martes, 18 de marzo de 2025

Capítulo 3: Madrid (Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin)

Tercer capítulo del primer fanfic que escribí.
Podéis leer el fic completo -8 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, John Winchester, Bobby Singer

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Sexo, mentiras y cintas de Led Zeppelin
Fatima_O

Sumario:
La primera vez que estuvieron en el Madrid de Iowa, al que acaban de llegar, hubo un cúmulo desorbitado de primeras veces.

3 - MADRID


 

El Madrid de Iowa es sólo uno de los nueve que hay en Estados Unidos.

John y sus hijos han deambulando por cinco diferentes y sólo en el Madrid de Alabama Sam recuerda haber sido feliz.

Su padre no se olvidó de su séptimo cumpleaños e hizo tortitas para desayunar. Que fueran incomibles fue lo de menos. La intención es lo que cuenta. Ninguno sabe cocinar más allá de lo básico para la supervivencia.

Dean le enseñó a volar una cometa que, seguramente, robó de alguna tienda para tener algo que regalarle. Robar también forma parte de la supervivencia.

Sam no preguntó. No le importó. Estuvo muy bien. Fue genial.

Nada ni nadie puede estropear un 2 de mayo en Alabama cuando uno cumple siete años, tiene el mejor hermano del mundo y a su padre aún le queda un rescoldo de paternidad sin apagar.

 

Sweet home, Alabama. Where the skies are so blue.

 

***

 

El Madrid de Colorado es un pueblo abandonado -como se siente Dean- en el condado de Las Ánimas -en pena, como cualquier Winchester-.

Ni pisaron el polvo del camino porque no se apearon del coche. El Impala parecía derretirse bajo un sol de justicia, gomoso sobre el asfalto, que se extendía hasta el horizonte, como la piel escamosa de una serpiente.

Atravesaron aquel lugar desértico y árido para continuar una ruta que ninguno recuerda a dónde, ni cuándo, ni por qué, ni persiguiendo a qué.


In the desert you can't remember your name'Cause there ain't no one for to give you no pain.

 

***

 

Del Madrid de Nebraska no se habla. Nunca.

Cada vez que Dean comete un error en una cacería y pone en peligro a alguien, incluido él, su cabeza es sepultada por un alud de nieve y la voz de su conciencia le habla con la de su padre.

¿En qué diablos estabas pensando, Dean? ¡Casi nos matan por tu culpa!

Los tres saben lo que pasó allí.

No. Del Madrid de Nebraska no se habla. Nunca.

Ni siquiera lo hicieron hace meses, cuando regresaron a Nebraska y Sam se empeñó en llevarle a aquella carpa en mitad de un barrizal, en busca de un milagro para salvarle la vida.

La Muerte no pudo ajustar cuentas con Dean por segunda vez en Nebraska doce años después.

Y Sam va a procurar que no las ajuste durante mucho tiempo más, ni en ese estado ni en ningún otro porque, como alguna parca se encapriche de su hermano otra vez, va a tener que tirar bien fuerte y arrastrarlos a los dos porque Sam no le piensa soltar.

 

Time, time, time, see what's become of me, while I looked around for my possibilities.

 

***

 

En el Madrid de Kentucky, Sam cenó el mejor sándwich PB&J (mantequilla de cacahuete con mermelada) que pueda recordar. Dean se lo preparó, mientras no paró de hablar de los labios de una tal Natalie y de dónde quería que ella los pusiera. A Sam le dio igual, mientras no fuese sobre su sándwich.

John, que venía de prenderle fuego a unos huesos, apareció de pronto en el motel, con barro hasta en el cielo del paladar. Y, como si hubiese estado espiando la conversación tras la puerta, hizo el amago de darle a Dean una charla de educación sexual que se quedó en un titular tras un par de gruñidos y una mirada de hierro.

Ninguno recuerda ya lo que dijo su padre -ni el propio John-, tampoco es que lo escucharan bien. Dean había puesto la tele demasiado alta para que Sam no oyese a la pareja que estaba follando en la habitación de al lado. Como si el coro de gemidos y obscenidades que se decían fuese más depravado que oírle hablar de la tal Natalie. Si su lógica fuese un queso, sería uno de gruyere. Todo agujeros.

Lo importante para Sam no fue el sándwich, sino la promesa en la que vino envuelto.

Sam, todo ojos húmedos y tartamudeos, le rogó a Dean que no le abandonara por ella, que no le dejase solo con su padre, que quién le iba a preparar entonces sándwiches como aquel.

Tenía 11 años. Un saco lleno de candidez y palabras blanditas, pero también miedos afilados que abrían un gran agujero en la arpillera.

