2 - DEDOS CRUZADOS
Dean puede manejar la situación. Todavía puede.
Ha sido algo puntual, sólo ha pasado una vez y se jura que no volverá a suceder.
Tampoco es taaan grave. No es el fin del mundo.
Intenta tranquilizarse, aferrado con tanta fuerza a ese pensamiento como al volante.
La ansiedad lo está devorando vivo.
Pero puede manejar la situación. Todavía puede.
Puede conducir mientras le quita a Sam un trozo de kringle gigante, se chupa los dedos de forma obscena y finge que no está pensando en nada. Y ni mucho menos en el motel de Wisconsin ni en las ganas de repetir lo que ha pasado allí otra vez.
¿Acabo de pensar que HABRÁ OTRA VEZ?
Se lo pregunta con sobresalto, como si esa idea fuera ajena a él y alguien la hubiese arrojado al estercolero mental de su cabeza, donde lleva la telenovela completa.
Se odia.
Se tiene asco.
Se quiere matar.
Pero le resulta inevitable no pensar en repetirlo cuando Sam no sólo le ha traído café -solo, frío, con dos de azúcar, como le gusta- por la mañana, sino unos huevos fritos con bacón y hasta un trozo de tarta de arándanos para desayunar.
Sam ha conseguido que por fin entienda algo de ese porno con el que se pajean los científicos y que su hermano suele ver en la tele cuando le quita el mando a distancia. Esa mierda de la que tratan los programas para frikis y cerebritos que podría presentar Carl Sagan y que, con la voz robótica de Stephen Hawking, le haría hasta reír, pero que no tiene ni puñetera gracia.
La teoría del caos.
Porque las putas mariposas de su estómago están revoloteando tan fuerte que han desencadenado un huracán incontenible.
¿Alas frágiles? Mis pelotas.
Lo mismo no son ni mariposas. Nunca ha visto una con aguijón.
No sabe cómo la gente puede soportar tanto aleteo, tanto veneno, tanto picotazo.
A lo mejor la gente lo soporta porque no se trata de su propio hermano.
Sabe que se equivoca.
A lo mejor la gente lo soporta porque nadie quiere tanto ni de tantas maneras distintas a otra persona como él quiere a su hermano.
Pero puede manejar la situación. Todavía puede.
Puede mirar a su hermano a los ojos durante dos segundos, sin ponerse nervioso y sin que le asalte la incomodidad. Dos segundos. Una proeza. Suficiente no, sobresaliente. Dos segundos bastan para fingir que todo es normal, que está normal, que viva la normalidad.
Tampoco es que esa palabra tan incómoda se le pase remotamente por la sesera siempre que mira a Sam. A veces. Algunas veces. Demasiadas veces. Muchísimas veces. Todas y cada una de las condenadas veces.
Pero puede manejar la situación. Todavía puede.
Aunque ese HABRÁ OTRA VEZ surca su mente de nuevo y sin interrogantes que le amparen.
Está bien jodido.
Se odia.
Se tiene asco.
Se quiere matar.
Por pensar cuándo, dónde, de qué forma y, por la corona de espinas que promete incrustarse en la maldita cabeza antes de crucificarse él mismo del revés, como el anticristo en el que cree haberse convertido, por imaginar cómo tiene que ser a ritmo de Dazed and confused de Led Zeppelin con Sam la próxima vez.
Mierda. Esto no me puede estar pasando a mí.
Se maldice y compadece a partes iguales cuando se presiona el entrecejo durante más segundos de los que puede mirar a su hermano a la cara y de los que son aconsejables no perder de vista la carretera.
A lo mejor sí que es taaan grave. El puto fin del mundo.
—¿Te duele la cabeza? —pregunta Sam, más inocente que un cubo.
A Dean le dan ganas de abofetearse hasta perder la consciencia porque seguro que se le está poniendo cara de bobo y está sonriendo como un idiota. Se niega a mirarse en el espejo retrovisor para confirmar semejante desastre.
A Sam, en cambio, ni le tiembla la voz al hablar y el pulso todavía menos al posar su mano sobre el hombro derecho de Dean. Su gesto es empático, reconfortante, conciliador.
No. No le tiembla nada, ni aun pillando un bache a 70 millas por hora en la autovía. Podría disparar a cualquier objetivo a más de media milla y acertar.
Dean se aparta de él en un acto reflejo, brusco, rápido, instintivo, al notar esa mano enorme, cargada con tanta electricidad estática que le recuerda a la dichosa taser con la que casi la palma al enfrentarse a un rawhead.
Sólo se tocan cuando se pegan, el resto del tiempo se repelen, como imanes por el mismo polo. Pero tanta fricción los ha despolarizado. No consiguen armonizar las distancias, intentan reajustarlas, recalibrar ese margen de separación con el que nunca atinan.
