lunes, 7 de julio de 2025

Capítulo 10: Paint it, black (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el décimo capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
Sam no sabe cantar ni tocar ningún instrumento, pero tiene buen oído.
La intuición es eso. Tener buen oído.


10 - PAINT IT, BLACK


 

Sam no sabe cantar ni tocar ningún instrumento, pero tiene buen oído.

El hermano de Elise era bajista en un grupo. Bueno, pretendía serlo. Tocaban canciones de los Rolling y se hacían llamar The Rolling Lowstones. Cumplían con lo prometido. Bajaban desde las expectativas hasta el ritmo. Aunque lo que nunca conseguían era bajar de un escenario sin ser abucheados.

Sam a veces se dejaba caer por los ensayos que hacían en el garaje, con la esperanza de ver a Elise, porque aún la palabra feo no había salido despedida de su boca, como un escupitajo. No sabía exactamente qué desentonaba en el grupo -el condenado sitar en Paint it, black; nadie sabía tocar ese trasto de mástil kilométrico con el que daban ganas de empalarlos-, pero lo notaba.

A veces es frustrante no saber qué falla. Pero también es un alivio. Porque eso ya es oír mucho.

La intuición es eso. Tener buen oído.

Sam no tiene dudas de que lo del espejo va a salir bien. Se sabe el ritual de memoria, las palabras, los pasos. Ha barajado todos los imprevistos y conoce el lugar como la palma de su mano. Pero se pregunta si va a salvar a su hermano o sólo a un montón de notas desordenadas que suenan a inseguridades y miedos.

—¿Podrías pensar más bajo, Sam? Algunos queremos dormir.

Querer no siempre es poder.

Dean suelta la queja con la voz ahogada en la almohada, donde quiere enterrar la última noche en vela que le queda.

Son las tres de la madrugada. La hora en la que incluso los fantasmas se toman un descanso.

El motel no es ni de lejos el peor en el que han estado. Las toallas están limpias, el aire no huele a cigarrillos apagados en la alfombra y la mininevera enfría lo justo para que la cerveza no entre tan caliente en el cuerpo como al salir.

Dean lleva horas intentando dormir desde que se metió en la cama. Y Sam lleva el mismo tiempo intentando no preguntarle qué demonios le pasa.

No lo entiende. Dean parece haber aceptado que nada volverá a ser igual porque ha pedido una habitación con una sola cama. Se lo ha dicho sin rodeos al recepcionista, un tipo con una camiseta estampada donde la palabra aloha ha sido toda su hospitalidad. Pero, al mismo tiempo, lo rechaza. Se aparta, le da la espalda, le empuja como si quisiera mandarle de vuelta a ese maldito sitio con puestas de sol de catálogo, intocable por el frío y donde las promesas suenan a mentiras dulces, como la canción de Mamas and the Papas. Ese sitio que a Dean no le deja de doler.

Stanford.

—¿Quieres que lo aplacemos, Dean?

Pueden. Todavía pueden. Tienen 172 días de arena que se escurren en ese reloj que mide su gran desierto.

Dean no se mueve cuando Sam se lo propone, ni siquiera cuando le planta una mano en el brazo con una suavidad que cuesta creer en alguien de su tamaño. Ni un intento de darse la vuelta cuando siente a su hermano tan cerca. Ni un gruñido. Ni una palabra. Nada. Es todo hombros tensos bajo las mantas y un silencio igual de pesado. Nota la mirada de Sam clavada en la nuca, pero no va a girarse para comprobarlo.

—No tiene porqué ser esta noche.

Sam insiste con esa perseverancia que roza peligrosamente la terquedad, pero Dean sigue callado, con ese puñetero impulso tan tóxico como masculino de fingir que todo está bien. Dean está ahí, pero le parece que está en la otra punta del planeta. Oye su respiración, leve, casi serena, pero la siente como una tormenta que se acerca.

