4 - UN CÍRCULO DEL NFIERNO
Al primer amor se le quiere más, a los demás se les quiere mejor.
La primera vez que Sam leyó esa frase fue en la carpeta de Martha Smith, la primera chica a la que le pidió salir y ella le dijo guay.
Tenía casi 16 años. Estaba hecho un manojo de nervios. La voz la sentía atrapada en la garganta. No sabía dónde posar la mirada. Le sudaban las manos -que, de pronto, le parecieron demasiado grandes-, y quiso cortárselas porque le dio la impresión de que no le cabían en los bolsillos -que, claramente, le parecieron demasiado pequeños-, donde aún tiende a esconderlas cuando le tiemblan.
Se encontraba en Normal, Illinois, donde nació su padre.
Aún recuerda el sol de la tarde en su cara pecosa, y en su pelo, que se volvía dorado, y en sus ojos, como dagas de malaquita recién pulida que al mirarle le cortaban en pedazos. Era escandalosamente guapa. Y payasa.
Fue antes de conocer a Angie. Pocos meses después de abandonar el Madrid de Iowa.
Entonces Sam no sabía que era una frase del autor de El principito. Tampoco es que eso sea relevante o importe demasiado.
Le pareció una dedicatoria normal, que una chica normal, con una familia normal y que vivía en un sitio que se llamaba Normal, suele tener en su carpeta de clase, junto a una plaga de corazoncitos dibujados con bolígrafos de colorines.
Sam ni reparó en que la primera novia no es el primer amor. Aunque a priori lo parezca, no es lo mismo, ni punto de comparación. Para ser el listo de la familia, tardaría en advertirlo unos siete años más.
Lo que más le atrajo de Martha era que los chistes malos se le caían hasta de los bolsillos, que su padre la enseñó a disparar con un escopeta de perdigones y que tenía los ojos verdes, del mismo verde que los de Dean, algo que le recuerda lo que veía de niño a través de la ventanilla del Impala, cuando surcaban a toda velocidad los campos de maíz tierno al atardecer.
Cualquier parecido con su hermano fue pura coincidencia.
Lo que más le atrajo de Angie, la chica que soñaba con ser actriz y por la que se apuntó a clases de teatro los miércoles por la tarde a espaldas de su padre, es que se llamaba como la canción de los Rolling que Dean no paraba de tararear. Angie era descarada hasta decir basta y se comía las hamburguesas como si las fueran a prohibir al día siguiente.
De nuevo, cualquier parecido con su hermano fue pura coincidencia.
Lo que más le atrajo de Jess -eso Dean lo descubrirá dentro de un rato en Madrid-, al mismo tiempo que Sam se dará cuenta de que, cuando enganchó por primera vez el labio de Dean, se quedó enganchado a una sombra escurridiza, que a su vez sigue enganchada a una numerosa colección de polvos de una sola noche con chicas que se desnudan en la parte trasera del Impala, cierran su corazón al mismo tiempo que abren las piernas y nunca le preguntan a su hermano si las quiere.
Cuando se habla de descubrimientos increíbles, siempre se recuerdan los grandes momentos. Arquímedes descubriendo la ley base de la náutica, o Newton la gravedad, o Howard Carter la tumba de Tutankamón.
Pero todo hallazgo es importante por pequeño que sea o insignificante que parezca.
Y todos ocurren por accidente, cuando uno deja de obsesionarse con buscarlos o no quiere correr el riesgo de encontrarlos.
***
—Paremos a comer.
Dean no distingue sus tripas del rugido del motor.
Antes de que la lluvia empiece a apretar, Dean deja el Impala enfrente de la misma cafetería que pisaron hace siete años, con la diferencia de que entonces era de noche, llovía mucho más y su hermano, además de hambre, tenía un cabreo monumental.
Los dos recuerdan aquella noche. Ninguno lo dice en voz alta, aunque la memoria no pare de chillar como la rubia -tan ligerita de cascos como de ropa, que grita como una loca, corre despavorida, enseña las tetas, cae sobre cuchillo/motosierra/hacha/cualquier objeto punzante, muere- de cualquier peli slasher que se precie.
Así son las reglas entre ellos.
A lo mejor Dean se ha precipitado en la comparativa.
No es de noche, pero está oscuro como el nido de un vampiro. La lluvia empieza a dibujar riachuelos sobre su chaqueta de cuero. Y el portazo que Sam da al salir del coche no indica que ahora se encuentre de mejor humor.
—Baja esos humos. Como le hagas algo al coche, te mato.
No es verdad, Dean.
No. No lo es. Pero Dean tiene que aparentar que le importa algo más en el mundo que no sea su hermano, su jodidamente consentido y mimado hermano.
La cafetería parece conservada en formol. La fotografía de Tennessee Williams sigue colgada de la pared, con esa sonrisa perenne y serena bajo el bigote, el cigarrillo humeante y la mirada elevada, como si se hubiese acordado de algo que le hiciera gracia.
Sam no cree que, cuando le tomaron la foto, su sonrisa se debiera a la cita célebre que le acompaña, a no ser que el tipo fuese un sádico.
Hay un tiempo para partir, incluso cuando no hay un lugar a donde ir.
Lugares hay a patadas, como California, pero ahora, al volver a leer esa frase, Sam se plantea si partir fue la decisión correcta.
Conoce de sobra la respuesta. Chilla como la rubia de una peli slasher.
Una vez, su padre, con dos copas de más, un enfado de menos y la lengua demasiado suelta, en un día tonto en el que su añoranza por Mary trepaba por las paredes del motel, dijo que no existen las personas destinadas a estar juntas, sino las que optan por permanecer una al lado de la otra, sin importar sus diferencias, el qué dirán o lo que pueda pasar.
Cuando John se emborrachaba era un libro abierto, escrito por los espíritus de Shakespeare, Wilde y Dickens. Normalmente es un expediente clasificado de la CIA. Todo lleno de tachones negros. No se lee ni el encabezado. El alcohol no causa estragos en su organismo, hace maravillas.
Sólo por lo que dijo, Sam evitó pelearse con él durante treinta y dos días. Un día de paz por cada palabra. Un alto el fuego que, posiblemente, fue como el cometa Halley, que pasa cerca de la Tierra una vez cada 76 años.
Espera que su padre tenga una vida muy, pero que muy larga para que vuelva a presenciar ese acontecimiento. Le da que no va a ser así. Las venganzas, como la que ellos buscan cobrarse, suelen abrir tumbas y no cerrar heridas.
Lo único que ha cambiado en la cafetería es Lindsay, que no está. En su lugar hay un chaval bajito y moreno en el que Dean ni se fija. El chico lleva una cantidad ingente de piercings, como si se hubiera volcado el muestrario de una joyería encima, y arrastra un trapo mohoso por la barra, mientras levanta la vista hacia ellos con indiferencia.
Sam siente algo de alivio al no encontrarla. Dean ni siquiera la echa en falta, así que como para preguntarle si recuerda su nombre, su cara, su talla de sujetador, o qué puesto ocupó entre las 82.050 camareras que lleva sin que le dé antes una apoplejía.
La camarera de mediana edad se acerca a la mesa donde se sientan. No los reconoce, lógicamente. Han pasado muchos años y también muchos extraños que sólo han estado de paso.
Sigue teniendo rostro bondadoso, voz desafinada, el mismo peinado simplón que enmarca el óvalo de su cara con algunas arrugas de más. El paso del tiempo ha sido indulgente con ella, apenas ha envejecido o cambiado, es prácticamente la misma de hace siete años, pero ellos no se sienten los mismos al mirarla.
A Dean le despierta unas ganas irrefrenables de llamarla mamá. Lindsay pudiera haber sido o no una buena esposa para él, nunca lo sabrá, pero no le cabe duda de que su madre hubiese sido una suegra excelente. Seguramente, ya lo sea de alguien que no es él.
—Hola, pareja, ¿qué queréis tomar?
Como buena observadora que sigue siendo, dice pareja porque son dos, pero no se arriesga a aventurar de qué clase porque en la mirada de Dean no hay separación ni barreras y todo está mezclado, agitado y removido en vaya Dios a saber qué proporción.
—Somos hermanos.
Casi parece una disculpa, algo que la camarera debería anotar en su libreta de pedidos para que no se le olvide, como se le ha olvidado a él.
Quiere que esa palabra tan incómoda, que antes se le pasaba remotamente por la sesera y que ahora le da la sensación de llevar escrita en la frente, se difumine un poco. Espera que no esté trazada con tinta indeleble, como un tatuaje, y que la lluvia la haya borrado lo suficiente para hacerla ilegible.
