viernes, 21 de marzo de 2025

Capítulo 3: Tres problemas (I walk the blurry line)

Este es el tercer capítulo de I walk the blurry line.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -4 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Marisol (personaje original)

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I walk the blurry line
Fatima_O

Sumario:
—Ahora, con los brazos entrelazados, bebed los chupitos.
Marisol lo ordena con tanta energía que los dos podrían jurar que todo el bar aguarda expectante el último paso. Después, coloca entre sus bocas una rodaja de limón y, mientras la distancia se acorta entre ellos, la tensión se estira como un chicle.

3 - TRES PROBLEMAS


 

Si Marisol está controlando sus mentes, Dean no está notando nada. La chica los anima, eso sí, y parece disfrutar de la situación.

Dean se inclina hacia Sam para lamer su cuello. Le retira el pelo suavemente, como si quisiera espantar el fantasma de Jessica, que aún parece susurrarle promesas muertas al oído. Lo hace con el mismo cuidado con el que uno quita puntos de sutura, sin querer reabrir esa herida mal curada. Apenas le roza el cuello con la punta de la lengua y siente cómo su hermano se estremece. Un chispazo eléctrico que viaja directo desde su lengua a su columna vertebral, como si hubiera tocado un cable pelado.

Puede que Dean haga algo más que empaparle con saliva. Puede que le muerda un poco. Puede que se deje llevar. Puede que las margaritas le empiecen a hacer efecto. Quizás, se quede pegado a él más tiempo del que requiere el juego, mientras mueve las manos por toda su espalda, como si fuera un patio de recreo.

Y no. Dean no se siente obligado a nada. Hasta olvida que Marisol -y más de medio bar- está mirándolos.

—Ahora, Sam, lames el cuello de Ben.

Si Marisol está controlando sus mentes, Sam no está notando nada. La obedece porque le apetece.

Se acerca a Dean. Torpe al principio. Como un adolescente en su primer beso. Odia admitirlo, pero tiene miedo. Miedo a las comparaciones que, como todo el mundo sabe, son odiosas. Miedo a no ser más que otra cara reemplazable entre todas las que han jadeado contra ese rincón entre la oreja y el hombro de su hermano.

Cada paso hacia Dean es un nudo en el estómago. Tropieza la lengua contra su cuello y le cuesta tres pulgadas deslizarla con algo más de confianza. Se sorprende al descubrir que su piel es muy suave, está muy caliente y sabe malditamente salada. No debería estar lamiéndole como si la lengua se le hubiera quedado pegada, pero le gusta. Y Dean no se queja. Así que no puede estar mal algo que le hace sentir bien y no molesta a nadie. Podría saltarse el paso de la sal y hasta el chupito. Lo único que quiere es seguir saboreándolo.

Sam oye un carraspeo. O, tal vez, se lo imagina. Así que se retira, avergonzado. Nota la cara ardiendo y la mirada de Dean clavada en él, aunque ni se atreve a levantar la vista para comprobarlo. A saber qué diablos es lo que está pensando de él.

Lo que piensa Dean es que, si alguna vez se lo contara a Bobby, tendría que hacerlo después de beberse más de medio bar. Porque eso de ¡Oh, Dios! Mi hermano me lamió el cuello en un bar, como si fuera un puto helado derretido, no suena como parte del trabajo.

—¡Perfecto! Ahora, la sal.

Marisol sonríe y espolvorea la sal sobre sus cuellos con la misma delicadeza que un chef sazona su plato estrella.

Los dos se ven obligados a acercarse para lamerse de nuevo.

Es lo más cerca que han estado el uno del otro, sin contar aquella vez, de paso por un motel de Oklahoma y en una edad extremadamente complicada en la que su padre iba de cacería en cacería, sin fijarse en que su hijo pequeño había dado un estirón como si quisiera tocar la luna. Sam aún recuerda la sensación de Dean dormido a su lado, su respiración, el calor de su cuerpo, sus pestañas, su olor dulzón a gasolina sin quemar. Aquella mañana, Sam le miró con un deseo silencioso y pensó que cualquier chica sería asquerosamente afortunada si Dean fuera lo último que viera al acostarse y lo primero al despertar. Nunca se atrevió a decirlo. Tampoco tenía a quién contárselo. Le dejó un beso furtivo cerca de la oreja, antes de que el día fuera una sucesión interminable del mismo día, en el que le viera sin que le viera, le hablara sin que le oyera y toda su amargura se ahogara dentro de él.

