3 - KNIGHTS OF CYDONIA
Duermen como muertos por primera vez en mucho tiempo.
El aire en la habitación huele a horas sin contar. La mañana se cuela entre las cortinas viejas, con una luz desgastada, como si también estuviera agotada de seguir adelante. Esa cama tan terrible en la que están tiene un efecto casi sagrado, acerca los cuerpos y los empuja al centro, como en una comunión.
Dean intenta no hacer ruido al levantarse. Lleva dos horas despierto, contando grietas en el techo. Tantas grietas que tiene los ojos rotos y teme romper a Sam si le mira, mientras sigue dormido a su lado.
A fuerza de repetición, ha aprendido a afeitarse en cuatro minutos, a ducharse en tres, a revisar las armas en dos, a vestirse en uno. Vivir en la carretera, con poco equipaje, le ha enseñado a ahorrar tiempo.
Tiempo que se le acaba.
Tiempo que ha malgastado.
Tiempo que parece prestado.
Le da pena despertar a su hermano. Cinco minutos más. Así lleva una hora y tres cuartos. Sam dormido se parece un poco más a Sammy y menos a Sam atormentado. Casi es ese Sam antes de lo de Jessica. Antes de todas las nuevas cicatrices. Antes de perder a su padre. Antes de morir apuñalado por un puto demonio. Antes de toda esa mierda de la que Dean se siente responsable. Y por responsable quiere decir culpable.
—Eh, arriba, soldado —Dean le zarandea el brazo y le vuelca las palabras encima—. Tenemos trabajo que hacer.
Acabar con un poltergeist. Salvar gente. Esa mierda que a Sam ya no le importa y que no entiende por qué su hermano se empeña en fingir que le sigue importando.
—Y quiero desayunar antes, tío.
Es sólo un poltergeist, pero nunca se sabe. Lo mismo Dean no llega al almuerzo. Y si eso ocurre, quiere irse con el estómago lleno. Porque, viendo cómo la sal repele a los demonios, ya se hace una idea de lo soso que cocinan en el Infierno.
Sam no responde al instante. Se restriega los ojos y se estira como un oso recién despertado tras un invierno muy largo. Luego, resopla un buenos días a ti también. No espera hablar con Dean sobre lo ocurrido, pero tampoco que le trate como a esas chicas a las que se les deja dinero en la mesilla.
E, inevitablemente, mira la mesilla. Por si acaso.
Dean murmura algo, si no espabilas pronto, el poltergeist se va a morir de aburrimiento, y coloca tres capas de humor armado como hormigón para que su fachada no se derrumbe.
Estaría bien que ese poltergeist se muriera por sí solo. Les ahorraría trabajo.
Y tiempo.
Porque cada vez andan más escasos de lo segundo mientras se les acumula lo primero.
Sam se incorpora lentamente. Al poner los pies en el suelo, no siente el suelo, sino el techo del que pronto será el nuevo hogar de su hermano, a menos que consiga evitarlo.
Dean no le mira. No sabe ni dónde poner los ojos. Porque Sam está desnundo y quiere -por Dios, cómo quiere- mirarle y tocarle y besarle y lamerle y morderle y follarle de nuevo para que sus "buenos días" sean realmente buenos.
—¿Te pasa algo?
No es una pregunta, sólo el tono desacertado. Sam lo dice preocupado, con esa suavidad que a Dean le raspa los oídos y le parte eso que ya no considera suyo. Eso que llaman alma.
Sam insiste mientras pone una mano en su hombro, casi con miedo, como si fuera a romperle.
—¿Estás bien, Dean?
Está bien jodido. Serio. Callado. Con la piel ardiendo, el silencio torcido, la mirada perdida, la voz oxidada. Tiembla. Tiembla más que nunca.
Porque no entiende qué clase de monstruo se acuesta con su propio hermano.
Ya hay que estar desesperado.
No.
Desesperadamente enamorado de la única persona de la que no debería estar enamorado.
Hasta la pasada noche, el Infierno le parecía un castigo. Ahora le parece un regalo.
Y no soporta -joder, Sam, no lo soporto-, que le trate con tanta dulzura cuando siente que le ha jodido la vida.
Dean hace un esfuerzo por responder con una indiferencia que se cae a pedazos. Siente la garganta seca, el pulso disparado, el pecho aplastado por algo que no sabe qué es ni cómo quitarse de encima.
—Date prisa. Te espero en el coche.
Sale de la habitación. Cierra la puerta como si quisiera dejar atrás todo lo que odia de sí mismo. Es decir, todo.
El corazón le late tan rápido como camina hacia el Impala. Con cada paso, el dolor crece, la ansiedad se le atasca en las venas, la respiración se le hace pesada, la vista se le vuelve un tachón de furia.
Siente el peso de la culpa. Siente el peso de la tristeza. Siente el peso de la rabia. Y hasta el peso de su propio cuerpo es una carga que no soporta.
Le da una patada al coche. El metal ni se abolla bajo su bota. No se calma. Respirar se convierte en una batalla perdida.
Otra patada a la rueda. Más fuerte. Y luego otra. Y otra. Y otra más. Para desahogarse mientras se ahoga. Para descargar todo lo que siente mientras se le carga la cabeza.
Sólo quiere dar patadas hasta que le duela el pie más que eso que no sabe ni qué es, ni dónde está, ni cómo sacárselo.
Las lágrimas caen con cada patada. Rápidas, violentas, ardientes, incontrolables. Una. Y otra. Y otra más. A borbotones. Hasta que siente que tiene más lágrimas mojando sus mejillas que las que le arden en los ojos.
Llora. Y sigue pateando la rueda. Sus puños se suman a los golpes.
Llora. Y le duelen los nudillos, pero el coche no se queja. Lo envidia. Quisiera ser metal, cuero, piezas que se pueden reemplazar. No sentir. No pensar. No tener un alma vendida ni un hermano al que siente que le ha fallado.
Llora. Y no cree que merezca siquiera ese alivio. Porque se siente egoísta. No puede dejar de quererle. No puede dejar de necesitarle. No puede dejar de culparse. No puede, sencillamente, dejarle.
Sam hace un rato que ha salido de la habitación, le mira desde la puerta y espera. Espera a que Dean termine de ensañarse con el coche. Espera a que explote del todo para poder acercarse. Espera como también espera que ponga su mejor cara de póker cuando le vea.
Se sienta a su lado, en el asiento del copiloto, donde quiere echar raíces y echar todos los polvos con Dean cuando no aguanten hasta un motel. Sin hacer preguntas. Sin moverse. Sin mirarle. Sin hacer nada.
Si Dean se dejara querer con la misma facilidad con la que le quiere, resultaría más sencillo. La última vez que intentó consolarle fue cuando perdieron a su padre y no salió bien. Dean le dijo, ven aquí, apoyaré mi cabeza en tu hombro y podremos abrazarnos, llorar y bailar una lenta. Y destrozó el Impala, convirtiendo de nuevo en chatarra lo que le había llevado semanas arreglar.
Dean arranca el motor y, más por costumbre que por orgullo, sube la música.
Knights of Cydonia de Muse aniquila el aire. Suena roja, pesada, ácida, insoportable.
No one's gonna take me alive. Time has come to make things right.
You and I must fight for our rights. You and I must fight to survive.
Dean le mira de reojo, con una rabia que le oscurece la mirada al escucharle bufar. Encima, Sam menea la cabeza y pone esa mueca que parece una sonrisa apretada, pero que no es más que un contenedor de reproches.
—Sé lo que estás haciendo, Dean.
Sam suena a ese cabrón testarudo al que no le importa cuántas corazas se ponga su hermano porque sigue viendo lo que hay detrás. Puede sentir el peso de su alma al mirarle y no entiende por qué el Infierno quiere reclamar algo tan roto. Más que comprarla, deberían pagarle por quedársela.
—¿Ah, sí? ¿Qué coño crees que estoy haciendo, capullo?
Dean tiene que defenderse, aunque sabe que ha perdido antes de intentarlo.
—No voy a dejarte, Dean. No importa lo que intentes hacer para apartarme.
Sam lo dice con una seguridad que desarma. No entiende cómo su hermano puede despreciarse tanto, cómo no puede ver lo valioso que es, incluso tan roto como está.
—Cállate, Sam. No sabes lo que dices. No sabes una mierda.
Dean aprieta el volante, los dientes, los músculos. Aprieta todo lo que puede apretar porque lo que se le afloja son las lágrimas de nuevo. Y no va a llorar delante de Sam. Ni de coña.
—Sé que no te odio. Sé que no me odias.
Suficiente.
Sam elige las palabras con cuidado, pero Dean las escucha como realmente son.
Sé que te quiero. Sé que me quieres.
Y, por supuesto, Dean tiene que defenderse del no-odio que se tienen mutuamente.
—Lo de anoche no fue más que un polvo. Somos otra cosa, Sam.
—Vale. Cuando acabes de mentirte y echarte la culpa por algo que los dos queríamos hacer, para el coche.
Lo para. Claro que Dean lo para. La cafetería está a tomar por culo, pero lo para porque está a tres segundos de explotar y pegarle una hostia a su hermano.
Cuando sale del Impala, tiene la mirada cargada de pólvora y sangre. Camina hacia Sam como si pudiera hacer que el planeta girara en sentido contrario.
—Antes de que me sueltes un puñetazo —Sam hace una pausa arriesgadamente larga para haber un puñetazo en juego—, quiero que sepas que, mientras tú no dejas de culparte por lo de anoche, yo sigo haciendo todo lo posible por salvarte la vida. Aunque sólo sea para que encuentres más razones para odiarte.
Hay otras maneras de decirlo, pero.
—¿Tienes hambre, Sam?
Dean lo pregunta como si la discusión hubiera sido sobre si Keith Moon era mejor baterista que John Bonham. Bueno, posiblemente, si tocaran ese tema, también haría como si no lo hubiera oído. John Bonham es Dios. No se toma su nombre en vano.
Sam va a hacer como si Dean lo hubiera entendido. Porque lo ha entendido. Verdad o Consecuencias. Nunca fue tan cierto el nombre del pueblo.
Sí. Hay otras maneras de decirlo, pero no funcionan.
Porque Dean no se deja querer con la misma facilidad con la que le quiere.
Algún día.
Lástima que, por ahora, sólo tenga 183 días por delante para aprender a hacerlo.
***
La campanilla de la cafetería tintinea cuando entran.
Luces tan brillantes que dan dolor de cabeza, aroma a café recién hecho y tanta grasa en el aire que respirar resulta resbaladizo.
No llevan ni dos segundos sentados cuando el material de calendario aparece con su libreta y una sonrisa perfectamente diseñada para atraer propinas. Morena, labios cereza, manos de pianista y una chapa con su nombre que ya adelanta lo que va a pasar con ella en cuanto le sirva a Dean lo que necesita.
Olvido.
Sam juraría que, para su hermano, todas se llaman así.
—¿Qué vais a tomar, chicos?
Olvido se inclina sobre la mesa un poco más de lo necesario, pero no lo suficiente para que Dean se quede completamente bizco mirando su escote.
—¿Qué me recomiendas, guapa?
Por supuesto. Por supuesto que Dean va a coquetear con la camarera.
No importa que anoche le borrara el nombre a su hermano a lametazos. No importa que a Sam se le revuelva la bilis cada vez que la mira. No importa que tengan que cazar un poltergeist y ni hayan pensado un plan para cargárselo. No importa que Dean tenga los ojos hinchados, los nudillos destrozados y el pie palpitando, como si hubiera intentado abrir las puertas del Infierno a patadas para ahorrarle el paseo a los perros.
Porque Dean siempre, siempre necesita recordarle al mundo -y a sí mismo- que su vida es totalmente normal y que folla con chicas.
—¿Te gusta lo dulce o lo salado?
Olvido se muerde el labio inferior, mientras se lo pregunta con una voz no recomendada para menores de 18 años.
Dean suelta una risita que a Sam se le queda atascada entre el oído y el odio. Uno debe estar cerca del otro. Sólo hace falta mover una vocal y usar lo primero para sentir lo segundo.
—Café solo y un par de huevos revueltos con tostadas.
Sam se adelanta a pedir, aunque ella ni le ha dirigido la mirada. Planta el portátil en mitad de la mesa y levanta la pantalla como si quisiera que Olvido saliera despedida a la otra punta de la cafetería.
No.
A la otra punta del planeta.
Los huevos no son lo único que va llegar revuelto.
—Yo lo mismo que él.
