martes, 18 de marzo de 2025

Capítulo 6: Piedras que ruedan colina abajo (Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin)

Sexto capítulo del primer fanfic que escribí.
Podéis leer el fic completo -8 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, John Winchester, Bobby Singer

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Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin
Fatima_O

Sumario:
Sam sabe de qué va la historia. De lo mismo de siempre. De piedras que ruedan colina abajo.

Los dioses lo condenaron a empujar una gran piedra hasta lo alto de una montaña, pero antes de que consiguiera alcanzar la cima, la piedra rodaba colina abajo.

6 - PIEDRAS QUE RUEDAN COLINA ABAJO


 

Dean sabe de qué va la historia. De lo mismo de siempre.

De beber hasta perder el conocimiento.

Y emborracharse no es algo que le salga barato.

Lo peor de perder el conocimiento es recuperarlo.

La realidad no varía ni un ápice mientras uno está de retiro espiritual.

 

Papá, en primavera pedí el ingreso en varias universidades.

 

Ese fue el detonante de una borrachera desorbitadamente cara.

Horas más tarde, Dean estaba en mitad de una noche muy larga. Se había bebido hasta el último dólar en un bar asqueroso y lo estaba tirando todo por el suelo. Roto por dentro, roto por fuera -tabique nasal desviado y una brecha en la frente a causa de un botellazo, cortesía de dos tíos enormes- y rompiendo todo lo que le rodeaba. Completamente descontrolado, furioso y en medio de una pelea.

Quiso descargar su rabia y encontró un atajo, una oportunidad bien grande y celosa a menos de tres pasos de él y pegada a la barra.

Se propuso ligarse a una camarera con su novio delante.

Qué podía salir mal.

Al hermano de ella ni lo vio venir.

Bueno.

Sí lo vio venir. Pero pensó que era el mismo con el que se estaba pegando y que veía doble.

Ver doble: Dícese del indicador inequívoco con el que la gente normal y responsable, que conoce dónde están los límites, suele parar de beber.

Dean no es normal. No es responsable. Tampoco sabe cuándo parar ni dónde están los límites. 

P.D: Me han aceptado en la Universidad de Stanford.

 

El novio y el hermano de la camarera. Dos personas distintas. Ni diferenció quién era quién. Los dos tipos eran idénticos entre sí.

Y eso le pareció, cuanto menos, raro. Muy raro.

Creyó que uno de ellos era un metamórfico/trotapieles/cambiaformas/da igual el nombre del hijoputa del monstruo. Era la explicación más lógica para un cazador.

Se equivocó. Los dos eran humanos y no eran sensibles a la plata.

Bueno.

Un poquito sensibles sí. Se molestaron bastante cuando les estampó un crucifijo de plata en sus caras íntegramente humanas.

Para salir de dudas.

La hostia por duplicado ni la vio venir.

Bueno.

Sí la vio venir. No necesitó una bola de cristal para adivinar qué le deparaba su futuro más inmediato.

La pregunta del millón escogió la mejor canción y el peor momento para irrumpir en su mente, a menos de tres milésimas de segundo de que un puñetazo doble le fuera a impactar en la cara, mientras sonaba Paranoid de Black Sabbath, que era exactamente cómo estaba.

 

¿Qué pasa si alguien se enrolla con su hermano más de una vez y sin estar borracho? ¿Qué pasa? ¿Quédemoniospasa?

Y en vez de contestarse NADA. NO PASA NADA para calmarse, añadió más ansiedad a la ecuación.

¿QUÉVAAPASAR? ¿QUÉMEVAAPASAR? ¿QUÉNOSVAAPASAR?

Lo que pasó fue que se desplomó, antes de que aquellos dos tipos, que parecían gemelos, le rozaran el pómulo con los nudillos.

Extrajo una moraleja de aquella noche de mierda. Aquella camarera estaba yendo en la buena dirección porque ni se estaba tirando a un monstruo ni a su propio hermano. Esa palabra tan incómoda era sólo un trampantojo.

En su caso, sin embargo.

 

Cuando Sam dijo lo de Stanford, quiso pegarle. Y enfadarse. Y gritarle algo como ¿Por qué coño me besaste en aquel fotomatón de Utah? Y lo del coche, ¿qué fue? ¿Sexo de despedida, capullo? Si ya tenías planeado largarte lejos de mí y de papá. ABANDONARME para irte a estudiar y luego jugar a las casitas.

A nadie le gusta probar su propia medicina.

Por supuesto, no se atrevió a rozarle ni un pelo de la cabeza.

Los búmeran rotos no suelen volver. Pero aún menos los que no se lanzan.

Lo que le dijo a Sam el día antes de descubrir qué iba a pasar, qué le iba a pasar, qué les iba a pasar, con una resaca espantosa y la cara hecha un cristo, fue otra cosa.

 

¿Has comprado ya el billete para California? Te vas mañana, ¿no? ¿Te acerco a la estación? ¿Necesitas algo de pasta?

No sonó ni ligeramente encabronado.

Tono neutro. Mirada aséptica. Cara de póker. Como si el asunto le fuese ajeno. Como si le estuviera sucediendo a otro. Como si no le importase una mierda. Como si Sam sólo se marchara a por café.

No le dio ni un abrazo al despedirse. Ni una palmada en la espalda. Ni le dijo llama cuando llegues. Ni le miró a la cara. Nada.

It never rains in California. Eso es lo único que agonizó en su garganta.

Distanciamiento emocional. Mecanismo de defensa y protección. Abstracción. Así lo denominan los psicólogos.

A Dean se la trae floja cómo lo llamen. Tenía que sobrevivir y no delatarse. Sam iba a desaparecer antes que el chupetón que le hizo en el cuello y no podía asumirlo.

No podía.

No sabía.

No quería.

Aún cree que si no le hubiese preguntado a Sam, ¿Lo que hacemos está mal?, probablemente, su hermano no hubiera pronunciado me han aceptado en la Universidad de Stanford, tres días después.

Tiene la impresión de que la cagó, de que Sam tomó como respuesta su pregunta.

 

Cuando todo se va a la mierda, lo único que uno puede hacer al respecto es beber hasta perder el conocimiento.

 

***

 

Sam sabe de qué va la historia. De lo mismo de siempre.

De piedras que ruedan colina abajo.

La escuchó en clase de Cultura Clásica Grecolatina, donde el pelo anaranjado del profesor Rufus era lo único que le hacía cosquillas en los ojos, mientras bostezaba entre mitos y leyendas de dioses, héroes y monstruos.

 

Los dioses lo condenaron a empujar una gran piedra hasta lo alto de una montaña, pero antes de que consiguiera alcanzar la cima, la piedra rodaba colina abajo.

 

No se enteró demasiado sobre lo que hizo o dijo ese tal Sísifo para ser castigado por toda la eternidad, desempeñando la misma tarea inútil. Estaba distraído aquel día. Había encontrado un posible caso de un poltergeist en Saratoga y se preguntaba si su padre y su hermano pasarían por allí a resolverlo, o si California era un terreno vedado desde que estaba estudiando en Stanford.

 

¿Vas a pasar las navidades con tu familia en Nashville, Sam?

 

¿Te dejarás caer por la fiesta? Habrá música, alcohol y chicas. Te vendría bien desconectar un rato. 

 

¿Y a qué dices que se dedica tu padre?

 

Ninguno sabíamos que tenías un hermano. ¿Cómo se llama?

 

Las preguntas siempre eran las mismas en su círculo social.

 

Sí. Mi tía Margaret tiene 97 años. No creo que podamos disfrutar muchas más navidades de ella.

 

Gracias, pero otra vez será. Tengo que entregar un trabajo.

 

Es vendedor de seguros. Lo más aburrido del mundo.

 

Dean.

 

Y siempre eran las mismas respuestas por su parte. Un mausoleo de mentiras con sus correspondientes epitafios.

Sí. Todo mentira.

casi todo.

Su tía imaginaria, Margaret, era una momia que siempre cumplía 97 años.

Nunca terminaba ese presunto trabajo que le impedía ir a cualquier fiesta.

Su padre no siempre era vendedor de seguros, a veces era cobrador de pólizas.

Y luego estaba su hermano.

Dean. Un nombre corto para algo demasiado largo y difícil de explicar.

Su nombre era una gran losa en la lengua que le aplastaba hasta el pecho y, cuanto mayor era el tiempo que llevaban sin verse, más y más le aplastaba.

 

El día que discutió con su padre y decidió marcharse a Stanford, más que una piedra, fue un desprendimiento. No puede decir que le pillara desprevenido. Él lo provocó. Dean no se lo esperaba. No le avisó. Quedó sepultado bajo todas las piedras.

Si Dean no le hubiese preguntado, ¿Lo que hacemos está mal?, probablemente, él no hubiera pronunciado me han aceptado en la Universidad de Stanford, tres días después.