 

—Ahora, con los brazos entrelazados, bebed los chupitos.

Marisol lo ordena con tanta energía que los dos podrían jurar que todo el bar aguarda expectante el último paso. Después, coloca entre sus bocas una rodaja de limón y, mientras la distancia se acorta entre ellos, la tensión se estira como un chicle.

Y ocurre.

Ocurre que el limón desaparece.

Los limones hacen ese tipo de cosas en Nogales cuando Marisol se encarga de sostenerlos.

No es exactamente un beso, es un choque entre narices que boxean, mientras las bocas buscan un trozo de limón inexistente hasta que se dan cuenta de que están mordiéndose mutuamente los labios. Como una pelea entre hermanos, de esas que empiezan con ¿Dónde está mi cuchilla de afeitar? y el otro contesta yo no te la he cogido y terminan revolcándose por el suelo del motel a hostias. Algo así, pero con más saliva y más raro.

Sam se queda paralizado. Necesita que su cerebro procese más rápido lo que acaba de pasar de lo que su cuerpo puede reaccionar. Quiere hablar cuando se separan, pero pasan cinco segundos que se sienten como cinco apocalipsis zombie, hasta que alguien -que no es él- llena el aire de palabras.

—Oye, tío, ¿por qué no dejas en paz a mi chica y te largas con tu novio de aquí?

El tipo que le ladra a Dean es grande. Grande como para que, incluso Sam, le tuviera que saludar dos veces si pretendiera ser mínimamente cordial.

No es que no se hubieran fijado en él al entrar. Su sombra ocupa más de medio bar y casi pega con la cabeza en el techo. Pero, hasta hace unos minutos, el tipo parecía muy entretenido, jugando al billar. Bueno. Metiendo las bolas de billar en la garganta de alguien y partiendo el taco en la espalda de otro.

—¿No me has oído?

El grandullón insiste. Hasta su camiseta de Harley Davidson y los parches de su chaleco de motero parecen gritar.

—¿Tu chica? Lo siento, amigo, pero desde que abolieron la esclavitud la gente no es propiedad de nadie.

Cuando Sam le escucha decir eso, rueda los ojos tan fuerte que casi le dan la vuelta y puede ver a su cerebro calculando las formas de salir del bar sin que los conviertan en pulpa.

Necesitan huir. Huir ya. Antes de que esa cosa barbuda -grande y peludo como un oso y lo suficientemente cabreado como para que incluso Hulk le pidiera perdón por estornudar a su lado- empiece a destrozar cosas y a desmembrar cuerpos.

La salida principal -ignoran si existe otra- no está cerca. Si antes de pronunciar tal frase, Dean se hubiera dado cuenta de lo lejos que están de la puerta en vez de hacerse el Abraham Lincoln delante de Marisol, hubiera cerrado la puta boca. Porque tiene toda la pinta de que van a acabar como el presidente en el Ford's Theatre.

El tipo golpea el vaso sobre la barra, que resuena como un tambor de guerra. Aprieta los puños. Afloja las ideas. Y Marisol se va retirando lentamente del escenario para no convertirse en un daño colateral.

—Te sugiero que cuides tu maldita boca.

Se oye una amenaza a las espaldas de Dean. Procede de una voz distinta.

El grandullón tiene dos amigos -y tampoco son tamaño llavero-, que se levantan de una mesa cercana, listos para unirse a la fiesta.

Dean no se inmuta, pero a Sam no le salen los cálculos. Su hermano es más que capaz de manejar una pelea de bar, pero tres contra uno no son buenos números. Tendrá que participar.

—Eh, tíos, tranquilos —Sam carraspea, colocándose entre Dean y el grupo para intentar establecer una paz que nunca ha estado presente—. No queremos problemas, sólo estamos aquí tomando algo.

—Tú quédate fuera de esto, larguirucho.

El grandullón empuja el pecho de Sam con una mano.

Mala idea.

Malísima.

Peor que despertar a un espíritu vengativo en su propia casa.

—¿Acabas de tocar a mi hermano?

La voz de Dean suena como una bala silbando que corta el aire.

Y fin de la conversación.

Ese tipo está muerto, sólo que todavía no lo sabe.

No le da tiempo a responder antes de que Dean le suelte el primer puñetazo, directo a la mandíbula. Los otros dos simios no tardan en abalanzarse sobre Dean, mientras Sam no tiene más remedio que unirse a la pelea para quitárselos de encima.

El bar estalla en caos.

