viernes, 21 de marzo de 2025

Capítulo 2: A veces no era nada (I walk the blurry line)

Este es el segundo capítulo de I walk the blurry line.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -4 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Marisol (personaje original)

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I walk the blurry line
Fatima_O

Sumario:
El calor atravesaba el cristal, mientras el olor de un puesto de tacos y la música callejera de un mariachi le añadían capas gruesas y opacas a su melancolía.

Te vi sin que me vieras. Te hablé sin que me oyeras. Y toda mi amargura se ahogó dentro de mí.

2 - A VECES NO ERA NADA


 

Últimamente, Nogales había aparecido en las noticias por razones muy extrañas. Gente que, sin explicación aparente, se volvía loca y hacía cosas que, en teoría, no quería hacer. Algunos culpaban a un virus. Otros, a un vertido químico. Pero, según ciertos rumores, la responsable era una chica con la capacidad de controlar las mentes.

 

—Si yo tuviera ese poder, las tías se pasearían desnudas por la calle.

Dean lo soltó sin darse cuenta de que pensaba en voz alta, mientras conducía el Impala por la calle principal. Se detuvo en un semáforo que ni siquiera estaba en rojo. Dejó cruzar a un grupo de chicas. Chicas que desnudó con la imaginación, el único superpoder que tenía. Bueno. El segundo, porque eso de lograr que las chicas se desnudaran de verdad en la parte trasera del Impala también contaba como habilidad especial.

—Se llama Marisol Cortez. Trabaja como cajera en un supermercado. Puede que hasta hace poco no supiera de su poder, o simplemente no quisiera usarlo. Pero desde hace unos meses ha causado bastantes malentendidos en el pueblo.

Sam soltó toda esa retahíla de carrerilla, sin levantar la vista del pórtatil.

—Como si no tuviéramos suficientes problemas cazando monstruos para que ahora tengamos que encargarnos de una X-Men —resopló—. ¿Y está buena la mutante? 

—No es una mutante, Dean.

No sería un mutante, pero seguro que estaba buenísima. Dean lo supo al mirar a Sam de reojo. Su hermano parecía querer meterse dentro de la pantalla del portátil para ver si así veía algo más de lo que ella enseñaba en la foto. 

—Ya, pues esperemos que sólo controle mentes y no las lea, porque si se mete en mi cabeza y descubre todo lo que tenía pensado hacerle a la última camarera de...

—Por favor, no termines esa frase, Dean.

Sam cerró el portátil y Dean cerró la boca. Una palabra más y lo que Dean tendría que haber pensado en cerrar sería la brecha que Sam parecía dispuesto a abrirle en la cabeza. 

 

…Utah.

Porque no puedo hacértelo a ti, Sammy.

Dean apretó el volante tanto como los labios. No iba a terminar la frase de todas formas.

—Tranquilo, Sam. La tal Marisol no va a poder controlar tu mente. Seguro que tu pelo actúa como escudo.  

Sam podría haberse reído. Incluso haber contraatacado con un pues ojalá Marisol entre en tu mente y consiga que hagas mejores chistes. Sin embargo, bufó y apoyó la cabeza contra la ventanilla, como alguien que había dormido poco y había soñado demasiado. Como si todo el dolor se hubiera vuelto vertical y cayera sobre un solo punto.

El calor atravesaba el cristal, mientras el olor de un puesto de tacos y la música callejera de un mariachi le añadían capas gruesas y opacas a su melancolía.

 

Te vi sin que me vieras. Te hablé sin que me oyeras. Y toda mi amargura se ahogó dentro de mí.

 

Una pareja se besaba en plena calle al son de la música. Sam no entendía lo que decía la letra. En español sólo sabía decir hola, buenos días y un muchas gracias que sonaba como un irlandés a última hora de la tarde. Pero la música es un lenguaje universal. Se sintió como un espectador atrapado en la escena de una telenovela, mientras su vida parecía el piloto de una serie cancelada.

—¿Me vas a contar qué demonios te pasa últimamente, Sam?

—Nada.

Le pasaba nada desde hacía mucho tiempo. Y Sam tuvo que aceptarlo cuando su hermano decidió por los dos que no irían a Pensilvania, sino a Missouri porque a Dean le llamó una vieja amiga.

Y Dean no tenía amigas. Ni viejas ni nuevas. Salvo que contase el cartón troquelado de la chica que anunciaba manzanas a la entrada de todos los supermercados y a la que Dean siempre le daba los buenos días cuando iba resacoso.

Se hizo hasta sangre al someter a Dean a un tercer grado durante el viaje a Missouri.

—Conque se llama Cassie. No la has mencionado.

El tono no terminó de ser amable ni gracioso. Estuvo más cerca de los celos que de cualquier otro precipicio por el que podría haberse tirado.

Cuando conoció a Cassie en persona, entendió lo que Dean vio en ella, lo que no entendió es lo que ella no conseguía ver en Dean.

Es un puto asco estar enamorado de tu hermano.

 

—¿Y a ti te pasa algo, Dean?

—Nada.

Le pasaba nada desde hacía mucho tiempo. Quizá, desde hacía más tiempo que a Sam, pero no se había detenido a pensarlo. Y tuvo que aceptarlo cuando Jessica apareció en el salón la misma noche que fue a buscarle para que le ayudara a encontrar a su padre.

Algo se le descolgó de la mirada. Algo plomizo y pesado que, desde lejos, con miopía severa, un par de copas encima y siendo muy, muy, pero que muy gilipollas, podría parecer sorpresa. O una felicidad mal gestionada. Pero no. Era lo más terrible que Dean había sentido en su vida.

Es un puto asco estar enamorado de tu hermano.

 

A veces era Sam y su frustración silenciosamente escandalosa, asomando por encima de la taza del café cuando Dean le guiñaba el ojo a una camarera. A veces era Dean, llenando el depósito del Impala o limpiando el cañón de la escopeta, convirtiendo cada acción en algo indecente y casi sexual mientras miraba a Sam. A veces era Sam, peleando con Dean por cualquier tontería, sólo para tener una excusa para tocarle. A veces era Dean y su maldita coraza, escondiendo una mirada cada vez más rota por el afecto tras las páginas de un periódico tras otro. A veces eran los dos después de una cacería, diciendo eres mi hermano, con las palabras quemándoles la lengua y un abrazo que nunca llegaban a darse. A veces no era nada porque no les pasaba nada.

Y como no les pasaba nada, en Nogales les pasó algo.

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