En algún capítulo de Barrio Sésamo deberían haber matizado que cerca y lejos, pese a ser antónimos, son conceptos muy relativos.
A Dean el calambre le traspasa la ropa y hasta la piel. Hace que pierda sensiblemente la dirección del Impala un segundo. Después mira a Sam durante dos, que es el tiempo que puede permitirse sin morir, tanto físicamente porque está conduciendo, como simbólicamente porque, siempre que sus miradas coinciden, es un suicidio asistido.
Ya ha perdido la vida veintisiete veces en lo que lleva despierto, lo que vienen siendo tres gatos, cada uno de ellos con sus nueve vidas.
No es que le haya cogido el gustillo a morirse cada vez que le mira -bueno, un poquito sí-, es que quiere captar algo en Sam. Lo que sea. Vergüenza. Incomodidad. Arrepentimiento. Repulsión. Asco. ¿Clemencia? Un algo que le indique que su hermano tiene -o tenía- alma y él la ha corrompido irreparablemente.
Nada. Sam está inmutable. Inalterable. Calmado. Sereno. Muy él. Ni una nube que ensombrezca el arcoíris de sus ojos.
¿Y a ti no te duele nada, tigre? Aúntetienequedoler. Hasta yo tengo agujetas, tío.
A Dean le duelen muchas cosas, pero no la cabeza. Como aficionado a la mecánica, sabe que la tiene gripada, que cuando la temperatura se disparó ayer, se sobrecalentó la parte superior del cilindro y ahora no hay un dios que la refrigere. Siente que tiene algo averiado.
La reacción de su hermano no le parece ni medio normal.
El modélico de Sam, por lo general, tiene remordimientos hasta por no devolver un tocho infumable en la biblioteca de cualquier pueblucho al que vayan. Incluso al comerse un kringle -que ahora que Dean lo piensa, quizás ni lo haya pagado en la gasolinera, ni el combustible tampoco porque, tanto el dueño como él mismo, estaban tapando con sus ojos lo que no cubría la mitad de la mitad de una minifalda vaquera que la rubia del segundo surtidor llevaba puesta- se esmera en ser cuidadoso para no poner el Impala perdido de migas. Pero resulta que puede dormir sin peso sobre su conciencia después de haber soportado otro peso, concretamente el de su hermano sobre -y dentro, muy dentro de- su cuerpo hasta el orgasmo.
En la escala de remordimientos, los de Sam están en negativo, muy por debajo de cero.
Debe ser porque es abogado.
Dean trata de buscarle alguna explicación lógica y esa es la única que encuentra. Tampoco se molesta en buscar más. Le vale con esa.
Cuasi abogado. No tarda en corregirse porque, cómo no, se culpa por mandar al traste la vida de Sam de todas las formas habidas y por haber.
Dean no es creyente, pero la posible existencia de Dios le inquieta.
Está convencido de que su hermano sí cree en Dios y que, lejos de que eso le ponga nervioso, tiene ya hasta una defensa preparada para cuando su alma sea juzgada el día del Juicio Final y Dios saque a colocación sus pecados de poca monta y el grave asuntillo que les concierne a los dos.
Y conseguirá la puta absolución y hasta que le canonicen. Pues anda que no es cabezón.
Mentiría si dijera que no le intriga saber qué argumentos incontrovertibles y exentos de discusión -esos vocablos tan cultos seguro que Sam los incluirá en su discurso- le piensa soltar a Dios hasta hacerle cambiar de opinión.
Cree que el Jefe va a tener que poner hasta un anexo en el sexto mandamiento a petición de Sam para hacer que se calle y todo conste por escrito.
No cometerás actos impuros. Anexo: Pero a tu hermano puedes follártelo tranquilamente.
Sí que Sam hubiera sido un buen abogado si hubiese acabado Derecho. De hecho, va por el camino correcto cuando hace lo incorrecto.
Dean bufa y esa es toda su contestación respecto a su presunto dolor de cabeza, por ahora tan inexistente como Dios, que no ha bajado de los cielos a darle un pescozón ni a llevarle arrastrado de las orejas, ni siquiera a sermonearle algo así como te tiras a tu hermano y encima te vas sin pagar en una gasolinera. Prepárate el día que te mueras.
Guarda un terco silencio y mira al frente. Boca cerrada. Ojos fijos en el asfalto. Manos colocadas en posición de las “diez y diez” sobre el volante.
Demasiados árboles flanqueando ambos lados de la calzada le parecen atrayentes tentativas de inmolación. Si fuese solo en el coche, ya lo hubiera estampado contra toda una hilera de árboles, como si jugara a los bolos.
