MOONLIGHT SHADOW
La imaginación es una bestia hambrienta. Se cuela por cada grieta del pensamiento y lo devora todo. Luego escupe lugares imposibles, escenas que jamás sucedieron, palabras que nunca se dijeron, colores que suenan a Metallica, que saben a Led Zeppelin, que huelen a AC/DC.
Todo eso que existe sólo porque alguien se atrevió a imaginarlo.
Sam lo sabe bien. Lleva años devorando fanfics. Abrió uno por curiosidad y se enganchó a ellos, como cuando mete la mano en una bolsa de Doritos y se dice sólo uno más, hasta que Dean le pilla lamiendo las migas.
Le intrigan, le hacen reír, le sorprenden, le entretienen, le hacen sudar. Especialmente los de las barras. Ufff. Los que escriben las Sam girls y las Dean girls. Esos son religión.
Amén.
Algunos hasta le hacen llorar y otros le dejan completamente atónito. Como el que tiene abierto en el portátil, mientras Dean duerme a un par de metros. Ni ha encendido la luz para no despertarle. Mañana van de cacería y el motel que han encontrado es una mierda, pero está bastante cerca del pueblo y lo suficientemente lejos para evitar preguntas.
Sus ojos pasan de puntillas sobre un párrafo para que no le salpique un charco de incoherencia.
Lo ha escrito una tal Chevy_Hunter79. Supone que es una chica. Su avatar es un gatito con gafas de sol y pajarita de arcoíris. El colmo de lo cute.
El fic se titula Moonlight shadow, como la canción. Suave, ligera, pero con un peso oscuro. Wincest descafeinado. Lo publicó hace un mes. Tiene menos de 1000 palabras, dos visitas y ni un solo comentario.
Normal.
No parece que respete el canon. Ni nada en general. Es de una anarquía literaria escandalosa.
Menuda kamikaze.
Para ser justo con ella, le parece que está bien, es original. Lo que falla es otra cosa. Lo que falla es la realidad.
En el fic, Dean pasea por un parque cogido de su mano, le llama cariño, le dice “te quiero” e ignora las risotadas de una panda de idiotas sin plantarles cara.
Se alegra de que a Dean no le guste leer y de que no pueda ponerle nombre ni cara a la autora. Porque de lo contrario ya la habría visitado con dos sacos de sal, cuatro garrafas de agua bendita y el manual de exorcismos.
Parpadea. Se frota los ojos. Le da un trago al botellín. Mueve el ratón. Retoma la lectura. No mejora. No.
No. No. NO.
Dean no le cogería de la mano para pasear. Le empotraría contra la puerta del Impala. Le besaría, le lamería, le mordería. Le follaría como un animal.
Dean no le llamaría delante de nadie cariño. Dispararía un somos hermanos, como si fueran palabras-escudo que bloquean el sexo y toda esa mierda incestuosa que a los dos les late en la sangre. Eso que les hace sudar y jadear y escupir blasfemias y querer más. Dios,Dean,más,jodermásDeanmás.
Dean no se dejaría humillar por unos matones de pacotilla. Sería todo patadas, golpes y puñetazos hasta que no quedara ni uno de esos cabrones en pie. Pelear es su forma de protegerle. Protegerle y defenderse de los golpes que más duelen y no dejan marcas en la piel.
Dean no le soltaría un “te quiero” en cada maldita respiración. El amor no necesita ser verbalizado cuando se demuestra. Y los dos viven en una demostración imperecedera. Aun así, Sam siempre tarda en dormirse, por si acaso a Dean se le escapa un “te quiero” cerca de su oreja. Alguna noche. Alguna vez. Estaría bien escuchar algo más que un perra y un imbécil lanzado de vuelta. Que por un día no se emborrachara hasta que se le agotaran los chistes y ahogara esas dos palabras en el fondo de una botella. Alguna noche. Alguna vez.
Ese montón de frases que Chevy_Hunter79 ha volcado en la red no son Dean, no su Dean.
Sin embargo, hay algo que le recuerda insoportablemente a él. Resuena con su hermano como el Highway to Hell, pero en una versión acústica que no ha escuchado nunca.
Se presiona el entrecejo. El reloj de la pantalla marca las cuatro menos diez. Es tarde. Está cansado. Pero no puede dormir. Y menos puede dejar de leer.
No sabría decir qué es lo que le resulta tan familiar. Tal vez sea la sencillez, la manera en la que ordena las palabras, esa forma de existir sin esfuerzo y, a la vez, cargando con todo el peso.
Toma otro trago. Se rasca la frente para aliviar un picor que no está en ninguna parte de su cuerpo y siente en todas a la vez. Mueve el ratón como si no tuviera el control de su mano. Hace clic. Le da el primer corazón, mientras se le escapa un gruñido que se mece entre el rechazo y la satisfacción.