Por primera vez, pronuncia hermanos con vergüenza. Ni sonríe. No le sale natural. No es algo que Sam le quiera copiar o disfrute escuchándole decir. Su eco no resuena desde el Pacífico ni recorre un carajo por tierra, mar o aire. Su voz se hunde en algún punto de la travesía.
—De Philadelphia.
Sam hace el intento por reflotar ese barco.
Hermanos de Philadelphia, la ciudad del amor fraternal. Sam escoge ese lugar a propósito, aunque ni conocen Philadelphia. No se les ha perdido nada allí. Pero suena tan falso como cuando Dean dijo somos hermanos de fraternidad, a menos de media hora de donde están.
Sam no sospecha que es justo allí donde Dean quiere dejarle.
—Vale —articula la camarera, sin saber a qué viene tanta información—. ¿Y qué queréis tomar, hermanos de Philadelphia? —repite con algo de sorna, pero muy despacio porque empieza a sospechar que en el estado de Pensilvania se habla hasta otro idioma por lo raro que se comportan.
Después de que Dean pida un infarto de miocardio con guarnición de patatas fritas y una tarta de manzana para rematar, la camarera se dirige a Sam.
—¿Y tú, carita de santo?
Santo, dice. Y hasta pensará que es virgen. La virgen de Philadelphia, no te jode. Señora, si supiera lo que yo sé.
A Dean se le escapa un rechiflo al pensarlo.
Dean sabe cosas. Sabe demasiadas cosas. Cosas que ella no. Cosas que ni él mismo cree que debería saber.
Cosas como que el santo lleva escondida -en ese lugar donde termina su espalda y anoche a él se le resbaló la mano- una M1911 de calibre 45. Cosas como que escupe blasfemias, como un demonio desatado, cuando se enzarza con su padre en una pelea que convierte en un chiste la guerra de Secesión. Cosas como que ha matado a más seres sobrenaturales que días tiene el calendario. Cosas como que se la sopla robar un coche o que muera un inocente -o toda la humanidad, qué más le da- con tal de salvar a su hermano. Cosas como que se pone de rodillas y no para rezar. Cosas como que, si se lo folla a ritmo de Heartbreaker, hace que pronuncie su nombre como si fuese una oración. Un santo el chico. Ni un pecado que expiar. Un mártir con doble moral que Dean adora y con el que podría fundar una nueva religión y escribirse los putos evangelios del incesto. Hasta podría buscarle un altar, aunque no cree que los fabriquen de un tamaño tan grande como para que Sam quepa dentro.
—La ensalada. Gracias.
Sam señala la foto del plato en la hoja plastificada, llena de lamparones grasientos.
Dean no se come la hamburguesa, la devora entre gemidos, como si fuese el culmen de la gastronomía y llevara eones sin probar bocado.
Sam le observa, con una mezcla entre morbo y vergüenza, tanto propia como ajena, mientras pincha un trozo de lechuga con el tenedor y se lo lleva a la boca a una velocidad de tres fotogramas por segundo.
Ver a su hermano disfrutar de la comida basura le resulta hipnótico y más excitante de lo que querría reconocer.
Sam se retuerce en el banco de escay en el que está encajado. En momentos así, odia ser un gigante porque no sabe dónde meterse. Tiene algún tipo de filia que no está para recordar cómo se llama porque donde menos le está irrigando la sangre es al cerebro.
Quiere dejar de mirar a Dean, pero no pierde detalle de cómo se relame la salsa que le chorrea por la comisura de los labios y que arrastra con la punta de la lengua hacia adentro. Cómo se chupa los dedos, uno a uno, succionándolos, mientras parpadea, muy lento, y su mandíbula sube y desciende, cíclicamente.
Ver comer a Dean le parece tan pornográfico como esas películas que hay tras la cortina de un videoclub.
Se fuerza a fijar la vista en cualquier parte que no sea Dean ni en nada que rodee a sus dientes. Se concentra en la mesa, el plato, el vaso, el servilletero, los cubiertos, en ¡vaya! un bichito muy pequeño que camina por el borde y está a punto de caerse.
Nada le alivia. Oírle y privarse de verle casi lo está empeorando porque se lo está imaginando y no exactamente comiendo.
Por primera vez en cuatro días, tiene remordimientos de conciencia.
A nadie en su sano juicio le pone su hermano comiendo.
A nadie en su sano juicio le pone su hermano y punto.
—¡Coño, un bicho!
El primer impulso de Dean es matarlo. Pero acaba por pegarle un manotazo a Sam, que se adelanta a ahuecar su mano sobre el insecto para protegerlo.
Sólo es un bicho. No ha hecho nada malo. No merece un castigo y mucho menos la muerte.
Sam piensa algo así de Dean. Sólo es un bicho que se ha quedado atrapado en esa telaraña gigante que es Madrid. Y cuanto más se revuelve para escapar, más se enreda. Lleva millas y millas tirando de un hilo del que no consigue desliarse.
Dean suspira al terminar de comer. Cree que puede hacerse viejo mientras Sam mastica su pasto para vacas. Está por dibujarle en una servilleta -que podría afeitarle y hasta borrarle la cara si se limpiara con ella- cómo se llega a Ankeny y largarse.
Ver comer a Sam le parece tan aburrido como un congreso de sordos.
Sam es tan modoso y soporíferamente correcto al comer -porque hasta para limpiarse utiliza una de esas lijas, mal llamadas servilletas - que Dean duda que lleven la misma sangre. Curioso, porque la sangre es lo que más quebraderos de cabeza le está dando de todo lo que comparten en una lista, que se complica de pecados en adelante y que ya era un pelín enrevesada, cuando la inauguraron.
—En serio, tío, he visto a osos perezosos en el Discovery Channel trepar por un árbol más rápido de lo que tú comes —bosteza Dean, grosero—. No sólo veo porno en la tele, ¿sabes? Me gusta el porno, pero también me gustan los animales.
Dean apenas le mira. Pero al menos le habla. Por algo se empieza.
Cada vez que Sam se topa con sus ojos puede leer ¿PERO TE DAS CUENTA DE LO QUE HICIMOS ANOCHE, SAMMY?, con un tamaño de letra tan exagerado que necesita retirarse a más de media milla de él para que la frase entre completa en su campo de visión.
Sí, Dean, me doy cuenta y lo tengo en cuenta, como todas las veces anteriores. Eres tú el que no lo acepta .
Bufa.
Que Dean siga en negación le cierra el estómago. Por eso come tan lento. La negación no es un mecanismo de defensa infalible, sólo un parche. Repercute a la larga.
No entiende por qué demonios su hermano no acepta que han tenido sexo. Muy buen sexo. Sexo consentido y responsable. No con tequila de por medio. No porque sean demasiado jóvenes e inconscientes. No porque se hayan extinguido las camareras. No porque la última vez que Dean echara un polvo fuera en el período cretácico. No porque no encuentren casos que resolver ni cosas que cazar. No porque estén solos, aburridos y lleven demasiados meses juntos en la misma parcela del mundo, en el mismo coche, en la misma habitación, en la misma situación de abandono y desamparo. No.
Sexo. Sexo entre dos personas adultas, con plenas facultades físicas y mentales. Ya está. No ve nada malo en eso. Nada indecente, ni perverso, ni vergonzoso. Da igual que sean hermanos. Nadie se lee la letra pequeña de los contratos. Sólo es un cambio en la relación. Ni eso. Una ampliación en la relación.
En algún beso de todos los que se han dado ha perdido a su hermano, pero va a recuperarlo, como ha recuperado la lista. No va a rendirse. No. Eso no. Ni hablar. Ni en sueños. Ni en sus peores pesadillas. Es Samuel Winchester y los Winchester no se rinden. Nunca. Jamás.
Cuando se le mete una idea en la cabeza, es más fácil arrancarle la cabeza que la idea. Y la idea de hacerle ver a Dean que todo está bien -fabulosamente bien- no sólo se le ha metido entre ceja y ceja.
Bufa de nuevo.
Se exige ser más comprensivo con Dean, darle permiso a que se sienta todo lo raro que quiera. Que lo asimile a su ritmo, como la hamburguesa que acaba de comerse, que también le va a costar hacer la digestión por cómo la ha engullido.