Porque se odia.
Se tiene asco.
Se quiere matar.
Pero no viaja solo, sino al lado de Sam. Siempre al lado de Sam. Rotundamente pegado a Sam. Tan cerca de Sam que tiene ya su olor adherido en las entrañas y no se lo puede sacar de dentro.
Y a Sam no le odia. Eso le simplificaría bastante la vida.
No le tiene asco. Si fuese así, no sentiría todo lo que le sacude por dentro.
No le quiere matar. Le quiere proteger, hasta de sí mismo.
Pero puede manejar la situación. Todavía puede.
Puede dejar que suene en el radiocasete del coche You give love a bad name de Bon Jovi y cantar a gritos muy bajitos shot through the heart and you're to blame. Darlin', you give love a bad name.
Porque Sam tiene una cátedra en disparar al corazón, igual que Dean es especialista en darle un mal nombre al amor.
El radiocasete del Impala resucita después de tres días de luto.
Y ellos vuelven a callar.
No es necesario que ninguno le recuerde al otro que actuarán como si no hubiese pasado nada. Porque ellos no hablan de cosas de las que nunca han hablado y de las que jamás lo van a hacer.
Así son las reglas entre ellos. Reglas tácitas y estúpidas. Pero necesarias, indispensables para que Dean, que lo hace todo complicado porque su vida es complicada y no sabe hacerlo de otra manera, respire sin hiperventilar porque está pensando en repetir lo de Wisconsin otra vez.
Ha sido espectacular.
Le parece que echar un polvo con Sam ha estado muy bien y eso hace que se sienta muy mal. Sus sentimientos, más que encontrados, son una colisión frontal mortal.
Lo piensa en bucle, pero, al igual que cuando piensa un “te quiero”, le dice a Sam otra cosa completamente distinta.
—Me gusta Bon Jovi.
Lo dice como el que confiesa un crimen atroz que jamás va a prescribir. Pero prefiere declararle ese crimen musical a su cuasi abogado que el otro, con el que cree que, directamente, le condenarían a quince cadenas perpetuas, como a Jeffrey Dahmer, el Monstruo de Milwaukee. Y Sam no tendría nada que hacer ante el fiscal, aunque su cliente no haya matado ni violado a nadie en Wisconsin.
No,porDios. Está vivo y todo ha sido consentido.
No cree que ejecuten a nadie en Wisconsin -ni en ningún otro lugar- por escuchar a Bon Jovi. Por no saber quién era Orson Welles, que nació en Kenosha, a lo mejor.
Pero, en Wisconsin, nunca se sabe. No se sabe nada. Dean no sabe nada. Ni siquiera el nombre del puto pueblo donde han follado. Ni si han abolido la pena de muerte o la han vuelto a instaurar en ese estado lleno de Harley-Davidsons, bosques y granjeros.
Es un pelín raro que las primeras cosas que le vengan a la mente al pensar en Wisconsin sean asesinos en serie, motos, tartas de arándanos, Orson Welles y el fabuloso orgasmo de su hermano.
Tiene que salir de ese estado cuanto antes.
Qué larga se le está haciendo la carretera.
Dean traga saliva con dificultad y se prepara para recibir el impacto. Espera que un quisquilloso Sam se burle de él y le objete algo como ¿En serio, Dean? ¿Bon Jovi? ¿No decías que es un grupo de rock para niñas y que su líder es una “Barbie peinados” porque su padre es peluquero y su madre fue una conejita Playboy?
Pero Sam no le replica nada humillante, le dice algo que para Dean es un cataclismo sin precedentes y hace que se le quede carita de paisaje.
—Sé lo que te gusta y cómo te gusta, Dean.
Y el problema se vuelve colosal, tamaño Samuel Winchester subido en lo alto del Empire State, como si fuese King Kong. El problema es eso que dice, cómo lo dice y esa media sonrisa que se perfila como un peligro interesante.
Hostia puta con el cuasi abogado.
Ese inocente cubo que es su hermano está lleno. Dean todavía no sabe de qué. Supone que de un líquido altamente inflamable. Y se lo acaba de volcar encima.
Mala idea porque, aunque Dean se ha quedado sin cerillas, está que echa chispas. En cualquier momento, pueden entrar en combustión espontánea los dos.
Dean aparta la vista de la carretera otra vez y le lanza a Sam su mirada de dos segundos de duración, pero con un mosqueo más largo que todas las películas de Orson Welles proyectadas en un megamaratón de cine. Esa frase es cien por cien suya, aunque esté sin patentar. Y Sam se la acaba de robar, sin las regalías. Ese delito tampoco le debe importar al picapleitos de pacotilla que lleva dentro. Es la típica insinuación sexual que le soltaría Dean para sacarle los colores y no al revés. Que le soltaría Dean, claro está, si distinguiera entre indirecta y directa a la yugular. Y también si no estuviera pensando en repetir lo de Wisconsin otra vez.
