EPITAFIO
Esa noche otoñal, en el cementerio de Easton, las sombras bailan al ritmo del viento y el aire huele como si la Madre Naturaleza estuviera tratando de darle a la víspera de Halloween un toque de aromaterapia.
También huele a la sangre de muerto que Sam se ha volcado encima cuando quería paralizar con ella a un vampiro.
Un vampiro torpe y sin coordinación. Sam juraría que el tipo se ha roto el cuello solito, cuando ha saltado sobre él para intentar clavarle los colmillos.
—¿Estás bien, Sam?
Dean aparta de una patada el cuerpo del vampiro al que cree que ha matado heroicamente con una estaca -aunque Sam tiene sus reservas sobre la causa de la muerte- para que su hermano pueda levantarse.
—Puto chupasangre aficionado.
Odia a los vampiros. Y más desde que se pusieron de moda las pelis de Crepúsculo. Al que se han cargado, sólo le faltaba brillar, como Robert Pattinson. Además de torpe era gilipollas.
Gilipollas porque ni siquiera se ha inmutado cuando los ha visto acercarse con cara de eres el vampiro un millón y queremos premiarte con una estaca. Ha salido corriendo hacia ellos, como si quisiera un abrazo grupal y el regalo de bienvenida de sus futuros estacadores.
La inmortalidad no te garantiza no ser idiota. Sólo te garantiza ser un idiota durante mucho tiempo.
—¿Te lo puedes creer?
Dean se sacude la cazadora y la inspecciona, como si fuera a encontrar restos de algo que no fuera sangre fresca y polvo, mientras se apoya en una lápida derruida. Jadea levemente después de un enfrentamiento que, aunque corto, ha sido más intenso de lo que está dispuesto a admitir. Intenso y sucio. Pero está vivo. Y, más importante aún, Sam también lo está. Lo demás le importa un mierda, aunque tampoco está dispuesto a admitirlo.
—¡Me ha mordido la cazadora! ¿Sabes lo cara que es?
Sam se encoge de hombros e intenta no reírse por lo indignado que suena su hermano. Dice lo de la cazadora como si la hubiera comprado.
—Esto es peor que cuando te cargaste mi cinta de Led Zeppelin, tío.
—Eso fue un accidente, Dean.
Sam se defiende y levanta las manos en señal de paz, eximiéndose de toda responsabilidad. Que la cinta acabara hecha trizas bajo su cuerpo, no fue culpa suya ni de su peso. Fue culpa de la cinta, que se puso justo debajo cuando Dean ya estaba encima.
Además, no entiende por qué su hermano se queja después de tantos años. Fue un polvo discográficamente increíble.
—No sé qué clase de vampiro se esconde en un cementerio. ¿Estaba intentando ganar el premio al mayor cliché del año o qué?
—Quizá sólo quería ahorramos tiempo cuando lo matáramos.
Dean lo mira con sorpresa y luego suelta una carcajada.
—Mira quién está aprendiendo a ser gracioso —dice, dándole una palmadita en el hombro—. A este paso me voy a quedar sin trabajo, Sammy.
Sam sonríe y los dos se quedan en silencio durante un momento. Es como si el viento pudiera arrastrar el crujido de cada hoja con el hedor pesado de la muerte y cualquier interrupción fuera un chiste macabro de mal gusto.
—Te quejas por vicio, Dean. Yo no voy a poder sacarme este olor asqueroso de la ropa. Nunca.
Sam le replica, mientras coge el bidón de gasolina con desgana para rociar al vampiro.
—Pues quítatelo todo, Sammy.
Desde hace años, es su frase favorita. Nunca se cansa de ver lo rojo que se pone su hermano cuando se la dice. Y Sam nunca se cansa de intentar disimularlo.
—Así no me manchas la tapicería del coche y nos sirve para quemar a este capullo.
Dean patea el cuerpo del vampiro con saña, como si todavía necesitara una paliza postmortem por destrozarle la cazadora a mordiscos.
Sam aprieta los labios y deja pasar de largo su comentario como el que no abre un paquete sorpresa en el Día de los Inocentes. No sabe a qué tapicería se refiere. Será a la de un coche que piensa robar. Porque, en cuanto se monten en el Impala, van a ser lo más limpio que haya en él.
—Después de una buena cacería, me merezco una ducha relajante, una cerveza fría y un polvo decente. Y no necesariamente en ese orden.
Dean le guiña un ojo. Da un paso hacia Sam, que puede sentir el calor que desprende su cuerpo después de la caza, el mismo calor que siempre hace que las cosas entre ellos salgan ardiendo.