No te voy a abandonar por ella, idiota. Pasado mañana estaremos en Virginia. Eso le prometió Dean y así fue.

Antes de que Natalie fuese futuro ya era pasado.

Las vueltas que da la vida.

Sam siente que traicionó a ese Dean, que fue egoísta al pedirle que le eligiera a él sobre todas las cosas y sobre todas las chicas porque cree que quien le abandonó años después fue él.


I'm not the one to tell you what's wrong and what's rightI've seen suns that were freezing and lives that were through. But I'm burni n, I'm burni n’, I'm burni n’ for you.

 

Cuando Dean le dijo hace meses fuiste tú el que discutió con papá, Sam lo tradujo como me abandonaste. Luego Dean añadió y me dejaste solo con él, y Sam volvió a oír me abandonaste. Sonó profundamente roto cuando le reprochó no me llamaste ni una sola vez, y Sam se quiere perforar los tímpanos porque todavía puede escuchar me abandonaste. ME ABANDONASTE. MEABANDONASTEEE. Una queja insoportablemente clara que no consigue silenciar en los oídos por muy alta que Dean ponga la música.

Lo malo de llevar las heridas abiertas no es que éstas se puedan infectar, sino correr el riesgo de desangrarse. Y Sam está decidido a coserle esa herida a su hermano por espantosa que sea la cicatriz que le quede de recordatorio. Para eso aprendió a suturar antes que a afeitarse.

 

***

 

La primera vez que estuvieron en el Madrid de Iowa, al que acaban de llegar, hubo un cúmulo desorbitado de primeras veces.

Era de noche. Llovía como si fuese el segundo advenimiento del Diluvio Universal. Conducía Dean. John iba en el asiento del copiloto, con un corte muy feo en el brazo que sangraba a borbotones. En la parte trasera estaba Sam, de una sola pieza por fuera, pero por dentro, sin embargo.

Respiraba como un toro, ruidoso y con las aletas de la nariz dilatadas. Apretaba los labios, como si ese gesto bastase para contener su rabia y las lágrimas, mientras se clavaba las uñas en el antebrazo para concentrarse en el dolor físico y no en la angustia que le invadía.

 

Fue la primera vez que Sam participó activamente en una cacería.

 

—Si te digo que dispares, Sam, ¡hazlo!

John no quiso sonar tan enfadado, mientras se hacía un torniquete con la manga de su propia camisa, pero desangrarse y ser desaprensivo son como una pareja de enamorados cogidos de la mano que no para de besuquearse.

—Se me ha encasquillado el arma.

Sam empleó un tono de voz para defenderse no mucho más amable que el que utilizó su padre.

—Imposible. La revisé yo mismo, hijo.

—Pues lo has hecho mal —le cuestionó—. No es culpa mía, papá —se excusó, tozudo—. Te has equivocado. No eres perfecto. A veces cometes errores.

Y para error el que Sam cometió con su insolencia.

—Dean, para el coche —le ordenó John—. Tu hermano prefiere volver caminando.

 

Fue la primera vez que John echó a Sam de un sitio.

 

Sam tenía 15 años, el motel donde se alojaban estaba a 15 millas de distancia y llevaban discutiendo 15 segundos, lo que normalmente le duraba a John la paciencia con su hijo adolescente.

Con el tiempo no mejoró.

 

—Vamos, papá.

Dean protestó, aunque con demasiada flojera como para rebatirle algo que no estuviera escondiéndose en su boca en vez de salir por ella.

—Para el coche si no quieres que tu hermano se baje en marcha y tú con él para hacerle compañía. Todavía tengo un brazo útil para conducir y dos piernas.

Y también un cabreo que no cabía en el Impala. No cabía ni en Iowa.

No fue un consejo ni una recomendación. Fue una amenaza. Una orden encubierta.

Porque órdenes es lo único que John ha sabido dar siempre. Con el modo diálogo deshabilitado, pero el modo sargento activado.

Dean redujo la marcha para ganar algo de tiempo y así acortar lo máximo posible la larga caminata que le esperaba recorrer a su hermano bajo la lluvia.

Eran las nueve y cuarto de la noche. Estaban en mitad de la nada hacia Madrid. El Impala patinaba ligeramente sobre la calzada anegada. Los limpiaparabrisas no daban abasto para apartar la lluvia a ambos lados de la luna delantera. En la emisora local sonaba I'm no stranger to the rain de Keith Whitley y daban ganas de decir amén después de cada estrofa.

 

And I'm good at finding shelter in a downpour. I've been sacrificed by brothers, crucified by lovers, but through it all, I withstood the pain.

 

Llovía como si Noé fuese a adelantarles por la derecha con su arca y hacerles un corte de mangas para más humillación.

—¡Dean! ¡Obedece! ¡Ya!

Golpes de voz. Cortos. Secos. Como disparos.

Todos le alcanzaron.

Ya por aquel entonces, Dean tenía valor suficiente para enfrentarse a cualquier monstruo y ni pestañeaba si tenía que mirar a la muerte a los ojos, pero no contradijo a su padre. Nunca se ha saltado la cadena de mando. Para eso siempre le ha faltado arrojo.

Cobarde. Fue el adjetivo que a Dean se le clavó por todas partes, con ese filo terrible que tienen algunas palabras cuando uno cae sobre ellas, como la cama de un faquir.

La silueta de su hermano se quedó atrás en el espejo retrovisor, hasta que no fue más que un punto, perdido en la oscuridad y la tormenta, a un lado de la carretera.

 

Sam se caló hasta los huesos. Tampoco fue que la lluvia tuviera que insistir demasiado para atravesarlos. A los 15 años, Sam estaba muy flaco, parecía estar compuesto sólo de huesos, pellejo, cerebro, pelo enmarañado y una rebeldía constante hacia su padre.

Sam no había recorrido ni dos millas andando cuando Dean regresó a buscarle. Cogió las llaves del Impala sin el permiso de su padre. Esperó a que John cayese dormido en el sofá tras coserle la herida del brazo. El sueño no tardó en apoderarse de él. Tenía el cansancio acumulado en los párpados tras una cacería tan larga. Y también contribuyó que le pegara unos cuantos lingotazos a la petaca para anestesiarse.

 

—Cállate la próxima vez.

Fue lo primero que oyó Sam al abrir la puerta del copiloto.

Dean le arrojó una toalla, que se acordó de coger del baño del motel para que se secara un poco. Todo un detalle que Sam estaba demasiado enfadado para agradecerle.

Sam se montó en el coche sin decir ni media. Convirtió el Impala en una piscina de interior. Parecía un gato de angora que intentaba salir de una fuente en la que se había caído al intentar cazar un pájaro. Tenía su típica carita de limón, con los ojos inyectados en ira, las botas encharcadas, el barro le había salpicado hasta las rodillas, el pelo chorreando y unos vaqueros empapados que debían pesar siete veces más que él de la cantidad de agua que habían absorbido.

A Dean sólo le salió sentir lástima por él, aunque procuró disimularlo.

 

Fue la primera vez que Dean se planteó largarse con Sam lejos de su padre.

 

—El arma se me ha bloqueado.

A Dean le sobró su justificación reiterada, nunca ha necesitado pruebas para creerle.

John, sin embargo, comprobó el arma de Sam nada más llegar al motel, incluso antes de atender su herida y curarse. Prometió tragarse su maldito orgullo, compensarle el castigo y disculparse porque su hijo llevaba razón.

Sam nunca recibió una disculpa. John discutió con él a la mañana siguiente por otro asunto que le traía más en vilo que perder un brazo. Un asunto que tenía que ver con tres camas, dos habitaciones y un sofá.

 

—Hay otros modos de decirlo, sin faltarle el respeto.

—¿Crees que quería que le pasase algo malo a papá?

 

Oh, no. Eso sí que no, Sammy. No te pongas a llorar.

Dean pisó a fondo el acelerador, como si pudiese dejar atrás esa cara que su hermano le estaba poniendo con tentativas de hacer pucheros.

—Papá me odia, Dean.

Sam intentó que el sentimiento no fuese recíproco. Trató de tener presente los valores que su padre les había inculcado, principios por los que se regían no tanto las buenas personas como los buenos cazadores. Sabía que no debía quejarse delante de Dean, aunque tuviera motivos suficientes. Dean tampoco llevaba una vida fácil.

Pese a la rectitud y la disciplina que les imponía su padre, como si estuvieran alistados en el ejército, siempre les proporcionó un techo bajo el que dormir, ropa con la que vestirse, comida que llevarse a la boca y una escuela a la que acceder. Nunca les faltó nada básico, excepto cariño, eso que Dean ni sabía que podía demandar de un padre.

John también se ocupó de enseñarles a cazar monstruos, a esconder un par de recortadas en el maletero, a falsificar tarjetas de crédito, a mentir con descaro a todo ser parlante y a aprenderse en menos de cinco minutos identidades que, como mucho, desecharían tras utilizarlas en un par de pueblos. Cosas no muy normales, incompatibles e inútiles con la clase de vida con la que soñaba Sam, una vida vulgar, corriente y deseablemente aburrida, en la que no tuviera que poner el dedo en el gatillo si alguien le reclamaba por su nombre real.

 

—No digas gilipolleces.

A Dean le dio coraje que su hermano pensara eso.