¿Qué demonios acabo de hacer?
Se lo pregunta con una curiosidad casi obscena y arruga el ceño al ver el corazón en la pantalla. No se arrepiente. No exactamente. Hay cosas que no puede evitar.
Pero le da rabia que Chevy_Hunter79 no explique por qué lo ha titulado Moonlight shadow. No encuentra la conexión con esa canción de los 80 que Dean siempre tacha de moñas y no soporta escuchar. Esa canción que es una songfic de la muerte de John Lennon, aunque Mike Oldfield fue el primero en sorprenderse cuando se lo dijeron.
Como Mike Oldfield, intenta usar la cabeza para encontrar una respuesta que su corazón ya conoce.
Sólo necesita tiempo para comprender.
—¿Vuelves a la cama ya, tigre, o empiezo el segundo acto sin ti?
Dean ronronea detrás de él. Le rodea con el brazo y apoya la barbilla sobre su hombro.
Recién levantado, Dean es lo más parecido a un peluche con patas. Luego se le va pasando el efecto, sobre todo con el café y la pistola encajada en esa parte del cuerpo donde termina su espalda y por la que a Sam le gusta pasar la lengua hasta quedarse sin saliva.
Sam pega un brinco en la silla y cierra el portátil de golpe. Casi tira el botellín. Su cerebro también empieza a cerrar pestañas en cascada y le salta un pantallazo azul en los ojos cuando aparece Dean, su Dean. Despeinado, legañoso y totalmente en bolas. Listo para alegrarle la vista. Y joderle la vida. En todos los sentidos.
—No es lo que parece.
Sam se justifica por reflejo, como si Dean le hubiera pedido explicaciones y no tuviera un historial de búsqueda que haría que el modo incógnito pidiera entrar en protección de testigos.
Dean se apoya en la mesa. Su presencia es casi invasiva. Coge la cerveza de Sam y se la acaba de trago. Después se relame los labios sin apartar los ojos de su hermano.
Sam ni pestañea. Le cuesta decidir si Dean lo hace a propósito o si ser un cabrón irresistiblemente sexy es un talento natural en él. Le fastidia que se haya terminado su cerveza.
—¿Qué? —Dean se encoge de hombros tras dejar el botellín vacío sobre la mesa—. Estaba caliente.
Podría ser subtexto.
—¿La cerveza?
Pero es texto literal.
—Seguro que estabas leyendo alguna guarrada, Sammy.
Sam traga saliva. Se siente carne de fanfic. Fanservice total.
—Cuéntame con qué fantasía ibas a empezar a tocarte.
Si alguien estuviera escribiendo la escena, Sam le pediría que pusiera en mute a su hermano. Su voz promete tanto sexo sucio que siente que va a derretirse antes de los preliminares y Dean va a tener que follarse un lago.
—¿Qu… Qué? ¡No, Dean, no estaba…!
Sam se pone rojo. Y también bastante cachondo cuando siente las manos de Dean bajo la camiseta, sus uñas clavadas en la espalda, sus dientes mordiendo su oreja con suavidad después de lamer toda su yugular.
—Vamos, Sammy, aprovecha que tienes al Dean de verdad. ¿O ahora te ha dado por el Destiel?
Dean lo relata mientras le arrastra hacia la cama y deja caer las palabras como deja caer los besos, con una cadencia casi musical. Le saca la camiseta con una urgencia mal disimulada, mientras entona una melodía con la garganta cerrada, como si estuviera mugiendo lo que a Sam le parece Moonlight shadow.
Four am in the morning. Carried away by a moonlight shadow.
I watched your vision forming. Carried away by a moonlight shadow.
Malditos fanfics. Sam se promete dejar de leerlos a horas donde la sugestión es tinta corrida y la imaginación no sabe cuándo parar de dictar.
A Dean no le molesta que su hermano le engañe con todos esos otros Dean de mentira. Los que echan polvos ficticios, salvan gente que no existe y sueltan frases tan buenas que a veces hasta él siente envidia. Porque lo más cerca que esas copias de sí mismo pueden estar de tocar a Sam es si las imprime en papel.
Le dio por escribir un fic el mes pasado. Sí. A él. Dean Winchester. El que siempre cateaba Literatura y lo más largo que había leído en su vida era el menú del Biggerson’s. Un fic en una de esas noches en la que el insomnio ensucia los ojos y la culpa se vuelve pesada. Un fic que debe ser jodidamente malo porque todavía no ha recibido ninguna reacción.
No debió titularlo Moonlight shadow. Pero es un sentimental de mierda. Qué le va a hacer. Es lo que sonaba en el coche aquel 6 de mayo de 1983, cuando volvía del hospital con sus padres y un Sam de cuatro días de vida que lloraba a pleno pulmón hasta que oyó esa canción. La acababan de parir, como a su hermano. Todavía la tararea en su cabeza cuando a Sam le cuesta dormir.
