, como ha hecho de forma literal, para que se comporte como un perrito obediente.

 

***

 

Una habitación. Dos camas.

Y esa rutina empieza a fallar.

 

—Sólo me queda una habitación con una cama doble.

Una frase de magnitud 8,7 en la escala Richter.

De pronto, lo de tirarse a un volcán, le parece que tiene mayor tasa de supervivencia.

Sam arquea las cejas y pone cara de circunstancia.

Dean ni reacciona ante la noticia. Parece no sobrevivir a la catástrofe sísmica.

—Pe… Perdona, ¿qué?

No suena como una pregunta. Suena como un graznido. Ni pestañea.

Con lo sexy que le había quedado la frase al pedir habitación. Y la pose, con el brazo apoyado con chulería sobre el mostrador.

—Lo siento, chicos. Estamos a tope.

Se intuye a una chica tras una voz de pito, unas gafas de un verde radioactivo, una colonia con olor a resort hawaiano, un suéter con más colorines de los que puede registrar el ojo humano y un colgante con la foto de Nick Carter, el rubio guapo de los Backstreet Boys. Bueno. El único guapo.

Le falta un cuerno en la frente para ser una monada de unicornio con horquillas de Hello Kitty, que están perdidas entre la marea de su pelo azulrosamoradoamarillo. Tiene 25 años, pero aparenta 45 menos. Su edad está en negativo.

—Una. Cama. Doble.

Repite, con pausas de cuatro conciertos de los Backstreet Boys entremedias, como si Dean necesitase un croquis para entenderlo.

Ella sí que necesita un croquis porque no comprende dos cosas.

  1. Por qué ese cretino está tratando de ligar con ella, cuando es evidente que esos dos hijos de perra que tiene enfrente están tan asquerosamente enamorados que hasta los ojos se les ponen en forma de corazón.
  2. Por qué le pide una habitación con dos camas por gigante que sea el chico -mudo, hasta que le demuestre lo contrario- que le acompaña. Da por sentado que son pareja y que no es la primera vez que van a deshacer una cama.

Dean resopla con resignación.

Debería haberlo supuesto. Hay más gente mala que buena en el mundo y sigue pensando que están en el Infierno. Normal que tengan el aforo completo.

Quizá, aún no sea tarde para salir por donde han entrado y buscar otro motel. Total, todos se parecen. Son feos, malos, baratos y pillan de camino a alguna parte.

Está a punto de descubrir que ese no cumple estrictamente con todos los requisitos.

—Cabéis en la cama. Os lo garantizo.

Está firmemente convencida, después de mirar a Sam de abajo a muy arriba, tan arriba que no le vendrían mal unos prismáticos para saber de qué color tiene los ojos.

Le da la sensación de que vienen de caber en sitios mucho más pequeños por cómo el alto tiene el pelo de revuelto y por la bandera de Japón que al otro le ondea en el cuello.

Dean está más blanco que la pared de enfrente, donde hay un casillero de madera, vacío, lógicamente, con la única llave que pende de él. La llave número 13, con los dígitos grabados en una placa metálica de color rojo sangre. Ya es mala suerte.

O no.

Es rojo, impar.

A lo mejor no es tan mala suerte.

La gente es muy supersticiosa.

 

Sam no dice nada. Para la recepcionista es mudo.

Dean lo dice todo. Para la recepcionista es un bocazas. Y para Sam también lo es.

—Somos hermanos.

Es como estar de vuelta en la cafetería. Todo explicaciones que nadie pide.

—Ya. Y yo soy Kate Moss. Ahora te firmo un autógrafo, guapo, en cuanto me apuntes el nombre que te dé la gana en el libro de registro. Porque os quedáis con la habitación, ¿no?

Masca chicle de forma ruidosa y molesta, mientras se saca un boli del escote y el colgante de Nick Carter se da la vuelta.

Y a la vuelta lo que lleva es una foto de Jesucristo. Será para compensar algo de lo que se siente culpable. O eso supone Dean, que ni se atreve a preguntar, pero sí a mirar descaradamente su canalillo.

—Se mira, pero no se toca. Ríndete, encanto. No tonteo con gente casada.

A Dean le da por mirarse las manos, como si fuera a encontrar una alianza de repente.

A ella lo que le da por mirar es su cuello.

Dean se vuelve a mirar las manos y lo que encuentra esta vez es el boli, que no tiene ni puñetera idea de cómo ha terminado entre sus dedos y que casi está firmando solo, debajo de Ronnie James Dio. ¡Vaya! Se le han adelantado. El nombre que quería ya está cogido.

Sam sigue callado y se está poniendo tenso. Muy tenso.

—No hay nada malo en mirar. A mí también me gusta mirar, chicos.

Lo de cobrar entrada ya no parece un disparate, sino un negocio viable y muy lucrativo.

Sam se sonroja y le entra tal vergüenza que parece que vaya a desmayarse, como una puta quinceañera en un concierto de los Backstreet Boys a la que Nick Carter ha elegido entre el público para subirla al escenario.

Dean no puede evitar sonreír. Ya no necesita preguntarle qué tiene que compensar.

—Pagaría el triple de lo que cuesta vuestra habitación por veros en acción. 65 dólares la noche y por anticipado, por cierto. No aceptamos tarjetas de crédito.

Extiende la mano y espera que los billetes le caigan como maná del cielo.

El esmalte de sus uñas es como su pelo y su suéter. La chica debe cagar arcoíris.

