8 - WANTED DEAD OR ALIVE
Sam apunta a Jack. Jack apunta a Dean. Y Dean reza para que el Impala no termine siendo un coche fúnebre con tres muertos dentro.
—Habéis entrado en nuestra tienda.
Jack sostiene la pistola con firmeza, pero le tiembla un poco la mirada. No es la primera vez que encañona a un ladrón, pero sí la primera que lo hace tan cerca. Nunca ha disparado a nadie. Y se nota.
Sam lo notaría si no estuviera tan concentrado en evitar que su dedo presione accidentalmente el gatillo.
A veces no es necesario hacer o decir nada para que uno revele su auténtica naturaleza.
—Y tú, en nuestro coche. Ya estamos en paz.
Dean lo dice como si eso equilibrara el karma.
—¿Has dicho nuestro coche, Dean?
Sam gira la cabeza para mirarle un segundo, pero sin bajar el arma.
A Dean no le parece el mejor momento para hablar de posesivos, pero sonríe a su hermano como un idiota. Claro que ha dicho nuestro y no ha sido un lapsus. Si sale vivo de esta, va a cambiar todos los míos por nuestros. Aunque, pensándolo bien, ya hay bastantes cosas que son más de Sam que suyas.
—¿Para qué queréis el espejo?
Jack pasa de amenazante a desconfiado. Sus hombros están tan tensos que su chaqueta va a reventar.
—Para salvar a mi hermano.
Sam lo dice con una sinceridad que atraviesa los huesos y cruza una mirada rápida con Dean, que parece resignado, casi avergonzado.
Pero por eso hacen lo que hacen. Por eso están donde están. Y no esperan aplausos. Pero tampoco esperan acabar la noche con un agujero de bala en el maldito cráneo.
—¿De verdad sois hermanos?
Cuando Jack lo pone en duda, Dean se ríe sin ganas y clava las uñas en el respaldo del asiento con tanta rabia que casi traspasa el cuero.
—Hermanos. De sangre y de armas. En esta vida y en las otras, capullo.
Dean suena como una sentencia y sus palabras como un puto mandamiento.
Hermanos. Con toda una vida de mierda compartida y una lealtad más fuerte que el acero.
—Desde aquí atrás no parecía que fuerais hermanos hace un momento.
Y Jack vuelve a ponerlo en duda.
Dean no sabe si el viejo merece un tiro, pero sí que alguien le compre unos audífonos.
—Ya nos has jodido un polvo, no nos jodas ahora con rollos moralistas.
Las palabras le salen disparadas antes de que Dean pueda pensar en callarse. Por cómo su hermano gruñe su nombre, seguro que, por un momento, le han entrado ganas de cambiar de objetivo.
—Baje el arma, señor Marshak.
Sam ni parpadea al pedírselo. Es como tratar de calmar a un perro que ladra, pero que tiene el rabo entre las patas traseras.
Jack finge que no se inmuta. Casi le hace gracia. El chico le apunta con un arma sin vacilar, pero no ha perdido en absoluto los buenos modales.
Dean resopla y sacude la cabeza con incredulidad. Jack parece tan testarudo como su hermano. Va a probar a ganarse su confianza, a ver si, con suerte, tienen el mismo sentido del humor.
—¿Sabes una cosa, Jack? Si sigues apuntándome con esa pistola, voy a empezar a pensar que te caigo bien. Y mi hermano es muy celoso.
Ante ese comentario, Jack le dedica una mirada que no es ni de lejos amistosa, pero se le escapa una sonrisa involuntaria.
Sam aprovecha el momento para dirigirse a Jack en un tono más suave, más cercano. Se le está cansando el brazo.
—No somos sus enemigos, Jack.
—Sal de nuestro coche, lárgate y aquí no ha pasado nada.
A Dean lo que se le está cansando es la paciencia.
Cuando Sam escucha de nuevo ese nuestro, el corazón se le acelera. Nuestro. Una palabra pequeña y sencilla que se siente grande e importante. Al principio pensó que Dean la había dicho por error. No va a consentir que Jack ni nadie haga esa palabra pedacitos de tuyos heredados y de míos inapropiados.
—No hemos robado nada más en la tienda. Sólo necesitamos el espejo.
Sam suena desesperado y con una urgencia que apenas puede disimular.
—¿Para qué? ¿Para salvar a este ladrón? Si se llama el Espejo de los Condenados es por algo. No se lleva a las buenas personas.
El silencio que sigue es tan pesado que podría romper los cristales del Impala.
Jack entrecierra los ojos y busca desesperadamente una señal que le indique qué hacer. Su brazo tiembla, pero no sabe si de miedo, o de duda. O porque también se le está cansando.
—Vendió su alma para traerme de vuelta. ¿Le parece una mala persona?
Sam responde sin dudar, con la mandíbula apretada, la voz llena de dolor y la mirada fija en Jack.
Es el golpe de gracia definitivo para que Jack baje la pistola tan lentamente como la mirada, mientras suelta un suspiro lleno de resignación.
Jack no tarda en entender que, si apunta a uno o a otro, siempre será la cabeza equivocada. Esos dos idiotas sólo se tienen el uno al otro y no hay nada que pueda separarlos, ni siquiera la muerte.