Pese a toda la lealtad que le mostraba a su padre, siempre le había dado la impresión de que Sam era su hijo favorito. El preferido de papá.

—Siempre le das la razón a él.

Un reproche que no le hubiera dolido tanto si Sam no se hubiese cruzado de brazos para reforzarlo.

—Se llama ser un buen hijo, Sam.

—Se llama ser un buen soldado, Dean.

Dean resopló. Sam estaba haciendo que se arrepintiese de haber vuelto para recogerle.

—¿Qué tal si dejas de protestar y lloriquear como una nena y me das las gracias por no dejar que pilles una pulmonía, capullo?

—Tengo hambre.

Ni diez segundos tardó Dean en localizar una cafetería abierta, más tiempo del que necesitó para que se le pasase el cabreo. Todo coherencia y continuidad con su hermano.

 

La cafetería, como el pueblo, no era nada del otro mundo. Olía a un aburrimiento con solera y a un par de platos quemados que despertaron las voces de un cocinero aún más quemado tras la puerta de la cocina.

El hilo musical era un holocausto musical. Canciones viejas que sonaban aún más viejas y se ahogaban en unos altavoces acoplados. The Everly Brothers se hundían tras unos rebotes, como una piedra lanzada con efecto en un lago.

 

I need you so that I could die, I love you so and that is why, whenever I want you, all I have to do is dream, dream, dream, dream. Dream.

 

Pero el local tenía una lámina enmarcada, muy llamativa y de dimensiones considerables, en una pared de ladrillo visto. Una foto en blanco y negro, autografiada por el dramaturgo Tennessee Williams, junto a una de sus citas célebres.

Hay un tiempo para partir, incluso cuando no hay un lugar a donde ir.

 

Fue la primera vez que Sam leyó esa frase a la que años después le encontraría un significado que en ese momento empezó a fraguarse.

 

—¿Nunca has pensado en hacer otra cosa diferente, que no sea esto, Dean?

Sam se dejó caer en el banco de escay que, al roce con sus vaqueros mojados, produjo un ruido parecido al de una pedorreta, como si el mobiliario quisiese hacer apología de lo ridícula que era su pregunta.

 

Fue la primera vez que Sam se lo preguntó. También la única persona que se interesó.

 

Dean nunca había pensado en hacer otra cosa diferente porque Dean nunca había pensado por sí mismo ni en sí mismo. Tampoco dedicaba mucho tiempo a pensar. No era ningún filósofo.

Se levantaba a grito de ¡En pie, recluta!, respondía un ¡Sí, señor!, lleno de legañas y con algo de carraspera en la voz, y su padre le daba armas y directrices las 24 horas del día. John le ahorraba las complicaciones cotidianas de la vida diaria y suprimía cualquier decisión personal en su rutina.

Y Dean no le cuestionaba ni una sola orden ni le desobedecía una sola vez.

Sam no pensó por él, pero si en él. Le pareció injusto que su hermano se preocupara por tanta gente y nadie se preocupara por él. Su padre ni siquiera se había fijado en que Dean tenía la sonrisa más a mano que la llave inglesa cuando trabajó de ayudante en un taller mecánico. De eso hacía catorce meses. Cuando aún se quedaban en un pueblo el curso entero de Sam y a éste sólo le tocaba ser el pardillo de la clase una vez al año.

—Esto se me da bien.

Fue la respuesta de Dean. Una sincera y humilde. Pero no lo que Sam le preguntó.

Cazar cosas y salvar gente era para lo que su padre le había adiestrado. Pues claro que se le daba bien.

—¿Pero te apasiona vivir en un Halloween perpetuo?

—Esta vida tiene sus ventajas y recompensas, no todo son peligros e inconvenientes, Sammy.

Su recompensa en esa cafetería de Madrid se llamaba Lindsay, o eso ponía en la chapa de su uniforme de camarera. Era castaña, ojos marrones que quitaban el sueño, pura cafeína en las pupilas.

Tras la barra, Lindsay le dedicó una sonrisa templada donde refugiarse de la lluvia que arreciaba afuera y que no parecía querer amainar en décadas.

A Dean no se le ocurrió pensar que su recompensa podría ser un inconveniente para Sam. No. No era ningún filósofo. Ni tampoco quería darse cuenta de ciertas cosas que eran más aterradoras que los monstruos.

—¿Te pido un babero? —masculló Sam al percatarse de cómo su hermano miraba a la chica. Le pareció que la iba a desgastar como no parpadeara. Eso o pretendía dejarla embarazada con la mirada.

—¿Tú si has pensado en hacer otra cosa en la vida? —ignoró su enfado, o lo que demonios le estuviera pasando a ese cóctel de hormonas revolucionadas llamado Sam.

—Me gustaría ir a la universidad.

Dean no esperaba menos del listo de la familia.

—Estaría bien estudiar en California. En la costa, el clima es suave.

 

Fue la primera vez que Sam pensó en voz alta en su futuro.

 

Entonces Sam tenía un montón de aspiraciones, sueños, ilusiones y expectativas. Nada que no acabara roto, quemado o aplastado bajo las ruedas del Impala.

Bueno. No todo. Lo más importante no. Lo más importante era endiabladamente atractivo, sonreía de medio lado y poseía tal campo gravitacional que le ponía a orbitar como a un planeta.

 It never rains in California.

Y además cantaba. Lo más importante, cantaba. Y cuando lo hacía ejercía un poder más fuerte que la gravedad, esa fuerza -o aceleración, según replan­teó Einstein, o eso fue lo que aprendió Sam en Física- por la que los cuerpos con masa son atraídos entre sí. La ley universal contra la que Sam estaba luchando inútilmente desde que Dean fue a recogerle.

Dean cantó muy bajito, antes de que la siguiente estrofa quedase solapada por el silbido de la cafetera, que sonó como si un viejo tren hubiera descarrilado dentro del local.

 

Fue la primera vez que Sam escuchó esa canción que años más tarde no se podría quitar de la cabeza.

 

 It pours, man, it pours.

La camarera intervino, cantarina, como sacada de un musical de muy bajo presupuesto. No la joven que sonreía a Dean, sino la otra que, por los años que aparentaba, podría ser su madre.

—Y aquí también llueve y a mares, chicos.

Era su madre.

Y cantaba como si la cafetera se le hubiera caído en un pie. Horripilante.

A Dean le dio igual seguir poniéndole ojitos a Lindsay delante de ella. No iba a desperdiciar la oportunidad de echar un polvo, además de conseguir un postre gratis.

Podría haber tenido ambas cosas y no de Lindsay. Sam le hubiera dado su postre, aunque se quedara con hambre, y algo más que su postre para saciar otro tipo de hambre.

Pero no. Dean no era ningún filósofo. Y tampoco quería quitarse la venda de los ojos. Vivir a oscuras era fácil, cómodo. Creía que había ciertas cosas que no debían ver la luz, que debían permanecer en la oscuridad, a donde pertenecían, como los monstruos. Sí. Ciertas cosas más aterradoras que los monstruos.

—Tienes que contestarle eso la próxima vez, muchacho, así es la canción —le dijo la camarera veterana a Sam.

Sam hizo salir el sol a las 22.31 h con su sonrisa en aquella cafetería de Madrid por primera vez en dos días. Dio igual que estuviera lloviendo, que fuese de noche o que Dean quisiera vivir como un topo.

La luz también ciega.

 

It never rains in Southern California es una canción engañosa. Ritmo alegre. Letra triste. La epopeya de un fracaso.

Sam, en la cafetería, ni sospechó que en tres años esa canción se convertiría en parte de su biografía, que esos versos de Albert Hammond serían exactamente lo último que Dean y él se dirían el día que se marchó a la Universidad de Stanford para hacer de cada estrofa una realidad dolorosa.

Sam tuvo la carta de admisión dos semanas en su mochila antes de comunicárselo a su padre. No pasó ni una sola noche en la que no pensara en hacer añicos la matrícula en vez de echarla al buzón. No se despidió de su padre después de la bronca del siglo. No quiso que Dean le acercara a la estación de autobuses a la mañana siguiente.

Puñeteras despedidas. Pedacitos de destrucción.

Y después de aquella brecha, dos años en los que se comió el insomnio a cucharadas y el silencio se lo comió a él de un solo bocado. Actuó como un autómata programado. Iba a clase siete horas diarias, con suerte dormía cuatro y estudiaba el resto. Por las noches se abrazaba al fantasma de su hermano, en una habitación compartida en la residencia estudiantil, con un compañero estrafalario de cuarto que se miraba demasiado al espejo y al que le olía el aliento porque se tomaba un par de dientes de ajo crudos en ayunas para reforzar el sistema inmunológico, o algo así le contó. Un hippiepollas llamado Mark, pero no un vampiro, al menos.

Echó de menos a Dean de manera sobrecogedoramente superlativa. Sólo hubo una noche que no y tampoco durmió.

Hasta que se topó con Jess una mañana que llovía -sí, en California, donde Dean le dijo que nunca llovía por esa maldita canción- y vio algo de luz al final del túnel, aunque estaba nublado y sin pronóstico de escampar.

Jess lo hizo todo más llevadero, más asumible, más sencillo, más fácil de manejar, aunque Sam nunca aprendió a no bloquearse al escribir su propio nombre en el encabezado de los exámenes. Le resultaba inevitable no acordarse de ese dolor fantasma, como una parte amputada de su cuerpo, con distinto nombre e igual apellido. Escribir el apellido era lo que le recordaba que había salido de su órbita y vagaba por toda la galaxia.

 

***

 

—¿Hermanos?

La camarera, como buena observadora, vio las barreras que lo separaban todo, bien definidas en el mayor de los dos. Lujuria si miraba a su hija. Amor puro e incondicional si retornaba la vista hacia ese saco de huesos mojados, ojos huidizos y pelo enredado que tenía enfrente.

—Sí, somos hermanos.

A Dean le chiflaba decirlo. Lo pronunciaba con una sonrisa condenadamente amplia y un eco que resonaba desde el Pacífico, recorría el resto de océanos, todos los continentes y terminaba en la otra punta del Atlántico. Solía salirle así de natural, como respirar o ligar, cuando no había confusión.

A Sam siempre le gustó oírselo decir e incluso copiárselo.

Pero hasta dónde quisieran abarcar la palabra hermanos en un futuro no era asunto de nadie. No le importaba a nadie y nadie tenía por qué saberlo. Sam ya lo sabía por aquel entonces, aunque Dean no lo quisiera ver.

—¿Y vais a California?

—Sí, vamos allí de vacaciones con nuestro padre.

Dean mintió, piadosamente. Y eso también le salió natural, como respirar, ligar o afirmar que eran hermanos, porque no era plan decirle a esa mujer tan simpática y con pinta de ser más buena que la comida de una abuelita, que acababan de matar a un par de zombis.

Vacaciones: 1ª acepción. Dícese de esa leyenda urbana con la que los Winchester nunca se han topado. 2ª acepción. Eufemismo que los Winchester emplean para una cacería si a alguien se le ocurre preguntar de dónde vienen o adónde van. A veces cuela. Aquella vez coló.

 

 

 

Segunda noche en una habitación de dos estancias que había alquilado su padre y Sam seguía pensando que sobraban camas o faltaba gente a la que invitar.

Lo que más aborrecía Sam era el estampado a cuadros rojos de las cortinas, a juego con las colchas y la tapicería de una forma abrupta y deforme que alguien -ciego, seguro, o con los ojos vendados, como su hermano- catalogó de sofá.

Sí. Le daban grima los cuadros. Era como si un grupo de escoceses borrachos hubiera desperdigado sus kilts por todos los lados y, en cualquier momento, fueran a salir bailando desnudos, entre una marea de gaitas y desafinando al cantar Flower of Scotland. Lo demás en la habitación entraba dentro de la mediocridad del cutrerío habitual.

Te sobran tres dólares con cuarenta centavos, le dijo el recepcionista a su padre al pagar la primera noche. Si Sam hubiera visto antes las cortinas, estéticamente antiestéticas, le hubiese pedido que le devolviera el dinero y hasta exigido una indemnización por daños oculares.

Lo bueno que tiene lo feo es que realza aún más la belleza.

En la habitación, Dean era un síndrome de Stendhal.

Sam pasó de puntillas al lado de ese bulto que roncaba en el sofá y que, en sus días buenos, llamaba papá sin que la palabra le produjera úlceras en la boca.

Una de las dos camas individuales estaba ocupada con los petates y Dean, aprovechando la ocasión, quiso acaparar la cama doble que estaba desperdiciando su padre.

—¡No tengas morro, Dean! Nos la jugamos a pares o nones.

—No hables tan alto. Como papá se despierte, no nos la vamos a tener que sortear.

—Elijo pares.

Sam estaba ansioso por ganar cuando se llevó el brazo derecho atrás.

—Yo elijo dormir contigo.

Ni enseñaron sus dedos y salió impar.

Siempre salía impar.

Pero Sam tampoco perdió al apostar.

Dean todavía no tenía palabras incómodas en la sesera. Lo que sí tenía era una dependencia emocional brutal hacia Sam y, desde que su hermano había nombrado la palabra Universidad, había entrado en un estado de pánico. De regreso al motel, hasta se tarareó los 9:46 minutazos de ...And justice for all de Metallica, incluida la parte instrumental.

 

Nothing can save you. Justice is lost. Justice is raped. Justice is gone.

Pulling your strings justice is done.

Seeking no truth. Winning is all. Find it so grim. So true. So real.

 

El destino es retorcido, además de un cómico abominable.

Sam ni siquiera había decidido ser abogado.

A lo mejor, Dean le influenció con esa canción sin pretenderlo.