Los golpes vuelan por todas partes. Todo el local es un desfile de vasos rompiéndose, sillas cayendo y clientes huyendo despavoridos como si hubiera estallado la guerra. El dueño, un viejo que mide como media camarera y que, dicho sea de paso, siempre ha estado detrás de la barra aunque ninguno lo viera, carga dos cartuchos en la escopeta.

Sam está ocupado con uno de los amigos del tipo cuando siente un puñetazo en el estómago. Apenas lanza un quejido, pero responde rápidamente con un rodillazo a las pelotas, haciendo que se doble como un acordeón. Dean, por su parte, ya ha noqueado al tipo principal y se está encargando del segundo. Pero cada vez más gente se pone a repartir hostias.

Dean se suelta de un tío -que no tiene ni idea de dónde ha salido, pero sí dónde va a entrar- que le tiene agarrado por la camiseta. Le da una patada con tanta potencia que el tipo traspasa una silla de mimbre hasta transformarla en un váter. Directo al Valhalla. Sam también se libra de su atacante que, tras tumbar al del bigote, es el tatuado número dos al que se enfrenta.

La pelea se convierte en un torbellino de puños y cuerpos, como esos remolinos de polvo que salen en los dibujos animados.

A punto de lograr que el greñudo número tres se aficione a los purés hasta que encuentre a un dentista, el instinto de supervivencia de Sam se convierte en algo más que en seguir defendiéndose hasta que no quede nadie en pie. Aprovecha el caos desatado, agarra a su hermano por el brazo y tira de él hasta el baño. No es una salida, es más, ignora si tiene ventana al exterior por la que puedan colarse para escapar, pero es el escondite más cercano.

—¿Qué? ¿El baño?

Dean protesta y con razón. El baño es una ratonera sin escapatoria. Dos lavabos destartalados a un lado, un paredón de tres urinarios y una cabina de retrete enfrente, y al fondo un ventanuco en el que, tras años de contorsionismo, Sam únicamente podría sacar medio antebrazo.

Están atrapados en el baño. Pero en uno que está insólitamente limpio y huele a pino. Dean apostaría a que hay jabón líquido en ese cacharro de la pared y hasta papel higiénico en la cabina. Va a hacer la vista gorda con eso que parecen agujeros de bala en los azulejos rotos y medio caídos.

—Lo siento, Sam, pero no me he traído la perforadora para hacer un túnel en la pared. No me cabía en el bolsillo.

—No te preocupes. A mi navaja suiza también le falta ese extra.

Un clic sordo suena cuando Sam cierra la puerta, antes de que Dean estalle en carcajadas. Le resulta curioso que el peligro le arranque el humor a hostias.

—Vale, Sam. Tengo un plan.

Un plan de mierda.

Y no el mismo plan de Sam, que acaba de fijarse mejor a su alrededor y observa el baño casi con incredulidad. Es viejo y, si sus paredes pudieran hablar, necesitarían años de terapia para superar lo que han visto. Sin embargo, resulta sorprendente lo limpio que está.

—Echamos un vistazo afuera y,

Sam lo siente otra vez. Cada paso hacia Dean es un nudo en el estómago. Quiere besarle. Besarle hasta que se le rompa la lengua. Besarle con la intensidad de una tormenta. Besarle hasta que el mundo desaparezca. Besarle como nunca antes ha besado a nadie y borrar los recuerdos de todas las bocas que le han besado antes. Deshacerle la memoria con los labios.

—si vemos que siguen entretenidos en pegarse entre ellos,

El temor de no estar a la altura se le enreda en la garganta. Imagina a Dean riéndose, gastando alguna broma pesada, comparándolo con una, con otra, con todas, con ellas. Y el miedo le arde en el pecho, como sal en una herida abierta.

—aprovechamos para salir y…

Da igual. Quien no arriesga no gana. Y él no tiene nada que perder. Roza la boca de Dean como el que toca una valla electrificada. No es un beso firme. Ni elegante. Ni perfecto. Es torpe, temeroso, impreciso, descoordinado. Un tanteo que tiembla en la piel como el humo tiembla en el aire.

Dean se queda congelado. Duda si es Marisol quien está manipulando la mente de su hermano. Pero decide no hacerle esa pregunta. Prefiere no saber la respuesta. Le jodería si así fuera.

Está a punto de soltar un ¿Todavía sigues buscando la rodaja de limón, Sammy? o cualquier gilipollez humillante, pero por primera vez se calla.

—Me gusta cuando me defiendes, Dean.

Si esa frase no es idea de Marisol, a Dean le jode no haberse metido en una pelea antes. Antes. Quizá, aquella mañana en la que sintió los labios de Sam cerca de su oreja, antes de que el día fuera una sucesión interminable del mismo día. Aún le gusta colarse por esa grieta del tiempo, quedarse indefinidamente en ese recuerdo de Oklahoma, cerrar los ojos con fuerza y no abrirlos cuando una chica le besa justo ahí. Imaginar que es Sam el que sigue ocupando esa extensión diminuta de su piel.

—Siempre me defiendes, aunque nunca te he dicho cuánto, cuánto lo necesito.

Sí que tiene una necesidad, pero no precisamente la necesidad de que Dean le defienda.

—Tienes un problema, Sam.

La voz de Dean suena totalmente aplastada. Le mira y siente que tiene muchas cosas que decirle, pero poco aire y poco espacio y que todo lo importante se lo ha confesado en la forma en la que ha pronunciado su nombre.

—Ya. Que me pone mi hermano.

Es un secreto a voces. A Sam ya no le importa admitirlo ni que Dean se entere porque parece que le mira demasiado asustado y con la espalda muy pegada a la puerta, como si intentara atravesarla igual que lo hacen los espíritus.

Roza su nariz con la de Dean, mientras dibuja el contorno de sus labios con el pulgar. No parece que Dean ponga mucha resistencia o que le aparte la mano de un manotazo. Es una buena señal.

—Me he equivocado, tío. Con ese tienes tres problemas.

Dean siente esos dedos enormes alrededor de sus labios que no puede resistirse a lamer como un caramelo y la otra mano en su espalda, cada vez más empapada en sudor. Entreabre la boca, ansioso porque Sam empiece a retirar escombros de besos de otras bocas, capas y capas inservibles de caricias ajenas que han cubierto su cuerpo como telarañas, un montón de basura sexual con la que se ha alimentado para no morir de hambre.

—¿Tres?

Sam se lo pregunta con extrañeza y Dean le planta una mano en la bragueta. Siente cómo Sam late y palpita bajo el vaquero. Y deja la mano ahí, sin más, quieta. Espera una reacción, que Sam haga algo, lo que sea. Apartarle. Besarle. Gritarle. Exorcizar a los demonios que tiene enjaulados entre las costillas. Que se mueva porque hostias,Sam,hazalgoypronto. Porque quiere pasar de tener la mano fuera y quieta a dentro y moviéndose hasta que su hermano esté tan empalmado, mojado y caliente como lo está él.

—El tercero es que, si salimos de aquí enteros, mañana te va a costar sentarte, Sam.

Sam se queda congelado. Duda si es Marisol quien está manipulando la mente de su hermano. Pero decide no hacerle esa pregunta. Prefiere no saber la respuesta. Le jodería si así fuera.

Dean se engancha a sus labios y Sam, a sus intenciones. Cuanto más intenta Dean separarse, porque esto está mal, porque, mierda, eres mi hermano y, ¿por qué no puedo dejar de besarte, joder, si nadie me está obligando?, más y más resbalan las lenguas dentro y fuera de la boca y más saliva y más caliente y más obsceno y más salvaje es el beso.

Trastabillan hasta la cabina del retrete y cierran la puerta con una necesidad violenta. Dean le besa tan jodidamente ansioso que Sam no sabe en qué momento le agarra de la camiseta y lo empuja contra la puerta, como si toda distancia entre ellos fueran millas que se pliegan y se retuercen dentro de la cabina.

Se recorren a mordiscos y con las manos perdidas bajo la camiseta del otro, con una urgencia que no han sentido desde nunca. Sam se revuelve como un animal rabioso, con la boca cosida al cuello de Dean, tirando de él como si su vida dependiera de ello.

—Puedo darte un anticipo, Sammy.

Dean respira acelerado, como si quisiera ensanchar las paredes a fuerza de jadear. El sitio es claustrofóbico de cojones, pero le sobra espacio de lo pegado que quiere estar a él, sudado, caliente, duro, derretido como mantequilla con Sam y sobre Sam y dentro de Sam y en todas las posturas existentes y las que están a punto de inventar. Su nombre, Sam,Sammy,joder,Sam, le emborracha, le sabe a puro tequila. La adrenalina por la pelea aún corre por sus venas y siente los besos de Sam como fuego líquido en la boca. Todo gira y le da vueltas, mientras el ruido del bar al otro lado es un recuerdo etílico que late a ritmo de ZZ Top.

