viernes, 21 de marzo de 2025

Capítulo 1: Tequila (I walk the blurry line)

Aquí os comparto el primer capítulo de I walk the blurry line. El segundo fanfic que escribí por capítulos y con el que me divertí muchísimo. Con la sinopsis y las notas.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -4 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Marisol (personaje original)

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I walk the blurry line
Fatima_O

Sumario:
Sam y Dean llegan a una ciudad de Arizona -donde Dean intenta que haya menos tequila que habitantes- con la intención de resolver un caso.
Al parecer, la gente se ha vuelto loca y hace cosas que no quiere.
Es la excusa perfecta para hacer cosas que sí quieren.

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Notas:
He titulado este fic I walk the blurry line, como la canción de Johnny Cash, pero con la línea empapada en tequila.
Un poquito de drama, una pizca de humor, algo de acción, guiños musicales, sexo entre hermanos. Lo normal.

***

Si este fic os arranca una carcajada, os sube la temperatura o incluso os hace mirar para otro lado, entonces, ¡misión cumplida!
¡Espero que lo disfrutéis tanto como yo disfruté escribiéndolo!

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Sumario:
Sam nunca pensó que una ciudad tan pequeña como Nogales, en Arizona, pudiera albergar tanto tequila. Es más, todo el tequila que su hermano ha bebido desde que entraron al bar -siguiendo a la sospechosa del caso que están investigando-, no sólo le asusta, sino que, probablemente, ya haya disparado las alarmas entre todos los recolectores de agave.

1 - TEQUILA


 

Sam nunca pensó que una ciudad tan pequeña como Nogales, en Arizona, pudiera albergar tanto tequila. Es más, todo el tequila que su hermano ha bebido desde que entraron al bar -siguiendo a la sospechosa del caso que están investigando-, no sólo le asusta, sino que, probablemente, ya haya disparado las alarmas entre todos los recolectores de agave.

—¿Cómo es posible que sigas en pie?

Sam lo pregunta con pasmo, medio derrumbado sobre la barra. Apenas ha bebido dos cervezas con tequila y siente que el estómago le hace ruidos extraños. No sabe si va a vomitar o a invocar a un dios azteca.

Dean levanta su quinta margarita. O la séptima. Menos la camarera, los dos han perdido la cuenta.

—Sammy, esto no es beber, es empaparse de cultura.

El muy cabrón ni siquiera se tambalea en el taburete y vocaliza mejor que un locutor de radio.

—¿Cultura? Estamos en un bar, no en un museo, Dean.

Y qué bar.

Tres de cada cinco tíos llevan tatuada la palabra peligro en la mirada, mientras los otros dos están demasiado borrachos como para abrir los ojos. Las luces infectan el sitio de un amarillo enfermizo que huele a electricidad quemada. Y las paredes están llenas de fotos de personas que, probablemente, hayan ayudado a otros a pasar al otro lado y no precisamente de la frontera con México.

Mientras tanto, los parroquianos parecen más interesados en mirar el fondo de sus propios vasos que en el trasfondo de sus propias vidas.

—Dean —Sam gruñe su nombre igual que si le llamara la atención a un perro que intenta follarse los cojines—. Te recuerdo que venimos a investigarla, no a acostarnos con ella.

El coqueteo constante de miraditas entre Dean y la sospechosa le está sacando de quicio.

—¿Te apetece hacer un trío, Sammy?

Sam levanta una ceja, sintiendo cómo el aire se espesa entre ellos. Quiere responder algo con sentido, pero lo único que le sale es un ruido raro que podría confundirse con un gato atragantado por una bola de pelo.

—Has dicho acostarnos con ella. En plural, Sam.

No. Dean no está ni remotamente borracho. O vaya José Cuervo a saber. Lo mismo es el propio tequila el que mañana tiene resaca.

Sam se queda con la boca abierta y sigue sin saber qué responder. Por cómo las dos cervezas se le han subido a la cabeza, se considera afortunado de no haberle soltado acostarme contigo.

Porque lo piensa. Lo piensa mucho. Y con cada trago lo piensa más. Lo piensa mucho más y muy alto.

Los labios de Dean lo tienen completamente idiotizado. Cómo se mueven al hablar, al sonreír, al posarse sobre la maldita copa. 

No puede ser que esté celoso de una Margarita. Ni siquiera es una mujer.

Justo en ese momento, la voz de Johnny Cash parece cantar más alto y se arrastra por el aire, como el humo de un cigarro.

 

Because you're mine, I walk the line.

 

Sam se restriega el cuello. Aún le arde la nuca por el sol abrasador de Arizona. Siente que la letra de la canción se le enrosca en los pulmones y se esfuerza en que no se le escape delante de Dean que él también caminaría por esa línea.

 

La chica sospechosa se acerca a ellos. Una tentación con patas. Ojos negros que han aprendido a meter a hombres en problemas al menos en dos idiomas. Y una cintura que podría hacer que un cazador tirara sus armas y se apuntara a clases de baile hasta que el suelo dijera me rindo.

Dean intenta mirarla a la cara, pero su escote llega antes que ella.

—¿Qué tal, chicos? Mi nombre es Marisol.

 

Mar y Sol.

La combinación perfecta para que terminen sudando.

Marisol los estudia de arriba a abajo y después de abajo a arriba, como si entraran para examen. No parece que tenga que pensárselo mucho, es más, no elige. Se inclina hacia hacia ellos y posa una mano en el hombro de cada uno, como si estuviera a punto de compartir un secreto.

Quizá, el secreto de cómo sus tetas aún permanecen dentro de la camiseta, desafiando las leyes de la física, del sujetador y del decoro.

—¿Os apetece un chupito de tequila?

Antes de que puedan responder, Marisol le hace unas señas a la camarera.

Claro. Más tequila. Justo lo que Sam estaba pensando para que esa maldita línea en la que insiste la canción sea un poco más borrosa.

Dean se endereza en el taburete instantáneamente, con una sonrisa tan condenadamente amplia que podría competir con la de un vendedor de coches de segunda mano.

—Eso suena tremendamente cultural.

Ante el comentario de Dean, Sam se rasca la cabeza y se aclara la garganta, mientras trata de entender si está en un bar o en una clase práctica sobre cómo ligar. La dichosa voz de su hermano no puede sonar más seductora.

—En Nogales, el tequila no se bebe como en otros lugares, chicos.

Marisol toma el salero y una rodaja de limón del cuenco que está sobre la barra. Los mira como si estuviera a punto de lanzar un hechizo que, claramente, ha repetido muchas veces entre forasteros. Y a ellos les consta que, en Salem, han quemado a mujeres -todas inocentes- por menos.

—Primero, hay que lamer el cuello del otro; luego, le echamos sal, bebemos el tequila y, para terminar, se muerde el limón de sus labios. Es todo un ritual.

La cara de Sam se enciende. No está seguro de si es por el ritual, o por la mirada chispeante de Dean, o por no saber quién tiene que lamer qué a quién.

—¡Me apunto! ¿Dónde dices que tengo que lamerte, guapa?

Dean la llama guapa porque lo es. Y porque se le ha olvidado su nombre desde que ella ha dicho lamer. Está tan ansioso que agarra el salero y el limón antes de que Marisol termine de explicar el procedimiento, dispuesto a echárselo todo en partes del cuerpo que ni ha mencionado.

—¡Ah! No. Me refería entre vosotros.

Sam y Dean se miran sin parpadear. A lo mejor sí que están en un museo. Acaban de convertir la incomodidad en una obra de arte.

 ¡Ándale! ¡Empiecen ya, no sean tímidos, pendejos!

Sam mira a Dean. Dean mira a Sam. Los dos miran a Marisol y ninguno sabe qué demonios ha dicho la chica porque acaba de sacar a la mexicana que lleva dentro y ellos no tienen ni puñetera idea de español.

—Tú…

Marisol señala al más alto, esperando que le diga su nombre.

—Sam. Me llamo Sam.

Lo dice como si fuera a ser ahorcado. Hasta la voz le sale estrangulada.

—Tú, Sam, tienes que lamer el cuello de…

—Ben. Soy su hermano.

Marisol levanta una ceja. No tiene cara de llamarse Ben ni de ser su hermano. Tiene pinta de llamarse de cualquier otra manera y de que cuando Sam le diga ven, lo deje todo.

—Tú, Sam, tienes que lamer el cuello de Ben. Y él, el tuyo.

Marisol repite las instrucciones. Su forma de hablar hace que el bar se sienta un par de grados más caliente, mientras a Sam se le seca la boca y Dean se humedece los labios.

A Sam le cuesta arrancar. Le aprietan los pensamientos, como si, de pronto, la cabeza le hubiera encogido ridículamente dos tallas, mientras la angustia le trepa por todas partes. Intenta convencerse de que sólo es un juego estúpido, pero luego se fija en Dean, que no parece ni ligeramente molesto. De hecho, su hermano le arrebata el turno.

Dean coge la sal. Da un paso al frente. Le mira como si le acabaran de desafiar en un duelo.

—Si no te importa, empiezo yo.

 

Empieza Dean. Pero así no es cómo empieza la historia.

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