—Perra —murmura Dean, quitándole el último trozo de kringle, mínimo pago de royalties que se piensa cobrar por fusilarle una frase.
—Imbécil —sonríe Sam con complicidad, sabiendo por el tono de su voz que ese insulto es un “te quiero” de manual, igual que el suyo.
Todo es normal. Está normal. De vuelta a la normalidad.
Sam aprendió a decir así “te quiero” antes que a montar en bicicleta sin ruedines. Tanto una cosa como la otra se las enseñó Dean.
Se entienden bien. Siempre se entienden bien. Incluso cuando no se quieren entender.
Encriptar el lenguaje verbal es una de las cosas que mejor se les da hacer juntos. Eso, cazar monstruos, salvar gente, cuidar el uno del otro, luchar y lo otro, lo que hacen igual que luchar, lo de cruzar líneas, un eufemismo precioso para follar.
Porque comparten muertos, sangre, habitación, colchón, profesión, armas, coche, alma, sauna, latidos, esa forma de quererse, olor, pecados, orgasmos y “te quieros” en clave.
Han vuelto a recuperar la lista y ésta sigue creciendo. Sam está henchido de orgullo.
Dean nunca sabe ponerle palabras a lo que siente, pero sí música y fuerza en los brazos.
A Sam todavía le retumban canciones dentro y nota sobre su pecho y espalda la presión de algunos abrazos cerrados y estrechos. Los recuerda todos, pero sólo ha descifrado un puñado de ellos.
Este abrazo es porque aprendiste a suturar antes que a afeitarte.
Este porque casi mueres veintinueve veces antes de salir con una chica.
Este otro porque, en vez de apoyarte, te regañé todas y cada una de las veces que contradijiste a papá.
En todos dice lo mismo. Perdóname, Sammy.
Y Sam siempre le perdona, pero nunca se lo dice. No vaya a ser que su hermano descubra que puede ahorrarse tanto los abrazos como las canciones para pedirle disculpas.
Porque, a medida que avanzan los años, Sam es más listo, Dean, más arisco, el repertorio de música, más extenso y los abrazos son más escasos, más espaciados, más racionados y no porque Dean haya dejado de sentir que le ha fallado en algo.
Abrazos que narran cada día te quiero un poquito más -y no del mismo modo que antes- e intento que se me note un poquito menos.
—¿Adónde vamos, Dean?
Dean no es que no quiera responder, es que no tiene ni idea.
Ha arrancado el Impala, ha metido en el radiocasete la primera cinta que se ha encontrado en la guantera -asegurándose de que no era una de grandes éxitos de Led Zeppelin, que ya sería provocar- y sólo está quemando rueda, gasolina y las ganas de llegar a algún lugar, donde sus pensamientos no le alcancen ni tenga que huir de ellos como de la policía. Está harto de ser un fugitivo en todos los sentidos.
No ha encontrado ningún posible caso sobrenatural que investigar en el portátil, es más, no se ha dado ni cuenta de que estaba mirando la pantalla apagada hasta que Sam ha aparecido con el desayuno en la habitación y le ha dicho buenos días, bla, bla, bla, enchufa la batería. Entonces ese avispero agitado que ha confundido con mariposas le ha empezado a dar por saco y no podía pensar en nada.
La vida de Dean siempre han sido dos constantes. La caza y la familia.
Hace cuatro días que no está inmerso en un caso y, respecto a su familia, no cree que haya manera de recuperarla, no, al menos, como estaba en el pasado.
Pero puede manejar la situación. Todavía puede.
Aunque está tenso, muy tenso, más tenso que esos músculos que recorren el cuello y van desde las orejas hasta la clavícula. No tiene ni idea de cómo se llaman.
Esternocleidomastoideos, le resolvería el sabelotodo de Sam con esa vocecita pedante que a Dean a ratos se le hace insufrible. Le resolvería si le preguntara, claro, pero está él como para preguntar gilipolleces y recibir lecciones de anatomía.
Esternocleidomastoideos es una palabra muy larga, difícil de pronunciar y no encierra ningún significado.
Lugar favorito para dormir es una definición más exacta.
Dean sabe dónde están esos músculos y también sabe cómo a Sam se le tensan cuando le pasa la lengua por ellos y gime y suda y jadea y suplica y se estremece y se deshace y se ahoga y se muerde el labio y, por Dios, Cristo bendito, pensar en eso sólo hace que se tense aún más y se caliente aún más y se empalme aún más y se retuerza en el asiento, se olvide de respirar y hasta de dónde está.