 

And I hear it's tight. Most every night. But now I might be mistaken. A-hmm, hmm, hmm, hmm.

 

Al mismo ritmo pegajoso que Dean quiere follárselo. Apretado. Estrecho. Esa noche. Y le importa una mierda estar equivocado con tal de lograr que Sam se retuerza de placer y gima un a-hmm, hmm, hmm, hmm que lleva años esperando.

Sam intenta hablar, pero sólo pronuncia un Dean, seco, súbito, caído como un ángel hasta el Infierno. El siguiente Dean suena como un susurro desesperado, exigiendo tantas cosas que, para poder dárselas, va a necesitar hacer un pacto con el Diablo.

Dean no espera más. Baja las manos por su cintura y le desabrocha los vaqueros sin que los dedos se le hagan mil nudos de ansiedad, mientras Sam se arquea hacia él.

A la mierda dónde están.

A la mierda la pelea de afuera.

A la mierda con que sea su hermano.

A la mierda si lo que está pasando es idea de Marisol.

A la mierda si está mal.

Sam suelta un gruñido con las manos hundidas en el pelo de Dean, que comienza a bajar la cabeza hasta su bragueta abierta, como la puerta de una casa que piensa reclamar como suya, con la calma del que se sabe el camino.

En menos de lo que Sam es capaz de asimilar, Dean está de rodillas frente a él y no espera invitación para entrar. Pronuncia un Dios,Dean,Dios, que choca contra las paredes de la cabina, como si fuera una blasfemia llamar a Dios por otro nombre cuando la parte de su cuerpo que más sangre bombea está dentro de la boca de su hermano, tan jodidamente caliente, carnosa y húmeda.

Sam gime desde algún lugar que queda a años luz de su garganta y echa la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que los pensamientos le rebotan al golpearse contra la puerta.

Dean se aferra a sus muslos, empujándolo más cerca, más adentro. Suave, mojado, caliente, delicado, resbaladizo. No sabe bien qué está haciendo porque no lo ha hecho nunca. Y porque el amor fraternal no incluye un apartado en el que se den instrucciones de cómo hacerle una buena mamada a tu hermano. Pero tantea, prueba, lame un rato, luego chupa, desde donde empieza hasta donde termina y continúa. Sam se deshace en jadeos y es un fuego que quema y a cada segundo a Dean le quema más y más adentro de la boca. Mira un momento hacia arriba y le ve, por primera vez le ve le oye y lo que se ahoga dentro de Sam no es amargura, sino un gemido en contrapicado que le recorre los labios y resbala por su yugular con las venas tensas y a punto de reventar.

Sam siente cómo todo el calor se le acumula entre las piernas, esa presión familiar que apenas puede contener cuando Dean acelera el ritmo y hace algo que ha aprendido sobre la marcha, variando presión y succión y mil cosas más con la boca. Se corre con una fuerza imparable, como si llevara siglos sin hacerlo, y no le da tiempo a avisarle. Tampoco es que Dean se lo haya pedido. Tiembla de pies a cabeza mientras termina, se sacude, amargo, espeso y caliente, dentro de la boca de su hermano y después agacha la cabeza para verle.

Dean se relame, como si no quisiera perder ni una sola gota del sabor de su orgasmo. Ni una arcada. Ni una queja. Ni un gruñido cuando se pone en pie en un espacio en el que no tiene ni idea de cómo ha entrado arrodillado.

No parece arrepentido. Ni ligeramente arrepentido. Más bien, parece liberado, aunque sigan enjaulados en el baño.

Sam murmura algo, un balbuceo, un bien que ni se entiende, antes de que Dean le bese como si su lengua también tuviera que correrse. No es hasta que siente los labios algo hinchados cuando se da cuenta de que es la primera vez en toda su vida que le dan a probar el sabor de su propio orgasmo.

—Habrá que hacer algo con esto, Dean.

Esto es una erección que a Sam casi no le cabe en la mano y, en lo que tarda en barajar opciones, Dean le cambia el sitio, le da la vuelta y le hace apoyarse contra la pared, salvaguardando el retrete. Siente cómo Dean le baja los pantalones con urgencia, mientras le sube un ardor por la garganta que le agita la nuez. Oye su cremallera abrirse con prisa y decide soltarle un entrecortado ¿Vas a follarme? que empieza como pregunta y acaba sonando como una orden. Dean no contesta de inmediato y Sam siente cómo se restriega contra él, mojado, rígido, caliente, con una fricción que le abrasa la piel, hasta que le escucha decir un estoy demasiado cachondo y sería un polvo decepcionante.