Debió terminar la historia con un polvo. Sabe mejor que nadie lo condenadamente buenos que son. Al menos Sam se habría interesado por ese fic. Es al Dean que conoce, al soldado, al cazador, al que le mueve la rabia y la carne y el sexo y la necesidad.
Cuando descubrieron todo lo que circulaba por Internet sobre ellos, Sam ni se inmutó, pero él reaccionó con un asco corrosivo hacia ese porno incestuoso que unas degeneradas devoraban hasta el tuetano. No le importaba que Sam leyera esa mierda a escondidas. Su hermano ya le miraba como si echara de menos a alguien que sólo existía en su imaginación, mucho antes de que la primera fan aprendiera a teclear.
Un día, Dean abrió uno de esos fics con un cabreo interminable, el primero que encontró. Alguien había puesto en su boca la vida es muy corta como para vivir una que no quieres, y luego se abalanzaba sobre Sam. No terminó de leerlo. Antes de que Sam entrara por la puerta del motel, le empujó contra ella. Le besó con una energía furiosa. No le dejó hablar. Una rodilla para abrir sus piernas, la otra para cerrar la puerta. Una mano para desabrocharle el vaquero, la otra para agarrarle la nuca. Sam no le apartó, no protestó, era todo cuerpo caliente y temblores y jadeos y labios y saliva y una fiebre demencial que le hacía delirar Dean,Dean,Deeean en vez de respirar. Le llevó a la cama y le hizo todo lo que no había leído porque ya había pasado más de mil veces en su cabeza, antes de que alguien lo escribiera.
Lo que siempre falla es la realidad. Elige caminos tortuosos para llegar al mismo sitio que la ficción alcanza en línea recta.
—No era Destiel.
A Sam le gusta la ficción, no el surrealismo.
—Éramos tú y yo si pudiéramos ser todo el tiempo nosotros.
Sam se lo comenta entre besos perezosos y caricias adormiladas en sus caderas.
—Vale. Entonces iba de ese rollo del amor verdadero, almas gemelas y bla, bla, bla con el que masturbas tus emociones, ¿no?
Dean se burla de él, pero la broma le rebota como un golpe de justicia cósmica, mientras enreda sus piernas con las de su hermano entre las sábanas deshilachadas por el calor de sus cuerpos.
—No era cursi, Dean. Era tierno. Como el gatito con gafas de sol y pajarita que esa chica se ha puesto por foto.
A Dean le da un vuelco el corazón cuando le oye hablar de su avatar. Porque tiene que ser su avatar. ¿Un gato adorable? Nadie tiene un perfil tan original.
Intenta disimular. Lo empeora. Se revuelve en la cama, esconde la cabeza entre el pelo de Sam, tira de las sábanas para taparse no sabe bien qué porque la vergüenza que siente no viene de su cuerpo.
Le va a hacer pagar a Sam todo lo que le está haciendo sufrir.
—A lo mejor es un chico, Sammy. Has dicho que el gato lleva pajarita. Piénsalo.
Dean deja caer el comentario con la misma sutileza que se deja caer en la cama después de una cacería de tres días. Le dice que lo piense, pero no en ese momento para el que tiene otros planes en los que no necesita pensar.
—Son las cuatro de la madrugada, Dean. Y mañana tenemos trabajo que hacer.
Sam protesta cuando siente los dedos de Dean dentro de sus calzoncillos. Arruga el ceño, pero le besa lento, suave, húmedo. Se deja llevar. No se arrepiente. No exactamente. Hay cosas que no puede evitar.
No va a decirle que no. Si la gente cree que las segundas partes nunca fueron buenas es porque no se han acostado con Dean.
—No seas desagradecido, Sammy. Acabo de sacarte de una historia aburrida para meterte en la mejor de tu vida.
Sam suspira. Sonríe. Le mira. Le empuja contra el colchón. Dean le recibe con la boca abierta, llena de saliva y de calor.
Le gusta su Dean. Con su coraza, con sus heridas, con su descaro habitual. Con la voz rota cuando pronuncia su nombre al llegar al orgasmo. Ese Dean que no puede vivir más de tres días sin tocarle y ni un jodido segundo en el mundo sin él. Al único que quiere de verdad. No lo cambiaría ni por todas las versiones juntas que ha leído de su hermano.
Pero también le gustan todos esos otros Dean inalcanzables de los que la gente escribe. Le gustan porque siempre tienen a sus Sam al lado.
De pronto, se da cuenta de por qué le ha dado un corazón a ese fic que quiere defender con toda la furia Winchester del mundo. Esa persona anónima que se esconde tras el avatar de un gatito y que, probablemente, nunca va a conocer -no del todo-, merece una recompensa.
Para que la realidad nunca se atreva a decirle lo que puede o no puede ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario