miércoles, 19 de marzo de 2025

Capítulo 8: Luego (Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin)

Octavo y último capítulo del primer fanfic que escribí.
Podéis leer el fic completo -8 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, John Winchester, Bobby Singer

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Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin
Fatima_O

Sumario:
Bobby nunca había cazado un fénix. Hasta los cazadores más veteranos los consideraban unas criaturas míticas.
Sam tampoco había visto a un fénix en su vida.
Todavía.

8 - LUEGO


 

—Me da igual lo que ponga en ese libro, hijo. Los fénix no existen.

Bobby nunca había cazado un fénix. Hasta los cazadores más veteranos los consideraban unas criaturas míticas.

Una vez, tuvo noticias de uno al sur de Indiana. Allá por el 97. Se rumoreaba que tenía aspecto humano, no de un pájaro de fuego, como el que aparecía en las ilustraciones del libro que Sam estaba ojeando.

—¿Y cómo sabes que no era real?

—De la misma forma que no necesito probar la mierda para saber que no me gusta, hijo.

—Eso no es ninguna verificación empírica.

—¿Ve-ri-fi-ca-ción em-pí-ri-ca?

Bobby lo repitió despacio, mientras se trataba de explicar a sí mismo cómo unas palabras que utilizaría un profesor de universidad sentaban cátedra en la boca de un muchacho de 14, al que apenas se le veía la cara tras un libro y el flequillo.

—Dale ese libro a tu hermano y que deje de desgastar la Penthouse, a ver si se le pega algo.

 

Todas las pistas que Bobby siguió, sólo le llevaron a la representación de un ave cincelada en una lápida. La tumba estaba completamente vacía. No halló rastro ni de sus cenizas.

No le dio por suponer que la ausencia de pruebas podría ser la prueba en sí misma de que los fénix existían.

Sam tampoco había visto a un fénix en su vida.

Todavía.

Cuando Dean entró en urgencias estaba clínicamente muerto.

En Indiana.

Al sur del estado.

Casualidad.

Pero si la fe mueve montañas y el amor, el mundo, la terquedad con la que se opuso Sam a que los médicos tiraran la toalla con su hermano habría sido capaz de sacudir el universo y agitar los planetas, como si fueran bolitas de un sonajero.

 

***

 

—¿Aquí cuándo se desayuna, princesa?

Es lo primero que le oye decir Sam tras un bostezo muy largo y muy grosero. La voz de Dean suena seductora hasta cuando lo que intenta es incordiar.

Dean remolonea en la cama y se restriega los ojos. Aún tiene sueño, incluso después de diez horas durmiendo.

Es la primera mañana que se despierta en una cama que no es la de un hospital. La quinta en la que no amanece empapado en sudor y destilando pesadillas. La décima que no necesita ayuda para levantarse.

Ya han pasado tres semanas del dichoso Día de Acción de Gracias. Prácticamente, no se acuerda ni de la mitad.

Los primeros ocho días los pasó en coma. Los demás, en otro limbo. Con las venas llenas de analgésicos y promesas. Un pronóstico médico al que le costó sacudirse el adjetivo reservado. Una bacanal vampírica de transfusiones. Y un montón de cables en el cuerpo, como si fuera el cordaje de una marioneta.

Lo primero que Dean recuerda es el techo. Blanco. Frío. Aséptico. Lo segundo, a su hermano. Sam le pareció todo lo contrario al techo.

Te dije que iba a llegar a tiempo, ¿qué tal estás? La voz de Sam sonó por encima de los pitidos de los monitores, llena de una emoción incontenible. Le apretó la mano, como si temiese que se fuera a escapar. Como si pudiera. Como si quisiera intentarlo.

Cometer errores es de humanos. Repetir el mismo, de gilipollas.

Si este no es el set de rodaje de Hospital Genital 3, sácame de este puto episodio de Urgencias, Sammy. Tuvo su gracia. La risa de Sam se llevó por delante aquel olor irrespirable a desinfectante, que impregnaba desde las sábanas hasta el rincón más inaccesible de sus entrañas.

A veces, las horas con Sam se le hacían insoportables.

No por el esfuerzo de disimular el dolor delante de él, como si le fueran a nominar a los Oscars.

—No seas pesado. Estoy bien. Ahora mismo, podría darte una paliza si quisiera.

No porque su hermano fuera un muermo a -demasiados- ratos y más estricto que la jefa de enfermería en -demasiadas- ocasiones.

—Reposo absoluto, Dean.

—Pues lo que estoy haciendo. Si salgo al pasillo, reposa la habitación.

No por estar encerrado en un puto hospital, sin poder moverse y necesitar ayuda hasta para ir al baño.

—Ya sé que te gustaría sujetármela siempre, Sammy, pero te aseguro que puedo mear solo.

No porque Sam siempre se negara a traerle una hamburguesa de contrabando.

—¡Vamos, tío! ¿Sabes que he tenido que comer hoy repollo con… lo que sea que estuviera al lado?

No porque todo aquel gasto hospitalario corriera a cuenta del seguro médico de Meloinvento.

—¿Cuánta pasta te queda?

—Suficiente.

—¿Suficiente como para traerme un menú del McDonald's?

—Buen intento, Dean.

No.

Se sentía egoísta al mirarle. Sólo aflojaba el nudo de esa culpa cada vez que Sam salía por la puerta. No paraba de pensar que, si todo hubiera sucedido al revés, no sólo le hubiera salvado porque era su hermano, su jodidamente consentido y mimado hermano, con el que ha hecho de todo y no todo cree que esté bien, sino por no ser capaz de vivir ni medio segundo en el mundo sin él.

Cada vez que ese pensamiento se presentaba, ponía a una de sus payasadas de telonera.

—¿Hoy estás mejor, Dean?

—Tengo malas noticias. Siento ser yo el que te lo diga, pero siempre he estado mejor que tú. Y más con este modelito, que me deja el culo al aire.

Dicen que cuanto más gruesa es la armadura, más frágil es el ser que la habita.

El resto de días en el hospital pasaron como una manada de elefantes. Lentos. Pesados. Sin saltos.

Hubo conversaciones sobre monstruos. Miradas incompletas. Respuestas sedadas. Chinchar a Sam como pasatiempo diario. Programas aburridos en la tele. Una obsesión insana por hincarle el diente a cualquier menú con más de 2.000 calorías. Y algunos planes que incluían ver Godzilla vs. Mothra.




—No estás en un hotel de cinco estrellas.

Sam le lanza la queja y una bolsa de papel con un par de donuts dentro, cuando Dean sale del baño.

Habla de oídas, claro. Nunca ha estado en un hotel, con estrellas o sin ellas, sólo en moteles baratos, como en el que están, con tanto dolor al regreso de una cacería que veía las estrellas.

—¿Y mi café?

Dean da por hecho que le ha traído uno tras poner a prueba sus reflejos con los donuts.

El ruido que hace la cisterna al llenarse casi le parece el sonido suave y relajante de un spa si lo compara con el ruido de la mente de Sam.

Su hermano le mira diferente. Es un hecho, no su percepción. Su mirada es un interrogatorio en caída libre. No es que le moleste, pero le inquieta.

Sam ladea la cabeza hacia la mesilla. Hay dos vasos de café y medio sándwich vegetal mordisqueado.

El café de Sam aún humea, es un recién llegado. El sándwich lleva ahí tres semanas y ya ha creado su propio ecosistema.

—¿Te buscaste a otro hermano cuando me largué?

Parece una pregunta ridícula, pero cobra sentido cuando mira la cama de al lado. No entiende por qué Sam alquiló una habitación con dos camas dobles.

—La costumbre.

Sam se encoge de hombros y refunfuña de seguido al notar un pellizco en el brazo.

—¿Qué haces, idiota?

—Comprobar que estoy despierto del todo, tío. ¡Estos donuts están cojonudos!

Los donuts están bien. Que Sam se los haya traído y esté con él, está mejor, infinitamente mejor, esa es la verdad. Y es una verdad que siempre ha estado ahí, igual que está el Sol, los planetas y los semáforos.

—Para eso uno se pellizca a sí mismo, Dean.

—¡Sí, hombre, con lo que duele!

Tres semanas y Sam no ha sacado el tema de lo último que le dijo por teléfono. Dean no está seguro de que lo oyera. Lo mismo la llamada se cortó antes.

Tres semanas, primer día fuera y sus miradas aún deambulan entre el ruido y los olores del hospital. Apenas se han rozado accidentalmente desde que Dean recibió el alta. Sam tampoco ha tomado la iniciativa.

Nadie dijo que resurgir de las cenizas fuera fácil.

—¿Cuáles iban a ser tus últimas palabras?

 

Vaya.

Si antes lo piensa.

Dean sólo levanta las cejas ante ese tono aterrador de melodrama que pone su hermano. A lo mejor cuela hacerse el despistado, mientras mastica a dos carrillos, rueda los ojos por el techo y mira la grieta que atraviesa con serenidad la habitación.

—No las llegué a escuchar. Te quedaste sin batería antes.

Eso, en cambio, sí cuela. Y también es aterrador de lo enternecedor que resulta.

Sam miente mejor de lo que Dean elude preguntas. Pero no sabe qué hacer con ese “te quiero” sin encriptar que le dijo. Pesa. Le pesa. Pesa tanto que está sacando chepa de llevarlo a cuestas. Puede que hasta Dean lo note.

—Nah. Una tontería. Ya te lo dije, Sam.

Ojalá alguno se lo creyera.

Ojalá Dean supiera quién va ganando en el duelo de miradas.

Ojalá hubiera cogido el café de Sam por equivocación y le quemara hasta las palabras.

—Lo sé, pero me gustaría oírla.

Sam ni parpadea. Va ganando el duelo. Acaba de sacarle de dudas.

—Luego.

—Luego es… ¿dentro de un rato? ¿Pasado mañana? ¿La próxima vez que estés a punto de morir?

Sam suena intrigado. Y molesto. Y expectante. Lo que no suena es como alguien que no oyó lo que le dijo por teléfono.

Dean se atrinchera en su vaso.

Qué hijo de perra. Sí que lo oíste y quieres que te lo repita.

Lo que le quema no es el café, evidentemente, porque Sam se lo ha traído frío, como le gusta. Lo que le quema es su insistencia. Su presión. Su exigencia. Se comporta igual que el Sam de cinco años, pegado frente al escaparate de una juguetería y encaprichado con un kit de Lego.

Por una parte, lo entiende. Si estuviera en el pellejo de su hermano, también querría asegurarse de que lo que oyó no era una cacofonía. De hecho, le ha pellizcado por ese motivo, para comprobar que Sam no es un holograma o algo así. Verificaciones empíricas. Se lo dijo el otro día hablando de no sé qué.

—Luego, Sam.

No parece ser algo que Dean quiera someter a votación.

Sam recoge las llaves del Impala, mientras emite un gruñido, aprieta los labios y se guarda en los bolsillos la frustración, junto a las ganas de darle un puñetazo a Dean.

—Conduzco yo.

Dean ni pregunta adónde van. Su hermano no le mira ni de reojo mientras se viste. Antes solía hacerlo. A veces le pillaba y se ponía rojo. Le gustaba.

No intenta quitarle las llaves. Sam lleva conduciendo tres semanas. Literalmente.

Metafóricamente, lleva conduciendo más tiempo del que Dean se ha dado cuenta.

 

***

 

—¿Hoy es domingo?

Después de toda la mañana en el DG Market, donde su máxima duda existencial ha sido ¿Pringles o Lay's?, Dean se lo pregunta con extrañeza al detenerse frente a la puerta de la pizzería.

No sabe ni en qué día de la semana vive. Tampoco es que le haya importado una mierda hasta el momento. Bastante que sabe que es la una menos cuarto del mediodía porque ha mirado el reloj. Y porque tiene un hambre atroz.

—No. Jueves.

Sam le contesta con indiferencia. Empezaría a preocuparse si su hermano le preguntara de qué mes o de qué año.

—Pero un jueves que cae en domingo, ¿no?

Pide tu menú y te invitamos a un helado los domingos. Tres sabores a elegir. Hay un cartel pegado en el cristal de la puerta en el que lo pone.

También hay una camarera tras el cartel, el cristal y la puerta. Es muy guapa. A Dean le recuerda a alguien, pero no cae. Hace mucho que no se mira al espejo.

La chica tiene unas pestañas que se extienden a lo largo de tres códigos postales. Podría generar un huracán sólo con pestañear.

 

—Joder, ésta mierda me va a mandar de nuevo al hospital.

Dean escupe -más fuera que dentro de la taza- el primer sorbo que le da al café y lo retira hasta la otra punta de la mesa, con cara de asco. Huele como un cafetal regado con amoníaco y sabe aún peor. Ni Whatever you want de Status Quo hace más llevadero bebérselo.

Después de zamparse él solito una pizza familiar extragrande con los bordes rellenos de queso, se ha pedido un café en vez de helado como postre y no porque tuviera que pagarlo. Cree que comer sano durante tres semanas le ha jodido el estómago. Menos mal que el gusto musical se lo ha respetado.

La camarera intenta contener la risa cada vez que pasa por su lado.

¿Familiares?, le ha preguntado ella, cuando Dean le ha pedido dos pizzas con extra de pepperoni, mientras babeaba sobre la carta.

Sam aún no sabe si su hermano babeaba por las pizzas o por ella. Quizá, por ambas.

Sí. Somos hermanos. ¿Nos hacéis descuento por ser familia?

La risa de la camarera se ha esfumado en cuanto ha aparecido un tipo con pinta de mafioso, que se parecía a Al Pacino en Scarface, y decía ser el encargado. Lo de que era su padre ha sido simple deducción por la mirada asesina que les ha lanzado a ambos.

Lo bueno es que ese somos hermanos lo han vuelto a escuchar hasta en la otra punta del Atlántico.

 

—Te dije que las pizzas estaban buenas, no el café.