Tiene la impresión de que Dean no lo preguntó, sino que lo afirmó.

Dean había empezado a colocar cantidades industriales de barreras para separarle de cualquier cosa que hiciese que esa palabra tan incómoda se le pasara remotamente por la sesera. Y le dio pena. Muchísima pena. Dean no merecía vivir así, encerrado en una cárcel, con todas esas barreras como barrotes.

Ni se dio cuenta de que le hizo un flaco favor.

 

A veces son los hechos.

A veces son las palabras.

Todo son piedras que ruedan colina abajo.

 

***

 

Dean no tiene ni idea de cómo llegan al motel con vida.

Es de noche, está lloviendo a mares, va con el pie pegado al acelerador, ha bebido y Sam le está poniendo -nervioso con tanta disculpa por la pelea, cachondo con su dichoso manoseo, tierno por cómo pronuncia su nombre, nostálgico con su aliento a tequila- a entera disposición de un accidente.

En el parking no hay más que un puñado de coches durmientes bajo la luz de una farola.

Las habitaciones que dan al parking están en silencio y no parece que haya nadie en ellas por mucho que la recepcionista les haya dicho que su habitación era la única libre que quedaba.

Salen del coche, como si el Impala estuviera en llamas. Dean agarra ese culo increíble que se muere de ganas por ver en todos los espejos y alcanza los labios de Sam antes que la puerta de la habitación, contra la que se estampan, mientras se devoran a besos y se meten mano como dos adolescentes.

La lluvia se precipita sobre sus cabezas, como si quisiera lavar sus pecados concienzudamente antes de que los cometan.

 

—Sólo una vez más y paramos.

Lo pensó hace cuatro días. Y al día siguiente. Siempre lo piensa. Y siempre se autoengaña.

Por decírselo a Sam esta vez en voz alta no va a ser verdad.

No puede parar. No sabe. No quiere. Tampoco es que Sam le deje.

—Sólo una vez más, Sammy.

Su voz se derrite como la cera e intenta pegar los trozos de esas palabras con la saliva de su hermano.

—Ni se te ocurra prometérmelo.

Sam protesta y se revuelve ante eso que no es una promesa, pero que amenaza con serlo. Y busca su boca, que en lo que tarda en asentir sumisamente, se pierde por algún lugar entre su clavícula y su oreja.

Siente el pulso de Dean latiendo bajo sus dedos, cuando le agarra del cuello y le pasa las manos por la cabeza a contrapelo. Necesita sujetarle porque le da la sensación de que se le está resbalando con la lluvia.

Se registran los bolsillos el uno al otro en busca de la llave de la habitación. Ninguno la encuentra en el cacheo, mientras el espacio-tiempo se compone de poquitos.

Sam tiene el pelo un poquito más mojado y despeinado.

Dean, los besos un poquito más deshechos y las manos un poquito más torpes de lo habitual.

Los dos están un poquito más impacientes que al salir del bar.

Y la llave sigue un poquito perdida, ni siquiera recuerdan quién la guardó después de cerrar la puerta.

Malditas puertas de los moteles. Últimamente, tienen un grave problema con ellas. O se olvidan de cerrarlas, o no consiguen abrirlas.

—¿Quieres que me acerque a recepción a ver si nos dan una copia, Dean?

No es una buena idea, y menos si tiene en cuenta a la voyerista de la recepcionista. Pero es la alternativa legal a tener que tirar la puerta.

Porque tirarse a su hermano está bien, pero tirar una puerta abajo está mal.

Dean ni contesta, sólo le besa, descompasado, a destiempo, en descoordinación absoluta con Sam, como sonaría Dazed and confused en un mal tocadiscos con la aguja partida.

 

I don't like when you're mystifyin' me. Oh, don't leave me so cofused.

 

Es una súplica lejana. Un eco que agoniza por debajo de la piel, cubierta por tantas capas de ropa mojada que ahogan la melodía.

Cada pensamiento es un clavo oxidado y Dean está cometiendo la imprudencia de pensar descalzo.

Se supone que los hermanos no hacen esto. Se supone que sólo fui a buscarte a Stanford porque quiero encontrar a papá. Se supone que esto no debería estar pasando. Se supone que no debería haber pasado ni una sola vez. Se supone que no tendríamos que normalizar algo que no es normal. Se supone que ahora mismo tendría que estar montándomelo con la camarera, no contigo. Se supone que deberías estar con Lori. Se supone que…

 

—Dean. Si la llave no aparece ya, me vas a tener que follar contra la puerta.

Dean reconoce una orden en cuanto la oye. Lleva toda la vida recibiéndolas.

Y no puede, no sabe, no quiere fingir que no la ha oído. Tampoco es que Sam le deje.

Tampoco es que quiera desobedecerla.

—Date la vuelta.

No es plan de hacer esperar a su hermano. Ya ha esperado demasiado.

Dean le baja los pantalones a la vez que los calzoncillos a toda prisa.

—Avísame si te hago daño, Sammy. No quiero hacerte daño.

Muerde las palabras contra su nuca.

Es lo más sincero que le ha dicho en cuatro días. Todo lo demás han sido cuchillos hundidos en las entrañas o cuervos que han devorado las vísceras y después han salido a la desbandada.

 

¡Qué absurdo eres, Dean! Nos acabamos de zurrar por el teléfono de una camarera que ninguno quiere.

De pronto, Sam cae en la cuenta de que su hermano no se lo ha dicho en sentido literal, pero opta por hacerse el tonto. La ventaja de ser listo es que se puede fingir no serlo.

De todas formas, es tarde.

Dean nunca pretende hacerle daño, pero siempre termina haciéndoselo.

Dean se mete dos dedos dentro de la boca que acaban -primero uno y después el otro, tras tres gruñidos, media súplica, algo de saliva y poca paciencia- dentro de Sam.

Entran, salen, entran a un ritmo frenético y difícil de resistir de pie sin estremecerse de un placer algo doloroso al principio, mientras su otra mano sube, baja, sube y le masturba a la misma velocidad. Y los jadeos, como la lluvia y las dudas, se estrellan contra la puerta.

Entran, salen, entran.

Sube, baja, sube.

A Sam sólo se le entiende un voy a correrme como tardes mucho en metérmela, entre un puñado de incoherencias, con el nombre de Dios y el de su hermano entre medias, como si fueran el mismo ser.

Para Sam lo son.

Entran, salen, entran.

Sube, baja, sube.

 

Deja de cronometrarlo todo y disfruta.

Entran, salen, entran.

Sube, baja, sube.

—Pues córrete, Sammy. Y, cuando abra la puerta —porque la va a abrir, aunque, como continúe empotrándole con tanta fuerza, lo mismo la derriba—, seguimos dentro con la fiesta.

Suena prometedor.

Así que a Sam le da por obedecer una orden por una vez. Tampoco es que aguante más embestidas de sus dedos. Y ya no quiere perderse ninguna fiesta, como todas aquellas a las que no fue en la Universidad. Pero es que Dean no se dejó caer por ninguna y ahora por fin ha terminado el verdadero trabajo con matrícula de honor.

Se corre con un Dean salpicado en la boca, tiritando y sintiendo las manos de su hermano en más partes de las que las tiene en realidad.

 

 

 

No es la primera vez que Dean oye su nombre durante el sexo. Pero nunca así. 

Joder, Sam. Eres increíble.

Oír su propio nombre le produce un escalofrío que le recorre toda la columna vertebral. Sam hace que su nombre suene como una palabra sagrada, como algo que le salva la vida a la vez que parece morir cuando lo dice. Jamás lo ha escuchado tan desesperado, tan caliente, tan húmedo ni tan auténtico como desde la garganta de su hermano cuando llega al orgasmo.

Por primera vez se siente tan orgulloso de su nombre como de compartir con Sam el apellido.

Dean le agarra suavemente del hombro y le gira para mirarle, casi con vergüenza, como si no se atreviera, pero quiere -necesita- ver su cara, su mirada, esa mirada sofocada después de correrse que le reconforta tanto como le perturba, esa mirada salvaje y felina de ojos rasgados, como la de un puma.

Una vez vio a un puma cruzando la carretera, en la Ruta Federal 101, cerca de Agoura Hills, California.

Fue impresionante. Tenía los ojos de un color imposible, como los de su hermano.

Sam tenía como unos 7 años. Estaba dormido en la parte de atrás del Impala y se lo perdió. Se despertó cuando su padre pegó un frenazo.

Menos mal que no hemos atropellado a ese bicho. La reparación me saldría por un ojo de la cara. Eso recuerda que masculló su padre, más preocupado por el coche que por la seguridad de cualquiera de sus ocupantes y ni qué decir del animal.

Ahora que lo piensa, casi prefiere decirle a su padre que se acuesta con su hermano, antes que contarle que Sam estrelló el coche el primer fin de semana que se reencontraron. Por cómo John mima al coche, presiente que los dos tienen más posibilidades de salir vivos si le suelta lo primero para que no sospeche de lo segundo.

 

La llave no aparece. A saber dónde demonios está. Lo mismo, se les ha caído en el bar durante la pelea.

 

Pues allí se va a quedar. Ya ves qué problema.

No. La llave no es el problema. Dean tiene tanta destreza forzando puertas como desabrochando sujetadores.

El problema es que no habrá un sujetador que desabrochar en cuanto atraviese la puerta.

Jamás se le hubiera pasado por la cabeza que su habilidad para abrir puertas fuera a ser más útil que la de abrir sujetadores a la hora de echar un polvo.

Porque sin echar un polvo no se va a quedar. Y menos cuando Sam le lleva un orgasmo de ventaja y todavía pide guerra. Más que nada porque el santo ha empezado una cruzada. Se ha puesto de rodillas, ha mandado a su lengua como avanzadilla para recorrer su abdomen y le queda menos de un palmo para atrincherarse en su estandarte.  

Sólo tiene que encargarse de la puerta. La impaciencia de Sam ha dejado de ser algo tan inestable como la nitroglicerina.

Va darle una segunda oportunidad a lo de ser positivo.

No están en un sitio claustrofóbico. La lluvia le está ahorrando un montón de saliva. Y tirarse a un tío son todo ventajas, empezando por lo del sujetador y terminando por lo de que pueden hacerlo a pelo sin temor a dejarle preñado. Va a ignorar que ese tío, al que le acaba de hacer una paja con complemento, que está empalmado de nuevo y que se la está chupando porque es adicto a escucharle decir oh,joder,Sam,SammySam, es su hermano.

 

—Dame medio minuto, Sam.

El tiempo casi le sale a devolver.

Una horquilla y tres giros de muñeca después y la puerta se abre como las piernas de una ramera en un burdel ante un fajo de billetes.

Entran a la habitación.

Los siete segundos que le sobran del medio minuto que ha pedido pueden dar mucho de sí.

Un segundo y Sam está sin camiseta.

Dos y Dean ya no tiene pantalones.

Dos y medio y da igual que tengan la ropa pegada a los cuerpos de lo calados que están. Deciden arrancársela hasta con los dientes.

Tres y Dean ya ha desconectado la parte racional de su cerebro.

Cuatro y el viejo televisor se tambalea, cuando Sam choca contra el mueble por la furia con la que se besan.

Cinco y Dean siente que el deseo de frotarse contra su hermano y lamerle entero es mayor que el de recuperar el control, como si alguna vez hubiera tenido el control sobre lo que siente por él y no fuese una ilusión.

Seis y los dos tiemblan de impaciencia por sudar las sábanas hasta que el orgasmo los alcance como un disparo y la habitación se fugue por los bordes de cada espejo.

Siete y llegan a la cama a trompicones, antes de que los reparos morales formen una orgía con ellos.

 

—¿Recuerdas dónde?

Claro que Dean lo recuerda. Está ansioso, no amnésico.

—Bolsillo lateral izquierdo de tu mochila.

Dean lo recita de carrerilla para después mirarle, como un perro que espera una carantoña y su puñetero premio.

Es todo lo que hablan. Pero no es todo lo que se dicen.

Miles de años de evolución en el lenguaje se reducen a la nada. Las palabras en la cama no son más que chatarra. Sólo hay gruñidos y jadeos durante el sexo. Sexo rudo y salvaje, como del paleolítico, para decirse lo que ninguno se atreve a expresarle al otro con palabras y poder conversar de forma honesta y sin censura con sus cuerpos.

Dean se agarra a las caderas de Sam y Sam a su vez a las sábanas. Hacen todas esas cosas de las que nunca se habla, mientras deshacen la cama. Porque no quieren hablar sobre esas cosas a la mañana siguiente, mientras están aburridamente vestidos, toman café, encuentran un nuevo caso y se evitan la mirada. Porque tampoco quieren arrepentirse de no hacerlas.

Las cosas que no se hacen son siempre las que más se echan de menos.

 

Dean hace siete minutos que ni piensa, sólo empuja, suda, se contrae y jadea a coro con los gemidos de su hermano, que está a siete embestidas de correrse de nuevo.

Siete. Como siete son los pecados capitales. A los dos les basta con uno que va a terminar en siete segundos que siguen dando mucho de sí.

Dean se acelera. Sam le imita y bombea su nombre cada vez más fuerte, cada vez más profundo, cada vez más rápido.