De niño, durante las tormentas, Sam siempre se escondía bajo un montón de mantas que olían a naftalina, a prestadas, a viejas. Su miedo aparecía a la vez que el relámpago. Temblaba como los cristales de todas esas ventanas que miraban a aparcamientos, donde los letreros de neón tartamudeaban colores al borde del desmayo.

Recuerda cómo le dolía el pecho de tanto contener el llanto, cómo se esforzaba en no parecer más crío de lo que era.

Dean trepaba hasta su cama y apartaba un poco las mantas para colarse en su refugio improvisado. Le envolvía con el brazo y le susurraba un vamos a contar juntos, Sammy. Desde que sale el rayo hasta que se oiga el trueno, ¿vale?

Sam contaba junto a Dean. Eso le tranquilizaba. Uno, dos, tres. A veces hasta siete. Cuanto menos números, más cerca estaba la tormenta. El trueno siempre aparecía antes de contar hasta diez y el miedo era menos opaco porque Dean estaba con él, no en la otra punta del planeta.

Ahora Sam cuenta solo, en silencio, convencido de que el truco aún funciona. Uno, dos, tres. Hasta diez. Hasta veinte. Podría contar hasta que se acabaran todos los números naturales. El trueno nunca llega.

¿Dónde estás, Dean?, piensa. Y le gustaría creer que su hermano sólo se ha olvidado de contar, que se ha perdido entre un montón de números bajo las mantas que no sabe colocar. Dean está ahí, lo siente bajo su brazo, pegado contra su pecho, pero parece un reflejo que no puede tocar. Los relámpagos nunca destierran el color negro de ese mundo que se ha rendido a pintarlo todo con el estribillo de los Rolling.

Supone que Dean está nervioso. Tal vez el plan le parezca arriesgado. Tal vez crea que es precipitado. Tal vez que…

—¡Ya sé lo que te pasa!

A Sam le falta gritar ¡eureka! mientras pega un bote en la cama. Ese tono de satisfacción de ¡lo tengo! es inconfundible. Está seguro de haber dado con la tecla que hace que su hermano desafine.

—Enhorabuena, campeón. Duérmete.

Dean sólo bosteza, tira de las sábanas y se arropa, como si quisiera envolverse en una puta crisálida.

Así es como se siente, como una maldita polilla.

Una vez, Sam hizo un trabajo para clase sobre polillas y se lo leyó con esa cara de sabelotodo que pone cuando habla de cosas que nadie le ha pedido saber. Dean venía de cazar con su padre a un puto mothman, tenía la chaqueta cubierta de un polvo asqueroso, como si le hubieran polinizado. Sam escogió el momento más inapropiado, sentado en la cama del motel, con el cuaderno en su regazo y un vaso de leche caliente en la mano, mientras Dean intentaba arrancarse la mierda de encima y no pensar en lo cerca que había estado de una caída de veinte metros.

Sam estaba empeñado en contarle que las polillas no iban hacia la luz porque fueran estúpidas, sino porque estaban confundidas. Veían la luz y pensaban que era la luna, su guía natural en la oscuridad.

Dean no sabía si Sam intentaba darle una lección de vida o simplemente fastidiarle. O ninguna de esas cosas. Leía con total inocencia. Sencillamente Sam, con esa ingenuidad violenta de niño.

Cuando terminó de hablar, con esa vocecita de listillo que aún le pone de los nervios, Dean lo único que pudo hacer fue revolverle el pelo con una mano manchada de polvo brillante y decir:

—Bien por ti, Einstein. Pero la próxima vez que quieras hablarme de bichos, asegúrate de que no esté cubierto de ellos, ¿quieres?

Sam se quejó y puso su típica carita de limón cuando le manchó el pelo, pero a Dean le pareció que debajo de todo eso estaba sonriendo. 

Las polillas pasan toda su vida arrastrándose como gusanos y, cuando al fin salen del capullo, apenas viven un par de días.

Sam no es la luna, ni de lejos, pero Dean lo sigue como si lo fuera. Siempre ha sido así, incluso cuando no debería. Es una atracción inevitable.