Sam suena muy monocorde y Dean empieza a vibrar muy discorde.

—No sólo las pizzas están buenas aquí.

Hay algo en la voz de Dean que es tan amargo como el café y que no se molesta en disimular.

—¿Qué?

—Nada.

—En serio, Dean. ¿Qué?

—Se te olvidó mencionar a tu nueva amiguita cuando me hablaste de este sitio.

Lo dice con sonsonete y mira a la camarera con descaro. No le ha quitado ojo a su hermano desde que han entrado; le sonríe y desfila con la bandeja, como si estuviera en una puta pasarela.

—Se llama como mamá. Lo pone en su chapa. ¿Te has fijado? A no ser que se te haya olvidado leer o que ni te hayas molestado en mirarle la chapa.

—Mary es un nombre muy común. Y no se parece a mamá. Y no es mi amiga. Y no se me ha olvidado leer.

Y no tienes motivos para estar celoso.

Y eso último, obviamente, Sam sólo lo piensa, mientras se cruza de brazos.

Desde luego que a Sam no se le ha olvidado leer. Lo que está leyendo en la mirada de su hermano es algo que Dean ha leído en él unas 82. 051 veces antes.

 

Bien por ti, Dean. Ahora ya sabes lo que se siente.

 

—Y su número de teléfono no está apuntado en ese billete que te has guardado, cuando te ha devuelto el cambio y le has dejado propina, ¿no, Sam?

Dean vomita las frases, mientras coge las llaves del Impala y se levanta. O son los celos repentinos los que le ponen en pie. No lo sabe. El caso es que siente algo en las tripas que se le revuelve y no es comida.

Y eso mismo que siente es lo que le empuja a salir por la puerta.

—Espera, ¿qué?

Sam no finge sorpresa. No se ha dado ni cuenta. Saca la cartera de nuevo para comprobar lo del billete.

La chica no sólo le ha anotado su número de teléfono, sino que ha tenido el detalle de dibujar un corazoncito al lado del nombre.

Sam se pone la cazadora a toda prisa y logra alcanzar a Dean, que ya ha arrancado el coche. Si llega a retrasarse un poco más, tendría que haber vuelto caminando hasta el motel. Y hace un frío de narices.

—¿No pensarás que…?

Sam no llega a terminar la frase. Dean le interrumpe antes.

—Me alegro por ti. En serio. Es guapa. Y simpática. Y seguro que es muy lista.

Y el silencio no es lo único que se rompe dentro del coche.

 

Por eso ya ni me miras, Sammy.

 

Sam no se atreve a decirle que lo está malinterpretando. Tiene la impresión de que hay algo más peligroso que un enfado en esa mirada sin pulir, algo que le está lanzando a ráfagas cada vez que aparta la vista de la carretera. Dolor. Y cuando Dean tiene dolor en la mirada siempre es mejor apartarse de su camino.

No. Dean no está enfadado, de hecho, está intentando lo contrario y demasiadas otras cosas a la vez mientras conduce. Está intentando alegrarse de verdad, intentando reaccionar como lo haría un hermano, intentando sentir algo completamente sano por él, intentando recordar cuándo fue la última vez que no trató de fastidiar cualquier cita que Sam tuviera con una chica, o hasta coquetear con ella, bajo la bandera de lo hago porque es gracioso.

—¿Has hablado con ella?

No quiere, por Dios que no quiere seguir preguntando, pero es algo superior a sus fuerzas e intrínseco a su naturaleza.

—Un par de veces. Me dijo que estudia Optometría.

Sam termina de arreglarlo con su maldita sinceridad.

Dean le devuelve una mirada hecha añicos y de rendición absoluta.

 

Genial.

Una chica con estudios y él ni siquiera sabe pronunciar Optometría sin trabarse. Le suena a que es algo de la vista, pero no apostaría nada.

Se siente un completo iluso por pensar que, por un momento, sólo por un mísero momento, aún tenía alguna posibilidad de recuperar lo que echó a perder hace cinco semanas.

—Se nota. Tiene buen ojo.

Dean sonríe turbiamente y el dolor ensucia el chiste.

No quiere saber nada más de ella. Ni cómo se apellida, ni cuántas amigas buenorras tiene, ni si, dentro de dos domingos, su hermano por fin va a comer con una familia normal el día de Navidad, en una casa sin ruedas, donde haya comida casera y todos abran regalos.

Si Sam quiere romperle del todo el corazón, tiene la mitad del trabajo hecho. Ya se lo dejó hecho pedazos cuando se largó a Stanford y, desde entonces, se ha malacostumbrado a llevarlo roto, a juego con los vaqueros. 

—Sólo he charlado con ella un par de veces.

Sam intenta explicarse y desmentir el malentendido, pero Dean ya se ha montado su propia película y su contestación le apesta a condescendencia.

—¿Ahora se llama charlar? Joder, cuánto ha cambiado el mundo desde que salí del coma.

Dean aprieta el volante tanto como la mandíbula para no aflojar otras cosas. Le parece que charlar sólo es un eufemismo. Y no dice nada más porque tiene 82.051 razones para cerrar el pico.

No le jode que Sam se la haya tirado. Es más, sería un alivio. Demostraría que sigue siendo normal. Lo que le jode es que su hermano es el típico que pasa de un me gustas a un ¿Quieres casarte conmigo? en cuestión de cuatro polvos.

Y acaba de darse cuenta de que ellos están a falta de uno para que Sam le pida matrimonio.

 

Pues no he escrito los votos.

Y al pensar semejante idiotez, Dean se plantea en serio qué le diría.

Prometo chincharte, ser tu compañero de caza y follarte todos los días del resto de mi vida, hasta que mi muerte nos separe.

 

—¿Se puede saber qué diablos te pasa, Dean?

La voz de Sam está al borde de un precipicio, se oye hasta con eco.

Lo que a Dean le pasa es que ha vivido atrapado en una peli de terror toda su vida y ahora se siente raro como protagonista de una de esas puñeteras películas románticas que, por supuesto, no ve.

Chico alérgico al compromiso se enamora hasta las trancas de alguien que le parecía impensable en un principio. Que ese alguien sea su propio hermano sólo puede haber salido de la cabeza de un guionista -terrorista- peor que los monstruos que caza.

—¿No vas a contestarme?

La contestación es un bufido.

Sam le está poniendo nervioso. No quiere que siga hablando. Mucho menos preguntando.

Abre la guantera de mala gana. Coge la primera cinta con la que se topa. La mete en el radiocasete sin mirarla.

 

I know. I know. I know I never, never, never, never, never gonna leave you, babe.

But I gotta go away from this place. I gotta quit you, yeah.

 

Babe, I'm gonna leave you le tapona los oídos. Hace que las manos le tiemblen, que los labios le sepan a miseria y que sus pensamientos tomen atajos.

La guitarra se le enreda en los pedales. La batería le obliga a ir acelerado. La melodía se deshilacha en los tonos púrpuras del cielo.

Robert Plant también le está poniendo nervioso. No quiere que siga cantando. Mucho menos enfatizando el último verso.

