4 - TOMORROW NEVER KNOWS
Dean no sabe qué demonios hay en esa tienda que su hermano ha encontrado por Internet para que su entusiasmo se dispare hasta la estratosfera. Le intriga, sí, pero Sam ya le ha adelantado, con su típica vocecita de predicador, que no van a robar relojes ni nada parecido.
Vaya chasco.
—Robar está mal, Dean.
Se lo suelta con indignación, el muy cabrón, mientras le carga con la bandolera del ordenador y echa mano a la cartera para saber cuánto dinero le queda para el viaje. Dinero que no ha conseguido de forma legal, claro.
—¿Tendrán Rolex?
Dean lo pregunta a la vez que la campanilla de la cafetería tintinea cuando salen por la puerta. Ni mira atrás para ver si se deja algo olvidado. Porque lo que deja lo ha dejado a propósito. Como la servilleta con ese número de teléfono que no piensa marcar.
Olvido tiene los ojos clavados en él tras el cristal, aunque Dean ni se da cuenta.
Sam sí se da cuenta. Mira hacia atrás disimuladamente, como si ella fuera a salir corriendo tras Dean, como en esas pelis románticas en que las que uno siempre impide que el otro se marche en el último momento, antes de que salga el tren, o despegue el avión, o cualquier mierda dramática que vaya a separarlos para siempre.
—No sé si venden Rolex, Dean.
Sam le responde rápido, por no ser maleducado, porque hablar está interfiriendo con rezar. Rezar para que Dean no se gire a mirarla. Si lo hace, Olvido será otro polvo más antes de que se vayan. Otro polvo en esa lista interminable de chicas que no significan nada para su hermano, pero que para él son como esas marcas en las paredes de una celda que sirven para no perder la cuenta.
—No te he preguntado si los venden. No vamos a comprarlos.
Dean sonríe y Sam sólo gruñe para repetirle que robar está mal.
Dean no se ha girado.
Aún.
Quizá, sólo lo está posponiendo para hacerse el interesante.
—Pero me has prometido que vamos a robar algo.
Dean refunfuña como un niño que no puede ir al parque pese haber hecho todos los deberes.
Y sigue sin girarse. Milagro.
O simplemente suerte.
—Sí, pero vamos a robar algo necesario.
El mismo Sam que estudió Derecho y siempre se queja de usar carnés falsos, hackear ordenadores y esa serie de cosas que olvida a la hora de salvarle el culo, lo dice con toda tranquilidad.
—Los Rolex son muy necesarios, Sammy.
El fin justifica los medios. Sam lo dice siempre. O, al menos, asegura que lo dijo un tal Maquiavelo.
Dean no tiene ni puta idea de quién es Maquiavelo, pero debe ser un manipulador retorcido, igualito que Sam, que acaba de acelerar el paso mientras murmura algo en ¿latín? Además, se frota la nuca y no deja de mirar hacia atrás, como si los estuvieran siguiendo. Está raro.
—Maquiavelo fue un escritor y político del siglo XVI.
Dean escucha, pero le basta una palabra para saber que se ha equivocado al hablar de Maquiavelo en presente. No es por el siglo, porque el tipo podría ser un vampiro -y hasta tendría un nombre bastante molón-, sino por el fue.
Lo mismo hasta se cruza con Maquiavelo en el Infierno si el plan de Sam fracasa. Sea cual sea ese plan. La felicidad de Sam le empieza a preocupar. No quiere que se haga demasiadas ilusiones. Cuando las expectativas rozan el cielo, lo único que uno consigue es que Dios le dé una patada y le mande directo al Infierno.
¿Se lo parece o Sam está más guapo cuando sonríe?
Dean sacude la cabeza, avergonzado de pensarlo.
Sam no está guapo. Es guapo. Y punto.
Y Dean no lo va a decir en voz alta. Jamás.
No es como para caerse de espaldas. No porque sea su hermano. No porque se lo haya tirado.
Todavía se pregunta qué coño le pasaba a esa tal Elise. ¿Sería ciega? Nunca entendió cómo pudo rechazar a su hermano llamándole feo.
Feo.
A Sam.
Lo que está feo es llamar a alguien feo y más cuando ni siquiera lo es.
Tendría que ser Elise la que ardiera en el Infierno, no él. Alma ya demostró que no tenía. Ni ojos en la cara.
—Menuda imbécil.
Dean da gracias a que Sam ni le escucha. Sigue soltando algo sobre libros y demonios y noséqué de casa de Bobby y girando la cabeza hacia atrás, tantas veces que empieza a mosquearse y a creer que le falla el instinto. Pero le dan ganas de soltarle un oye, ¿te acuerdas de esa nota de arrepentimiento que te dejó Elise en la mochila, antes de que te largaras a Stanford? Bueno. La escribí yo.
Ahora se da cuenta de que fue un error. No por escribirla, sino por firmarla como Elise. Nadie merece un perdón si no lo pide.
Pero le pareció justo que Sam recibiera una disculpa. Y también que alguien le dijera que le gusta ese lunar que tiene detrás de la oreja izquierda y que no se le ve con el pelo.
Le gusta ese lunar. Mucho.
De lo que también se da cuenta es de que falsificó la letra, no los sentimientos.
—¿Decías algo, Dean?
Están lejos de la cafetería, aunque aún más lejos del Impala. Dean no se ha girado. Sam cree que si lo hiciera, tendría que ver a Olvido con unos prismáticos. Casi puede cantar victoria.
—Un Rolex nos pagaría todo durante tres meses. Incluida la gasolina. Tú siempre dices que el fin justifica los medios.
Ni con esas Dean puede sobornar a ese cuasi abogado con un palo de moralidad podrida metido hasta el alma. Pero ya habrá tiempo durante el viaje para hacerle cambiar de opinión y para enterarse de qué coño van a robar. Porque Sam es un muermo en los viajes largos y, sólo de pensar en las 20 horas seguidas hasta Illinois, ya se le escapa un bostezo.
Un bostezo donde se cuela una revelación.
Acostarse con su hermano no está mal. No es como robar.
No es un delito si nadie sale perjudicado.
—¿A qué hora tenemos que dejar la habitación?
Dean no sabe ni dónde coño ha puesto las llaves del Impala. Se registra los bolsillos y encuentra cosas que ni idea de cómo han terminado ahí. Cosas como un poquito de impaciencia.
—A las doce.
Sam responde, aunque no sabe a qué viene tanto interés, ni tanta prisa, ni tantos nervios. Tienen tiempo de sobra para recoger el equipaje y dejar la habitación.
Para Dean, de sobra no es suficiente.
—Es para aprovecharla antes de irnos.
Dean no sabe cómo proponérselo. No después de la escenita de niña histérica, con pataleta incluida, que ha montado a primera hora y, para colmo, haber coqueteado toda la mañana con la camarera. Las sutilezas no van con él, pero en una escala de indirectas, se puntuaría con un diez sobre cinco.
La modestia tampoco va con él.
—Puedes dormir mientras conduzco.
Sam se lo ofrece con tanta ingenuidad que Dean casi se siente culpable de soltar una carcajada, breve, eso sí, porque no es cuestión de hacer daño.
—Me refería a otro tipo de aprovechamiento, Sammy.
Sam se detiene en seco, la cara se le arruga y todo lo que tiene que entender al derecho lo entiende al revés. Como esa canción de los Beatles que suena tan rara, caótica y desordenada. Tomorrow never knows. Un estallido de incoherencia y sonidos de colores que cuesta interpretar.
Casi podía haber cantado victoria.
Y, como dicen los Beatles, mañana nunca se sabe.
Por supuesto. Por supuesto que Dean quiere aprovechar la habitación y no precisamente para dormir.
Por enésima vez, Sam mira de reojo hacia la cafetería, que parece haberse acercado inexplicablemente mientras se alejaban de ella. Se dice a sí mismo que no tiene derecho a ponerse celoso. No siendo quien es. Pero no eligió ser su hermano, igual que no elige lo que siente ni por quién lo siente. Después, agacha la cabeza y deja que la frustración encuentre una vía de escape en el movimiento repetitivo de su pie, que dibuja algo en el suelo. Un círculo. O una X. O varias rayas sin sentido. Es la decepción la que le mueve el pie, esa misma decepción que le mantiene clavado en el sitio.
Solía jugar con Dean durante horas a las tres en raya cuando eran críos, mientras su padre estaba de cacería.
Nunca ganaba. Tampoco perdía. En lugar de hacer su propia línea, bloqueaba a Dean con toda su astucia.
Sigue jugando a eso.
No ve que Dean no está poniendo ni una sola X donde debería. Porque está tomando decisiones muy conscientes. Porque ni ha amagado con mirar hacia la cafetería una sola vez. Porque no se está refiriendo a aprovechar la habitación con Olvido. Porque la servilleta con su número de teléfono se la ha dejado aposta sobre una mesa a la que no va a volver. Porque, ante una promesa tan frágil como la de conseguirle tiempo, no piensa gastar ni un segundo de todos los que tiene asegurados sobre la tierra si no es con él.
Dean se queda en silencio. No entiende la reacción de Sam. Es como si no hubiera pillado que lo que quiere es follar con él hasta que ninguno sepa dónde empieza su cuerpo y dónde acaba el del otro. Por un momento, se le pasa por la cabeza que, a lo mejor, le ha sentado mal la carcajada. O que se ha pasado de sutil y su indirecta no llega ni al cinco sobre diez. Pero no lo piensa mucho. Pensar tampoco va con él.
Así que actúa. Improvisa. Rectifica. Eso sí va con él.
—Te echo una carrera hasta el coche, Sam. El que pierda, lava el Impala.
Como en los viejos tiempos.
Por un momento, por un mísero momento, Dean parece realmente él mismo. No está cargando con todos esos demonios que desgarran las horas de su maldita cuenta atrás.
Sam le mira extrañado y evalúa ese desafío que ni sabe a cuento de qué viene. Pero no le gustan ese tipo de apuestas en las que el perdedor tiene un castigo y el ganador no recibe nada a cambio.
—¿Y si gano, Dean?
Dean se queda perplejo, como si Sam acabara de hacerle una pregunta que tiene el mismo sentido que disparar a la sombra de alguien para matarlo. Ni siquiera se le había ocurrido premiar al ganador, mucho menos contemplar la posibilidad de que Sam le ganara en algo.
—Te lo digo si ganas.
La intriga es lo único que Dean puede ofrecerle para que su hermano al menos lo intente.
Antes de que Sam pueda reaccionar, Dean ya ha dado tres zancadas hacia el Impala y esquiva por milímetros a la muerte, que venía montada en un coche verde. Sam le alcanza de inmediato al cruzar la avenida principal, porque para eso tiene las piernas largas y una intriga que le hace hasta crecer. Tira de la cazadora de Dean, que se revuelve y se defiende a manotazos, y hasta se ríe como si no fuera a perder. Justo antes de llegar al segundo paso de cebra, le grita un ¡Demasiado lento, Sammy! que, más que desmotivarle, se convierte en gasolina que le obliga a correr más rápido. Dean no dijo en ningún momento que no se pudieran hacer trampas y Sam no tiene ningún problema en aprovechar esa ventaja al ponerle la zancadilla en uno de tantos traspiés.
Ambos terminan chocando contra el lateral del Impala. Respiran ruidosamente. Sam frente a Dean y sobre Dean y contra Dean y jadeando ¿Dónde está mi premio?, con un tono exigente y caprichoso, los labios tentativamente cerca y las manos apoyadas en el coche para cortarle el paso. Ni siquiera se da cuenta de que Dean se ha dejado vencer para salir ganando.
Dean se frota la cara, como si estuviera hablando con un niño de cinco años que no entiende por qué no puede comer caramelos antes cenar, pero le contesta porque se lo ha prometido y porque para eso está rectificando.
Dicen que rectificar es de sabios.
O de gente que está enamorada hasta las trancas.
—Te dejo elegir de nuevo el papel cuando lleguemos al motel, Sammy.
Sam quiere decirle ¿Hablas de…?, pero le sale un ¿qué? atropellado por la sorpresa y la incredulidad. Dean le grita algo que empieza por un ¡Joder, Sam! ¡Te dije que sólo estaba siendo amable con ella! ¿De verdad pensabas que…?, hasta que Sam se cansa de oír su bla, bla, bla y le interrumpe con un viendo cómo la mirabas, que entra directamente al puesto número uno del ranking de celos. Porque Sam siempre se ve capaz de ganarle a muchas cosas, pero competir con una chica es una partida que siempre daba por perdida.
Dean pestañea un par de veces antes de recuperar su indignación que, en parte, es auténtica. Aunque sea una parte muy pequeña.
Y llega un empujón.
Un empujón que a Sam no le parece justo devolver, porque Dean puede empujarle todo lo que quiera, pero ninguno de los dos va a empujar muy lejos las ganas que se tienen. Un empujón que termina con el malentendido más absurdo del mundo.
—¡Eh, idiota! Tú y yo. Si quieres.
Claro que Sam quiere. Lo quiere con tanta fuerza que no le sale la voz y le tiemblan tanto las manos que no se atreve a tocarle.
Porque a veces, demasiadas pocas veces, Dean se deja querer con la misma facilidad con la que le quiere.
—Si no te decides, puedo pagar un recargo extra por la habitación sin tener que robar un Rolex.
Dean lo dice casi en diferido porque ya tiene las manos plantadas sobre el culo de Sam, los labios apoyados en ese lunar de su cuello que ha soñado millones de veces con besar y respira a quemarropa contra él, mientras le empuja suavemente contra el lateral del Impala.
—Cuando laves el coche —Sam le recuerda con cierto recochineo que ha perdido—, hazlo sin camiseta. No quiero que te la mojes.
En compensación le besa con una suavidad que le derrite el enfado, mientras las manos se le pierden por debajo de la cazadora de Dean y le pesan tanto los dedos como le pesan los besos.
—Te la pienso quitar si no lo haces, Dean.
Cuando lleguen al motel, no será lo único que le quite.
Lástima que, por ahora, Dean sólo tenga 183 días por delante para empezar a pagar recargos y lavar el coche.

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