Ninguno se avisa al explotar en el clímax y reventar las costuras del reparo en el que se niegan a encorsetarse.

Sam siente que hay más Dean dentro de él que fuera.

Dean siente que hay Sam por todas partes.

La recepcionista se equivoca. La habitación en sí no es preciosa. Precioso es lo que ellos hacen dentro.

Sam nunca ha estado tan guapo.

Dean nunca ha estado tan enamorado de su hermano.

Y la puta piedra nunca ha estado tan arriba.

 

Lo siento, mamá, no le puedo soltar.

Se disculpa al desplomarse sobre Sam, saciado y jadeando como un perro.

No. No puede. No sabe. No quiere. La historia de su vida. Tres verbos que siempre van unidos y que tampoco le sueltan a él.

Presiente que, si suelta a su hermano, se le borrarán hasta las líneas de las palmas de las manos y su destino se borrará con ellas. 

Pero le cuesta acostumbrarse al después, a esos treinta segundos de pasmo y arrepentimiento por lo que acaban de hacer. De volver a hacer. Cuando recupera el aliento, llega la culpa y vuelve opacos los espejos.

Es una sensación esclavizadora que no desaparece ni cuando nota la mano de Sam sobre su hombro, impidiendo que se dé la vuelta en la cama y huya de una explicación que no va a producirse y que tampoco es que le exija.

Sam le obliga a mirarle para que no se mate en ese después de treinta segundos, con la esperanza de posponer su inmolación, al menos hasta la hora del desayuno, cuando le traiga café y Dean se replantee prolongar su vida en una unidad de tiempo que se mida en algo más que insignificantes segundos.

 

No pasa nada, Dee. Todo está bien. Tú. Yo. Nosotros. Lo que éramos. Lo que somos. Lo que seremos. TODO.

Sam lo piensa tan alto y claro que Dean es capaz de escucharlo. Siempre ha tenido el don de entenderle sin que le hable, igual que Sam es especialista en darle lo que necesita, aunque no se lo pida.

—¿Te lo estás pasando mejor que en Montana?

Sam lo pregunta como si su hermano tuviera forma de ocultarlo. Dean lleva un rato mirándole con cara de bobo, como si quisiera encontrarle alguna imperfección, con el codo hincado en la almohada para sostenerse la cabeza, como si se le fuera a caer de lo mucho que le pesan las ideas.

—¿Dónde coño está Montana?

Ronronea. Ni reconoce su propia voz al hablar.

No es la cabeza ni las ideas. Es el corazón lo que le pesa una barbaridad y se le va a salir del pecho como Sam siga sonriendo.

 

Mira que eres idiota, Dee.

Adora a ese idiota. Es su idiota.

 

Sí. La piedra está muy arriba.

 

Dean tiene las dos palabras de siempre muriéndose en su garganta y ahí se van a quedar, como las llaves dondequiera que estén. Al fin y al cabo, son sólo palabras. Morralla verbal. Únicamente dos palabras. Sin embargo, son seis las que le salen disparadas para decir lo mismo.

—En el baño no hay espejos —apunta cuando, finalmente, se encuentra la voz.

 

Muy, muy, muy arriba.

 

Sam se deja llevar por su entusiasmo.

—Necesitamos pilas para las linternas —le responde, sin pensar, sin medir las consecuencias, sin saber si su hermano lo recuerda y, de ser así, cómo diablos va a reaccionar por corresponder su “te quiero” con su primer borrador.

 

Y esa piedra empieza a rodar muy abajo.

 

Hay un silencio posterior que a Sam le sabe raro, como a zumo de naranja mezclado con gasolina. Un brillo sorpresivo en las pupilas de Dean. Una espera interminable y plomiza, con la respiración contenida y un vértigo en el corazón que hasta marea.

—¿Qué has dicho, Sam?

Su gesto es pura conmoción. Su voz suena como una lluvia de meteoritos en Sedona.

 

Muy, muy, muy abajo.

 

A Sam le resulta perturbador seguir mirándole sin parpadear, casi sobrecogedor.

Dean suelta el aire de sopetón, como si hubiese recibido un golpe seco en las costillas. Arquea las cejas para acoger toda su sorpresa, toda su perplejidad, toda su estupefacción, como si quisiera que le entrara la información por la vista porque se le ha atascado en los oídos.

—Que nos hemos quedado sin sal en el maletero, Dean.

Sam no va a recular. Eso es de cobardes y él no lo es. No, señor.