No se va a ir. No le va dejar. No. Plant se equivoca en esa parte, es una contradicción. Él nunca, nunca, nunca, nunca, nunca va a dejar a su hermano.

Porque cometer errores es de humanos. Repetir el mismo, de gilipollas.

—Mary y yo no… Cuando te fuiste, te juro que no… Pensaba que tú y yo… ¡Mierda, Dean! No sé qué decirte ni cómo decírtelo para que no salgas otra vez corriendo.

—Vale, sin presiones entonces—. Dean sonríe de puro nerviosismo. 

No va a salir corriendo. No. Ya no. Le da igual si Sam le cose a “te quieros” para ponerle a prueba. Acepta el desafío.

Correr es de cobardes. Se lo escupió -literalmente y con algo de sangre- una vez al entrenador de Noveno Grado, antes de abandonar los estudios. Dar vueltas a una pista, como un puto hámster, era lo que menos le apetecía después de haberse pasado la noche de cacería con su padre, persiguiendo a una lamia que se les escapó.

No. No va a salir corriendo. No es ningún cobarde.

Es más, para el coche en un camino de tierra y se baja, sin darle más explicación a su hermano que el giro de la llave de contacto.

Va a ponérselo fácil a Sam. Está harto de hacerlo todo complicado.

Se apoya en la puerta del Impala. Se frota la frente. Suelta el aire tan lentamente como se arma de valor. Y mira a ese dolor de cabeza, taquicardia de pecho e incendio en la bragueta que tiene por hermano, con algo parecido al miedo. O a la vergüenza. O a algo que a Sam le cuesta identificar, incluso a tres pasos de él.

—He estado pensando en lo que me dijiste sobre rebobinar.

A Sam la frase le empieza a sonar rara desde he estado pensando.

Pero no va a interrumpirle. Aunque Dean está tardando mucho en volver a hablar.

Tarda tanto que a Sam le da por sacar el billete de la cartera, sólo por tener las manos ocupadas y entretenerse con algo. Y por no estrangular a su hermano porque la espera le está desesperando.

Decide quemarlo.

El billete, claro.

Dean ya está más que quemado.

Total. Son diez cochinos dólares, con un número de teléfono apuntado sobre la cara de Alexander Hamilton. No lo ha memorizado. Hasta podría haberlo quemado antes de leerlo. Diez pavos que no le van a sacar de pobre. Los últimos que le quedaban en la cartera. Da igual. Diez pavos en los que una chica ha puesto sus ilusiones. La gente gasta más en los rascas de las gasolineras y tampoco tocan. Quemaría hasta la Reserva Federal con tal de que su hermano le dijera qué demonios le está pasando.

 

—Oye, a lo mejor prefieres volver a la pizzería y decirle a esa preciosidad que te apunte su número en el brazo, porque eres un puto pirómano. Lo entendería, Sam. Si quieres, hasta te acompaño. Debes estar cansado de que nunca sea luego.

Dean lo dice desprovisto del armazón habitual con el que protege las palabras blandas, esa coraza que tiene la misma función que el caparazón de una tortuga.

—¿En serio crees que, después de todo lo que ha pasado, quiero hacer eso, Dean?

La pregunta de Sam tiene un ligero retroceso, como todas las preguntas retóricas.

Sam no sabe cómo recortar las distancias. Da un paso hacia Dean porque quiere y otro porque le obliga la inercia. Pero no parece que se acerque a él, más bien, siente que se aleja. Le queda sólo uno para pasar de cerca rotundamente pegado. Se le hace raro seguir avanzando, es como si le estuviera invadiendo.

Caminar no debería ser tan aparatoso ni engorroso. Pero es como empezar de cero.

Está hecho un manojo de nervios. La voz la siente atrapada en la garganta. No sabe dónde posar la mirada. Le sudan las manos -que, de pronto, le parecen demasiado grandes-, y querría cortárselas porque le da la impresión de que no le caben en los bolsillos -que, claramente, le parecen demasiado pequeños-, donde tiende a esconderlas cuando le tiemblan.

No es un déjà vu. No. Es el original. Lo del pasado fue la copia. Una de tantas. Lo siente en las tripas. Lo sabe. Lo nota desde que casi se chamusca los dedos al quemar el billete. El fuego. Las cenizas. Otro fénix intentando reinventarse.

No quiere otra sombra, otra proyección, otra copia. Quiere a Dean.

 

—No lo sé. Otra opción es que quieras regresar a Stanford.

Hace frío, pero a Dean le arde hasta la lengua cuando pronuncia Stanford. Sus palabras son casi palpables, se dibujan con el vaho.

—¿Dónde coño está Stanford?

Sam intenta hacer un buen aterrizaje con los labios, planeando sobre el cuello de su hermano.

Dean se aparta, sólo un poco, casi de manera involuntaria, cuando la respiración de Sam le hace cosquillas y nota la punta de su nariz helada en contraste con su cuello. La piel le arde y el corazón se le ha debido mudar de sitio por cómo su yugular bombea la sangre.

—Pues entonces sólo se me ocurre que podemos echar un polvo de reconciliación y asunto arreglado. Lo de rebobinar es un coñazo.

Sonríe.

—¿Y a qué estamos esperando, Dean?

Y Sam le sonríe por simpatía, como las explosiones que se producen cuando la detonación de uno de los cartuchos hace que el siguiente también se dispare.

Dean le empuja, le agarra, le araña, le lame, le muerde, le besa. No con dulzura. No con docilidad. No con suavidad. Sino con lo único que tiene dentro. Ganas.

Ganas implacables. Ganas violentas. Ganas sin domesticar. Ganas de recuperar el tiempo perdido. Ganas de que Sam le vuelva a devorar con los ojos antes de devorarle de verdad. Ganas de engancharse a sus labios, como ha estado enganchado a los goteros del hospital. Ganas de perderse en su cuerpo, donde podría trazar con saliva un mapa de todas las carreteras que han recorrido y de todas las que les quedan por recorrer, y detenerse en cada lunar, en cada marca, en cada cicatriz. Ganas de no salir de la cama de nuevo en tres semanas y besarle, acariciarle, lamerle, follarle, hasta que le salgan canas. Ganas de soltarle un “te quiero” tras otro, hasta que su hermano necesite de veras a una optometrista para que le conserve la vista porque el oído lo iba a perder.

 

—Tómatelo con más calma, Dean. Es tu primer día fuera.

Dean no quiere tomárselo con calma. La calma es un pozo hondo y oscuro en el que se ahogan los deseos en vez de verse cumplidos al lanzar una moneda. Todo lo que siente por Sam le golpea el estómago, la cabeza, el corazón, la entrepierna. Es una auténtica bestia descontrolada que no puede domar.

—Vale. Primero follamos y luego me lo tomo con toda la calma que quieras.

Jadea, ansioso, con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, mientras le desabrocha la bragueta con desesperación ciega y siente que la sangre le circula a galope.

Le aprieta la ropa. Le aprieta el tiempo. Le aprieta la impaciencia.