No quiere que Dean reincida en esa dinámica complicada de las cuatro noches para convertirla en un hábito insano. Esa dinámica que consiste en pasar una noche en el coche, dos en una cama que queda hasta en otro huso horario de él y otra olvidando porque es una dinámica complicada entre sus brazos.
Un círculo vicioso en el que no paran de dar vueltas.
Bufa por tercera vez.
Le espera un montón de trabajo.
Sam sigue revolviendo su ensalada en el plato igual que revuelve sus pensamientos cuando Dean le da paso a la tarta. Primer bocado y ya es un espectáculo digno de censurar.
—Dean.
Le llama la atención en un gruñido.
A Dean apenas se le entiende un ¿qué?, mientras saborea el trozo de tarta y pone los ojos en blanco, como si hubiera entrado en éxtasis.
—¿Podrías dejar de gemir, como si tuvieses un orgasmo mientras comes?
Le susurra lo que le gustaría comunicarle a gritos, como siempre que su hermano alcanza un nivel avanzado de ordinariez. Dean y finura nunca han sido palabras compatibles en la misma oración.
—¿Y tú qué sab...?
Se calla.
Por supuesto que Sam sabe cómo gime. Lo sabe Sam y cualquiera que hubiese pasado por delante de la habitación del motel donde follaron porque ni cerraron la puerta. A lo mejor Sam sí que sabe cómo coño se llama el pueblo, pero no se lo va a preguntar.
Antes me hago el harakiri.
Little Loquesea. Con ese nombre se va a quedar. Era provisional, pero Dean empieza a creer que se llama así de verdad y que viene registrado hasta en los mapas de carreteras.
Cosas de compartir muertos, sangre, habitación, colchón, profesión, armas, coche, alma, sauna, latidos, esa forma de quererse, olor, pecados, orgasmos, “te quieros” en clave y su primer polvo en Little Loquesea.
—Me gusta la tarta.
Es lo último que dice Dean antes de obligarse a comer en silencio, como un niño reprobado por su mal comportamiento.
Y casi es peor porque ya no hay ningún ruido que le haga sombra a Sleeping in my car de Roxette que, comparada con la canción anterior en el local, suena a un volumen sospechosamente elevado.
Si Dean creyera que el universo no tiene nada mejor que hacer que mandarle señales cuando se aburre, diría que le está transmitiendo un mensaje que no tiene ni que interpretar.
Roxette idealiza el hecho de follar en un coche. Dean tiene otra percepción, otro concepto más objetivo.
El coche no es el lugar más cómodo ni espacioso para follar. Ni para dormir. Ni tampoco para muchas otras actividades, como disputar un partido de béisbol. Las cosas como son.
El Impala, pese a ser grande, a Dean le parece una jaula. Claustrofóbico, apretado y siempre corre la mala suerte de golpearse con cosas duras en partes blandas.
Aun así, se las suele apañar. Es cuestión de práctica, de técnica, de que las chicas son más menudas que él y de que, por lo general, poseen una flexibilidad asombrosa.
Pero Sam, con lo enorme que es, con lo que pesa el condenado, con lo que se mueve.
—¡Bah! Cabemos atrás.
A Dean le sale directo de la boca. Como un proyectil. Sin control. Sin pensar.
Se odia.
Se tiene asco.
Se quiere matar.
Aunque lo mismo es su día de suerte y Sam le simplifica la tarea y le ahorra el tener que elegir un método con el que suicidarse.
Dean reza -no sabe a quién porque Dios, de existir, ni de coña cree que vaya a apiadarse de él, sobre todo si abrió el ojo la pasada noche para echar un vistazo a Little Loquesea, a ver a qué se debía tanto follón- para que Sam no lo haya escuchado o, en su defecto, no lo relacione con la canción de Roxette.
No levanta la vista hasta que oye a Sam reírse a carcajadas. Parece haber inhalado su comentario como óxido nitroso.
—¿Lo comprobamos?
Sam le reta e intenta contener la risa, pero lo único que consigue es alcanzar un tono rojo en las mejillas que Coca-Cola ya tiene patentado y que le hace parecer una ricura.
Otra vez el problema es eso que dice, cómo lo dice y esa sonrisa a media asta irremediablemente dulce que a Dean le está tentando.
—¿Queréis algo más, chicos? ¿Café? ¿Otro trozo de tarta?
La camarera no puede ser más amable. Ni sonreír más sin que se le desfigure la cara tampoco.
—Me gustan las chicas.
Dean lo necesita aseverar tanto como el aire para continuar con eso que él denomina vida y se empeña en prolongar en una agonía bochornosamente lenta.
—Pues va a ser que de eso no tengo en el menú, pero me alegro por ti, hijo.
Definitivamente en Philadelphia le echan droga o algo peor al agua.
—A él también le gustan las chicas.
Ladea la cabeza hacia Sam.
Esta vez es a ella a quien se le escapa un rechiflo.
Si Dean escarba lo suficiente en sus pupilas, casi puede leer, a él le gustas tú, hijo.
—Avisadme si queréis algo más, pareja de hermanos de Philadelphia a los que les gustan las chicas.
Dean lleva reafirmándose todo el santo día. Me gusta Bon Jovi. Me gusta el porno. Me gustan los animales. Me gusta la tarta. Me gustan las chicas.
Una pérdida de tiempo porque Sam ya le ha dicho que sabe lo que le gusta y cómo le gusta.
Le gustan las chicas, pero.
Peeero.
Sam no lo dice, pero Dean lo escucha. Es un pero sarcástico que hace juego con esa palabra tan incómoda.
Peeero te has tirado a tu hermano.
Peeero no sabes vivir sin tu hermano.
Peeero morirías por tu hermano.
Y él lo sabe y no hace falta que se lo digas porque estuputohermano.
Y a eso último Dean le pone su propia voz al pensarlo, no la de su hermano, porque a Sam esa palabra tan incómoda le debe parecer un colchón de viscoelástica.
—¿Quieres saber cómo conocí a Jess?
La pregunta de Sam le pilla desprevenido, como una emboscada. Dean se queda totalmente noqueado.
No. No quiere. No quiere saber cuánto la echa de menos. No quiere sentir que ha usurpado su puesto. No quiere la verdad de cómo se conocieron porque ya se imagina que en una puñetera biblioteca. No quiere que Sam la nombre de nuevo con esa tristeza en la voz porque eso no se la devolverá, sólo que regrese el dolor de su recuerdo, como un fantasma invocado y no quiere bañar ninguna mirada en sal para espantarlo.
Dean se conforma con una cosa muy básica que parece un disparate para el resto de los humanos, pero que, dentro de su cabeza, se asienta con una lógica aplastante, esa que tiene como un queso de gruyere, llena de agujeros.
Se conforma con que anoche Sam no tuviera un lapsus.
No le llamó por el nombre de Jess. Ni de Jess, ni de Martha, ni de Angie, ni de esa por la que Sam estaba coladito en último curso y por la que Dean abrió dos latas de cerveza cuando su hermano le contó que ella le había dado calabazas.
Cerveza para consolar a Sam. Cerveza para celebrar que ella le rechazase. No hay nada que una cerveza no arregle. O dos. Depende de lo grave que sea.
Era una chica horrible. Pisaba más veces el despacho del director que su propia casa. Olía a aceite de motor y a gasolina sin quemar porque trabajaba con su tío en un taller mecánico los fines de semana o cuando la expulsaban del instituto, un par de veces al mes. Conducía el coche de su padre, un Chevrolet Impala azul celeste del 67, como una puta temeraria.
A saber por qué a Sam le gustaba.
Se llamaba Deena. Su madre murió cuando ella tenía cuatro años. Era de Kansas.
No. Ni idea de por qué le gustaba. Pensar no es lo suyo. No es ningún filósofo.
Ni un solo agujero le encuentra Dean a todo eso que le indique que ambos están bien jodidos. No. Nada. Es todo queso compacto, denso y concentrado.
Su cara de no me lo cuentes no es suficiente para disuadir a Sam, que parece empeñado en relatarle una cursilería peor que la que Dean se ha figurado y que le va a subir el azúcar en sangre, como si no tuviera ya bastante con todo el colesterol que acaba de ingerir para obstruirse las arterias.
—Fue una mañana que llovía. Ella se refugió bajo el tejado de la facultad y la oí cantar It never rains in California —le declara Sam, no sin parecer afectado, con una melancolía turbia que astilla su voz—. No me extraña que lloviera a cántaros. Jess cantaba rematadamente mal.