Sam tampoco sabe cómo dejar de ser la luz que lo guía, incluso si eso significa que pueda acabar quemándose junto con él.

No es que Dean quiera que su hermano deje de brillar. Pero si lo hace, lo poco que queda de él también se apagará.

 

Sam es demasiado listo. Tan listo que a Dean no le cabe duda de que ha descubierto lo que le pasa. Pero no quiere oírlo. No quiere mirarle. No quiere hablar. Ni siquiera quiere que su hermano le zarandee el brazo, porque no le puede despertar de una pesadilla en la que no está dormido. Sólo quiere que le deje en paz para ver si puede aprender a dormir el día que Sam le vuelva a abandonar.

El clic de la lámpara de la mesilla hace que Dean gire la cabeza ligeramente, casi por obligación, casi por necesidad. Que Sam encienda la luz no es buena señal.

Las polillas siempre van a la luz. Aunque sepan que se va a quemar. Lo hacen porque no saben hacer nada diferente. Es una atracción inevitable.

—Te puedes seguir acostando con chicas.

Sam lo suelta con una naturalidad que insulta al universo. De pronto, todo lo demás parece sintético y artificial.

No ha acertado con la tecla. Ni con el acorde. Ni siquiera con la maldita canción. Sam no tiene ni puta idea de lo que suena mal.

Dean sigue inmóvil, pero un ¿qué? le sale disparado de la boca. Seco, directo, mortal.

No. Sam no ha podido decir eso. Tiene que habérselo imaginado.

—Puedes. En serio. No me importa, Dean.

Sí le importa. Y le duele. Doler es sinónimo de importar.

Pero.

—No quiero que te sientas atado.

Atado. Así es como Sam cree que se siente su hermano.

Es curioso cómo funciona la contradicción. No se da cuenta de que cuanto más le abraza, menos atado se siente.

Dean sigue sin moverse. Lleva rato intentando que el corazón le vuelva a latir a un ritmo decente, aunque juraría que se le acaba de parar. No sabe qué hacer con las palabras de Sam, son tan cegadoras que le molestan más que la puta luz de la lámpara.

—Deja de decir estupideces.

Dean lo dice con una calma oxidada, con una voz que suena prestada. Aparta el brazo de Sam para levantarse, aunque no quiere. Por Dios, claro que no quiere. No se le ocurre otro sitio mejor en el que estar que en la cama con él. No se le ocurre porque no existe. Y por esa maldita razón se siente obligado a levantarse.

—¿Qué tiene de estúpido?

Sam suelta la pregunta rápido, demasiado rápido para que Dean la esquive.

Dean se incorpora lentamente. El colchón protesta bajo su peso. Tiene cicatrices kamikazes en su espalda que cobran vida con el frío y gritan como un ejército.

Sam se pone de pie, se sitúa frente a él. Erguido, brazos cruzados, parece un coloso.

Pero, irónicamente, se siente pequeño.

Sí. Son curiosas las contradicciones. Tienen algo malévolo.

—Que no es eso, Sam. Ni de cerca.

Dean sacude la cabeza con un cansancio interminable.

Y Sam espera. Porque a Dean le cuesta decir las cosas, pero cuando lo hace, bueno, al menos es honesto.

—Lo que me pasa, Sam —Dean empieza con ese tono bajo que tiene cuando va a soltar algo que le duele—, es que estoy cansado de hacer como que todo “esto” —entrecomilla la última palabra con los dedos para referirse a la cama, esa novedad mullida con patas en la que entran los dos y su miedo a que Sam se canse de compartirla con él— no va a terminar.

Sam no contesta. No puede. Siente la garganta cerrada cuando Dean le atraviesa con la mirada, como un cuchillo caliente.

—Va a terminar. Y no porque yo quiera. O porque no me puedas salvar.

El verde de sus ojos centellea. Da dolor de cabeza. Un campo recién quemado, vivo en su desolación.

—Dean.

Su nombre suena en la boca de Sam como un dichoso sitar con las cuerdas rotas y los trastes astillados. 

—Escúchame.