—Pienso hacértelo tan bien cuando lleguemos al motel que te vas a correr dos veces en el mismo polvo. Es más, te vas a correr hasta en los preliminares, Sammy.

Dean se lo garantiza. Y Sam se empalma como nunca ante esa voz que se quiebra de promesas.

—Pensé que me dirías que sólo una vez más y paramos.

Sam se lo susurra y le imita al bajarle la cremallera del pantalón, de nuevo por simpatía, pero con el triple de dinamita.

Dean arrastra la lengua y un ¿Estás de coña? por la yugular de Sam, entre besos, bocados y un rechiflo irreverente.

Es la cuarta vez con su hermano y no le gusta el cuatro.

Lleva cinco semanas con la boca vacía de besos y el corazón lleno de piedras.

Y están en el puto Indiana.

Tendrá que compensarlo de alguna manera.

—¿Quieres dentro o fuera?

La opción de parar no se la da a escoger porque ni siquiera la contempla.

No llegan ni a abrir la puerta del Impala.

Antes de que Sam pueda entender qué le está preguntando, tiene las manos contra la ventanilla, los calzoncillos por las rodillas y Dean le separa las piernas.

 

Pues fuera, pero a ti te quiero dentro.

Es lo único que Sam decide y lo último que piensa, antes de que Dean le empiece a embestir de manera salvaje, mientras le tira del pelo y logra que le pida de todo, menos que se lo tome con calma.

Ni un para. Ni un basta. Ni un quieto. Ni un me estás haciendo daño. Sólo le sale suplicarle más. Más rápido. Más fuerte. Más adentro. Más. Más. Más. Y reducir la vida eterna a sólo un rato.

Un polvo rápido, sucio y desesperado. Un polvo lógico, natural, necesario. En un descampado, contra el lateral del coche, de pie, sin contienda, apurados, como si el motel estuviera en Canadá, como si el frío sólo se sintiera en las postales, como si el tiempo fuera a ejecutarlos ahí mismo.

—DeanDeanDEAN, voy a… co...

Sam no llega a gemir la frase completa cuando el orgasmo de Dean alcanza al suyo y el último golpe de sus caderas hace que se contraiga en espasmos.

Dean le escucha jadear un sofocado qué-date-den-tro,joder, como si hubiera olvidado hablar y le sobreviniera una réplica del orgasmo. Está por persignarse. Que hayan sobrevivido a ese ritmo desenfrenado y tras tanto tiempo sin follar, le parece un milagro.

Acaban aliviados, temblando y jadeando. Dean contra Sam y Sam contra la puerta del Impala.

Ambos se dan la vuelta y recuestan sus espaldas sudadas en contraste con la carrocería.

Dean aún palpita cuando agarra a Sam de la cazadora con las pocas fuerzas que le quedan y le da un beso obscenamente húmedo y fabulosamente descoordinado en la boca. Un beso con el que se siente jodidamente condenado -casado- para el resto de su vida, hasta que su muerte los separe.

—Tienen servicio de lavandería.

Dean se lo recuerda al darse cuenta de que tiene los pantalones manchados. Sam se ha corrido como un tsunami. Él también.

Y es lo único que parecen tener manchado por primera vez. Habría que tener la mente tan sucia como sus pantalones y la conciencia más mermada que sus alientos para no ver ese amor ingobernable que a los dos se les desborda al mirarse.

Su “te quiero” no es nada absurdo. La única ropa limpia que les quedaba es la que llevan puesta y, afortunadamente, ya no lo está.

A Sam le da igual, piensa incendiarla en cuanto atraviesen la puerta del motel, igual que ha quemado el billete. Si hace falta, le prenderá fuego a todo Indiana. No quiere que quede ni un jirón de tela para que no puedan volver a vestirse. Lo que quiere es que la columna de humo se divise de una costa a otra de los Estados Unidos, que todos sepan que siguen vivos y que lo están celebrando.

 

—Cada vez follamos mejor, Sam.

Y es una verdad que siempre ha estado ahí, igual que está el Sol, los planetas y los semáforos.

Dean lo suelta cuando apenas ha reaprendido a respirar tras abrir la puerta del Impala. Intenta entrar a la vez que su orgullo dentro del coche, pero es como meter las maletas de millones de pasajeros y hacerse con un hueco libre después.

Sam se queda como si su hermano le hubiera pulsado el botón del pause. Todavía tiene la bragueta abierta y no es lo único que se le queda abierto con su comentario.

—No me mires como si fuera un puto trotapieles, es verdad. Por ponernos una pega, nos hemos corrido muy rápido.

Sam no atina ni con el manillar para abrir la puerta. Está por volver a la pizzería y preguntarle al dueño si el café -que puede dar fe de lo malísimo que estaba porque el primer lenguetazo de Dean le ha sabido a matarratas- lo aderezan con suero de la verdad o algo así.

—Yo tengo excusa, estaba cumpliendo condena en el hospital, pero tú podrías haberte cascado una paja, Sammy. Incluso pensando en mí. Eso no se considera…

A Sam se le corta el resuello y hasta la razón ante la posibilidad de que su hermano diga en voz alta esa palabra tabú que empieza por “i”. Hasta a él se le hace bola esa palabra en el pensamiento.

¿Vas a decirla, Dean? No. No vas a decirla. Imposible. Seguro que vas a hacer un chiste horrendo con la necrofilia o algo así.

 

—…realmente…

 

No. Jamás te atreverías. Vas a decir “pecado”. Porque, si pronuncias esa palabra, vas a hacer real lo del…

 

—…incesto.

Con todas las letras y todas sus consecuencias.

Amén.

 

***

 

—¿Vas a hacer una fiesta?

El chaval de la gasolinera se lo pregunta a riesgo de parecer impertinente. Si hay fiesta, le interesa. Quiere autoinvitarse.

Dean, al que el chico le ha puesto el sobrenombre de el tío que jamás va a coger una cesta, aunque no pueda con todo lo que lleva en las manos, es la única interacción humana que tiene en días. Lleva hincando los codos dos semanas para el próximo examen. Está harto de maullarle al perro para ver si lo vuelve bilingüe. No lo ve tan difícil, su padre se pasa el día ladrando.

—No. Avituallamiento para esta noche.

Dean suelta sobre el mostrador un pack de ocho latas de cerveza, una botella de José Cuervo, tres bolsas de M&M's, seis Reese's big cups, todas las bolsas de snacks que ha podido arramplar con una sola mano -cuando ha arrasado el tercer pasillo- y una vela -perfumada, olor vainilla, apta para masajes, irresistible-, que estaba en oferta.

No ha hecho cálculos mentales de cuánto le va a costar todo eso, incluida la vela, pero quiere -necesita- coger un bote de lubricante y lo mismo tiene que empezar a sacrificar algo.

No le parece bien esconder cosas dentro de la cazadora. El chaval parece un buen chico. Y él siente debilidad por esa clase de chicos. Hace que le estalle la vena paternalista. 