Para. Para. PARA.
Dean se lo ordena a sí mismo y se golpea la frente repetidas veces para sacudirse los pensamientos, como un perro se sacude las pulgas.
No puede quitarse esa imagen -ni ninguna- de Sam de la cabeza. Más que un tío corriéndose la pasada noche, fue como si hubiera explotado por los aires un banco de esperma.
PARA. PARA. PARAAA.
Se repite para dejar de recrearse en toda esa escena con la que, si se concentrara lo suficiente, está seguro de que podría llegar a correrse sin tocarse.
—¡Para, joder!
—Que pare de hacer, ¿qué, Dean? ¿De respirar? ¿De existir? ¿De preguntarte adónde vamos? Porque es lo único que llevo haciendo desde que salimos del motel.
Sam ya no tiene kringle y se encuentra rumiando su mal humor con el que sí que está ensuciando el Impala. Suena irritado, molesto. Bueno. Dean no nota mucho la diferencia entre el Sam molesto y el Sam neutral. Siempre suena así, como si tuviera algo metido por el culo. Aunque anoche a Dean le pareció que su hermano sonó de muchos modos, menos molesto.
PARA. JODER. PARA YA. Para, por favor.
Pero no para. Dean no para porque tampoco paran de venirle flashbacks a la cabeza y un bombardeo constante de fotogramas que, a la luz del día, en vez de velarse, se revelan con mucha más precisión de la esperada.
Desde que se golpeó la cabeza con el maldito cabecero, Dean ha aprendido a todo, menos a parar a -ésta preposición ni de coña- /ante/bajo -ésta otra, más bien, es una posición- /cabe -cuesta al principio, pero cabe- /con -ésta la inventaron ellos- /contra -ésta estuvo bien probarla- de/desde -ésta no la entiende- /durante -aquí quiere pasar el resto de sus días- /en/entre -ésta le gusta mucho- /por/sin -ésta ni borracho- /sobre -ésta la tiene dominada- /tras -ésta está genial- esa fiera que es su hermano en la cama.
Sí. Está tenso. Y no puede parar. Siempre se le ha dado mejor pisar el acelerador que el freno.
Dean toma una bocanada de aire y aguanta la respiración, como suele hacer antes de disparar para no errar el tiro.
El aire sólo se suelta cuando se aprieta el gatillo. Así se lo enseñó su padre. Concentración. Precisión. Firmeza. Calma. Paciencia.
No exhala.
No dispara.
No se concentra.
A la mierda la puta calma.
Se está quedando azul.
Donde está apuntando imaginariamente esta vez es a su propia sien.
De nuevo exhibe ese amor culpable que siente por Sam en la mirada. Siente que lo lleva de escaparate. Un escaparate que anuncia me he tirado a mi hermano, y más adentro, en la trastienda, donde evita que se le hundan los ojos y que Sam entre a husmear, sólo queda más verdad, del que estoy enamorado. Y eso Dean no lo quiere sacar fuera del almacén, no lo quiere mostrar, es más, no lo quiere ni ver, le parece de un patetismo supremo, una puta maldición gitana, una mercancía muy peligrosa y pesada de la que se está intentando librar antes de que Sam la descubra.
Lo lleva crudo.
No cree que haya suficientes canciones de Metallica que tararear, ni suficientes cosas que cazar, ni suficientes camareras en cincuenta estados con las que acostarse, ni suficiente alcohol en todo el condenado planeta para ahogar esa furia, esa euforia, esa ansiedad, esas ganas de no sabe qué -de vivir y matarse a la vez-, esa rabia, esa urgencia, ese veneno en su sangre y esa sangre en su herida en carne viva que le escuece, como volcarse encima toda la sal que lleva en el maletero.
La culpa le está reconcomiendo. Sam lo nota. Dean tiene el estrés disparado hasta más allá de Orión, dondequiera que esté Orión y sus naves en llamas, como dicen en Blade Runner.
Sam sí que ha visto cosas que nadie creería y llamas arrebatándole a personas queridas. Y todos esos momentos también se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
—Vamos a Iowa —dice Dean, serio como un comunicado de guerra.
Sam arquea las cejas y aguarda una explicación, o que concrete a qué lugar de Iowa quiere ir.
Por respuesta obtiene el ruido monótono del motor, que acuna la voz clara y casi desnuda de Ronnie Van Zant, entonando Simple man.
Esa canción de Lynyrd Skynyrd, grupo con fama de perder fácilmente el norte -como Dean-, aunque, irónicamente, eran del sur, es la que a Dean le hubiese gustado que sonara en el funeral de su madre. Es la que siempre oye dentro de su cabeza cuando piensa en ella. Se figura que todas y cada una de las estrofas es todo lo que ella le hubiese aconsejado, si aún estuviera con vida, claro.
Sam sabe que Dean está pensando en ella al oír esa canción, que algo se le fractura por dentro y que no va bien.
No va bien porque, aunque sean las once de la mañana, el sol se ha puesto en sus ojos.
No va bien porque se dirigían a Minnesota y, de pronto, Dean ha cambiado el rumbo.
No va bien porque está demasiado concentrado en conducir, demasiado callado otra vez, demasiado pensativo, demasiado absorbido por la canción.
No va bien porque cree que se están demorando muchos años en vengar a su madre y él no está haciendo nada por honrar su memoria, ni mucho menos algo de lo que ella pueda sentirse orgullosa en el más allá.
No va bien porque se está atormentando en silencio por hacer con su vida justo lo contrario de lo que sugiere la letra de Simple man. Por estar viviendo demasiado rápido. Porque los problemas -esos que tiene por decenas y algunos son graves y ahora irresolubles- no pasan de largo, sino que tienen fijación por él y es insoportablemente mutua. Porque no ha encontrado el amor de una mujer, sino desahogo en 82.051 y algo -enfermizo, demoledor, destructivo, obsesivo, aniquilador- en un hombre -no en uno cualquiera, sino en su hermano - que ni entiende ni consigue procesar. Porque no es un hombre sencillo, sino complicado porque su vida es complicada y no puede/sabe -aunque esta vez sí quiere- ser de otra manera.
No. No va bien. Nada bien. Va fatal.
Sam extiende la mano hacia el salpicadero para apagar la música y sintonizar cualquier emisora de radio. Las noticias estarían bien. El silencio estaría aún mejor.
—El conductor elige la música.
Dean le arrea un manotazo antes siquiera de que Sam roce el dial.
Sam suspira, se da por vencido y deja que Dean se regodee en su propio sufrimiento como el masoquista que es.
Ha sido espectacular, Sammy. Pero te juro por mamá que voy a salvarte de mí, de esto, de todas las cosas que no están bien y tú no eres capaz de ver. Y sé cómo hacerlo.
Le promete. Se promete. Lo promete.
Porque no puede manejar la situación. No puede más.
Está tan abrumado que ni se da cuenta de que ha recuperado casi del todo a Sam. Que cada vez se parece más al Sammy que recuerda, aunque, contradictoriamente, piense que le ha perdido un poco más en la Interestatal 80 y del todo en Little Loquesea. No lo ve, pero ahí está. Casi despierto. Casi vivo. Casi entero. Casi humano. Casi su hermano. No indiferente. No comatoso. No catatónico. No anestesiado. No esa mole de casi dos metros de luto, tristeza, pesadillas premonitorias y cabreo perenne que, hasta hace unos días, iba encajada en el asiento y envenenaba el aire con dolor y rencor.
Empieza a contar hacia atrás.
Está bien jodido.
Y lo va a joder todo.
Está en su naturaleza destrozar todo cuanto no se cree merecer o poder conservar.
Piensa en cuándo, dónde, de qué forma y, por la corona de espinas que promete incrustarse en la maldita cabeza antes de crucificarse él mismo del revés, como el anticristo en el que cree haberse convertido, cómo la va a fastidiar con Sam la próxima vez.
Sam no quiere ir a Iowa.
Tiene un pálpito interno, un mal presentimiento que, pese a que su instinto de cazador -todavía algo oxidado- se lo advierte, decide ignorar para darle un voto de confianza a Dean, a ver dónde diablos le lleva.
No sabe qué es lo que a su hermano se le ha perdido en Iowa de repente, pero tiene esa mirada que no le gusta ni un pelo, sonríe con demasiada gravedad y, nada más terminar Simple man, le ha dado por lo contrario a los últimos tres días. Hablar.
A Dean le parece que hablar mientras conduce es lo más fácil del mundo. Es una buena excusa para no mirar a Sam a la cara. Y para no ver el reflejo de lo que le devuelve.
Habla mucho. Muchísimo. Y eso mosquea a Sam.
Habla de casos antiguos en los que ayudó a su padre.
—Papá se cargó él solito a cinco vampiros del nido que exterminamos en Dakota del Norte.
Y Sam suspira con resignación ante esa fe ciega y admiración aún más ciega que colorea la voz de su hermano siempre que nombra a su padre.
Habla de mecánica y Sam se pierde totalmente con los tecnicismos.
—Siempre suele ser la polea o la correa. Si es la polea, notas un sonido metálico. Si es la correa, ya puedes ir rezando.
Sam no entiende mucho, pero escucha atentamente -nada metálico por ahora- y, en el fondo, entiende lo suficiente.
Cruza los dedos con la esperanza de que, con ese gesto supersticioso, tan infantil como inútil, no sea la correa lo que a su hermano le esté fallando.
Habla de tonterías y cuenta chistes que, de haber tenido amigos, le saldrían a deber.
—Tío, ¿sabes de dónde vienen los hámsters?
Sam sólo le mira. No se le ocurre nada. No sabe por dónde va a saltar.
—¡De Hamsterdam!
—Es malísimo, Dean. ¿Te has quedado en los seis años?
Pero se ríe. Porque Dean siempre le hace reír. Aunque siga con los dedos cruzados.
¿Pero qué cojones vas a hacer, idiota?
Dean se lo pregunta con el mismo estremecimiento con el que el roce de esa risa se le queda atrapado en un rincón entre el alma y la piel.
Habla de música y de conciertos a los que le hubiese gustado ir.
—¿Te imaginas haber estado en el Live Aid, Sammy?
—Cuando eso se celebró, tú tendrías como ¿seis años?
—¿Te has tragado una grabadora o eres tú el que se ha quedado atascado en los seis putos años?
Y otra vez Sam se ríe. Y cruza los dedos de la otra mano. Por si acaso. Sólo por si acaso está funcionando.
No tienes por qué hacerlo. Sammy está bien. Está todo bien.
Dean se lo dice en un momento de debilidad, cuando de nuevo esa risa suave se instala en sitios que ni tiene localizados, pero que deben estar cerca del avispero de su estómago por cómo duele.
Pero sí. Tiene que hacerlo. Se lo ha prometido al fantasma de esa mujer de la que apenas recuerda nada, a ese puñado de fotografías en las que ella sale sonriendo, esa madre que ha aprendido a querer a través de todas las historias que su padre le ha contado con cuentagotas y que extraña sin apenas conocerla.
Habla de recuerdos de la infancia, con palabras rotas que recompone sobre la marcha y emociones que se reserva, que esconde, como esa fragilidad que las envuelve como un papel de regalo.
—¿Te acuerdas de aquella vez en la que se te quedó el brazo atrapado en una máquina expendedora porque querías un peluche?
—Sí, papá me amenazó con cortármelo si no lo sacaba yo mismo de ahí.
—Pues funcionó. Yo aún te veo con dos brazos, tío.
—Muy observador, Dean.
Bueno. Es que sería una pena que te hubieses quedado manco porque haces unas cosas con las manos. Y con la boca. Y con la lengua. Y... Para. Para. PARA.
—Sólo a papá se le ocurre amenazarme con eso. Estaba asustado. Tenía seis años.
Parece que a ratos ambos se estanquen en los seis años. El pasado es un lugar seguro, sin sorpresas, sin sobresaltos, nunca ocurre algo inesperado.
Yo también estaba asustado, Sammy.
Hubiera dado su brazo por el de Sam sin dudarlo ni un femtosegundo. Brazos tiene dos. Hermanos, sólo uno.
Es más, qué coño, hubiera dado los dos brazos, aunque luego no supiera cómo demonios abrazarle.
—Venga, hombre, si lo piensas, hasta hubiera molado perder un brazo. Te hubiese puesto una motosierra como la del tío de Posesión infernal y nos hubieras ahorrado un montón de trabajo a papá y a mí.
Bromea. Le falla cada vez más la correa.
—Una idea genial, Dean. Muy gracioso.
Sam tuerce un gesto desbordado de sarcasmo, pero se da cuenta de que no le sobran brazos, sino que le faltan para cruzar más dedos. Porque Dean tiene demasiadas piezas sueltas dentro, además de la correa en mal estado.
De lo que no habla más que de pasada y sin detenerse es de camareras y cuando lo hace es raro.
—En Montana conocí a cuatro chicas que se llamaban Samantha. Debían tener el nombre de oferta en el registro.
Sam se queda con la boca ligeramente abierta y los ojos entrecerrados, como tantas veces que va a decir algo, pero luego aprieta los labios y no emite ni un balbuceo porque tiene la costumbre de hacer justo lo contrario que su hermano. Pensar mucho antes de hablar poco. Eso es lo que entiende por precaución y no el revólver que Dean guarda en la guantera.
—¿Y qué me quieres decir con eso, Dean?
—Ummm. Nada. Lo pasé bien en Montana.
Para alguien que no atina ni con la inicial de ninguna de sus camareras es raro.
No sólo tiene piezas sueltas y la correa hecha trizas. Está totalmente averiado.
Si Sam tuviera que aventurar qué trama su hermano, diría que se está despidiendo de él, que está redactando una carta de suicido, pero de forma oral porque a Dean siempre le ha dado pereza escribir, aunque tenga la letra bonita.