A Dean la anécdota se le atraganta tanto como el trozo de tarta que está tratando de que no se le quede atascado en la tráquea. Mala cosa si no consigue tragar por su cuenta porque desconoce si Sam o la camarera saben hacer la maniobra de Heimlich. Está seguro que el chico de los piercings, que parece un primo lejano de Hellraiser, no.
Ese revés no lo ve venir y apenas le da tiempo a poner su típica cara de póker para fingir que todo es normal, que está normal. ¡Que viva la normalidad!
NO ME JODAS, SAMMY. Me importa una mierda cómo cantaba tu novia. Por mí, como si tres discográficas se la rifaron aquella mañana en el campus y tenía una cola de fans que iba desde Palo Alto hasta San Diego para conseguir su puto autógrafo. Me estás diciendo que SALISTE CON ELLA PORQUE TE RECORDÓ A MÍ.
Dean lo piensa demasiado alto, tanto como para generar una onda expansiva que hace temblar hasta la lámina de Tennessee Williams.
Es mucha información que procesar. Está a punto del colapso. Bastante le parece haber deducido el mensaje implícito sin ser el listo de la familia.
Se siente como el bicho que quería matar, como si Sam hubiese apartado la mano y dejara que muriese espachurrado por su lógica aplastante.
Le está dando un par de vueltecitas al coco y se pregunta si no se ha planteado al revés eso con lo que se ha conformado hasta hace un rato, si Sam no llamó a Jess, a Martha, a Angie, a Deena, o a quién diablos sea, por su nombre alguna vez.
Porque, claro, jadear el nombre de su hermano mientras hacen cosas que no deberían hacer juntos los hermanos siempre es malo, no sabe cómo no ha llegado a esa conclusión antes.
Es un agujero enorme. Ya no es un queso de gruyere, es un puto colador. Es más, sólo hay agujeros y nadie que achique el barco. Sí que están bien jodidos.
A Sam le resultó fácil encariñarse rápidamente de Jessica. Se acercó a conocerla sólo porque cantaba esa canción de Albert Hammond.
Lo que más le atraía de Jess era que le gustaba beberse el café solo, frío, con dos de azúcar, que le daba unas palizas de campeonato cuando jugaban al billar y que dormía con una mano sobre su cadera y la nariz metida en ese hueco perfecto que se forma entre la clavícula y el cuello.
Cualquier parecido con su hermano fue pura coincidencia. Otra vez.
Coincidencias que a Sam cada vez le cuesta más ignorar. Pero cada uno tiene su propio mecanismo de supervivencia.
Jessica fue un reflejo de la sombra de la que realmente está enganchado, una proyección, una bastante menos encriptada y gilipollas que su hermano.
—Imagínate lo que le contesté yo.
Dean no tiene ni que imaginárselo. Es la inercia. Aun con muerte cerebral, podría escuchar esos versos.
Jessica le dijo a Sam que, oportunamente, acababa de escuchar esa canción en la radio, antes siquiera de un hola o su nombre para presentarse.
Sam le dijo a Jessica que, también oportunamente, conocía la canción por su hermano, antes siquiera de un hola o su nombre para presentarse.
A Sam casi le salió antes el nombre de Dean que el suyo. No fue extraño. El suyo no tiene hábito de pronunciarlo porque toda su vida ha utilizado nombres falsos y sólo le gusta cómo suena su nombre auténtico en la boca de su hermano.
Jessica sólo le llamó Sammy una vez. Algo aletargado surcó el semblante de Sam cuando lo hizo y ella no creyó conveniente despertarlo. A las bestias dormidas es mejor no molestarlas, sólo arrullarlas para que no acaben devorando todo a su paso con su apetito insaciable.
Y yo irrumpí en tu salón, te secuestré amistosamente, ahora tu novia está muerta y TE HE JODIDO EN TODOS LOS SENTIDOS, en todos los que abarca la palabra.
Pero no es lo que Dean le dice. Lo que piensa nunca es lo que le dice.
—Enternecedor, hermano, dame cinco minutos para llorar desconsoladamente en el baño y ahora vuelvo —se mofa a la vez que se odia, se tiene asco y se quiere matar por responderle con tanta crueldad, como un completo desalmado.
Va a precisar de tres abrazos para disculparse por ese comentario.
La culpa es aniquiladora. No soporta ver que Sam le quiere tanto como para haberle buscado en otra persona.
En más personas de las que Dean se ha dado cuenta.
Las cuatro chicas de Sam no dejan de ser sus cuatro Samanthas de Montana.
Si pisas barro, te manchas y vas dejando un rastro. Eso suele decir Bobby.
Y ellos están de barro hasta las cejas.
—Eres insufrible —escupe Sam.
Sí. Dean es insufrible.
Pero le quiere tantísimo y de tantas maneras distintas que le está enseñando a su estómago a latir porque no le cabe tanto amor por él en el corazón.
Cree que está mal.
Pero querer a alguien no implica saber hacerlo bien.
Defectos, Dean tiene para exportar, pero debilidades sólo tiene dos. Una se la está comiendo. La otra, la mayor, la que le condiciona, la tiene justo enfrente, observando cómo se come la primera.
—Insufriblemente adorable, Sammy.
Le corrige con su sonrisa inagotable, esa que no deja ver lo que le hace papilla por dentro.
Sonríe porque considera que llorar es un síntoma claro de debilidad. Y tampoco es que llorar solucione una mierda.
Cuanto más tiempo trata de mantener la sonrisa fijada a la cara, más inquietante se vuelve, como esa que pone cuando le duele la tripa porque ha comido demasiado y lo intenta disimular.
Tal vez sea también por el atracón, Sam no lo va a descartar tan rápido porque Dean ha comido a una velocidad inaudita.
—Vete a la mierda, Dean.
Sam suena a esos contenedores gigantes de dolor que se llaman hospitales y que, más que sitios, son estados de ánimo, unos muy, pero que muy jodidos.
Dean consigue algo de paz con su enfado. Es lo que estaba buscando. No ha parado de provocarle hasta que su carita de limón ha salido a saludar como el sol por las mañanas.
Sabe lidiar con los berrinches de Sam, lo lleva haciendo desde que su hermano iba a gatas y no se alzaba más de un palmo del suelo.
Pero no sabe manejar su amor.
Una postal.
Dean está convencido de que todo lo que está pasando entre ellos es consecuencia de una puta postal.
Esa postal en blanco, vacía de palabras, pero llena de significado que le envió a Sam. La dichosa postal de Illinois. Algo cutre y simplona. Menos horrorosa de ver por el reverso que por el anverso. Una postal que no pudo resistirse a coger del expositor giratorio de la gasolinera donde John paró a repostar una vez y que se llevó sin pagar.
Una postal con destinatario y sin remitente. Tampoco cree que a Sam le hicieran falta más detalles. Ellos se entienden bien. Siempre se entienden bien. Incluso si están separados por 2.227 millas y no se han hablado en un año.
La jodida postal que el cartero no extravió y Dean se arrepiente de no haber quemado, junto a las 208 cartas y 47 postales más que sí le escribió, que no le mandó, que Sam nunca recibió y que jamás va a leer para comprobar si tiene tan bonita la letra como lo que trasmite con ella.
Palabras calcinadas, papel arrugado y tinta azul. Azul oscuro, como las vetas que más le gustan en los ojos de Sam. Todo eso que hizo arder en una hoguera diferente cada semana durante cuatro años. Un montón de cenizas que el viento esparció por todo Estados Unidos.
Y esa postal le recuerda que tiene que borrar veinticuatro mensajes de texto en la bandeja de salida de su teléfono móvil que, como las cartas y postales, tampoco le llegó a enviar a Sam.
Dos docenas de patetismo reconcentrado en un móvil. Lo típico que alguien suele escribirle a su ex de madrugada cuando bebe hasta el fin de existencias en un antro, aún sigue perdidamente enamorado, no se topa con nadie que le parta las falanges para evitar la gran tragedia de escribir SMS y no localiza a ninguna camarera disponible en la zona a la que mostrarle cómo de amplia es la parte trasera del Impala. Lo normal. Sólo que las personas normales, por borrachas que vayan, no tienen en la misma categoría ex y hermanos en su lista de contactos.
Mensajes que no mandó porque el alcohol mermó la agilidad en sus dedos e hizo que cayese inconsciente antes de darle a la tecla para enviarlos. Releerlos con resaca fue peor. Sólo los conserva porque le dio pereza eliminarlos.
Sam arruga la cara y deja que el silencio le asesine.