Dean no le da opción. Se sienta en el borde de la cama. El suelo está frío bajo sus pies descalzos, pero no lo suficiente como para apagar el calor abrasador que le sube por la nuca y hace bullir todos sus pensamientos.

—Sé que, en cuanto esto acabe, vas a salir por la puta puerta para volver a tu vida perfecta. Lejos de fantasmas, de demonios, de toda esta mierda y —Dean hace una pausa plomiza, corta, pesada— lejos de mí.

Sam quiere gritarle. Quiere pegarle. Quiere decirle que no tiene ni puñetera idea de lo que está hablando, pero la boca le sabe a pólvora y a hierro y a la sangre de todas las cacerías cuando se muerde el labio. Los ojos le escuecen como si se hubiera frotado con toda la sal de roca que guardan en el maletero. Dean debería tirarle agua bendita porque ni cuando estuvo poseído por un demonio se sintió así.

—Y eso está bien, ¿vale?

Dean sonríe tan amargamente que se le empañan los ojos mientras se calza. No parece enfadado. Y eso es peor. Mucho peor.

—Es lo que siempre quisiste, ¿no? Una vida normal, una casa, una familia, un trabajo en un despacho. Todo eso por lo que siempre discutías con papá. Y no puedes tener conmigo.

El dolor de Dean se le pega a la piel como el sudor de la fiebre se pega a la frente. Caliente, enfermizo, agotador. Sam quiere darle una hostia y luego un abrazo. O simplemente el abrazo, aunque la hostia también se la merezca.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡He pasado los últimos meses intentando salvarte, Dean! ¿Te parece que lo hago porque quiero irme?

Sam explota. El empujón que le da es lo de menos. Sus ojos se ven tan diminutos por la furia que su mirada es una raya que corta su cara por encima de la nariz.

—No te queda otra, hermano.

Dean lo dice con la voz rota, cargada de algo que se parece demasiado al miedo. Y clava la mirada en la de Sam para intentar abrirla un poco.

—Crees que me lo debes, Sam. Eso es todo.

Sam siente que le arrancan el suelo bajo los pies cuando le escucha decir eso. Aprieta los dientes y agarra el brazo de Dean. Le clavaría las uñas hasta tocar hueso, pero lo último que quiere es hacerle daño, no más daño del que se está haciendo él mismo, revolcándose en ese basurero mental que apesta a dolor y a pensamientos podridos.

—No voy a dejarte, Dean. Te lo dije. Te lo repito.

Sam le mira, herido. Le arde la cara. Le arde el pecho. Le arden los ojos. Le arde la voz, que apenas sostiene el peso de su propia desesperación porque Dean le crea.

Dean le aparta la mano tan bruscamente como aparta sus palabras con otras.

—Vas a hacerlo y no te culpo. Es lo que siempre has querido y me parece genial.

Dice Dante que los que entran en el Infierno deben abandonar toda esperanza.

Se equivoca.

Entran los que ya la han perdido. Sam tiene la prueba delante de él.

—No sé cantar, no sé tocar nada, pero tengo buen oído.

Sam lo dice de repente, con una claridad inesperada.

Y Dean no entiende absolutamente nada. A lo mejor a su hermano se le resetea el cerebro a las tres y pico de la mañana.

—No hay nada que desentone —Sam le señala, se señala—. Esto suena bien, sólo está mal afinado. Esto somos nosotros, Dean. No necesitamos sonar perfectos, sólo seguir sonando.

Siempre han sido un amasijo de notas sueltas, de canciones mal ensayadas, de estrofas enganchadas, de tristeza enredada en las cuerdas de un sitar.

 

I look inside myself and see my heart is black.

I see my red door, I must have it painted black.

Maybe then I'll fade away and not have to face the facts.

It's not easy facing up when your whole world is black.

 

No son una canción country. A ratos logran sonar como una de rock clásico. Pero lo que está claro es que no van a ser un réquiem. Ni siquiera un riff shakesperiano.