Dean lo dice a toda prisa y con algo que suena a remordimiento, mientras Sam no aparta la vista de la pantalla.
Sam abre las últimas webs que ha visitado para seguir la pista a un objeto que, de existir, podría servir para salvar a su hermano, porque lo último que quiere es ver cómo Dean le mira el culo descaradamente a la camarera mientras se aleja hacia la cocina.
Tampoco quiere ver cachondasalvolante.com. Pero es lo primero que le salta en el historial.
Arruga el ceño y cierra la pestaña de inmediato, temiendo que el volumen esté activado y que la rubia que aparece en pantalla, maniobrando con el freno de mano -Dios, Dean, ¿en serio te pone esto?-, empiece a gemir.
Entonces, aparece otra web. Sam parpadea, confundido y muy, pero que muy sorprendido. Asoma la cabeza por el lateral de la pantalla y mira a Dean, que está tirado en la silla, con las manos en los bolsillos y todo cara de lo siento.
Dean le da un ligero puntapié en la pierna por debajo de la mesa y musita un ¿Te has enfadado, Sammy?
A Sam le sale un no inmediato. Un no que no tiene nada que ver con perdonarle el tonteo que se trae con la camarera, sino con vaquerosmontandoapelo.net.
—No hay nada malo en ser amable, Sammy.
Ni tampoco en ver páginas de porno gay.
—No he visto a nadie tan amable desde aquella stripper en Chicago que te tiró su ropa interior.
Sam ni pestañea mientras mira la pantalla, sólo murmura con resquemor lo de Chicago porque, casualmente, es donde está ubicada Curious Goods, la tienda de antigüedades que ha encontrado por Internet, pero le está resultando difícil centrarse porque aún no ha cerrado la otra página. Página en la que aparece un vaquero montando -no precisamente un caballo- y le están sudando hasta los ojos porque quiere -imposible explicar cuánto y cómo lo quiere y lo quiere ya- que Dean le monte igual. Cerrar la pantalla se le hace tan difícil como cerrar los muslos porque nota que la bragueta le empieza a crecer y le va a estallar la cremallera.
Dean se encoge de hombros ante ese tono quisquilloso. Le sorprende que Sam recuerde aquella noche en Chicago.
Bueno.
Dean también tiene buena memoria para lo que le interesa.
—Yo tampoco te había visto hasta anoche tan cachondo, desde aquella vez en Sedalia.
Simplemente lo suelta.
Lo suelta y le mira, mientras se pasa la lengua por los labios, como si estuviera lubricando las palabras. Y su segundo puntapié bajo la mesa se convierte en un roce que a Sam le quema la pierna. Dean asciende hasta su rodilla y busca refugio en sus muslos. Muslos que Sam no puede cerrar ni juntar ni tampoco apartar de Dean por su pequeño gran problema.
Sam da un respingo hacia atrás, casi derrapando con la silla. Se pone rojo como un tomate y suelta un ¡au! al pillarse los dedos con el teclado al bajar la pantalla de golpe.
—No sé de qué hablas.
Sam disimula. O lo intenta.
—En serio, Dean —insiste, con una mano levantada, como si eso detuviera la conversación y la dichosa pierna de hermano—. No sé... ¿Sedalia? Ni me suena.
Sam está convencido de que su interpretación es magistral, como cuando hizo la prueba para el papel de Romeo. Ni siquiera se da cuenta de la ternura que despierta en su hermano.
—Tranquilo, tigre. A esa edad me empalmaba sólo con imaginar unas tetas, no me hacía falta ni verlas en una revista. Si hubiera tenido un hermano mayor que llegara borracho una noche y…
Lo de borracho es un eufemismo. Sam recuerda que Dean llegó como para curar heridas con el aliento.
—... me contase con todo lujo de detalles cómo metió los dedos en una chica preciosa y totalmente virgen antes de…
—Dean. ¿Puedes dejarlo ya, por favor?
El por favor le sobra, pero Sam siempre ha sido ridículamente educado. Incluso cuando es tan útil como pedirle a un vampiro que no muerda.
Se obliga a levantar la pantalla, porque si no se esconde detrás de algo más tupido que su flequillo, va a morir de puro bochorno. Si afina el oído, todavía puede escuchar un eco remoto de aquel tan caliente, estrecho y mojado, Sammy, ni te lo imaginas, en Sedalia, con esa voz que aún le deshace los sesos. Sam no tuvo que imaginárselo demasiado aquella noche, antes de encerrarse en el baño para solucionar su pequeño gran problema. Gracias, Dean.
—No fue por ella, ¿verdad, Sammy?
Dean se recuesta en el respaldo de la silla, cruza los brazos y sonríe. Pero su sonrisa no grita ¡Te pille!
Es más suave. Más amarga. Más como una punzada por negarse a verlo antes.
Sam ni se molesta en contestar. Pero la respuesta afila sus ojos como navajas.
La camarera regresa y a Sam le interesa lo justo lo que Dean haga con ella, siempre y cuando no sea un remake de Sedalia, aunque Olvido tiene pinta de haber perdido su virginidad poco después de perder los dientes de leche.
No es hasta la cuarta taza de café -cuando Dean ya ha hecho la digestión de su plato y de la mitad del de su hermano-, cuando Sam abre la boca para algo que no es bostezar, bufar o beber.
—Si ya has terminado de entretenerte —Sam carraspea, mientras mira a la camarera y Dean siente que su voz es más legible que el número de teléfono que Olvido le ha apuntado en la servilleta—, nos vamos a Chicago.
Sam tiene los ojos secos tras pasar dos horas frente al portátil y la punta de los dedos casi cuadrada de tanto teclear, pero ha encontrado algo. Algo valiosísimo. Por fin.
—La envidia es muy mala. ¿Tanto te afectó que la stripper no te lanzara ni un besito que quieres volver a Chicago? —Dean se burla, mientras mira a Olvido con esa expresión babosa que a Sam le dan ganas de quitarle a hostias—. Además, ¿qué pasa con el poltergeist que íbamos a cazar hoy?
—¿No te gustaba Bonnie y Clyde?
Sam guarda el portátil, se pone la cazadora y deja una propina más generosa de lo normal en la mesa, no por la atención, sino para asegurarse de que Olvido no tenga excusas para volver a acercarse.
—¿Vamos a robar bancos, Sammy?
Es una chispa diminuta en las pupilas de Dean, pero lo suficientemente intensa para que se le ilumine la cara entera y sienta ese vértigo que no asomaba desde hace tiempo con ninguna cacería.
Un atraco es la mejor peor idea del mundo. A veces Sam tiene ideas tan brillantes que Dean se pregunta cómo el sol no tiene celos. Claro, que el sol bastante hace con alumbrarle hasta los pies, porque ahora que le mira, totalmente erguido y con esa sonrisa que no le cabe en la cara, juraría que Sam ha crecido desde la última vez que se puso de pie.
—No. Vamos a robar algo mejor.
Sam sonríe de una forma tan enigmática que a Dean le dan ganas de tirar todo lo que hay en la mesa y follárselo ahí mismo. Cuando Sam se inclina ligeramente hacia adelante, Dean no sabe si quiere antes una aclaración o un beso. Un beso de esos que se dan con la mitad de la ropa puesta y el doble de lo que está empalmado.
Porque escucha a Sam hablar, con ese cosquilleo indecente de ilusión, y Knights of Cydonia vuelve a empapar su cabeza, sus oídos, sus ideas. Pero esta vez no suena roja, pesada, ácida, insoportable.
And how can we win when fools can be kings?
Don't waste your time or time will waste you.
Suena como es en realidad. A gritos en carne viva. A una obstinación cruda por seguir adelante. A no perder el tiempo, su poco tiempo, porque es lo único que Dean tiene, además de un nombre. Entregárselo todo a Sam antes de que no quede nada. Su tiempo, su nombre, cada maldito pedazo de sí mismo. Invertir el tiempo en arrancarle gemidos, mientras pronuncia su nombre y el calor los hace pedazos. Porque esa es la única manera en que la vida, su vida, la que le daría sin dudarlo ni un segundo, se vuelve insoportablemente imprescindible.
—¿Qué vamos a robar?
A Dean la intriga se le agolpa en las tripas. La chispa de sus pupilas ya no es tan diminuta. Ahora es más cegadora que las luces de la cafetería.
—Vamos a robar tiempo.

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