Tiene síndrome de Estocolmo. Lo sabe. Lo acepta. Le importa tanto como qué temperatura hace en Philadelphia.
Se aferra a Dean porque es lo único bueno que tiene. Aunque siempre se ponga de parte de su padre. Aunque se comporte como un secuestrador. Aunque le haya chantajeado emocionalmente más de una vez para retenerle. Él también lo hace constantemente, no es mucho mejor que Dean. La codependencia es lo turbio que tiene.
Su vida se ha ido al garete. Le han despojado de todo. De su madre. De un hogar sin ruedas y sin cortinas feas de cuadros. De una infancia tranquila. De su novia. De su carrera en Stanford. Y cada día tiene más claro que su padre no ha desaparecido, sino que los ha abandonado.
Todo su pasado y su futuro se han quedado en una vía muerta. Sólo le queda el presente. Sólo le queda Dean y la carretera.
Tiene más de lo que necesita. Le sobra la carretera.
Podría estar solo. Sabe estar solo. No le aterra estar solo. Tolera muy bien la soledad, la gestiona mejor que la relación que mantiene con su hermano. Pero elige a su hermano. Quiere a su hermano.
Puede que esté mal.
Pero de nuevo le importa tanto como qué temperatura hace en Philadelphia.
Porque querer a alguien no implica saber hacerlo bien.
Al primer amor se le quiere más, a los demás se les quiere mejor.
Sólo es cuestión de un espacio al hablar, al escribir, al pensar. Los demás están de más.
—¿Quieres el último trozo de tarta?
Sam no contesta, sólo espera.
—En serio, termínatela. Yo ya no quiero más.
Sabe que Dean va a soltar una bomba. No cree que se demore demasiado.
—Desde que te has puesto en plan Notting Hill estoy empachado, Julia Roberts. Me sale el romanticismo hasta por las orejas.
Y ¡Bum! Ahí está. El desastre nuclear. No se hace mucho de rogar. Y el impacto tampoco es para tanto. Todo se queda en un petardo.
—Voy a pagar.
Dean le arroja las llaves del coche para que se vaya adelantando a la salida.
Dicen que la paciencia es una virtud. A Sam le parece una maldición.
Él tiene muchísima paciencia con Dean. Créditos ilimitados de paciencia con Dean.
Porque, en el fondo, sabe cuánto le preocupa y ocupa todo eso de lo que se burla. Que se refugia en el humor y no verbaliza sus problemas para no conferirles realidad. Lo hace constantemente con esa palabra tan incómoda. Prefiere que se le pudra entre los dientes antes que pronunciarla y hacerla real.
Así es Dean. Cree que, si ignora algo lo suficiente, puede que acabe desapareciendo.
Esa palabra tan incómoda es un veneno ponzoñoso y Dean sabe que sólo tiene dos opciones. Escupirlo o tragárselo.
Difícil por cuál decantarse. Dicen que lo que no te mata, te hace más fuerte.
Ha escupido sangre, tierra, gasolina, palabrotas, amenazas, versículos en latín, mentiras, whisky interplanetariamente malísimo.
Ha tragado palabras, sentimientos, emociones, hamburguesas por doquier, analgésicos, orgullo, cantidades desorbitadas de alcohol, lágrimas, órdenes a discreción, verdades como puños, saliva que a veces no era la suya y otras cosas. Otras cosas que tienen que ver con su hermano, el Impala y una canción de Led Zeppelin, cosas que le conviene no citar si quiere que la reputación que se ha labrado de bar en bar y de camarera en camarera le preceda.
Ha tragado más cosas de las que ha escupido. Ahí lo va a dejar.
—¿Encuentras algún caso en el diario de papá, empollón?
Dean trata de iniciar una conversación trivial al montarse en el coche.
Sam ya está dentro, en el asiento del copiloto. Finge que lee el cuaderno, una excusa excelente para no tener ni que mirarle.
Sí que tiene un caso. Uno de un espíritu en una mina abandonada.
Madrid es la capital del carbón.
Por el momento, el fantasma es inofensivo, sólo se aparece esporádicamente para asustar a un puñado de idiotas que van de investigadores parapsicológicos a sitios tétricos, con una plomada que hace las veces de péndulo, una cámara de vídeo doméstica y una grabadora malota de catorce dólares.
Ha encontrado el caso en el periódico de la cafetería, ese que sale los jueves desde 1884. Pero ni levanta la vista ligeramente de las páginas y ni mucho menos pone a Dean al corriente.
A Dean su actitud le escuece, pero cree que se lo tiene bien empleado. Es la consecuencia directa de haberse pasado de la raya. Nunca sabe cuándo parar ni dónde están los límites.
No quiere que el cabreo le dure a Sam tanto como su ensalada, pero es lo que le toca tragar. Otra cosa más que tragar.
Se conforma con que Sam no se haya largado en el coche, con lo rencoroso y vengativo que es.
Sam no lo ha hecho. Y no por falta de ganas.
No lo ha hecho porque ha recordado que no existen las personas destinadas a estar juntas, sino las que optan por permanecer una al lado de la otra, sin importar sus diferencias, el qué dirán o lo que pueda pasar. La enseñanza más valiosa que le inculcó su padre y sólo por eso quiere encontrarle.
Lo más sensato que se le ocurre a Dean para disipar su enfado es permanecer callado y dejarlo estar. No buscar la confrontación. Ya se le pasará.
O no.
Gira la llave de contacto, arranca el Impala y activa las luces de cruce y los limpiaparabrisas.
Son las cuatro menos cuarto de la tarde. Aún es de día, pero como si fuera de noche. El cielo está encapotado. Y jarrea. Jarrea bastante. No ha parado de llover desde que llegaron. Parece que en Madrid llueve eternamente y que el sol es un maleducado que no hace acto de presencia ni para dar fe de vida.
El Madrid de Iowa es como uno de esos nueve círculos del Infierno de La divina comedia de Dante en el que Dean cree que están atrapados, condenados por sus pecados, y no hay forma de salir.
Es curioso que haya tantas poblaciones que se llamen Madrid en Estados Unidos como círculos infernales existen.
Sam seguro que sabría decirle qué círculo presuntamente es, lo habrá estudiado en alguna asignatura optativa, de esas para rellenar créditos en la matrícula y que no guardan relación con la carrera de Derecho.
Pero, como con el pueblucho de Wisconsin, no se lo va a preguntar.
Dean sólo conoce seis clases de círculos.
- El del volante del Impala.
- El de la sal que esparce alrededor de sus pies para protegerse.
- El de la luna llena, que arranca aullidos a los hombres-lobo.
- El del cañón de las armas de fuego.
- El de la ruleta.
- El vicioso, el que más le preocupa de los seis, siempre y cuando sea él el que apunte un arma y no el encañonado.
Así que no. Ni idea en qué círculo de Dante se están ahogando. Se lo podría jugar todo a cualquiera.
Todo al rojo, impar.
Y hubiese fallado esta vez al apostar. Porque el segundo círculo del Infierno -y el segundo no es impar- es donde terminan castigados los lujuriosos, azotados por el viento, vencidos por la tormenta, tan impetuosa como la pasión que a ellos los empujó la noche anterior.
—Me dijiste, si estoy contigo, no te pasará nada malo.
Dean resopla sonoramente antes de responder. Presiente que la conversación va a acabar en discusión antes de llegar a ya no le importa dónde.
—Sé lo que te dije en Michigan —asume, sin apartar la vista de la carretera—. Y está visto que me equivoqué.
Y está visto también que uno no sabe cuándo va a tener que tragarse sus propias palabras. Otra cosa más que tragar.
—Lo que ha pasado entre nosotros, ¿lo ves como algo malo?
Sam no lo pregunta con sorpresa. Si hubiera variado el tono hacia una afirmación, sería exactamente la respuesta correcta.
—No vamos a hablarlo, Sam.
Suena más serio de lo que ha estado nunca en un funeral. Y también más furioso de lo que ha mirado a un vampiro a los ojos antes de clavarle una estaca.
—¿Crees que es un problema, Dean?
Dean empieza a exasperarse. Le falta carretera o le sobra enfado. O ambas cosas. Si Sam no lo ve como un problema entonces sí que tienen un problema, uno del tamaño de Texas, como mínimo.
—Tú querías.
—Ah. ¿Y tú no?
Sam también empieza a exasperarse. Le falta paciencia o le sobra decepción. O ambas cosas. Si Dean lo ve como un problema entonces sí que tienen un problema, uno del tamaño de Júpiter, como mínimo.
—Surgió, dejamos que sucediera y ya está. Olvídalo, ¿vale?
—Claro, que lo olvide.
Sam suelta una carcajada sardónica y aprieta los labios después para que no se le escape más ira. Cree que nunca va a llegar a acostumbrarse a esa amputación de diálogo de Dean cuando cualquier asunto apesta ligeramente a sentimientos.
—No es tu culpa, Sam.
—¿Es así cómo te sientes? ¿Culpable?
—No vamos a hablarlo, Samuel.
—Crees que fue un error, cómo no.
—No vamos a hablarlo, Samuel William Winchester.
Ni su padre le llamó por su nombre completo el día que le echó. Sam se da cuenta de que está a una pulgada escasa del límite de la paciencia de Dean. Tampoco es que su paciencia sea de las que dan tres vueltas al planeta.
Dean sube a tope a los Deep Purple. Es su forma de hacerle saber a Sam cómo de ansioso e interesado está en seguir manteniendo esa conversación.
No quiere hablarlo. No quiere pensar. No quiere escucharle. No quiere mirarle. No quiere ceder.
Porque puede que lo próximo que a Sam se le antoje sea pasear por un puto parque, cogido de su mano, deteniéndose a oler las jodidas flores y pedirle que haga esa clase de gestos románticos por el que suspiran todas las mujeres. Esa mariconada de grabar sus nombres a punta de navaja sobre el tronco de un árbol y enmarcarlos con un corazón.
Chicas. No hay quién las entienda. Sólo se puede estar trastornada para querer que alguien acuda a una cita armado.
Lo haría.
Por él, lo haría.
Hasta lo del corazón.
Haría cualquier cosa por Sam. Por Dios que lo haría.
Tiene un cuchillo escondido en la bota, las manos libres en cuanto deje de conducir y un parque a menos de media milla, aunque no esté el día como para dar un puto paseo, sino para pedirle a Pamela Anderson que acuda a rescatarlos junto a un equipo de salvamento con la que está cayendo.
If you hear me talking on the wind, you've got to understand. We must remain perfect strangers.
Sam apaga la música. Los versos de esa canción tienen la misma sutileza que una metralleta.
—No vas a hablarlo tú. Yo puedo hablar lo que me dé la gana, Dean.
No es ningún soldado. No recibe órdenes. Y las que recibe, nunca las acata sin cuestionarlas. Nadie le calla la boca.
Si Dean recopilara toda la cabezonería de los Winchester, desde los ancestros más remotos de los que tiene constancia en el árbol genealógico, le daría como resultado su hermano, que la ha heredado toda de esa maldita estirpe a la que pertenecen.
—Baja del coche.
—¿Vas a hacer igual que papá? ¿Dejarme tirado en el mismo camino, lloviendo? ¡Qué original, Dean!
—Baja, Sam.
Dean para el motor. Inconmovible. Ignora ese gimoteo que le hace hervir la sangre y detiene el Impala al lado derecho de la calzada, donde termina el asfaltado.
La lluvia golpea la carrocería con tanta intensidad como su sangre le atiza las sienes.
—Bien.
Sam abre la puerta, airado.
—Bien.
Dean ni le mira y espera que su portazo irrumpa en el rumor de la lluvia.
Amaoto se denomina en japonés al sonido que producen las gotas de la lluvia al precipitarse y chocar contra cualquier superficie.
Sam no recuerda dónde lo aprendió.
No existe traducción a otros idiomas de esa música celestial que se oye hasta en ese círculo del Infierno en el que Dean cree que están.
Pero el portazo nunca llega. Lo que irrumpe el amaoto es otra cosa.
—Dee.
Y adiós esperanzas de ganar la discusión, de hacer que Sam salga del coche por las buenas y de todo en general. Dean lo manda todo a tomar por culo. Ni advierte su manipulación. Sam a veces ni siquiera lo hace a propósito.
Ese Dee es una flecha incendiaria que le acaba de atravesar el cráneo y prender la mente. Y sólo sabe reaccionar de forma irracional cuando lo escucha.
Sam 1.
Dean 0.
Sam es como la banca, siempre gana.
Sí que tendrían que haber llegado a Las Vegas. Hubiesen desplumado todos los casinos, mesa a mesa.
Sam y su carita de niño bueno de la que ningún crupier hubiera sospechado. Pero es un tramposo que siempre guarda ases bajo la manga.
Dean se escurre en el asiento, mientras ve cómo su hermano vuelve a cerrar la puerta con delicadeza y nula intención de abandonar su trono. Le mira con ese dramatismo que no soporta porque lo máximo que ha conseguido sostenerle la mirada durante todo el día han sido dos míseros segundos, eso que consideraba una proeza.
—¿Por qué lo haces todo tan complicado, Dean?
Dean lo hace todo complicado porque su vida es complicada y no sabe hacerlo de otra manera.
—Si crees que
Venga ya, Sam. No es necesario. Ahórratelo.
—lo que ha pasado entre nosotros
No lo digas en voz alta o te juro quetemato.
—únicamente ha sido
Cállate. Cállate. CÁLLATE.
—un calentón,
Suéltame. Suéltame. SUÉLTAME, JODER.
—¿por qué le das tanta importancia?
¿En serio te admitieron en Stanford o falsificaste la puta carta para poder largarte lejos de mí y de papá con alguna excusa?
—¿No vas a decir nada?
Dean deja pasar un silencio áspero, como tierra rechinando entre sus dientes.
Quiere besarle. Quiere besarle para que se calle. Quiere besarle porque duele escuchar cada palabra que sale a través de ese embudo estrecho en el que Sam ha convertido su garganta. Quiere besarle porque lleva desde primera hora de la mañana con un orfanato de besos dentro y todos le exigen ser adoptados por su hermano.
—Estoy harto de tus “momentos de peli de chicas”.
Dean no muestra ni un ápice de tacto. Pero tiene la voz rota. Tiene muchas cosas rotas. Bufa al echarse hacia atrás en el respaldo, cansado.
No le mira a la cara porque, si lo hace, sabe que lo va a perder todo y no es que le quede mucho, sólo tres cuartos de onza de orgullo sin herir, que es lo que estima que pesa el alma humana, y la ropa que lleva puesta, ambas cosas muy susceptibles de perderlas cuando Sam le pone la mano encima de una u otra forma.
—Y yo de tus mañanas de “finjamos que nunca sucedió” de 72 horas de duración.
Sam se lo reprocha con antipatía y le arroja la sinceridad con el doble de inquina.
—¿Es que no podemos hablarlo, como hacen las personas normales, Dean?
Follar con su hermano y hablarlo después. Claro que sí, mientras toman un té y unas pastas. No parece de personas muy normales, la verdad. Y lo peor es que Sam se lo dice en serio.
Tampoco le parece normal tener tantas ganas de despeinarle y besarle, tantas que se licua al mismo tiempo que arde. Besarle y no para que Sam deje de hablar -que también-, sino para quitarse ese mal sabor de la boca, ese sabor a besos que no se dan, a miradas que no cruzan, a palabras que se callan, a cosas que está impidiendo que pasen de nuevo, a hambre al mirarle y ponerse tan nervioso, tan ansioso, tan excitado que sería capaz de sacarle la camiseta por los pies y los vaqueros por la cabeza.
—No, Sam. No está bien. No es normal.
Dean se obliga a conservar ese mal sabor en la boca un poco más. Cuanta más saliva traga, peor le sabe, más seca tiene la garganta y más y más y más hambre.
—¿Y qué momento de nuestras vidas ha estado bien o ha sido normal desde que se quemó mamá?
La respuesta de Dean es puro instinto cuando Sam hace alusión a su madre. Un empujón. El sinónimo no verbal de algo que Sam tarda en establecer. No le queda muy claro si es el comienzo de una pelea o el inicio de otra actividad que también requiere contacto físico y proximidad.
No tiene ni idea de lo que Dean pretende, si golpearle, o besarle, o enseñarle aikido o sepa su actitud corporal qué.
Agradecería enormemente que la vida real tuviera banda sonora para ambientar la escena y saber a qué atenerse.
Dean es como una bomba de relojería y Sam oye su tictac si se acerca lo suficiente a su pecho. Teme que pueda explotar si no escoge las palabras adecuadas para cortar los cables a tiempo y en el orden correcto.
Un error en la desactivación y, junto a él, reventaría todo. Reventarían los dos. El Impala. La carretera. Madrid. Iowa. Estados Unidos. América. El planeta entero. La Vía Láctea. El maldito universo.