—Vaya. Pensé que habría una fiesta con chicas y algo de alcohol y podría ir si te caía simpático. Este pueblo te mata de aburrimiento, es un asco.

El chico factura su decepción mientras le pasa los códigos de barras por el lector. Se ha hecho ilusiones en vano.

Dean también se ha hecho ilusiones. Y malos cálculos. Pensaba que le quedaba más dinero. Empieza a ver ascender la cantidad en la pantalla de la máquina registradora y le van a faltar unos diez pavos -ojalá Sam no hubiera quemado el billete-, aunque quite la bolsa de Cheetos. La vela no es negociable, por cómo huele, seguro que es hasta comestible y se le han ocurrido un montón de usos al verla, tantos como sitios donde derramar la cera.

—Meh. Este sitio no está tan mal, tío. Créeme. He estado en el Infierno. 

Dean le da ánimos. No soporta esa carita de cachorro abandonado que le recuerda a la de su hermano.

Y, de pronto, se le enciende una bombillita. Se le acaba de ocurrir algo. Va hacer su buena acción del día.

—No, claro. Para ti no. Ya veo que tienes planes y que sí vas a hacer una fiesta, pero es privada.

El chico lo murmura con algo de envidia, cuando le ve indeciso entre el bote de lubricante grande y el extragrande. Ahora entiende lo de la vela.

Esa contestación le suena tan a Sam que Dean se molesta en mirar al chico con más detención, mientras no sabe por cuál de los botes decidirse.

No se ha fijado al entrar, pero el chaval es como una copia de Sam, sólo que con el pelo más corto y algo reducido en tamaño, aunque tampoco tanto. Tendrá unos 17 años, todavía puede crecer algo. Son las gafas de empollón que lleva lo que le han despistado.

—Bueno. La verdad es que estoy de luna de miel.

El bote grande. Decidido. Sam le ha dicho que se lo tome con calma. Además, se muere de ganas de ver la carita que pondrá su hermano al ver la vela.

—Enhorabuena. Espero que estéis de paso y que vuestro destino no sea este pueblo.

—¡No! ¡Las putas Vegas!

—¡Guau! —al chico se le ilumina la mirada, como si hubiera robado la luz de todo el neón de Las Vegas para encender sus pupilas—. Yo nunca he salido de aquí. Me gustaría ir a la universidad. Estaría bien estudiar en California. En la costa, el clima es suave.

Dean pega un respingo, da dos pasos hacia atrás por precaución y otros dos porque se le activa el instinto. Echa mano al arma del bolsillo, sin perder el aplomo, y mira al chico, como si hubiera habido un fallo en Matrix.

Lo mismo sí que está muerto.

Lo mismo está atrapado en un bucle o pliegue temporal.

Lo mismo Memphis es una especie de Purgatorio.

Lo mismo se ha despertado en un universo distinto.

O lo mismo es sólo paranoia y todo es simple casualidad.

Da igual.

Sam le espera en el coche. Y está seguro de que es su Sammy. Sigue pareciendo un santo y gimiendo como una puta cuando follan. Nada más importa. Ni en qué día viven, ni dónde están, ni adónde van, ni cuántos calcos repetidos de sus vidas existen. Sólo que están juntos. Si vivos o muertos es irrelevante.

Nothing else matters. Lo dice hasta Metallica. Y lo que dice Metallica va a misa. Esa canción es un credo y ellos sólo tienen un mandamiento. Cubrirse las espaldas, tanto en la caza como en la cama.

—¡Eh, chico! ¿Conoces la pizzería que hay a las afueras, donde te invitan a un helado los domingos?

Dean trata de mantener la calma, de recuperar la cordura, de encontrar alguna explicación lógica antes de apretar el gatillo, de llevar a cabo su buena acción del día.

—Hay una camarera muy guapa. Se llama Mary. Lo pone en su chapa. Pásate por allí a probar suerte. Le van los chicos como tú. Eso sí, no pidas café, ni aunque su padre saque un M16 con lanzagranadas a lo Tony Montana en la escena final de Scarface.

—He visto esa peli. Y conozco la pizzería. Y he probado el maldito café. Y ese que se parece a Tony Montana es mi padre. Y Mary es mi hermana.

—Ah.

A Dean todas las bombillitas se le apagan y se le encienden otras en señal de alarma, antes de que toda esa información le cortocircuite el cerebro.

Intentaba hacer de cupido y ahora se siente poco menos que un corruptor de almas.

Sí que le dan ganas de apretar el gatillo, pero para dispararse a sí mismo.

—He cambiado de opinión. Me llevo el extragrande. Quítame una bolsa de M&M's y la mitad de las cervezas. Los seis Reese's big cups y el tequila me los respetas.

—Me has caído bien, te regalo la vela.

—Gracias. Quiero pinchar grandes éxitos de Zeppelin. Ya que hacemos algo mal, qué menos que hacerlo bien.

—A mi hermana también le mola Led Zeppelin.

—¿Sí, eh? ¡Guay! Hazte un favor. No te la tires.

Toda la compra, 66,69 dólares.

Caerle bien al dependiente, una vela gratis.

Ver su cara de estupefacción al pedirle que no se folle a su propia hermana, no tiene precio.

Para todo lo demás, llamar al 1-866-907-3235. Dean promete cogerlo siempre que no esté ocupado haciendo todo lo contrario a sus consejos.

Ni de coña va a predicar con el ejemplo. Le espera la mejor noche de bodas de su vida. Va a encender hasta una vela.

 

***

 

Dean se despierta al notar un pellizco en el brazo, pocos minutos antes de que el sol le acuchille la cara tras la ventana del motel y vele ese recuerdo en carne viva de todas las cosas inenarrables que ha hecho en la cama -en las dos camas, y contra el armario, y encima del mueble de la tele, y hasta agarrándose de las cortinas- con su hermano.

—¿Comprobando si estás despierto?

Dean se estira, cuando aún está aprendiendo a pronunciar resaca, con la boca pastosa y algo acartonada, como la suela de una zapatilla vieja.

Sam tiene el pelo tan revuelto y le resplandece tanto la cara que le dan ganas de repasar con él todas las posturas del kamasutra de nuevo.

—No. Si estás vivo. Verificaciones empíricas.

Sam parece sorprenderse de que Dean no se haya largado a la cama de al lado.

Bueno.

De que no se haya largado.

Lo único que puede pensar al mirarle es que, desde aquel Día de Acción de Gracias que pasó con él en Stanford, han pasado ya dos años, tres semanas y un día, una novia, quince monstruos terroríficos, ciento cuarenta y seis libros leídos, setenta y cuatro exámenes aprobados, cuarenta y tres películas, cantidades ingentes de sal, pólvora y agua bendita y no ha variado ni un ápice su respuesta ante la pregunta de cuál es su recuerdo favorito.

Dean.

No todo el mundo puede decir que su recuerdo favorito es su vida entera.