En Stanford, Sam no recibió más que una postal en blanco y sin remitente de Illinois. No necesitó superpoderes para saber quién se la envió.
Eso fue un año antes de ver a Dean en persona una única vez, antes de conocer a Jess.
Aún conserva esa postal en su mochila, como su tesoro más preciado. Se la ocultó a Jess, como si fuera una infidelidad.
Cuando se creyó preparado para deshacerse de esa postal y abrazar una vida perfectamente organizada y felizmente aburrida tras una entrevista a la que ya nunca se presentará, tenía al remitente asaltando su nevera en busca de una cerveza y radiografiando con la mirada a su novia en pijama. Y después, todo menos esa postal se quemó y estaba de vuelta al tortuoso camino de la codependencia.
Lo que pretende hacer Dean no dista mucho de un suicidio, sólo que sin el engorro de matarse. No deja de ser apuntar imaginariamente a su propia sien.
Sam lo intuye. Lo nota. Y, pese a ello, aguarda, no le detiene, le deja continuar. Seguiría a Dean al fin del mundo, incluso sin que se lo pidiera.
El fin del mundo queda esta vez en Madrid, Iowa, a menos de media hora de Ankeny, donde reside Lori. Eso, más que una pista, es todo el plan de Dean. Un plan sin fisuras porque es una fisura en sí mismo.
No se ha perdido. No se ha equivocado de desvío. No ha cambiado de opinión. Sólo quiere dilatar un adiós que ha acordado por los dos, sin consultarle nada a Sam.
Porque quiere para Sam una vida normal -hipoteca interminable, familia de catálogo, un perro o dos, casita con jardín, vecinos aburridos. Lo de cazar cosas, vivir en la carretera y acostarse con su hermano no encaja ahí-, que termine sus estudios, que trabaje en algo legal, que salga con una buena chica, que vaya por el camino correcto, que sea parte de la sociedad y no deambule en los márgenes de ésta. En definitiva, que no sea el hijo descarriado, que no acabe como él, con una exnovia abandonada y 82.050 camareras de usar y tirar, sintiendo que no vale para otra cosa que no sea matar monstruos y quemar huesos, así como millas y soledad. Lo que viene siendo quemar su vida entera.
No es que quiera despegarse de Sam, es que lo necesita con urgencia. Necesita sacarle de su cabeza -del corazón ni arrancándoselo, así que eso ni lo intenta-, de su bragueta, del Impala, de la habitación de turno, de todos los recovecos y pequeños huecos donde se ha colado, inexplicablemente, un tío tan grande que podría solicitar la independencia como país.
Por primera vez se siente realmente egoísta por haber deseado que Sam se quedara con él para encontrar a su padre y cargarse a ese ser demoníaco que mató a su madre. Puede hacerlo solo. Ya se lo dijo Sam.
Hasta ahora su objetivo había sido convertirse en pegamento para volver a unir a su destartalada familia, pero después de lo que ha ocurrido en Wisconsin sólo quiere ser disolvente para desligarse de Sam.
El Madrid de Iowa no tiene nada de especial ni de particular a los ojos de cualquier visitante. Es una localidad pequeña, común, normal, tranquila, una donde el tiempo pasa lento y la muerte, cuando acude a buscar a alguien, se despista al llegar y va preguntando de calle en calle. Y tampoco es que haya demasiadas calles ni demasiados habitantes.
Tras la ventanilla del Impala, Sam contempla el cartel que les da la bienvenida.
Abre los ojos como platos, asombrado, con el rostro demudado y un par de tonos más pálido. Sus pupilas se dilatan, como agujeros negros que se lo tragan todo.
Madrid es un pinchazo inofensivo en la retina, pero que le ciega de inmediato.
Todo le es familiar, pero extraño, lejano, borroso, casi olvidado. Los recuerdos son turbios, como pisadas en charcos llenos de barro.
Dean reduce la velocidad.
El gris del paisaje es una risa enlatada.
Nubes densas, casi sólidas, como bloques de cemento en un cielo en construcción.
Empieza a chispear y los recuerdos comienzan a germinar con olor a petricor a su retorno y con una melancolía extraña sobre un suelo que aún está mojado y no le ha dado tiempo a secarse.
Qué casualidad que llueva.
Sam sonríe amargamente.
La memoria puede ser tan grata como despreciable.
Todo parece que late muy débil sobre el asfalto y que agoniza, pero no está muerto, sólo dormido.
Y ellos van a despertarlo después de casi ocho años de letargo.
—¿Qué se supone que hacemos aquí, Dean?
Respirar. Existir.
—Se supone que aquí es donde dejas de preguntarme a dónde coño vamos.
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