 

Muy, muy, muy abajo. Tan abajo que se ha pasado hasta el pie de la colina.

 

Dean se queda alarmantemente callado y quieto en la cama. Antes no se encontraba la voz, pero ahora no se encuentra ni las palabras.

Le está costando reaccionar. El ansia por querer respirar es lo que le está asfixiando. Su mirada es casi líquida, clorofila derramada, y se sorprende de sí mismo por no haber tartamudeado al preguntárselo hace ya cuatro silencios tan pesados como cuatro toneladas.

Siente la necesidad de arroparse para esconderse, como un niño asustado bajo las sábanas, como si esas declaraciones de amor no pudieran traspasarlas y ahí estuviese a salvo, tras un escudo de tela.

 

—Que me toca conducir, Dean. Y ya sé que no has cerrado la puerta porque, cuando has conseguido abrirla, la he cerrado yo.

Un suicidio. Eso es lo que es. Un completo suicidio. Dejarse arrollar por esa gran piedra.

Dean siente que las palabras no sólo atraviesan las sábanas, sino su carne, sus huesos y hasta su alma, que identifica con ese conglomerado correoso que se le ha quedado anudado en la garganta y le impide hablar.

El afecto con el que Sam lo dice le está empujando de la cama para hacerse un hueco entre sus cuerpos pues, como con todo, no han dejado espacio porque no hay espacio, nohayespacioNOHAYESPACIO.

Dean se está agobiando y eso que la habitación parece extenderse hasta el infinito con tanto espejo.

El pulso se le acelera. Quiere estamparse contra algo. O estampar a Sam. Aún no lo ha decidido. Es un impulso por desintegrarse junto a todo. Un impulso ciego, incontrolable e irracional, como todos los impulsos.

Dean se incorpora de sopetón en la cama, como si recibiera una descarga eléctrica.

La incomodidad lo comprime, le paraliza, le delata. Puños apretados. Labios tan tensos que apenas trazan una línea recta en su boca. Mirada que deambula perdida y se cae dentro de todos los espejos. Permanece sentado en el borde de la cama, con el cuerpo rígido, como si le hubiese alcanzado el rigor mortis.

Cuando la muerte termina su simulacro, se levanta e intenta vestirse a toda prisa.

 

—¿Qué pasa? ¿Qué haces? ¿Adónde vas, Dean?

Sam suena asustado y siente un ardor súbito en el pecho.

Dean no habla. No escucha.

Ya ha dicho suficiente. Ya ha escuchado demasiado.

Necesita salir de la habitación.

Ya.

—Lo sabes desde hace años. Todo lo que ha pasado entre nosotros, Dean. Lo de Fairbury, lo de Richfield, lo de Stanf…

—Cierra el pico, Sam.

—¿Por qué actúas como un maldito crío? ¿Qué temes que pase? ¿Por qué crees que nos estamos acostando?

Dean aprieta los dientes y menea la cabeza muy despacio, justo al contrario de cómo le va el corazón.

No sabe dónde cojones han caído sus vaqueros. Está tan nervioso que ni se da cuenta de que ya se los ha puesto hace tres preguntas. Preguntas que, por supuesto, ni de coña va a contestar.

—¿Tú puedes decírmelo y yo no, o cómo va esto, Dean?

Los búmeran rotos no suelen volver. Pero ese lo lanzó hace siete años en Madrid con tanta potencia que ha dado seis piruetas antes de regresar e impactarle en la cabeza.

—No te he dicho nada que no me hayas dicho primero.

Sam se pone a la defensiva. El silenciador que le acopla a las palabras no evita que sean disparos a bocajarro.

—Cállate ya, Sam.

Follar con su hermano, sí. Hablarlo, no. Debatir por qué no pueden dejar de hacerlo, ni muerto.

 

No. No me voy a callar. No sólo vas a oírlo, vas a escucharlo. Te guste o no.

Sam le detiene. Le agarra del brazo. Está completamente desnudo, como la verdad.

 

Déjame en paz. ¿No ves que no quiero hablarlo? Nosigas,joder.

Dean se suelta bruscamente y se reserva una tanda de empujones por si a su hermano se le ocurre acercarse de nuevo. Ya ha encontrado las llaves del Impala, se ha medio atado los cordones de las botas, se ha puesto la cazadora del revés y está decidido a salir por la puerta.

Sam no puede decir que su hermano sea imprevisible. Dean es la misma mala gestión emocional de siempre. El soldado más valiente y a la vez el más cobarde.