El tono de Dean pretende ser ligero, pero está tan saturado de insinuaciones que hace que la gravedad aumente un grado y la temperatura, unos cien. Su mirada está cargada de esa energía residual tras la cacería y el subidón de adrenalina.
Sam arquea una ceja.
—Dean, ¿en serio? ¿Me sueltas una de esas líneas justo aquí, en un cementerio?
—¿Y por qué no? —sonríe, despreocupado, suave, como zumo de melocotón en verano—. Vamos, Sammy. Acabamos de cargarnos a un vampiro, lo mínimo es celebrarlo, ¿no?
Sam menea la cabeza. La falta de vergüenza de su hermano puede verse desde la otra punta de Connecticut.
—¿Un polvo decente? ¿En un cementerio?
A Sam no le casa. No le casa para nada. Mira a Dean como si le hubiera sugerido cazar unicornios en el centro de Times Square un martes por la tarde.
Nunca han estado en Nueva York. Le gustaría ir con él. Para cazar unicornios o para lo que fuera, aunque sea la madrugada de un jueves. Sólo están a unas dos horas y media de viaje. Algo menos si conduce Dean, que se salta los límites de velocidad igual que se salta los límites de la fraternidad.
—Bueno, pues tú me dirás. Un polvo es a lo único a lo que puedo aspirar aquí. ¿O sabes de dónde sacar una ducha y una cerveza?
—Oye, ¿qué es eso de que tú te mereces? ¿Yo no merezco nada? También he colaborado.
Antes de que Sam pueda decir algo más, Dean le empuja suavemente contra una lápida cercana. Sus ojos verdes brillan con el descaro habitual y, a la luz de la luna, prometen ese tipo de diversión que sólo puede terminar en problemas si aparece el guarda. Sam cree que nunca se llegará a acostumbrar.
Tampoco es que quiera.
—Tú lo que te mereces es una lápida en este cementerio que diga, aquí yace Samuel William Winchester, el tío con el mejor hermano del mundo y con el que echaba unos polvos increíbles.
Sam quiere responder, de verdad que sí, algo como incluso en mi lápida, tienes que ser tú el protagonista, pero entonces Dean le besa, hambriento, con tanta lengua y con tanta saliva que Sam no puede más que dejarse llenar la boca de él. Un beso no tan inesperado y lleno de esa energía post-caza que siempre hace que se le derritan hasta los pensamientos.
—Estamos en un cementerio, Dean.
Sam se lo recuerda cuando se separan, como si no fuera lo bastante evidente estando donde están, rodeados de tumbas y con un vampiro muerto en el suelo con el que casi tropieza al corresponder el beso.
—¡Exacto! —Dean levanta un dedo, como si acabara de descubrir la pólvora—. Los muertos no pueden quejarse y a nuestro amigo Mordisquitos, aquí de colmillos presentes, tampoco le importa.
Sam le mira durante unos segundos, intentando mantenerse serio, pero la risa le burbujea en la garganta y en el pecho, mientras la voz de Dean le raspa los oídos.
—Esto es lo más absurdo que hemos hecho, Dean. Y mira que una vez exorcizamos a un mapache.
Sam traga saliva y trata de mantenerse más frío que el mármol de las lápidas cuando siente los dedos de Dean, cerniéndose con urgencia sobre la cremallera de su vaquero, mientras se acerca a sus labios para volver a la carga.
Dean está claramente cansado de tanto bla, bla, bla. Necesita menos diálogos y más acción, no otra puta entrega de Crepúsculo.
—Si quieres añadir esto a la lista de cosas absurdas, yo no me quejo.
Dean le empuja un poco más contra la lápida, hasta que ésta parece que forma parte de la columna vertebral de Sam. Su voz ronca se quiebra antes de un segundo beso, más lento, más deliberado, más profundo, más ambicioso.
A Sam le cuesta seguirle el juego sin soltar un Dean, córtate un poco, que suena mucho menos convincente de lo que sonaba dentro de su cabeza. El calor que enciende en su cuerpo choca contra esa sensación de irreverencia, cuando Dean le mete mano, le lame el cuello y después amaga con ponerse de rodillas. Le aparta la camisa como la chaqueta, le sube la camiseta y maldice hasta en arameo que tenga más capas que una cebolla. Su lengua, húmeda, firme, caliente, recorre su pecho y su abdomen, le muerde suavemente los pezones, y llega hasta la frontera de su ombligo. A Sam le hace estremecer, como si la tierra temblara bajo sus pies. Como si desafiar las reglas, profanar un lugar sagrado y poner a prueba su autocontrol fuera el triatlón de su deporte favorito.
—No vamos a hacerlo aquí, Dean. No somos tan raros.
Sam le obliga a levantarse. Se aparta, sólo un poco, queriendo ganar algo de espacio. Y queriendo ganar algo de tiempo porque las excusas se le han puesto blandas, mientras otras cosas se le han puesto duras.
Dean finge pensarlo un segundo antes de desabrocharle la bragueta y meterle la mano dentro de los calzoncillos.
—Habla por ti.
No. Un segundo no. Ni medio.
Sam le mira con incredulidad y hasta con algo de bochorno. Parece que Dean quiera tener la anécdota más surrealista que contar en un bar de cazadores y sin exagerar ni un pelo. Después de cazar a un vampiro en un cementerio, eché un polvo con mi hermano contra una lápida que haría resucitar a los muertos. Superad eso.
Seguro que lo soltaría así tras unas cuantas cervezas. Siempre tan reservado, discreto y modesto.
—Tengamos un poco de respeto por los muertos. Por una vez.
La petición de Sam sueña en sus ratos libres con ser una súplica, pero el tono es lo suficientemente despierto como para no sonar a una orden.
Dean levanta las manos en señal de rendición y resopla. Ya aprendió a golpes de remordimiento esa lección sobre el respeto hace tiempo. No quiere que su hermano pase por el mismo duelo.
—Tú ganas, Sam. Vamos al motel. Allí hay menos lápidas y, con suerte, más cerveza, una ducha y no tendré que follar con Mister Moralista.
Dean suena demasiado serio como para que Sam no le mire con pena.
Le jode lo de moralista. Más que nada porque es Dean mismo el que se da por aludido. A veces su hermano hace eso. Ser juez, jurado, verdugo y ajusticiado al mismo tiempo. Es frustrante no poder hacer nada. Le dan ganas de gritarle que, a veces -la mayoría de las veces-, su mayor enemigo no es cualquier cosa cabreada que se le acerque, sino él mismo.
Lo cierto es que quiere ceder. Hace cinco días que lo único que les jode es el trabajo y no hay tiempo para joder. Además, Dean le ha puesto muy cachondo y, por comportarse como una niñata estrecha con él, ahora va a tener que ir empalmado hasta el motel. Y no está precisamente cerca. Y puede que el colchón de la cama sea incluso más duro que la tumba de la tal Charlotte Nosequé contra la que está apoyado.
Dean enciende una cerilla y la tira sobre el vampiro. Otro trabajo terminado. No se queda ni a ver cómo arde. Da media vuelta y encara sus pasos hacia el Impala, esperando que Sam le siga con su carita de limón de siempre y su discurso de hagamos lo correcto.
Dichosos picapleitos.
—Bueno —Sam carraspea y consigue que Dean se detenga de inmediato.
Bien pensado, echar un polvo en un cementerio no va a ser en su conciencia un nublado de remordimientos como lo fue para Dean la primera vez que follaron.
Fue después de mandar de nuevo al Infierno a tres demonios. Aquella noche, cuando llegaron a la habitación del motel, discutieron como bestias. Había demasiada rabia acumulada y pocas maneras de desfogarse que no fueran esencialmente violentas. Estaban cansados, heridos, cabreados, hambrientos y sin balas. En algún momento, los gritos se volvieron gemidos, las hostias se convirtieron en caricias ansiosas por visitar sitios de sus cuerpos donde nunca habían estado y, antes de darse cuenta, se estaban restregando el uno contra el otro como animales en celo al caer sobre una de las dos camas, mientras se robaban el aliento, se devoraban a besos y la ropa caía por todas partes.
Esa sí que era una anécdota cojonuda. Hasta a Sam le dieron ganas de reunir a todos los cazadores y contarla en el bar de Ellen.
Después de aquella noche, Dean no le dirigió la palabra durante tres semanas. Sam supuso que no le hablaba porque estaba atrapado en una culpa que le consumía, porque lo había mandado todo a la mierda al acostarse con él, porque no sabía ser de nuevo su hermano, porque había cruzado una línea a la que no podía regresar. Se pasaban el día juntos, pero nunca encontraba la manera de acercarse a Dean, de reconfortarlo, de decirle que no pasaba nada.
Se equivocó en todo.
Un día, Dean paró el coche en el arcén de una carretera -entre Niputaideadedóndeestamos y un bosque descomunal de abetos-, y le soltó un ¡Mierda, Sam! ¿Por qué coño ha tenido que ser en Kansas? ¡Vaya puta falta de respeto!
Le temblaba hasta la barbilla, se hizo sangre en los nudillos al golpear el salpicadero y se le saltaron las lágrimas. Lo dijo como si hubieran follado sobre la tumba de su madre.
Después de eso, un sinfín de polvos en el coche, en moteles, en bares, en gasolineras, en almacenes, en baños de cafeterías, una vez hasta en el confesionario de una iglesia abandonada en Jerome, Arizona, y ni una sola queja.
Y ni una sola vez más en ese mausoleo enorme que era Kansas.
—Puedo dejar eso del respeto para la próxima vez, Dean. No me afecta.
Dean se gira y le mira como un niño que ha conseguido salirse con la suya.
Lo siguiente es esa desesperación que a los dos les palpita entre las piernas y hace que sus cuerpos necesiten borrar cualquier distancia. Besarse, lamerse, morderse, follarse, correrse, hasta quedar tan exhaustos que podrían confundirse con los muertos del cementerio. Y resucitar para volver a morirse en otro orgasmo.
No están bajo tierra, como Charlotte, sino sobre ella. Vivos. Sudando. Respirando. Con el deseo a flor de piel y la piel ardiendo en carne viva. Celebrando la vida en un lugar lleno de muertos. Vaya ironía. Un puto sacrilegio. Una herejía.
Dean le tira tan fuerte de la camisa que los botones salen disparados, como el confeti de una fiesta. Le susurra una disculpa o algo así, camisas feas de cuadros tienes como para poner una puta tienda, y a Sam se le escapa una carcajada en mitad de un beso escalonado.
Ningún monstruo real les acecha, pero ambos sienten a uno dentro que lucha por salir para no acabar devorándolos.
Las manos se atropellan entre absurdos pliegues de ropa y buscan insistentemente la piel desnuda como un zahorí busca agua en el desierto. Se arrancan jadeos como si quisieran arrancarse mutuamente la cordura. Sus bocas se encuentran en un choque húmedo y desesperado, con gemidos vibrando contra los labios y entre los dientes, mientras sus lenguas deslizan promesas mudas.
Dean le empuja con todo su peso, aplastando la resistencia que aún queda entre sus cuerpos. Sam le agarra de la cintura y le atrae hacia sí, como si quisiera desabrocharle los vaqueros a golpes de cadera. A Dean se le pierden las manos antes de que pierda completamente la cabeza y haga que su hermano jadee, entrecortado, contra la lápida cuando le da la vuelta, con los pantalones medio bajados y los calzoncillos enrollados en los muslos. Con una mano le agarra del pelo y desliza la otra por la línea baja de su espalda. Se escupe varias veces en la mano para lubricar sus dedos con saliva. Entran en Sam con menos facilidad de la esperada, quizá, por el relente de la noche, o quizá, porque su hermano no termina de acomodarse en la postura.
A Dean la mente le arde cuando le escucha decir no te entretengas, como si Sam se hubiera corrido tres veces antes de la primera embestida.
Dean no se entretiene, ni se detiene, pero tiene que contenerse para cumplir con su promesa de un polvo decente. Cree que nunca se va a acostumbrar a meterla en un sitio tan estrecho y tan caliente. Tampoco es que quiera. Es como si Sam estuviera hecho a medida para hacerle explotar dentro de él por cómo contrae cada músculo que le quema de placer.
A veces les gusta así. Rápido. Frenético. Duro. Sin cursilerías. Gruñir sus nombres con el ceño arrugado y guardarse los “te quieros” hasta mediodía. Saltarse los preliminares. Dejarse de sensiblerías. Sexo salvaje, crudo y visceral, haciendo que las pelis porno parezcan las de Crepúsculo y todos los actores follen de mentira.
Se corren como si la tierra sagrada bajo sus pies se hubiera abierto, filtrándose por cada tumba y por cada rincón del cementerio para arrastrarlos directamente a las llamas del Infierno. El orgasmo les llega como aullidos de lobos a la luna llena, mientras las vírgenes y los ángeles de piedra parecen apartar la mirada con vergüenza y con envidia.
Dean le abraza por la espalda con todas sus fuerzas, se aferra a él como se aferra a la vida. Sam se da media vuelta y le besa. Ambos se escurren entre todos esos besos que tiritan y que antes no se han dado por las prisas. Besos frágiles que reclaman junto al aliento, mientras amontonan los segundos en los labios, como si el tiempo les perteneciera.
—A lo mejor me planteo lo de ese epitafio.
Sam lo dice entre risas, aunque apenas puede respirar. Es como si Dean aún estuviera dentro. En realidad, siempre lo está. Lo lleva en la sangre, en cada latido, en cada respiración, en cada pensamiento. Sacarse a Dean sería como intentar arrancarse el alma con un cuchillo oxidado, capa a capa, hasta que no quedara nada que pudiera doler. Y no quiere sufrir hasta morir. Pero menos quiere vivir en un cuerpo vacío.
Dean le sonríe de medio lado. Eso de plantearse las cosas es una tontería. Él es más de follémonos hasta que no haya duda alguna.
—Incluso la parte de los polvos increíbles, Dean.
Dean va a ignorar que ha oído eso. No puede ser que su hermano se cachondee de esa manera, y menos después de echar un polvazo en un cementerio con la máxima institución del sexo.
—Lo de que soy el tío con el mejor hermano del mundo nadie lo cuestiona. Y si lo hicieran, me levantaría de la tumba para partirles la boca.
Sam no lo dice muy alto, pero hace el mismo estruendo que toda una hilera de edificios desplomándose a la vez.
Dean no puede quererle más. No. No puede. IMPOSIBLE. Si lo hiciera, el día estallaría de golpe, su amor ardería trillones de veces más que el sol e incineraría hasta la última estrella de la galaxia.
Mierda, Sammy. ¿Quieres que te mate a polvos? ¿Tanta prisa te corre llamar al escultor de epitafios?
La frase de Sam le acaba de esculpir el alma.
—Vale, Sammy, pues asegúrate de que quede bien claro que el mejor hermano del mundo también significa el más guapo, el más simpático y el más modesto.
Y el más profesional a la hora de arruinar momentos.
Dean tiene que hacerse el gracioso mientras se sube los pantalones y se dirige hacia el lugar donde han dejado el Impala, porque aceptar el cumplido y ser un sentimental sería como retirar a toda la línea de infantería de un pelotón de guerra, dejando el flanco abierto a cualquier enemigo. Un enemigo que sigue sin ver que tiene su cara.
Sam suspira, medio molesto, medio cansado por esos comentarios que lleva escuchando desde el Motel 6 en Kingman, Arizona, en plena Ruta 66 y a medio camino de ninguna parte. Maldita la noche en la que, después de cinco Prickly Pear Margaritas, con el Apocalipsis pisándoles los talones y tras un 141 -que, básicamente, son dos 69 y un intento de empezar el tercero antes de quedarse dormido-, le dijo a Dean que le quería.
Mientras camina, se abrocha la chaqueta porque de su camisa de cuadros no queda ni un botón y, conociéndose, lo próximo que se le va a desabrochar es la paciencia.
—Oye, Sammy.
Dean alcanza la puerta del Impala y se detiene. Apoya una mano en el techo, como si fuera a soltar una revelación profunda.
—¿Crees que si pongo a tope a los AC/DC, se me pasará el enfado por lo de la cazadora?
Sam frunce el ceño y mira a Dean de reojo, como si intentara decidir si merece una respuesta seria.
Bueno.
Como si intentara decidir si merece una respuesta.
—Sí, Dean, no sé cómo vas a sobrevivir a eso.
Han sobrevivido a muchas cosas. Pero el amor les va a sobrevivir a ellos.
—Ya sé lo que voy a poner en mi lápida. Aquí yace Dean Winchester. Su cazadora no sobrevivió.
Dean finge una mueca trágica y teatral antes de montar en el Impala.
Lo que no ha sobrevivido es todo su batallón de guerra ante las palabras de Sam, pero, aun así, Dean se resiste ferozmente a rendirse y ondear la bandera blanca.
Si pudo con lo de Kingman, hace ya más de 87 lunas, puede con todo.
Sam nunca le ha vuelto a decir que le quiere. No directamente. Y Dean nunca se lo ha dicho porque teme que esas palabras se desvanezcan como un fantasma si las pronuncia.
—Lo peor es que seguro que pondrías eso, Dean.
Sam niega con la cabeza, mientras abre la puerta del copiloto. Le da igual toda la tanda de gilipolleces que diga Dean. Sabe lo que está viendo cuando le mira. Está seguro de que su hermano quiere decirle pienso poner en mi lápida lo mismo que te he dicho que pongas en la tuya. Y también me levantaré de la tumba a repartir hostias si alguien cuestiona el epitafio.
Nunca ha tenido tantas ganas de ir con él a Times Square a cazar unicornios.
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