 

Por 65 pavos la noche ya se puede follar de lujo. ¿Te crees que esto es el Hilton?

—¿Te he dicho que somos hermanos?

Le vuelve a recordar. O a recordárselo a sí mismo. No le queda claro. Le da la impresión de que tantos colorines afectan al oído. Y a la memoria.

—Mejor. Conocer a la familia política es un coñazo.

Lo dice sin dejar de mirarle el cuello. Relamiéndose los labios.

—Oye, guapa, ¿tengo algo en el cuello?

—Nos la quedamos. Gracias.

Sam le arrebata la llave antes de que ella abra la boca y cierre el puño con el dinero.

—La vais a disfrutar, chicos. Es una habitación preciosa.

 

***

 

Provisiones. Sal. Balas. Estacas. Agua bendita.

 

Preciosa es sinónimo de espejos hasta en el maldito techo.

La gente que alquila ese tipo de habitaciones en un motel apartado es

—Para verse follar. ¿Para qué sino tanto espejo?

Tira el petate al suelo. Sólo hay una cama, así que le parece mejor sacrificar el bienestar de las armas que el de ellos.

Escoge el mal menor.

El mal mayor sigue siendo que hay una sola cama, el origen de todos los males, más bien.

Sam no está de acuerdo. Para él, el mal mayor son los dichosos espejos. Que Dean descubra el chupetón es simple cuestión de tiempo. De poco tiempo. Antes era una tarea difícil y ahora es una misión imposible.

La ventana está atrancada y sobre un escritorio reposa un televisor prehistórico.

 

Normal. Si vienes aquí, no es para ver la tele o deleitarte con las vistas al parking.

Dean se rinde a la primera con la ventana y no quiere comprobar si ese trasto con ínfulas de televisor aún funciona. No le apetece que salten los plomos y tener que encender velas.

Echa una ojeada al baño. Cutre, viejo y sucio, como todos. Hasta faltan azulejos.

No es lo único que falta. Ni se fija en que no hay un espejo frente al lavabo después de la saturación que hay en la habitación.

En lo que sí se fija es en la bañera. Es la más grande que ha visto en décadas. Está a medio camino de un jacuzzi y un parque acuático.

Antes, todas las bañeras le parecían enormes. No es que los fabricantes las produzcan cada vez más pequeñas, es que él ya no es un niño y ha crecido, aunque no tanto como Sam.

 

Ahí también cabemos.

Últimamente, Sam se ha convertido en una unidad de medida. Es la referencia que toma de todo cuanto hay a su alrededor.

Sam camina agachado por toda la habitación. Intenta localizar un enchufe para poner a cargar el móvil, pero va de reflejo en reflejo.

 

Dios, apiádate de mí. No puede ser que le esté mirando el culo a mi hermano y me esté poniendo cachondo de nuevo. Estoy completamente enfermo.

El culo de Sam se multiplica en los espejos. Hay mil culos por toda la habitación.

Dean se está mareando ante tal caleidoscopio de culos, involuntariamente su boca empieza a generar mucha saliva porque quiere lamerlos todos y, de pronto, hace calor. O tiene calor. Da igual. Está sudando muchísimo y no puede abrir la puta ventana.

Intenta dejar de mirarle -o de mirar, en general, porque hay Sam por todas partes, todavía más de lo que suele haber de manera natural- y fija la vista en el único trozo de pared donde no hay un espejo, pero que tampoco está vacío, sino que tiene una foto enmarcada de unos edificios.

—¿Y esto dónde coño está? 

Dean ni se plantea la posibilidad de que Sam no lo sepa cuando alza la vista. Además de ser el listo de la familia, tiene un culo increíble, visto desde todos los ángulos, puede dar fe de ello.

—En Madrid.

A Dean se le escapa una carcajada de pura incredulidad.

No parece que el Diablo haya metido sus manazas en ese paisaje urbano de la foto. No se parece a ningún Madrid en el que hayan estado. No forma parte de ningún infierno, más bien, todo lo contrario. Uno de los edificios incluso tiene la escultura de un ángel en lo alto de una cúpula, con incrustaciones doradas sobre tejas de pizarra azul. Azul oscuro. Su color favorito.

—En España. Madrid es su capital.

Dean se encoge de hombros. No tiene claro si España es un país que queda justo debajo de México o en la otra punta del Atlántico. Por lo general, tiene una orientación excepcional, es una brújula humana, pero nunca se le ha dado bien la geografía. Tampoco las matemáticas. Su fuerte es otro. Es ojeador profesional de culos.

 

Desde que han entrado, Sam lleva haciendo de salvapantallas cada vez que se mueve mínimamente y le está poniendo muy nervioso.

—Lo he visto al entrar. Lo del cuello. No pasa nada. Así que deja de revolotear a mi alrededor.

No le hace falta ver a Sam tantas veces ni en tantos espejos. Cree en el amor a primera vista. En el fondo, es un romántico.

—Tampoco es el primero que me haces, Sammy.

Sam también cree en el amor a primera escucha. La voz de Dean es devastadoramente bella.

Dean recuerda a la perfección el chupetón que Sam le hizo en Richfield, Utah, y ninguno puede echarle la culpa a José Cuervo. Aún le quema el recuerdo de los labios de Sam en el cuello y sus manos en otras partes. Le quema la tira de fotos que esconde en su cartera de aquel día. Le quema todavía más el mosqueo de proporciones bíblicas que tenía su padre.

Sam se queda completamente inmóvil y sin palabras. Las pocas que se le entienden se atropellan unas con otras y salen desordenadas, sin conjugar, como bloques de un rompecabezas que cuesta resolver. Es raro que Dean sea amable y comprensivo, pero aún más raro que quiera hablar de cosas de las que nunca han hablado y de las que, por lo visto, ahora quiere hacerlo, después de casi cinco años y sin haber bebido.

Dean le resta tanto hierro al asunto del chupetón que Sam decide recitar el comienzo de un exorcismo. Sólo por precaución. El latín es lo único que no se le ha oxidado.

—Perdona que te interrumpa.

Su paciencia se agota antes de que su hermano termine de decir omnis incursio infernalis adversarii. Y ya le parece que le dura bastante. Pero Sam está taaan guapo cuando habla en latín que le da pereza cortarle.

—Muy bonito tu poema. Te van a entregar el Pulitzer de Poesía, ¿lo has escrito pensando en mí?

—Si fueras un vampiro serías invisible en esta habitación, así que he pensado que podrías estar, no sé, poseído o…

Sam no termina de decir la frase cuando saca una bala de plata del bolsillo para estamparla contra la frente de Dean. Se le ocurre que podría ser un hombre-lobo o un trotapieles.

—¡Hostia puta, Sam! ¿Qué coño haces?

También se le ocurre, aunque a posteriori, que ha metido la pata.

Dean le empuja hasta arrinconarle contra uno de los espejos. Es rápido. Fuerte. Violento. Y está cabreado. Muy cabreado. Pero también muy contento porque, al menos, a Sam no le ha dado por dispararle esa bala.

También se alegra de que le haya descartado como vampiro. Acabar el día como una brocheta humana no es lo que más ilusión le hace. 

Sam ni siquiera intenta zafarse o escapar de esa celda improvisada de brazos, piernas, torso y espejos que Dean ha creado en un periquete a su alrededor. Podría. Pero no. Sólo respira a menos de medio palmo de su boca. Dean está muy cerca, aunque nunca está demasiado cerca como para que sea insoportable.

—Te juro que como lo próximo que se te ocurra sea rociarme con agua bendita, te voy a rociar con gasolina.

 

Guárdate tus amenazas, Dean. No te quedan cerillas.

Pero quema. Dean siempre quema, aunque, como ocurre con la distancia, nunca quema demasiado como para que sea insoportable.

 

***

 

Investigar. Interrogar a testigos. Seguir pistas. Encontrar un rastro.

 

Llevan dos días desayunando en esa embajada del Cielo que hay en el Infierno.

Tienen buen café, las tortitas están de vicio y la camarera es un ente angelical que ninguno se explica por qué Dios la ha expulsado de sus dominios para obligarla a trabajar en un sitio así.

Dios es un ser retorcido.

 

—¡Vaya! Seguís por aquí, hermanos de Philadelphia a los que les gustan las chicas y hacen reportajes para un periódico de sucesos. Al final os voy a coger cariño.

Miente. Ya se encariñó de ellos el primer día que aparecieron. Le dan ganas de invitarlos en Navidad y llamarlos sobrinos.

Somos periodistas. Con esa mentira se ganaron su confianza el día anterior.

O eso creen.

Ella, sin embargo, ya no se cree nada. Ni que sean periodistas, ni que les gusten las chicas, ni mucho menos que sean hermanos. Y no se lo cree porque estudió Periodismo antes de acabar arrastrando los pies y los platos en esa cafetería, porque le gustan los hombres y porque no mira de esa manera a su hermano que, por cierto, es el cocinero y tiene muy mal genio, pero le salen de rechupete las tortitas. Lo único que se cree es que son de Philadelphia y porque lo dijo el más alto de los dos. Le sonó convincente.

Decir algo con convicción no necesariamente implica que sea verdad.

 

Dean hace el esfuerzo de sonreír al pedirle más café. 

Ha pasado una noche de perros, como la anterior. Se ha acurrucado en una esquina de la cama, acosado por su propia imagen en los espejos, que le han devuelto ese sentimiento inútil que es la culpa desde todas las perspectivas. Ha intentado no moverse en toda la noche para no tocar a su hermano, que ha dormido a pierna suelta, el muy cabrón. Para colmo, se ha despertado a las tres de la madrugada porque Sam ha tirado de las sábanas y le ha destapado. Tenía frío. Más frío del que hacía en realidad. Curioso. En cuanto se ha dado la vuelta y se ha abrazado a su espalda, como si le quisiera abarcar dos veces, tenía calor. Más calor del que hacía en realidad.

Suena Blue morning, blue day de Foreigner en el hilo musical.

 

Out on the street, it's 6 a.m. Another sleepless night.

Three cups of coffee and I can't clear my head from what went down last night.

 

Sí. Dios es espantosamente retorcido, pero tiene un gusto musical exquisito. Debe ser músico. O, por lo menos, no estar sordo, aunque no da esa impresión cuando se le pide algo.

Músico y tacaño.

Ni Dios es perfecto. 

 

—Me gusta el café.

Dean sigue ampliando su lista de cosas que le gustan. No parece empachado.

—Y las tortitas también.

De eso tampoco parece empachado por cómo le da muerte a dos carrillos a esa mole de cuatro pisos con sirope de arce que se ha pedido.

La camarera le rellena la taza. Tiene pinta de necesitar tanta cafeína que está por llamar a su proveedor habitual para hacerle otro pedido.

Empieza a acostumbrarse a que ese chico hable mucho y no diga nada. Al contrario de cuando está callado.