Dean se desliza arriba y abajo, mientras le aprieta los cachetes del culo con ambas manos, como si pensara exprimirse la polla hasta hacerse zumo sobre él.

Sam se empalma de nuevo sólo con imaginar cómo sería, oh,Dios,Dean,cómosería tenerle dentro. Muy dentro, moviéndose, frotándose, empujando, embistiendo, chocando contra él.

—Fóllame sólo un poco, Dean, antes de que te corras.

Sam suena sobrenaturalmente caprichoso y su exigencia atraviesa a Dean como una bala.

Follárselo sólo un poco no parece posible. Nadie dice me follé a mi hermano sólo un poco. Bueno. Nadie dice me follé a mi hermano, a menos que estés en Juego de Tronos. Pero Sam empieza a masturbarse como si quisiera convertir el acto en una nueva filosofía y, por cómo le provoca y se empuja contra él, Dean decide probar a follárselo. Dado lo cachondo que está, tal vez pueda cumplir con lo de sólo un poco.

Hay más intentos al aire que embestidas cuando Dean logra enterrarse en él. Repite como un mantra avisa si te duele, que intercala con un ¿Estás bien, Sam? porque no puede hacérselo más suave, ni más despacio, ni con más miedo. Hasta que Sam oye algo distinto, algo como un hostia puta, Sammy, córrete de unamalditavez que arrulla con jadeos y Sam le obedece porque tampoco aguanta más, mientras Dean se corre y se corre y juraría que se corre más tiempo del que follan.

Lo que viene después del polvo, cuando Sam se da la vuelta y le mira, es Dean. Dean medio desnudo, medio vestido, medio muerto, medio empalmado, jadeando y goteando. Dean nervioso. Dean aterrado. Dean temblando y sudando. Dean con seis capas de palidez en la cara. Dean con el verde de los ojos quebrado. Dean con la voz atrincherada.

—¿Qué pasa, Dean?

A Dean esa pregunta le suena como si Hannibal Lecter hubiera decidido que lo quiere poco hecho para cenar.

 

No pensaba que nuestro primer polvo sería en el puto baño de un bar, Sammy. Ha surgido aquí, pero quería algo mejor para ti. Te lo juro.

Y sin jurar. Pero decirle eso es decir demasiadas cosas. Y derribar demasiadas paredes tras las que se esconde a diario.

Esa noche, los tabiques de sus paredes están compuestos de excusas muy gruesas. Mucho tequila, el presunto control de su mente por parte de Marisol, la pelea, Sam en plan sobón, más de cinco pueblos en los que no cae ninguna camarera, más de una semana sin cascarse una paja, que le quiere a rabiar, joder

—Verás, Sam…

La voz de Dean es una cuerda a punto de romperse. Se le hunden las palabras en el pecho y hasta el pecho al hablar.

—Yo…

Dean pronuncia ese pronombre como si hubiera que fusilarlo porque le suena demasiado personal.

Y qué si se lo dice. Y qué si le cuenta que no ha sido manipulado por Marisol, ni es por culpa del tequila, ni por cualquier otra excusa. Y qué si se pone a derribar paredes. Lo cierto es que se está agobiando y podría derribarlas de verdad. No consigue subirse la cremallera y está sudando más que cuando han follado. 

—No tenemos por qué hablarlo. Ni repetirlo. Lo entiendo, Dean. Una chica controlando nuestras mentes, demasiadas margaritas, cosas que te he dicho y te han confundido. Podía pasar y ha pasado. Un calentón. Un polvo. Ya está.

Sólo que a Dean se le rompe el alma al escucharle, igual que a Sam al decirlo y, sin saberlo el uno del otro, les cambia hasta la voz por dentro.

Dean piensa no quiero que sea sólo un polvo y ya está, cuando nota la mano de Sam apretando un poco su hombro, con una decepción muda que le traspasa hasta los huesos.

Sam piensa me gustaría que fuera más que sólo un polvo y ya está, cuando aprieta un poco el hombro de Dean, mientras una decepción muda le desgarra por dentro.

Sam abre la puerta de la cabina y todas esas millas que antes se han plegado y retorcido dentro empiezan a extenderse, recuperando su distancia original.

—Veamos si ya han terminado de pegarse y podemos volver al motel.

A los dos les da absolutamente igual. Han huido de una pelea para matarse entre ellos. Al salir del baño, sólo serán dos fantasmas vagando por un cementerio.

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