 

Dean pone un pie fuera y maldice hasta en arameo lo frías que están las baldosas, antes de que su segundo pie toque el suelo. Le gustaría meterse de nuevo entre las sábanas, volver con Sam y a la mierda lo de cazar cosas y salvar gente, como si todo arde y sólo queda la habitación en pie con ellos dentro. Todo puede esperar, incluso lo de buscar a su padre. Nada es taaaaaan grave ni el puto fin del mundo.

Pero se levanta, con esa actitud de soldado que no protesta ante nada y tiene bien interiorizada. Se guarda tanto las quejas como las ganas, se enfunda los vaqueros porque no encuentra dónde cayeron ayer sus calzoncillos -tampoco sus calcetines ni el resto de su ropa- y se dirige al baño. Ni se molesta en cerrar la puerta.

—Si sales, tráeme café. Doble esta vez. Y algo de comer. Y el periódico.

Sam suena mandón y exigente desde la cama, casi tanto como anoche. Después se restriega la cara, como si quisiera borrarse el sueño de ella.

Está exhausto. No sabe de dónde su hermano ha sacado las fuerzas para levantarse después del maratón de sexo que se han marcado.

Puede que haya dormido un total de cuatro horas, el último par del tirón, desde el último trago de tequila hasta que la boca de Dean estaba demasiado húmeda, demasiado caliente, demasiado ocupada y demasiado abajo como para no despertarle con otro orgasmo. Ha dejado de llevar la cuenta en el tercero. Sólo sabe que se ha corrido más veces que horas ha dormido.

—¿Algo más, Su Alteza?

A Dean le duele espantosamente la cabeza, como si el fantasma de John Bonham la hubiera usado de batería durante toda la noche para ensayar todo su repertorio. Pero no se puede permitir ponerse en plan quejica si quiere seguir tachando a su hermano de flojo.

—Tampoco estaría de más que sacaras este sándwich de aquí, o habrá que ir pensando un nombre para bautizarlo.

Sam lo dice con la cara totalmente hundida en el colchón y la voz amortiguada por la almohada. 

A Dean se le escapa un carcajada que hace que pierda su enfado. Le parece tan gracioso que ni le va a reprochar el tono con el que se lo ha ordenado.

—Podrías ir tú a por el desayuno, tigre.

Lo de tigre no es ningún apelativo cariñoso. Dean acaba de verse la espalda en el espejo del baño y tiene tantos arañazos que, más que follar con Sam, parece que haya pasado la noche de prácticas como domador de fieras.

—Podría, pero me he quedado sin dinero. Quemé los últimos diez dólares ayer.

—¡Joder, Sam! ¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Mientras le regaña, piensa a toda prisa cómo forzar las dos máquinas expendedoras del parking, sin que el recepcionista le pille. Así podrán ir tirando con algo de calderilla, hasta que se acerquen por la noche a desplumar a cuatro borrachos desgraciados en una timba de póquer.

—Luego.

 

¿Luego, Sam? ¡Serás capullo!

 

—¿A ti tampoco te queda dinero, Dean?

—No.

—Me gustó la vela.

—Perra.

—Imbécil.

—Lo sé, Sammy.

—Voy a ducharme.

Dean intenta, inútilmente, no mirarle de arriba a abajo cuando se cruza -se choca, más bien- con él a la entrada del baño. Hace un esfuerzo titánico para que las manos no se le vayan tanto como los ojos. Porque una cosa es que esté enamorado de su hermano y folle con él y otra quedarse embobado al verle pasear desnudo por toda la habitación.

Sam tampoco cierra la puerta. Su intimidad ha pasado a ser compartida, como todo lo que tienen detallado en una lista y repasaron concienzudamente por la noche, haciendo hincapié en orgasmos.

—No me dejes sin agua caliente.

Caliente ya está él. Otra vez. Sam le está poniendo tan cachondo que si se diera una ducha fría, haría hervir el agua.

—¿Compartimos la ducha?

Otra cosa que añadir a la lista. Pronto no va a entrar en una hoja.

 

Compartimos. Como buenos hermanos.

Dean le sigue, sin que ningún pero se le caiga por el camino.

La culpa empieza a ser como su sombra bajo el sol de mediodía, invisible bajo sus pies, aunque siga enganchada a él.

Sam comienza a besarle, suave, desquiciadamente lento, mientras le conduce hasta la ducha y le saca los vaqueros, que ni sabe para qué se ha molestado en ponerse. Erótico, sensual y a la vez con dejadez y pereza, como si Since I've been loving you hubiera tomado forma en sus besos delicados y en sus manos de gigante, como sólo la tristeza del blues con la dureza del rock pueden entrar en sintonía.

Dean cree que podría acostumbrarse a esa nueva rutina, aunque le cueste siete días por semana. Conciliar su presente con su pasado. Cazar algo, buscar a su padre, acostarse con su hermano. Lo normal.

 

Ambos están bajo el chorro de la ducha, desnudos, mojados, enjabonados, juntos, pegados.

El plato es dos veces más pequeño que el Impala.

Es otra puta jaula.

Y no hay espacio.

Pero Dean no se agobia, esa sensación de claustrofobia que tenía hace semanas nunca llega a presentarse.

—¿Sigue en pie lo de la peli de Godzilla?

Dean lo pregunta con mucho aire en la voz, cuando se acerca a la oreja de Sam e intercala un beso cada dos palabras, haciendo un reguero de ellos por la línea de sus hombros, siguiendo el recorrido del agua.

Por una vez, lo que se le pasa remotamente por la sesera no es esa palabra tan incómoda, sino que, quizá, merezca algo. Algo, además de sexo. Algo por lo que nadie debería sentirse culpable, sino todo lo contrario. Algo que no le hace daño a nadie. Algo como cuando se ha hecho el dormido y Sam le ha dibujado con un dedo en la espalda, letra a letra, las dos palabras que no se atreve a decirle cuando está despierto, porque aún desconfía de que no vaya a salir corriendo. Algo así.

—Depende, si me dices esa tontería que tienes pendiente decirme luego.

Sam lo negocia con una sonrisa que cerraría acuerdos internacionales entre 170 países.

Lo que a Dean le escuece al escucharle no son los arañazos de la espalda, sino su “te quiero” invisible, encima de todos ellos.

Y lo que le sale decirle, por primera vez, concuerda con lo que lleva pensando desde que le ha escrito ese “te quiero”, que teme que se le borre con la ducha como siga posponiendo su luego.

—¿Quieres conducir? Te dejo elegir la música.

—Llevo conduciendo durante tres semanas, Dean.

Sam le hace ver lo absurda que es su propuesta.

—No me refería al coche.

Dean le hace ver lo ingenua que es su respuesta.

Y el roce se encarga de pervertir su inocencia de cintura para abajo.

Sam se arquea un poco para mirarle bajo el agua, casi desencajado. Dean le está pidiendo que... ¿qué demonios le está pidiendo su hermano?

—Aún no lo hemos hecho en el baño, Sammy. Es el único sitio que nos queda. También estaría bien frente al espejo.

Porque en vez de apartar la mirada y odiar lo que ve cuando se mira en él, ha decidido quererlo con toda su alma.

Sam no sabe ni qué decir. El tequila debe ser de efecto retardado para que Dean quiera hasta subvertir las reglas del juego.

—Querías ser el último, pero ¿no te apetece ser el primero en algo?

Bajo el murmullo de la ducha, no parece que la firmeza de la voz de Dean se esté reblandeciendo.

—¿Ahora? ¿Aquí?

El agua está caliente, pero Sam se ha quedado helado. Cree que le ha entrado algo de agua en los oídos y el mensaje le está llegando distorsionado.

—No. En el programa de Oprah, para disparar los índices de audiencia.

Dean bromea. Está nervioso. Muy nervioso. Y teme que se le escape un “te quiero” antes de tiempo si Sam le deja seguir hablando.

No pretende que le guste ni disfrutarlo. Es más, reza para sus adentros para que eso no suceda, porque entonces el círculo vicioso va hacer honor a su nombre y a canonizar su adjetivo.

—Aquí, ahora y a pelo.

Dean sube la apuesta.

Todo al rojo, impar. Otra vez.

—Entonces, ¿me estás pidiendo que…?

—Que me folles, Sam, ¿necesitas que te explique cómo hacerlo?

Suena casi cruel, todo lo opuesto a esa caricia mansa que se le enreda en el pelo mojado de Sam.

—Oye, si en algún momento quieres parar, te arrepientes, te hago daño o…

Sam habla tan despacio y Dean tiene tanta prisa.

Sam suena tan blando y Dean está tan rígido.

Sam parece tan grande y Dean se siente tan expuesto.

No tiene pinta de que no le vaya a gustar. Todavía no ha pasado y ya está fantaseando con repetirlo.

 

Te quiero.

Cuando Dean lo piensa siente el cráneo de gelatina y teme que Sam lo lea, junto a todos los “te quieros” que lleva apelotonados en sus sesos.

Se está mareando. Tantos “te quieros” hacen que el cuarto de baño le dé vueltas. Orbitan, imparables, como si fueran planetas.

El amor sin destilar sí que emborracha, no dos cervezas y media botella de José Cuervo.

—No me vas a romper, tío. ¿Quieres dejarte de tanto bla, bla, bla y empezar de una vez? Nos vamos a quedar sin agua caliente.

Apenas termina de hablarle cuando Sam ya tiene una mano alrededor de su nuca, la otra en su cadera y no espera resistencia.

—Tranquilo, Dean. Yo me encargo.

Cuando Dean le escucha decir yo me encargo, algo le hace click en la cabeza. Ya se lo oyó decir en Fairbury, antes de que le hiciera la mejor mamada de su vida sin tener ni puta idea. Es como una pieza suelta que encaja después de cinco años. Por primera vez, Dean es plenamente consciente de que ha vivido en un simulacro constante, de que nunca ha tenido el control y de que Sam siempre se ha encargado.

Se le va olvidando mientras le besa. Es como tontear peligrosamente con la amnesia.

Olvida que está nervioso. Que están sin dinero. Que no tienen ropa limpia. Que ya están desnudos. Que están en el puto Indiana. Que ni siquiera está borracho para haberle pedido la mayor barbaridad de su vida. Que el agua empieza a salir algo fría. Que llegar a Las Vegas le importa una mierda. Que están buscando a su padre. Que el mundo está lleno de monstruos, almas que sufren y votantes de George Bush. Que Sam es su hermano, su jodidamente consentido y mimado hermano, con el que ha hecho de todo y todo está de puta madre, en armonía con el puto universo.

Lo único que no se le olvida es su nombre porque Sam lo repite, lo derrite, como chocolate al baño maría, entre beso y beso.

Todo le deja de resultar indecente, sucio, obsceno e inmoral. A esa palabra tan incómoda, por fin le encuentra cierta comodidad.

No quiere que Sam le deje pensar. Ni respirar. Ni mucho menos hablar. Sólo que siga besándole. Porque se le está cayendo un “te quiero” de la boca, resbalando, lento y suave, como el agua por el cuerpo y su lengua más fuera que dentro de la boca de su hermano. Y, mientras sigan besándose, no va a ser luego, puede seguir aplazando las dos palabras que le dijo por teléfono y que Sam se ha emperrado en escuchar en vivo y en directo.

—Date la vuelta, Dean.

Sam suena hasta educado cuando susurra. Mandón, pero educado.

Pone a Dean contra la pared, le separa un poco los muslos y desliza dos dedos por su espina dorsal con un destino inevitable.

Dean siente que un escalofrío sigue el mismo recorrido en su cuerpo, pautado por los dedos de Sam y por el agua. Le choca que alguien tan grande vaya surtido de tanta delicadeza, y que una escena de sexo en la ducha parezca sacada de una película de Disney.

El resto de su raciocinio se diluye con el agua y se arremolina para filtrarse por el desagüe.

Sam no quiere ir deprisa. Las prisas no son buenas. Excepto cuando hay urgencia. Pero la urgencia ya se consumió anoche del todo, como la vela.

Se ha propuesto hacérselo tan lento que Dean va a terminar suplicando que acabe para volver a por más y, desde luego, le va a sacar ese “te quiero”, que ya lleva pendiendo de sus labios un buen rato y desafiando la gravedad. Y él, mejor que nadie, sabe que no se puede luchar contra las leyes de la física ni contra los elementos.

Si ese “te quiero” no cae por su propio peso, se lo va arrancar de dentro, incluso antes de que llegue al orgasmo, pronunciado tal y como le gusta el café. Manchado. Caliente. Ardiendo. No demasiado dulce ni empalagoso.

Sam le oye lanzar su primer gemido, saliendo directo desde su estómago, como un gruñido gutural, y apenas tiene medio dedo dentro.

Le sujeta el pecho con su otra mano, temiendo que el corazón se le salga de dentro. Lame su nuca. Bebe el agua que resbala por su piel. Pero no le calma la sed. Dean está ardiendo.

Escucha un joder,sí,SamSammySaaam, húmedo y reverberado cuando su voz se estrella contra los azulejos. Le muerde un poco el cuello y baja la mano, atropellada por toda la línea de su abdomen, entretenido en caricias largas, suaves y lentas, hasta dejar atrás la frontera de su ombligo.

Empieza a juguetear con el pulgar alrededor de su polla. Nota a Dean tan empalmado que se contiene para no masturbarle, no vaya a ser que se corra.

Dean empuja hacia atrás sus caderas, contra él, ansioso, impaciente, temblando, pidiendo más, rogándole desesperadamente un fóllame ya.

Sam prueba con el siguiente dedo, después de que el primero se haya acomodado más adentro.

—Dios, Sam, te

Va a ser antes de lo que esperaba.

Se alegra de que sea en la ducha. Los baños tienen buena acústica.

Por fin es luego.


Notas:
Si alguien ha llegado hasta aquí, agradezco enormemente que haya dedicado parte de su tiempo en leer este fanfic.
Espero de todo corazón que haya merecido la pena.
Fue un auténtico placer escribirlo e igualmente será un placer inmenso leer cualquier comentario y responderlo si alguien se anima. ❤️❤️❤️

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