Está segura de que cuando Dios castigó a la humanidad y derribó la Torre de Babel, a él le cayeron encima todos los escombros.

Sam está intentando rescatarlo. Retirar cascote a cascote, piedra a piedra, hasta sacarlo de entre las ruinas.

 

You know we both have our own little ways, but somehow we keep it together.

You hear me talk, but you don't hear what I say. I guess it don't even matter.

 

Sí. Dios es espantosamente retorcido. Músico, tacaño y retorcido.

 

—¿Conoce a la hija del hombre que murió en el derrumbamiento de la mina? ¿Sabe si aún vive aquí o dónde podemos encontrarla para entrevistarla?

Trabajo. Trabajo. Trabajo.

Para Sam no es trabajo. El verdadero trabajo está bostezando, mientras el sueño se le desprende a pedazos de los ojos y se bebe el tercer café de trago para espabilarse.

—Sí. Ahora te indico. Su padre era un inmigrante italiano.

La camarera sonríe con tanta hospitalidad que hace que los vendedores de biblias, que van de puerta en puerta, parezcan unos desaprensivos.

Nunca pone cara de lunes.

No será un ángel, pero no tiene nada que envidiarles.

—Pero ella habla nuestro idioma, ¿no?

—Sí, claro. A veces el idioma no es el problema, ¿verdad, chico? Es la falta de comunicación la que hace que no nos entendamos.

No se está refiriendo a la mujer del caso. Mira a Dean de reojo.

—¿Me he perdido algo?

Dean habla con la boca llena. Hay más tortitas que palabras en su pregunta. Por fin se ha despertado.

Cascotes. Piedras. Ruinas.

Trabajo. Trabajo. Trabajo.

Sam va a tener que seguir excavando.

 

***

 

Elegir las armas. Saber con qué se combate a esa cosa maligna. Dar con ella. Matarla.

 

—Repasemos el plan.

Dean cierra la puerta del coche. Andares de cowboy. Rebusca en el maletero. Saca dos linternas, un casco y medio saco de sal.

—Entras en esa mina, quemas lo que quede de ese tío y nos piramos de este pueblo infernal.

Sam se cruza de brazos ante su propuesta, no hace ni el amago por coger la linterna y el casco, mucho menos el saco. Lo deja caer todo al suelo.

—¿Quieres que te despida con un besito de buena suerte antes de entrar, princesa minera?

Dean intenta hacerse el gracioso, pero sólo le traslada su incomodidad. Como Sam se lo tome de forma literal y le dé un beso, lo que le va a devolver es un puñetazo. 

—No voy a entrar ahí, Dean. Vas a hacerlo tú.

Debería sonar algo más amable o, como poco, neutral, pero Sam suena autoritario y extraordinariamente familiar. Suena a su padre. Es un John de catálogo.

 

Luego pregúntate por qué discutías tanto con papá, Sammy.

 

A Sam se le escapa el aire.

A Dean, la paciencia.

Esto ya lo ha visto antes, se titula El Señor de los Anillos y él acompaña a Frodo a Mordor o a donde haga falta.

Y entre esos dos hobbits también había un rollo raro.

—Hazme ese favor, Sam. No llevo cerillas.

—A ver si lo he entendido bien, Dean. Yo he encontrado el caso. Yo he investigado sobre el espíritu. Yo le he sonsacado información a nuestra nueva amiga de la cafetería. Yo he interrogado a la hija del hombre que murió hace más de cincuenta años en esta mina. Yo he conseguido los mapas subterráneos. Y, ¿yo también tengo que pasar ahí para hacer el trabajo sucio?

 

Sí, para eso eres Frodo, el prota, pero dos millones de veces más alto y sin pelo en los pies. Yo sólo soy el escudero inútil que te sigue a todas partes porque estoy perdidamente enamorado de ti.

Cuando Dean quiere esquivar esa bala, ya es demasiado tarde. Le ha alcanzado de lleno y está sangrando. No repara en que lleva sangrando hace años por ese mismo agujero que ahora se ha hecho enorme.

Nunca lo había pensado. No con tanta sencillez y clarividencia. No con palabras. No con esas palabras. No hasta ahora.

Pero las revelaciones casi siempre vienen cuando uno menos las espera y casi nunca son las que uno espera.

Esa revelación es más que una pepita de oro, es una veta enorme que reluce entre tantos pensamientos de carbón, como todo el que le aguarda en esa mina a la que se niega a entrar, solamente para probarse a sí mismo que es capaz de desobedecer una orden y de decirle que no a su hermano.

 

Perdidamente enamorado de mi hermano. J-O-D-E-R. Me he coronado.

Cierra los ojos con fuerza.

Olvida que cuando uno cierra los ojos para no ver lo de fuera, ve con más claridad lo de dentro.

Está aterrado. Horrorizado. Acojonado. Y cegado por el resplandor de esa veta.

Se siente patético. Penoso. Un completo gilipollas.

 

¿En qué momento me ha pasado?

Porque le ha pasado. Le pasa. Le está pasando. Aunque no quiera.

No importa cuándo le ha pasado. Ni por qué le ha pasado. Ni cómo le ha pasado. Ni siquiera qué le ha pasado. Sino con quién.

No sabe qué hacer con esa veta para que Sam no la vea. Pero tiene que esconderla.

Aunque no se le ocurre nada. No le dedica mucho tiempo a pensar. No es ningún filósofo.

 

—No se te van a caer los anillos por echar sal a unos huesos y prenderles fuego, Dean.

 

De eso mismo va la peli, de anillos, pero Sam no se casa con Frodo ni en la versión extendida.

—Maldito seas, Sam. No tienes ni pizca de compasión. Estoy hecho polvo, me has dejado sin agua caliente esta mañana y he dormido tres noches en una esquina.

 

Porque eres masoquista. Cabemos de sobra en la cama y en cualquier sitio que se nos ocurra, Dean. Pero a ti no te cabe en la cabeza.

Y ahí está esa carita de limón con su infinita cabezonería.

—Dame tus putas cerillas.

Sí. Le está saliendo cada vez más caro.

A la mierda lo de ser positivo. No es un puto libro de autoayuda.

 

***

 

Regresar al motel. Lamerse las heridas. Beber. No hablar de otras mierdas. No hacer otras mierdas. Rutina.

 

La rutina le dura tres días. Lo mismo que lleva sin llover. Lo mismo que llevan sin follar.

Un bar, un mal panorama y un diluvio a escala. Una premisa excelente para acabar el día. El último día en el Infierno para continuar buscando a su padre.

Hay un pestazo a alcohol que se impone por encima del tufo a tabaco y a marihuana en el local. Simplemente, con inhalar hondo, podrían acabar borrachos y colocados de manera totalmente gratuita.

También hay gente de mala vida, con cara de pocos amigos y muchas cervezas.

Música ensordecedora. Lo más suave que pinchan es Ace of Spades de Motörhead.

Y una única camarera -y ninguna sucedánea que no esté anclada alrededor de la nuca o cintura de alguien-, que aspira a ocupar el puesto número 82.051 en la lista, o a inaugurar el contador, según el optimismo con el que Dean lo mire.

En menos de veinte minutos, Dean consigue robar dos carteras, la invitación a un trago y el número de teléfono de la camarera.

Los tipos a los que les birla la cartera tienen pinta de llenar dos cárceles enteras con sus antecedentes penales, el trago es claramente de garrafón y la camarera no es más que una camarera a la que aún le queda algo de cara en el maquillaje.

Cree que, tras unos tragos más y un polvo rápido con ella, antes de llevar a Sam con Lori, todo volverá a su cauce. Que recuperará la rutina. Que todo estará bien. Normal. Como antes de lo que le ha pasadole pasale está pasando.

Va a ignorarlo con todas sus fuerzas.

Su nombre le importa una mierda. Está seguro de que ella se lo ha dicho al presentarse, pero le ha chisporroteado como Pop Rocks en la lengua. Es rubia. Ojos color medaigual. No especialmente guapa, pero nada que no solucione con whisky y la postura del perrito. Camisa desabotonada, como un buen mirador con vistas. Nariz chata. Labios gruesos. Es perfecta. Lo es porque es una chica, no le recuerda en absoluto a Sam y, ante todo, porque no es su hermana.

Como la inmensa mayoría, ella no es inmune a sus encantos ni a su pose de ligar cuando le pide que le rellene el vaso.

No tiene que seguir el protocolo, ni invitarla a una copa, ni hacerse el interesante. Ya está en el bote. El polvo le va a salir barato.

O no.

Sam carraspea a su lado. No le hace falta ni hablar.

Dean gira levemente la cabeza para mirarle y la sonrisa se le amalgama.

Mierda.

Se restriega la cara e insiste en la frente porque esa palabra tan incómoda no se le ha borrado del todo de ella y es detrás donde tiene todo el enredo.

Con qué facilidad se desmorona la normalidad y esa rutina que intenta retomar.

Lo que Dean no advierte es que se puede desmoronar aún más.

 

Bebe, bebe y bebe. Tres vasos seguidos de whisky y sigue sin ver atractiva a la camarera. Pero piensa emborracharse hasta que se parezca a Salma Hayek si se tiñera de rubia.

Dada su alta tolerancia al alcohol y que tiene tres carteras llenas, espera que ella no termine su turno antes de que él logre su objetivo.

—Baja el ritmo.

Sam le sermonea como si la moderación fuera una virtud que concerniese a su hermano.

—Me gusta el whisky.

Otra cosa más que le gusta. No para de enumerarlas.

Por cada pulgada que ella se acerca a Dean, a Sam le crece el odio más de media milla.

Reconoce ese sentimiento al mirarla. Es muy familiar. Cotidiano. Un viejo conocido que siempre se presenta de improvisto y pone su vida patas arriba.

Puede que se le retuerza algo por dentro.

Puede que sepa qué es y cómo se llama.

Puede que prefiera ignorarlo.

Puede que esté celoso.

Ya le ha pasado otras veces. Le pasa. Le está pasando.

Sam siente que tiene de nuevo 15 años. Su nudo en la garganta se llama Lindsay Aston. Están en Madrid, Iowa. Se clava las uñas en el antebrazo para dejar de sentir un dolor que no comprende, que no es físico y que sospecha que no debería tener.

Después tiene 16. Esta vez el nudo se llama Alisson West. Están en Redmond, Utah. Por mucho que se hinque las uñas, el dolor sigue sin remitir, pero cada vez lo entiende más, lo llama por su nombre y aprende a convivir con él tanto como a ocultarlo.

Luego tiene 22. Se llama Cassie Robinson. Es la primera y única exnovia de Dean. Están en Cape Girardeau, Missouri. Tiene las uñas demasiado cortas para autolesionarse y se cree tan maduro como buen actor, gracias a las clases de teatro a las que se apuntó hace mil años.