No se puede nombrar a su madre en vano y pretender salir sin un solo rasguño.
Dean no se hubiese jurado nada por ella y menos apartar a Sam de su lado si supiera lo que hizo.
Si supiera por qué se disculpó cuando se les apareció en Lawrence.
Si supiera el acuerdo al que Mary llegó con quien no debía.
Si supiera que, por salvar a quien amaba, condenó a quien más ama él.
Si supiera la cantidad de barbaridades que una persona está dispuesta a hacer por recuperar a su ser más querido.
Bueno. El destino es caprichoso. Tiempo al tiempo.
Si supiera.
Pero no lo sabe. Sam tampoco. Ni John va a descubrirlo.
Es por Mary por lo que los Winchester están bien jodidos.
Sam no iba tan desencaminado cuando aventuró que su familia está maldita.
—No es el fin del mundo, Dean.
Primer cable y es el bueno. Bomba temporalmente suspendida. Cronómetro detenido. Y se propone desarticularla por completo.
No. No es el fin del mundo.
Tampoco están en ningún círculo del Infierno, aunque Dean también está obcecado con eso.
—Podemos seguir siendo hermanos.
Segundo cable y no detona. Es un buen artificiero.
¿Y qué somos sino, gilipollas? ¡No podemos dejar de serlo, Sam!
La ironía se refleja en su cara, totalmente deforestada de otras muecas.
Lo que Sam le sugiere es tan absurdo, pero a la vez tiene tanto sentido que le parece la paradoja perfecta. Sólo espera que no expongan esa paradoja de ejemplo en ningún colegio porque no es nada ejemplar. Y eso también es una paradoja en sí misma.
Le manda un fortísimo abrazo al círculo vicioso. Todos los asuntos y temas que les conciernen se mueven periódicamente en círculos viciosos como ese.
Sam nota cómo su hermano afloja los puños para soltarle de la cazadora y sus manos cambian el idioma en el que quieren comunicarse por otro más amable y menos agresivo.
—No ha estado bien, Sam.
Repite. Intenta convencerse más que convencerle.
El bien y el mal son conceptos muy relativos, tan ambiguos que cuesta definirlos.
Más que un juicio, Dean lo expresa como una disculpa que se desarma como él, una disculpa que precede a un abrazo que Sam no quiere, que rechaza, que no necesita porque no puede estar más en desacuerdo con su opinión.
Las opiniones también son muy relativas, además de subjetivas.
Nada es absoluto, todo es relativo.
Lo dijo Einstein. O Nietzsche. O Russell. Alguien ilustre. Da igual.
—Por supuesto que no ha estado bien.
Sam no disiente y eso le desconcierta. Huele a peligro, a intriga, a no saber qué demonios le va a soltar a continuación.
—Porque ha sido espectacular, Dean.
Tercer y último cable y su hermano no explota. Otro día más que siguen vivos.
Sí. Ha sido espectacular.
Dean está más jodido de lo que pensaba como Sam lea pensamientos.
Sam le tiene justo donde quiere. Con un Sammy acariciando su oreja, con la boca suicidándose en la curvatura de su cuello, con las manos reaprendiendo el recorrido de su cuerpo, con la polla dura mientras todo lo demás se ablanda.
Pero sigue siendo una sombra escurridiza y Sam sabe que en cualquier momento se le puede escapar.
No me consientas que te haga esto otra vez, Sammy. PÁRAME.
Le suplica mentalmente, mientras sus manos y su criterio toman rutas distintas.
Porque a Dean siempre le mueve el corazón y a Sam, la cabeza. Un precioso desastre cuando se entremezclan.
Sam le engancha del labio inferior y repite la misma escena de otro tiempo en el mismo lugar.
No es un beso, tampoco un pico, ni se acerca a parecerse a uno o algo similar.
No es siquiera un acorde, es una nota musical de una canción de Led Zeppelin que Dean aún sigue sin identificar.
No es la primera vez que los labios de Sam entran en contacto con unos ajenos.
No es la primera vez que los labios de Dean entran en contacto con los de Sam.
Pero sí es una de esas cosas que jamás tratarán con nadie, ni siquiera entre ellos.
No es nada y lo está cambiando todo.
Sam no acaba de romper muchas cosas con sus labios, sino que las ha recompuesto, reconstruido desde los cimientos. Cosas de las que nunca se habla.
Ni falta que hace.
Claro que pueden seguir siendo hermanos. Es lo que son. Nada ni nadie va a cambiar eso.
Y hasta dónde quieran abarcar la palabra hermanos no es asunto ni de Dios. Sigue sin importarle a nadie.
Apenas rozan el cielo de nuevo, pero no comienzan su caída a los infiernos porque Dean cree que ya se encuentran en ese círculo de Dante del que es prácticamente imposible salir. Insectos atrapados en esa telaraña gigante que es Madrid. Y cuanto más se revuelven para escapar, más se enredan.
Lástima que Dean no reconozca la nota de esa canción. Sam le está tendiendo el primer peldaño de una escalera al Cielo, ese Stairway to Heaven que no se atreve a continuar si Dean no le sigue el compás.
Es como si la canción sonase al revés y fueran escaleras al Infierno, aunque el solo de guitarra de Page suene soberbio, tanto del derecho como del revés.
And as we wind on down the road our shadows taller than our soul.
Ese camino que comparten, como el alma, y por eso rehúsan de utilizar el plural.
Esa sombra de la que Sam está enganchado y no se puede soltar. Tampoco sabe. Tampoco quiere. Tampoco es que le preocupe.
Dean tampoco le regaña esta vez, pese a que sí le parece taaan grave. El puto fin del mundo. Como si Sam acabara de abrir el séptimo sello, sucedido de ese silencio en el cielo como por media hora del que habla el Apocalipsis.
Le dan igual los copos de nieve, las gotas de agua, las chispas y las cosas pequeñas. Está metido de lleno en la avalancha, en la tormenta, en el incendio, en ese alud de cosas grandes como Sam.
Y también está hasta las pelotas de luchar contra las leyes de la física y contra los elementos.
Dean tiene fuego en la mirada y Sam siente que pasa del estado sólido al gaseoso, que se salta la fase que debería haber en medio. Sublimación pura.
Dean nota esa mano enorme en su muslo, que asciende hasta su ingle y pide permiso.
No puede tirárselo de nuevo. No estaría bien. Le importa una mierda que sea su hermano -que sí, que lo es y, a lo mejor, puede que ese sea el motivo principal por el que le pone tan cachondo-. Es que tiene que espaciarlo. Debería saber espaciarlo. Ha visto pausas publicitarias más largas que la que van a dejar entre polvo y polvo.
Pero no puede. No sabe. No quiere.
No aparta su mano.
No va a intentar arreglar las cosas porque siempre que lo hace las estropea todavía más. Además, nunca sabe cuándo parar ni dónde están los límites.
Se besan a bocados, con ansia, sin tiempo, desesperados, como si realmente fuera el puto fin del mundo.
Sus manos destierran la ropa, palpan, se pierden, tropiezan, reaprenden caminos, se leen en cada pliegue, como si sus cuerpos estuviesen escritos en braille.
Se roban el aliento, se queman de desesperación, cuando aún les arde la piel por el recuerdo de la noche anterior, como si en las 15 horas que llevan sin tocarse entraran 15 siglos enteros.
Dean nota un golpe seco en la cabeza contra la ventanilla y ese pensamiento primigenio de esto no está bien se presenta como si lo acabara de invocar con un hechizo dibujado en el cristal.
Tampoco está nada mal.
Y por primera vez comulga con Sam en algo.
Un botón desabrochado de su vaquero y el sólo una vez más y paramos se convierte en una de esas frases hechas que uno dice por cumplir.
Algún día. Lo prometo.
Se autoengaña, mientras susurra un Sam, Sammy, SammySam, como con aquellas cuatro Samanthas de Montana, sin temor a equivocarse.
Empuja su cadera contra la de Sam, con los vaqueros medio puestos, medio bajados, medio arrugados, mientras le agarra del pelo y ese joder, pero si es mi hermano no tarda en aparecer como una culpa practicada con asiduidad.
Sí, es mi hermano y me lo follo cuando quiero porque no tengo ningún problema con eso de cuello para abajo.
Sam le lleva ventaja. No tiene ningún problema con eso ni de cuello para arriba. Es más, nunca lo ha tenido. No entiende que es problema.
—Sí que tengo un posible caso, hermano.