Dean nunca pretende hacerle daño, pero siempre termina haciéndoselo. Aunque no tanto daño como el que se hace a sí mismo.

—Seguro que todavía no has tirado la tira de fotos de Richfield.

Sam se lo plantea como si no supiera que la lleva siempre encima. Dean no es el único que sabe sustraer carteras. La única diferencia es que Sam tiene la costumbre de devolverlas.

—¡Que te calles, joder!

—Yo tampoco tu postal. Es lo único que sobrevivió al incendio, cuando Jessica se quemó y tú me salvaste a mí. Otra vez.

Dean recibe la noticia como si no acabara de ver la postal en el bolsillo lateral izquierdo de su mochila. En Wisconsin ni se fijó en ella. El cerebro es vago, descarta lo que no busca, aunque esté a la vista, y otros asuntos más urgentes requerían de su atención.

Ahí cabe toda su vida, en un bolsillo de la mochila de su hermano, es más, se reduce a una postal fea. Eso es lo que cree significar para Sam, un impasse en forma de postal.

 

¿Por qué dices Jessica? ¿Por qué ya no dices Jess? ¿POR QUÉ? ¿Porquéporquéporqué?

 

Sam sabe de qué va la historia.

Dean también.

De lo mismo de siempre.

De ellos.

Todo lo demás son piedras que obstaculizan el camino y Sam ha decidido apartarlas todas de un puntapié.

—Tú siempre has sido el primero, Dean. En todo. Yo sé que nunca he sido el primero en nada, pero aspiraba a ser el último.

 

¿QUÉ? No. No. NO. Nonono. Mierda, Sam. MIERDA. MIERDA. MIERDA. ¿Qué estás haciendo? Cállate.Nopuedesdecirmeeso. NO PUEDES.

De hecho, puede.

Sabe.

Quiere.

Debe.

Dean se restriega la cara, como si quisiera comprobar que todo sigue colocado en su sitio y que las palabras de Sam no se la han desordenado. Si no estuviera tan furioso, si pudiera deshacerse de esa coraza que se ha puesto junto a la ropa, si no sintiera el corazón derritiéndose como un témpano de hielo en una hoguera de palabras, si no llevara diez minutos tratando de escapar en vez de asumir que no tiene escapatoria, le llevaría de nuevo a la cama y le dejaría ser el primero. El último. El único.

—No vuelvas a decirme algo así, ni ninguna de las jodidas frases de antes, Sam. Ninguna. Nunca. Jamás.

Le tiembla el pulso tanto como la voz cuando se gira para mirarle. Suena a imposición, más que a una amenaza.

Y eso es justo lo que a Sam no le gusta.

—Vale. No hay ningún problema.

Sam aprieta los labios, tensa la mandíbula y hace un esfuerzo mayúsculo por mantener la calma, tragarse las lágrimas y no perder la entereza.

El silencio aún se escurre de sus oídos cuando los ojos se le enjuagan y Dean toma la puerta, la maldita puerta que antes se moría por abrir y ahora mataría por cerrar para que su hermano no se fuera.

 

Al menos has tenido la puta decencia de no soltarme esas dos palabras.

Dean se consuela, mientras alcanza el pomo de la puerta.

—Puedes pedirme que no te lo diga, Dean. Lo que no puedes pedirme es que no te quiera.

 

J-O-D-E-R. HOSTIA PUTA, SAM.

Esta vez, la muerte se ha pasado de realismo con el simulacro.

Dean se ha anticipado al suponer.

O se ha retrasado al abrir la puerta.

No es su noche de suerte.

 

Debe ser por el puto número de la habitación. Espero no cargarme ningún espejo al cerrar. 

Es la primera vez que escucha un “te quiero” en voz alta, aunque sea de forma indirecta y le llegue por la espalda, como una puñalada trapera. Suena jodidamente real y devastador. Como si hasta el momento, toda esa mierda que sienten el uno por el otro, sólo hubiese estado pasando en su cabeza.

No es un búmeran roto. No es una piedra gigantesca. Ni siquiera es un meteorito. Es el universo desplomándose de una sola pieza.

Un portazo por respuesta, tres carteras prácticamente llenas y algo menos de dos millas hasta un retiro espiritual.

 

Sam ya no se siente como Sísifo. Hasta a Atlas le vendría grande la tarea. El profesor Rufus le diría que ese trabajo sería imposible hasta para un titán.

 

A veces son los hechos.

A veces son las palabras.

Todo son piedras que ruedan colina abajo.

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