 

 

Sam se deshizo de su ropa convertida en sopa y se metió en la cama con Dean. Se quedó solamente en calzoncillos, que no estaban especialmente secos. Sus mudas limpias estaban en la mochila, que había estado todo el tiempo con él, bajo la lluvia.

Es lo que tiene el agua, que moja.

Aún tenía el cabello algo húmedo cuando lo esparció sobre la almohada. Su frente casi rozaba la de su hermano y tenía la nariz tan pegada a la de Dean que sus pecas le parecieron gigantes.

Le costaba mirarle a los ojos sin quedarse bizco y acaparar algo de aire que no estuviera caliente ni empobrecido de oxígeno porque todo el que respiraba había pasado previamente por Dean.

Su hermano olía a pólvora, cuero, desinfectante, lluvia y gasolina. Una mezcla tan extraña como atractiva que le estaba narcotizando. Sintió las mejillas ardiendo al respirarle.

Es lo que tiene el fuego, que quema.

—Me jode que papá y tú discutáis más de cinco veces por semana. Deberías cerrar el pico, Sam.

Sam siempre había sido rebelde e indomable. Pero también muy callado. Reservado. Comedido. Contenido.

Hasta que no.

—¿Vas a quedar con esa chica de la cafetería?

Sam se lo preguntó espontáneamente, sin ser muy consciente de que se estaba clavando las uñas otra vez en el antebrazo.

 

Fue la primera vez que Dean se levantó un poco la venda de los ojos y vio eso que llevaba meses sin querer mirar ni de lejos.

 

Volvió a bajársela, por supuesto. Ciertas cosas son más aterradoras que los monstruos.

—Pues claro, tío, las tiene enormes.

Sam era ingenuo, pero ni por un momento creyó que Dean se refiriera a sus manos o a cualquier otra parte del cuerpo que Lindsay tuviese por pares y no fueran sus pechos.

—¿Te fijaste en cómo me miraba, Sammy? Soy irresistible y arrebatador.

Sam aún cree que eso es cierto y no sólo surte efecto con las chicas, pero le dijo otra cosa.

—Imbécil.

Fue un insulto, no un “te quiero”.

—Perra.

Eso sí fue un “te quiero” por parte de Dean, que no captó el matiz porque sólo podía pensar en las tetas de esa chica, en estrujarlas igual que éstas le estaban aplastando cualquier forma de raciocinio.

 

Fue la primera vez que a Dean se le cayó un beso muy pequeño en el cuello de su hermano.

 

Sam se sintió como una olla exprés sin válvula de escape, como si le hubiera subido de golpe la fiebre. La cabeza le burbujeaba y todo su cuerpo había entrado en ebullición.

Es lo que tiene el agua expuesta al fuego, que hierve.

Sam enganchó a Dean del labio inferior y lo atrapó con los suyos durante unos segundos.

Las leyes universales de la física. Inevitables. Sólo los necios pretenderían ganar al luchar contra ellas.

No fue un beso, tampoco un pico, ni se acercó a parecerse a uno o algo similar.

No fue siquiera un acorde, fue una nota musical de una canción de Led Zeppelin que Dean no pudo identificar.

 

Fue la primera vez que los labios de Sam entraron en contacto con unos ajenos.

Fue la primera vez que los labios de Dean entraron en contacto con los de Sam.

 

Fue una de esas cosas -otra más- que Sam jamás trataría con nadie, junto a todo el asunto del negocio familiar. La segunda cosa -porque del Madrid de Nebraska no se habla. Nunca - de cuantas no hablaría con su hermano. Cosas de las que nunca se habla.

No. No lo hablaría con nadie cuando fuera a la facultad y se relacionase con personas que, probablemente, no se sintieran atraídas por su propio hermano, ni tuviesen asuntos turbios que ocultar delante de su familia o amigos, ni guardaran dos recortadas escondidas en el maletero, ni comprasen sal de roca por sacos, ni utilizaran tarjetas de crédito falsas para pagar hasta en un Starbucks, ni tuvieran por hogar un coche y millones de moteles -algunos con las cortinas tan feas como para sufrir desprendimiento de retina y necesitar un trasplante de córnea-, ni un bestiario de criaturas sobrenaturales en su diario personal, ni nada interesante de lo que presumir en general.

No fue nada y lo cambió todo.

Sam rompió muchas cosas con sus labios. Cosas de las que nunca se habla. Rompió las barreras, los separadores, los roles, los moldes, los esquemas, las reglas del juego y hasta el tablero en el que Dios había dictaminado que, como piezas de la misma familia, había ciertas cosas que no podían compartir en una lista sólo por el hecho de ser hermanos.

Y eso a Sam, ya a su corta edad, le pareció mal.

Prohibir algo sólo hace que se desee aún más.