—No te quiero salvar porque sienta que te lo debo. Te quiero salvar porque no sé qué mierda haré si no estás conmigo.

Sam da un paso hacia él, como si estar más cerca implicase más verdad.

Dean quiere gritar. Quiere huir. Quiere beberse todos los bares hasta vomitar toda la culpa. Quiere cualquier cosa que le saque de esa habitación. Pero ahí está, estrellándose contra su maldito poste de electricidad. Otra vez. Porque, cuando uno admite que es una polilla, es lo que suele hacer. No sabe hacer nada diferente.

—¡Vamos, Dean! ¿Recuerdas lo que le dije al hombre del circo en Medford para que nos contratara?

Primero es una mano en el hombro de Dean. Luego la otra en su cara. Y antes de que su hermano pueda contestarle, Sam ya ha conseguido ablandar su expresión y endurecer su entrepierna.

—¿Que sólo buscabas una carpa para el payaso de tu hermano?

A Dean le sale bromear de mala gana porque Sam le está poniendo nervioso. Nervioso y cachondo con tanto manoseo. Sus ojos tropiezan con sus labios, su cuello, sus manos, su pecho. Todo lo quiere besar y todo lo quiere sobre él, para él.

—Dean. Mírame.

Sam le da una orden disfrazada.

Dean levanta la vista y lo que ve en su mirada tiene una verdad tan agresiva que calcina hasta su sombra. Es como mirar directamente al sol, no a esa luna que siempre le guía.

—Le dije que no queríamos una vida normal, ¿recuerdas? Le dije que queríamos esto. No me estaba refiriendo al circo, Dean. Estaba hablando de la caza. De ti y de mí. De nosotros.

A Sam le brillan los ojos en un azul que araña los demás colores.

Joder. Sus ojos son imposibles, de un color raro. Como si el mundo hubiese concentrado en ellos una muestra de todo lo que han visto. Y no sólo ha visto cosas buenas, esas son las que menos.

—¿En serio quieres esto, Sam?

Esto suena despectivo. Como si no valiera ni la puta saliva que gasta. Le cuesta creer que Sam quiera algo así. Esto. Moteles mugrientos, carreteras interminables, monstruos de temporada y polvos que le dejan hecho mierda, con la piel roja y áspera, cuando follan a hostias y se roza contra su barba.

—Sí. Quiero esto. La caza. A ti. Todo contigo. Quiero estar contigo, cazar contigo y follar contigo.

Sam puede decirlo más alto, pero no más claro. Y cuando dice follar contra su oreja, con una mano plantada en su bragueta, a Dean se le corta el resuello. No suena sucio ni obsceno. Suena brutalmente sincero.

Putas contradicciones. Seguro que las inventó Maquiavelo.

—No. Para. Nunca has querido eso.

Dean suena derretido, casi miserable. No tan agresivo como cabría esperar. Pero tiene a Sam encima y los vaqueros por los tobillos.

—Sí que lo he querido. Lo quiero. Déjame demostrártelo.

Sam le lame el cuello y es todo saliva, labios húmedos y una lengua condenadamente caliente que le empalma en tiempo récord.

Dean pronuncia un Sam que no suena como su nombre habitual. Es reproche. Es rabia. Es sangre y vísceras. Es su maldita ruina. Es otra vez eso que le desgarra y no se puede arrancar de dentro. Miedo.

Sam le saca la camiseta y le arranca los calzoncillos junto al primer jadeo, mientras le tumba, mientras le empuja, mientras le lame, mientras se frota contra él y le agarra de las muñecas, como si Dean fuera a poner resistencia.

Como sucede con las tormentas, Sam podría hacer que se corriera antes de contar hasta diez. Pero sería una lástima no oírle suplicar un por favor, Sammy, más, más fuerte, mientras se descarga profundamente dentro de él. Necesitan echar ese polvo más de lo que necesitan el oxígeno.

Dean abre la boca para responder, pero hace lo único que sabe hacer. Quemarse. Besarle hasta sentir que un beso de 172 días es tan corto como la vida de una puta polilla.

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