Vuelve de su regresión y aterriza en el presente, ahora tiene casi 23. No sabe cómo demonios se llama esa camarera de nariz chata, pero tiene todas las papeletas para convertirse en otro nudo en la garganta que ya comienza a asfixiarlo. Y él tiene la costumbre absurda de respirar todos los días y a todas horas desde que nació. Tonterías de estar vivo. Están en Madrid, Iowa. Otra vez. El círculo se cierra.

Un círculo más en el que está condenado a transitar hasta el fin de sus días, enganchado a esa sombra escurridiza que le está dando un montón de trabajo.

 

—Un chupito de tequila —pide Sam.

Y adiós del todo a la normalidad y a la rutina.

A Dean le gustan muchas cosas y las dice.

A Sam no le gustan algunas y se las calla.

A Sam no le gustan las traiciones ni la competencia y esa noche están convergiendo ambas cosas en una.

Una confluencia fatal.

Trabajo. Trabajo. Trabajo.

Está desbordado.

Suerte que es adicto al trabajo.

Dean no quiere ni mirarle. Ver a su hermano bebiendo tequila es como asistir a un ritual en el que uno termina hechizado de por vida y no existen conjuros ni brujas capaces de deshacer el sortilegio.

Es por la forma en la que Sam lame el torso de su mano para echarse un poco de sal. Por cómo coge el vasito con esos dedos tan grandes y a la vez tan hábiles. Por cómo pasa la lengua para arrastrar la sal. Por cómo posa el borde del vaso en sus labios para beber. Por cómo se agita su nuez al tragar. Por cómo muerde el limón y, por la corona de espinas que promete incrustarse en la maldita cabeza antes de crucificarse él mismo del revés, como el anticristo en el que cree haberse convertido, por cómo un chico tan soso a la hora de comer irradia tantísima sexualidad al beber.

Siente una carga insoportable de culpabilidad.

Se odia.

Se tiene asco.

Se quiere matar.

Por estar mirando de esa manera a su propio hermano, a ese que de niño le ha llevado al colegio, al que le ha hecho el avión con la cuchara, le ha sonado los mocos, le ha atado los cordones, le ha leído hasta cuentos y -qué coño, no va a restarse méritos- le ha criado prácticamente solo porque su padre casi nunca estaba.

Y ni teniendo eso presente deja de estar empalmado.

Sam ve en el brillo de sus ojos algo que chirría, que le indica que Dean está sintiendo cosas por las que se castiga, cosas que no cree que deba disfrutar al mirarle.

—¿Y a ti te pongo algo?

La antigua aspirante a convertirse en la camarera 82.051 chasquea los dedos al quedar relegada a un segundo plano.

 

Me pones muchísimo menos que él, guapa.

Y lo de guapa es un cumplido para ser hipócrita hasta cuando ella no le escucha, porque presiente que ni con tres botellas de esa bazofia que le está colando por whisky, va a conseguir verla como a Salma Hayek.

—Tequila. A él. Tres. Ya.

Mala idea. Pero a los animales sólo les mueve el instinto.

—Mejor deja la botella.

Dean arrastra un par de billetes arrugados por toda la barra, sacados de una cartera que no es la suya.

—¿Piensas conducir tú hasta el motel, Dean?

A Sam le encanta su trabajo y, como a Hannibal, el del Equipo A, que los planes salgan bien.

La camarera se dirige hacia el otro extremo de la barra para atender a otro cliente y ponerse a coquetear con él, claramente su plan B.

Pese a la fama que precede a las rubias, ésta es lista, se ha dado cuenta enseguida de que estorba y que con ese pobre diablo no tiene nada que hacer.

—Como te gusta elegir la música.

Dean bebe a morro de la botella de tequila. Cinco lingotazos consecutivos. Tiene la esperanza inútil de que así se le baje todo lo que tiene levantado en el cuerpo, igual que desciende el alcohol por su garganta, porque nota toda la sangre agolpada en el mismo sitio, un sitio anatómicamente conflictivo al estar acompañado de su hermano.

No puede parecerle más pretenciosa su pregunta que, para colmo, va con segundas. No cree que aguante hasta el motel sin ponerle antes la mano encima. No deja de pensar que el aseo de caballeros está a siete pasos a la derecha, lo más parecido a un reservado que hay sin forzar la cerradura del almacén.

Mezclar familia, trabajo, sexo y bebidas alcohólicas. Un día cualquiera en la vida de un Winchester. Lo típico que un chalado, recién salido de Arkham y que ha compartido celda acolchada con el Joker, le aconsejaría hacer para ver el mundo arder.

Pero puede manejar la situación. Todavía puede.

Se cree Batman.

Y está a punto de comprobar cuánto se equivoca, aunque ese antro en el que están podría encajar perfectamente en los suburbios de Gotham.

—Déjame tu móvil.

—¿Para qué, Sammy?

Antes de que Sam responda, le vienen a la cabeza los veinticuatro mensajes de texto que aún no ha eliminado.

Va a defender el móvil con su vida.

—No vas a llamar a esa… camarera.

Sam hace una pausa entremedias porque sólo se le ocurren insultos y le lleva su tiempo atinar con la palabra. No es por el tequila. La ira y los celos nublan la razón hasta de los genios.

A Dean le entra la risa floja.

Sam celoso le parece sencillamente adorable, se lo comería a besos ahí mismo, delante de todos, hasta le haría una mamada, pero no va tan borracho, aunque se le ha puesto todavía más dura al escucharle.

No va a prestarle el móvil. No sea que Sam se meta en la bandeja de salida por error, o a cotillear adrede. Nunca se sabe. Su hermano es impredecible.

Está por formatear el teléfono. Perder todos sus contactos es mejor que perder la dignidad. Sam es grande, fuerte y ha bebido mucho menos, tiene los reflejos casi intactos. Como se ponga cabezota -más de lo que es- y pierda su pacifismo -cosa que a veces pasa-, ya ha calculado qué porcentaje de posibilidades tiene de salir airoso y no le gusta el resultado.

Malditas matemáticas. Siempre tan exactas. Nunca fallan.

Lo que no sospecha es que Sam ya leyó siete mensajes de las dos docenas que guarda.

—Pues claro que la voy a llamar, cuando me apetezca.

—Ni siquiera es tu tipo.

—Mi tipo son todas, señor listillo.

Sam tiene la mirada cargada de fuego, acero y sangre. Como una maldita bala en la que ha grabado sus iniciales antes de disparársela.

—Pero tú qué coño vas a saber si sólo eres mi hermano.

Ese es un golpe bajo. Dean sabe darlos.

—Pues espero que no te la tires pensando en tu hermano.

Ese, directamente, es un golpe en los testículos. Sam sabe devolverlos.

Y después, un segundo eterno, detenido en el tiempo, de calma total.

Hasta que arranca el huracán y se lo lleva todo por delante con su fuerza destructiva.

En algún momento del forcejeo por acaparar el móvil, entre empujones, codazos, enganchones, ataques, placajes, un puñetazo violento en la mandíbula de Sam, una patada voladora en la corva de Dean y un taburete recién terminadas sus prácticas en Ingeniería Aeronáutica, los dos acaban dentro del baño, que no está a siete pasos como Dean había calculado, sino a cuatro y medio durante una pelea, con las bocas en un intercambio de sabores de tequila y whisky para cerrar las de quienes piensan que las mezclas no son buenas y que algunas ni combinan bien.

Las hostias derivan en fricción. El roce de un vaquero contra el otro. El cuero contra la franela. Mejilla contra nariz. Labios contra oreja. Manos por todas partes. Piernas contra entrepiernas.

Dean no recuerda cuándo ha descuidado su defensa para recibir un rodillazo en las costillas.

Sam no entiende por qué tiene un dolor agudo a la altura del bazo.

Ninguno se explica cómo terminan tan empalmados, pero ahí están.

Bailan un atípico vals de lavabo en lavabo, al ritmo frenético y salvaje de Right next door to Hell de Guns N’ Roses, que dentro del baño se oye enlatado y lejano. Se frotan como animales en celo y chocan uno contra el otro y contra todo lo que se interpone en sus trayectorias. Se tiran de la ropa sin contemplación. Se besan a mordiscos de vez en cuando, como si quisieran arrancarse los labios. Furiosos. Ansiosos. Luchando. Así es como uno se enrolla con su hermano.

Trabajo. Trabajo. Trabajo.

Dean no es el único que adora su trabajo.

 

—¿Qué estás haciendo, Sam?

Dean le aparta bruscamente, momento que aprovecha para recuperar el aliento, mientras hace un último esfuerzo y le golpea el pecho para estamparle contra la puerta de un retrete en el que casi acaban dentro por inercia.

Lo pregunta como si supiera lo que está haciendo él mismo.

¿Qué estamos haciendo, Sammy? ¿Quécoñoestamoshaciendootravez,joder?

Se replantea, crudamente sincero, esta vez con la entonación adecuada, el nerviosismo pertinente y hasta aderezado con un par de tacos.

Dean suena peligroso y hostil, pero contenido. Suena aterrado y aterrador. Suena como tiene que sonar. Como un animal herido, rabioso e indefenso, que se retuerce en un cepo del que no se puede liberar.

No deja de ser un bicho atrapado en una telaraña gigante. Y cuanto más tira del hilo, más se enreda.

Sam se detiene justo al filo de esa voz ronca y aguanta en la línea imaginaria el pistoletazo de salida. Mastica la tensión, pero no se achanta ni se acobarda. Ha escuchado muchas veces muchas cosas en muchos tonos y hasta con sangre de por medio. No se asusta con facilidad.

El miedo y la respiración son de las primeras cosas que un cazador aprende a controlar.

La respiración viene dada con la práctica.

El miedo sólo hay dos formas de vencerlo. Huyendo o luchando.

Es un Winchester. Dean no tiene que licuarse los sesos para saber por cuál se va a decantar.

—¿Qué estás haciendo tú, Dean? ¿Me lo puedes explicar?

Es evidente. Dificultarle el trabajo. Hacerlo todo complicado por el motivo de siempre.

Dicen que la piel tiene memoria. Dean quisiera desollarse vivo, como lo haría un wendigo, porque le es insoportable cómo su piel echa de menos a Sam.

Se resiste un poco más a aceptar lo que le ha pasado, le pasa, le está pasando.

Pero cada vez tiene menos fuerzas para ignorarlo.

Sam decide tomar la iniciativa, se ha cansado de esperar. Para algunas cosas tiene poca paciencia. Así que recorre esa distancia tan corta entre sus bocas que, aunque ya la ha atravesado en innumerables ocasiones y se sabe el camino de memoria, siempre le parece un tramo muy largo e intransitable.

Sam le agarra de la cazadora para besarle. Dean siente como si le llenara el depósito hasta arriba de combustible para seguir rodando por todas esas carreteras por las que se está perdiendo con él.

No oponer resistencia cuando Sam le besa es como dejarle conducir, además de dejarle elegir la música. Es ese solo de guitarra de Stairway to Heaven que le saca de ese antro, de ese baño, de cualquier sitio, de dondequiera que esté y, sobre todo, de cuantos infiernos está pisando para meterse en otros.

Porque el Infierno está empedrado de buenas intenciones. Y ellos son todo buenísimas intenciones con las que tropiezan. 

—Para, Sam, por favor.

Casi es un ruego, mecido por esa voz áspera que lo funde todo como caramelo.

Sam le ignora.

No obedece ni ruegos ni órdenes. Nunca ha sido un soldado. Una vez lo intentó y desertó.

Y no. No va a sentirse sucio ni culpable por hacer bien su trabajo.

—No le importa a nadie, Dean.

Y menos le importa a él, con los labios algo hinchados y enrojecidos por besarle y por el golpe que le ha dado Dean. Mañana le saldrá un moratón, pero eso es algo que tampoco le importa. No le importa nada, ni siquiera lo agrietados que su hermano tiene los labios por el frío, ni cuánto raspa su barba de cinco días porque hoy tampoco se ha afeitado y eso que llevan tres noches en la misma cama como hermanos.

—Sam.

A Dean se le olvida hasta lo que iba a decir después del nombre. Es el efecto amnésico que tienen esos dedos ágiles que acaban de bajarle la bragueta y le hacen estremecer. Sólo jadea, caliente, húmedo, impaciente, sobre la boca de Sam, que apenas deja que hable la suya.

—Esto está mal, Sammy. No deberíamos.

Y es pura contradicción dinamitada. Se incendia por dentro y está tan desesperado por besarle de nuevo que ni es consciente de estar dejando que sus lenguas se muevan, se busquen, se consuelen, intercaladas con palabras y gruñidos que salen de la boca del estómago, donde tiene ese enjambre de avispas asesinas.

—Aquí también cabemos los dos, ¿lo comprobamos?

Sam ladea la cabeza hacia la cabina del retrete.

Sí que es un santo el chico, sólo le falta un halo por diadema porque Dean juraría que hasta resplandece.

Carita de ángel y mil demonios en la cabeza, que le sugieren entre susurros un montón de ideas perniciosas con olor a azufre.

Otra vez el problema es lo que dice, cómo lo dice y esa media sonrisa que es la causante de que los osos polares se estén quedando sin su hábitat natural porque está derritiendo todo el hielo con ella.

Dean traga saliva con dificultad al mirar de reojo la cabina del retrete.

Se agobia sólo de pensar en entrar, cuanto más acompañado de ese armario que tiene por hermano y que le besa como si fuese el puto fin del mundo.

Tal vez lo sea.

Si el Impala ya le parecía pequeño, dentro de ese retrete no podrían ni revolverse.

Pero si Sam no para de mover su mano alrededor de su polla, como si estuviese testando el retroceso de un arma, y hacer esa cosa con el pulgar que le vuelve loco perdido, mientras le mantiene sujeto contra la pared, como si temiera que fuese a desmayarse -algo que no descarta-, no va a tener ni que ponerse en la tesitura de si caben dentro del retrete.

—No voy a echar un polvo contigo en un baño público, Sammy.

Podría poner de pretexto que no se puede caer más bajo, que Sam se merece algo mejor, que no es nada decoroso, que no es decente -como si hubiese habido algo de decencia en montárselo con su hermano las veces anteriores-, que no es lugar para el chico bueno, formal y educado que siempre sabe comportarse, que no pierde la cabeza, que lo tiene todo bajo control. Todo eso que se ha ido a la mierda.

Se equivoca.

Sam sigue teniendo el control. Siempre lo ha tenido, lo tiene, lo está teniendo.

Pero lo que a Dean no le gusta de ese baño maloliente, mugriento y alicatado de pintadas hasta el techo es que, como el Impala, es claustrofóbico, apretado y de seguro correría la mala suerte de golpearse con cosas duras en partes blandas. Es otra puta jaula.

Y a Dean le gustan muchas cosas, empezando por Bon Jovi, pero hay algo que no soporta, además de que se le escape el monstruo de la semana. No le gustan las fieras enjauladas. Las prefiere salvajes.

—Pues vayámonos a donde lo quieras echar porque lo vamos a echar, Dean.

Lo dice como si dijera que el agua moja, que el cielo es azul y que los Patriots ganaron la última Super Bowl.

A Dean le está costando abrocharse la bragueta de lo abultada que está, mientras se le escapa un joder, Sam, que narra siete historias distintas a la vez. Ninguna que no indique su rendición, que se ha quedado sin argumentos o que no le esté empujando hacia la cama del motel.

 

¿Cómo hemos terminado así de jodidos?

Su pregunta es puro pasmo.

La respuesta, pura lógica.

La tiene en uno de esos SMS que no ha eliminado, el último que Sam leyó y que él ni recuerda haber escrito en un pueblo de Indiana.

 

"El agua me llega hasta los tobillos en los charcos. Odio este puto pueblo de Indiana. Me recuerda a Madrid. Creo que aún sigo en aquella cama, pero tú ya te has ido."

 

Cascotes. Piedras. Ruinas.

Aún respira, como un moribundo bajo los escombros de la Torre de Babel. Habla el mismo idioma que su hermano, pero no ha aprendido a comunicarse.

Trabajo. Trabajo. Trabajo.

Rutina.

Tal vez sea hora, no de cambiar, sino de ampliar esa rutina.

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