Qué oportuno eres, Sam. Tú sí que sabes cómo cortar el rollo.
Ha tenido veintidós minutos para comentarle el caso y veintidós años para llamarle hermano, pero dice ambas cosas en la misma frase cuando Dean se golpea contra cosas duras partes aún más duras porque lo único que tiene blando es la voluntad.
—Oye, no soy un rarito de esos que se pone cachondo al escuchar sucesos chungos.
—Me vale con que seas un rarito de esos que se lo montaría con su hermano en el coche para comprobar que caben.
Bueno. Igual que cortar el rollo, sabe empalmarlo y no sólo el rollo.
Cabemos. Atrás. Delante. Y hasta en el maletero, Sammy. Pero no vayamos a quedarnos con la duda.
Y ahí está esa expresión en Dean entre la burla y el deseo que acepta el reto.
—¿Es urgente? El caso, digo.
Porque lo de ellos sí es urgente.
No puede esperar.
Lo necesitan.
Ya.
—Supongo que puede esperar veinte minutos.
Qué optimista. No vamos a aguantar tanto.
—Vale. Pues me lo cuentas después de follar.
Los dos saben que es de lo único que hablarán de camino a un motel.
Dean pronuncia follar tal y como lo siente, a golpes, con furia, caliente, violento y de una manera tan explosiva que el verbo no es sinónimo de lo que harán, ni siquiera un eufemismo, sino un pecado pendiente de catalogar en alguna categoría.
Porque Sam es una inyección de epinefrina durante el sexo, nada modoso, nada cortado, nada cohibido, no como cuando come, ya lo ha comprobado. Y él no es silencioso como esos “te quieros” que almacena coagulados dentro y que, como no le suelte alguno antes de que termine el día, van a acabar por reventarle la aorta.
Consiguen encontrar una postura imposible entre el salpicadero y el asiento, una postura algo dolorosa y que les obliga a estar más plegados que unas pajaritas de origami. El Impala sigue siendo claustrofóbico. Constreñido. Apretado. Asfixiante. Una puta jaula.
Sam está muy debajo. El techo está muy encima. La puerta está muy dura. Los pensamientos están muy blandos. Los dos están muy calientes. El coche está muy helado. Sam le besa muy lento. El corazón le va muy rápido. Dean siente que le falta tiempo. Sam siente que le sobra espacio. Todo es contraste. Y, aun así, confuso. Raro. Empañado.
—¿Qu… Qué haces, Sam?
Sam se revuelve. Intenta sacarse los pantalones a la vez que los calzoncillos, deshacerse de todo lo que le estorba.
—Quiero estar encima.
No. No. NO. NONONO. Nocabemos,Sammy.
Es la excusa con la que trata de justificarse porque en realidad escucha más cosas que Sam no dice con ese quiero estar encima. Cosas como quiero mirarte, mientras te corres dentro. Quiero esperarte como anoche. Quiero que veas que me tienes y que no necesitas a ninguna Samantha para decir mi nombre tan alto como te dé la gana.
—¿Y tu mochila?
—Ahí. Pero no lo necesitamos todo.
Dean apenas reacciona cuando Sam ladea la cabeza para señalar ese bulto con cremalleras que se le está clavando en las costillas. Le cuesta entender la respuesta. No sabe si necesita todo lo que hay en esa mochila, pero sí necesita otras cosas. Ninguna que tenga a mano.
La primera cosa que necesita es respirar con normalidad. La segunda, saber decirle que no a su jodidamente consentido y mimado hermano. La tercera, ya la irá pensando.
—Pero. Pero. Pero.
Los peros se le apelotonan en la boca junto a los besos. No sabe en qué momento se han multiplicado esos bastardos que se deslizan por su lengua y salen impulsados, como si se tirasen por un tobogán.
Tampoco sabe en qué momento Sam ha pasado de estar muy debajo a muy encima, muy dentro, muy lubricado y muy a pelo, sin golpearse la cabeza contra el techo. Bueno. Quizá eso último tenga una explicación racional porque está bastante encorvado sobre él y tiembla, se estremece y le abraza como si temiera caerse y Dean no comprende su miedo porque no hay espacio, nohayespacio, NOHAYESPACIO.
Sólo está Sam. Sam y su peso, su respiración, sus labios, su cuello, su movimiento controlado.
Sólo está Dean. Dean y su cadera, sus jadeos, su lengua, sus manos, su tendencia a que todo se vuelva descontrolado.
Llueve de forma salvaje.
No parece que encuentren un ritmo al compás de la lluvia, sin embargo, el ritmo termina encontrándolos, como todo lo que no se busca y ocurre por accidente. El mismo ritmo al que a Dean se le caen los besos para callarle porque le parece indecente la cantidad de veces que Sam pronuncia su nombre, ahogado en cada jadeo, tantas veces como “te quieros” trata de que no se le escapen, mientras le embiste o, más bien, deja que Sam se encargue de hacer casi todo el trabajo.
No dice Jess. No dice Martha. No dice Angie. No dice Deena. Sólo Dean. Dean. Dean. Dean. Como latidos que dibujan los picos de un electrocardiograma. Su nombre suena vivo, palpita, golpea, estalla en colores. Suena con esa cadencia tan familiar de su voz y a la vez distinta, casi extraña.
—Como sigas así, no nos doy ni medio minuto, Sammy.
La advertencia suena entrecortada y como una disculpa anticipada, como si fuera a decepcionarle.
Alberga la esperanza de superar la marca de la noche anterior que, con las prisas, los nervios y el nulo bagaje de la primera vez, le pareció demasiado breve y orquestada por la torpeza.
Sólo quiere aguantar lo suficiente para que el polvo no sea ridículamente corto porque la culpa que le espera va a ser exageradamente larga.
—No tienes que impresionarme, Dean.
De hecho, medio minuto más es halagador y ya le impresiona bastante. Es más, le va a costar esperarle.
Se contienen cuanto pueden, empáticos, deliciosamente compaginados, como dos ilusos, cada vez más lejos de conseguir su objetivo. Desaceleran el ritmo a intervalos, pero cada embestida con su correspondiente gemido es el prólogo del orgasmo. Ese Dean, sí, Dean,DeanDEANnoparesDean, sin pausas de aire y que atropella las vocales ya se lo está avisando.
Se corren de forma salvaje.
El orgasmo le sobreviene a Dean en un mal momento. O, más bien, un mal momento le sobreviene durante el orgasmo.
Dale espacio. Oye a su padre dentro de su cabeza, pero grita en estéreo.
No puede darle espacio a Sam porque NOHAYESPACIO, nunca ha sabido dejarlo. Le falta espacio. Y tiempo. Y oxígeno. Y un trago para que su memoria vuelva a estar en silencio y John, callado.
Le resulta irónico que estén buscando al mismo hombre del que, justo en Madrid, hace algo más de siete años, se planteó huir, llevándose a Sam consigo.
—Necesito un trago.
Jadea su “te quiero” cuando Sam aún no se ha separado y pronuncia la frase como si quisiera que su hermano la terminara de articular con sus labios, como si necesitase una muestra de que lo que siente -y nunca va a atreverse a decirle- es correspondido y no unidireccional.
—Y yo, Dean.
Sam suena a mar con resaca, aspira las palabras más que expulsarlas, mientras se le deshace el último beso más fuera que dentro de la boca.
Y yo a ti, Dean. Ni te imaginas cuánto.
Al primer amor se le quiere más. El resto de la frase importa tanto cómo qué temperatura hace en Philadelphia.
Podría quedarse pegado a su cuerpo y consumirse en ese beso hasta que un grupo de forenses fuera a levantar sus cadáveres.
Parece que el sol quiera salir cuando ya es su hora de esconderse.
Apenas unos rayos muy débiles se han abierto paso entre las nubes negras, se filtran a través de la ventanilla e iluminan con una luz difusa la cara de Dean, sus pecas, su pelo, que se vuelve dorado, sus ojos, esas dagas de malaquita recién pulida que cortan a Sam en pedazos.
—¿De qué va el caso?
Y su voz. Irrepetible. Única. Extraordinaria. Esa voz que Sam no ha encontrado en nadie. Ninguna suena a un atardecer en Sedona.
A diferencia de esas chicas que se desnudan en la parte trasera del Impala y cierran su corazón al mismo tiempo que abren las piernas, Sam no necesita preguntarle a su hermano si le quiere.
Cuando se queda callado, grita tan alto como la rubia de una peli slasher.
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