Hasta dónde quisieran abarcar la palabra hermanos en un futuro no era asunto ni de Dios. No le importaba a nadie y nadie tenía por qué saberlo.

Sam ya era un experto en llevarle la contraria a todos los padres. A su progenitor y al Creador.

 

Fue la primera vez que esa palabra tan incómoda se le pasó a Dean remotamente por la sesera.

 

Apenas rozaron el cielo y comenzaron su caída a los infiernos.

Dean se quedó a cuadros, como las cortinas y como la colcha con la que se cubrían, como si quisiera mimetizarse con el decorado al permanecer tan quieto.

No le regañó. Le pareció algo inocuo, inofensivo, casi de críos, una nimiedad. No era taaan grave ni el puto fin del mundo.

Pasó por alto que todas las avalanchas comienzan siendo copos de nieve.

Que todas las tormentas se inician con una gota de agua.

Que todos los fuegos se originan con una chispa.

Que todas las cosas grandes empiezan siendo pequeñas.

Que la nieve no deja de ser agua y a veces no extingue el fuego, sino que hierve.

Que no se puede luchar contra las leyes de la física ni contra los elementos.

 

—Necesitamos pilas para las linternas.

Dean dijo lo primero que se le pasó por la cabeza. Ni supo que esa frase era un prototipo de un “te quiero”, pero sintió que acababa de inventar un idioma nuevo. Y que la venda de los ojos ya no podía colocársela como estaba antes. La luz empezó a filtrarse por todos los lados.

Sam sólo asintió con la cabeza antes de cerrar los ojos y susurrar un buenas noches que Dean le devolvió caramelizado, como una manzana de feria, con esa voz suave, algo llorada y ronca, que siempre se escurre como un atardecer entre las rocas en los cielos rojizos de Sedona, Arizona.

John los arrastró hasta Sedona una vez para cazar a un ghoul. Sam le maldijo durante todo el viaje. Luego se retractó. Aquel cielo era lo contrario a las dichosas cortinas de cuadros.

Puede que Dean naciera en Lawrence, Kansas, una mañana fría de un 24 de enero, pero su voz siempre sonaba a un atardecer en Sedona.

 

Dean puso una mano sobre la cadera de Sam. Buscó roce, contacto, cercanía, estabilidad, y acomodó su boca sobre ese hueco perfecto que se forma entre la clavícula y el cuello, lugar favorito para dormir, así fue cómo lo bautizó en secreto, mientras los mechones del pelo de Sam le hacían cosquillas en la cara.

Un ensayo riguroso de cómo un acto se convertía en costumbre y esa costumbre en adicción. Se dio cuenta de que iba a ser una tortura no dormir así con él todas las noches de su vida.

 

Fue la primera vez que Dean supo dónde posar la mano que no tenía sobre el cuchillo bajo su almohada.

 

Dean podía manejar la situación. Todavía podía.

A partir de aquella noche nunca volvió a ser cierto.

Hacía cinco años que no dormían en la misma cama.

A la mañana siguiente, se despertaron empalmados, con las piernas enredadas, las bocas tentadoramente cerca y las manos cobijadas más abajo de sus espaldas.

Se miraron de reojo al separarse, avergonzados. Nunca lo hablaron.

John los levantó temprano, con su voz autoritaria de mando. Los miró casi con espanto cuando entró en la habitación, como si ver a sus hijos acostados en la misma cama fuese la cosa más desagradable del mundo.

Dean aún sabe que eso no es verdad, que la cosa más desagradable del mundo sigue siendo ver llorar a Sam, pero su padre nunca está para presenciarlo, aunque muchas veces sea el detonante de sus lágrimas.

 

 

 

Primera hora de la mañana y Sam y John ya tenían una discusión en curso que parecía querer batir un récord de decibelios y competir con la anterior.

A Dean sólo le disparó dos palabras. Dale espacio. No se lo tuvo que volver a repetir. Tampoco necesitó más explicación.

Bueno.

La memoria no es infalible, sino una condenada mentirosa y muy despistada. La de Dean, además, es como su lógica. Un queso de gruyere. Todo agujeros.

Dean cumplió la orden. Dos años. Hasta que se emborrachó. El alcohol no es bueno para la memoria, es como poner la tele demasiado alta para no escuchar sus gritos.

 

Dean le trajo café a su hermano para disculparse por algo que no era culpa de nadie.

Como no sabía cómo le gustaba el café a Sam, le indicó a la dueña del local que se lo preparara como quisiera. La mujer le observó y se lo sirvió como le dio la impresión de que era él. Manchado, caliente, ardiendo, no demasiado dulce ni empalagoso.

 

Fue la primera vez que Sam tomó café.

 

Fueron demasiadas primeras veces de una sola vez.

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