A veces no es necesario hacer o decir nada para que uno revele su auténtica naturaleza.
—Seguidme. No creo que tengáis ni idea de cómo revertir ese trato.
***
Jack Marshak no es sólo un anticuario.
Jack entiende de libros antiguos, esos tomos polvorientos llenos de secretos, con lomos que crujen como si estuvieran vivos. Sabe de objetos malditos que esperan pacientemente a que alguien los toque para desatar un caos ancestral. Jack es el guardián de un conocimiento tan peligroso que hasta el Infierno consideraría cerrar sus puertas por dentro. No es un hombre común. Su mirada es tan fría como las reliquias que le rodean y su mente tan retorcida como las maldiciones que colecciona. Cada objeto que recupera tiene una historia macabra, un precio que nadie debería pagar.
En una sala atestada de libros, entre una caja de música y un proyector, una radio escupe estrofas de Wanted dead or alive. La voz de Bon Jovi raspa el aire, mientras la letra pinta un paisaje de soledad que encaja con cada rincón de la vida de Dean.
I've been everywhere (oh, yeah). Still, I'm standing tall.
I've seen a million faces and I've rocked them all.
'Cause I'm a cowboy on a steel horse I ride.
I'm wanted (wanted) dead or alive.
La canción duele como un nido de memorias rotas. Todavía está de pie. Pero no sabe por cuánto tiempo. Ha visto un millón de caras. Pero quiere que la de su hermano sea la última que vea si todo sale mal.
Jack les presenta un libro que ha sacado de una vitrina con llave. Lo manipula con guantes de cuero, como si fuera a desintegrarse. El tomo resplandece con una humedad inquietante en las cubiertas, mientras los bordes de sus páginas se asoman, dispuestas a morder.
Cuando Dean -impaciente, como siempre- extiende la mano hacia el libro, Jack le detiene con un manotazo.
—No deberías tocarlo —su tono no es una sugerencia—. Está escrito con una pluma arrancada de las alas de Lucifer. La tinta lleva arsénico mezclado con sangre demoníaca. Caerías fulminado mucho antes de que los perros del Infierno vengan a por ti.
Sam toma aire e intenta decir algo antes de que Dean lo haga.
Pero.
—Debería pasarle tu teléfono a Bobby. Podríais contaros cuentos para dormir como dos ancianitas.
Tarde.
Casi siempre es así. Una boca muy grande, un espacio muy pequeño y un montón de cosas alrededor que podrían matarlos en cuestión de segundos.
—Ya veo que tu hermano es el gracioso, ¿tú sabes leer latín?
—El gracioso, el guapo y el que siempre te alegra el día —Dean chasca la lengua—. No te preocupes por el latín, Jack. Sam es bueno en muchas cosas.
Sam intenta intervenir de nuevo porque está viendo el chiste antes de que Jack, que afortunadamente no le presta mucha atención, dé con la página exacta que está buscando.
Pero.
—Hasta en cosas que no tienen que ver con sexo.
Tarde otra vez.
Para que luego le diga Dean que siempre se adelanta.
—Una cosa, Jack, ¿cómo sabías que volveríamos a por el espejo?
Dean recuerda cómo Sam lo pasó de largo cuando visitaron la tienda. Fingió tan jodidamente bien no encontrarlo que Dean estuvo a punto de soltarle ¡Es ese, idiota!
—Conozco a tipos como él, Dean —Jack ladea la cabeza hacia Sam, que acaba de ponerse unos guantes y está inmerso entre las páginas de esa cosa que podría matarle si llevara las manos desnudas—. Buenas personas que están dispuestas a todo para salvar a sus seres queridos.
—Ya. Bueno.
Dean no sabe qué decir. Tampoco sabe qué hacer con eso que le golpea el estómago cuando Jack dice seres queridos. Son dos palabras que la gente dice a menudo, sin pensar. Pero en ese momento, en ese contexto, esas dos palabras son una carga.
No lo piensa mucho, pero lo piensa bien. No debería haber dejado que Sam siguiera buscando maneras de salvarle. Ni mucho menos haberle dado más motivos para hacerlo. Pero no pudo. No pudo porque también quería creer que había algo que valiera la pena salvar. Es lo que hacen los seres queridos por sus seres queridos. Y si no lo hacen, entonces la gente no tiene ni puta idea de lo que significa realmente querer a alguien.
—Pero conozco más a tipos como tú. Yo también he perdido a gente y no hay un solo maldito día que no quiera que vuelvan. La única diferencia es que tú has encontrado lo que yo siempre he buscado. La manera de traerlos de vuelta. Solía decirme que lo hacía por ellos, pero es un acto de egoísmo. Nadie quiere quedarse solo.
Dean le mira, pero no ve a Jack. Se ve a sí mismo. Está sudando. Le falta el aire. La culpa lo atraviesa como un cuchillo y, por un momento, desearía que el peso de esas palabras lo aplastaran hasta que dejara de respirar.
Sí. Debería pasarle su teléfono a Bobby. Son dos jodidas gotas de agua de la misma fuente. Y reflejan todo lo que no quiere mirar.
Putas gotas.
Putos espejos.
Putos reflejos.
Puta verdad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario