11 - CROSSROADS
Romper un pacto con el Infierno no es cualquier cosa.
No es como esas veces en las que Bobby dice pon cualquier cosa, y deja que Dean termine de rellenar los carnés. Cualquier cosa como Ben Dover. Especialista en Puertas Traseras. Por las salidas de emergencia, claro. No pienses mal, Sammy. Ha sido idea de Bobby. Y Sam hace como que le cree, mientras planea cómo vengarse cuando Dean le tira el carné. Es entonces cuando se da cuenta de que hasta el nombre es una burla.
No es como las mañanas en las que Sam murmura pídeme cualquier cosa al entrar en una cafetería. Porque está concentrado en leer un suceso en el periódico que podría guardar relación con un posible caso de -inserte aquí el monstruo de la semana-.
No es como cuando Dean le dice dame cualquier cosa para matar a esta puta mosca, mientras suelta una mano del volante y hace una serie de aspavientos ridículos. Y Sam le pasa la pistola, sin levantar la vista del mapa.
No. No es cualquier cosa. Romper un pacto con el Infierno es menos de lo que Sam está dispuesto a hacer por su hermano, más de lo que Dean cree merecer. Ninguno lo dice. Siguen adelante, como si fuera cualquier cosa.
***
Sam mira su reloj. Faltan dos minutos para la hora de las brujas.
I went down to the crossroads, fell down on my knees.
Down to the crossroads fell down on my knees.
Asked the Lord above for mercy. Take me if you, please.
El frío les mordisquea la piel cuando salen del Impala y Cream enmudece esa canción que marca el final de algo y el comienzo de todo lo demás. Crossroads. A Sam le parece de mal gusto ponerla mientras se dirigen a un cruce de caminos, pero Dean se ha empeñado en escucharla. Y el conductor elige la música.
—Es una versión cojonuda de la de Robert Johnson, Sammy.
Su hermano es un cabronazo melodramático al que le gustan los clichés, aunque se empeña en disimularlo tanto como lo de ser un romántico. Por la mañana le ha traído un café con un corazón dibujado en la espuma.
—Ha sido idea de la camarera. Pensaba que era para mí.
Por supuesto. Por supuesto que no ha sido idea suya. Como lo del carné.
Sam le hubiera creído si a mediodía, cuando se ha acercado a la barra para pagar, la camarera no le hubiera preguntado ¿Te ha gustado el detalle que ha tenido tu chico con el café?
Le ha gustado tanto que no se lo ha dicho. Quiere que sea el primero de muchos cafés. Hasta que le salgan corazones por el culo.
Sam abre el maletero, saca el espejo envuelto en la sábana y lo carga bajo el brazo, mientras en la otra mano lleva una caja pequeña con todo lo necesario para invocar al demonio de las encrucijadas. Por cortesía -y porque no le quedan más brazos-, deja que Dean lleve la pala.
Dean se siente inútil cargando sólo eso, junto con su arma encajada en el vaquero y un cuchillo enorme. Juega con el cuchillo mientras camina -para hacerse el duro-, lo balancea como siempre hace cuando se lo come la ansiedad. Los pies le pesan como si llevara botas de cemento. Se alegra de no cargar con más cosas, está tan nervioso que es un milagro que no tropiece con la pala -porque le tiemblan las piernas- y no se clave el cuchillo accidentalmente -porque le sudan las manos-.
—¿Qué? ¿Nunca has visto Blade?
Que Dean no se lleve un tajo es cuestión de un carraspeo inoportuno por parte de Sam, que evita un giro fatalista de muñeca.
Sam le mira de reojo, con un cariño que se le cae a pedazos y no sabe cómo ocultar para que Dean no le tache de sentimental.
Saludaré a papá y a mamá de tu parte, Sammy, le ha dicho al subir al coche. Como todo lo que dice. Como cualquier cosa. Y Sam ha sentido que le mataban de mil maneras distintas y no se encontraba el pulso. Dean es un cabronazo melodramático, pero no va a perderle. No ahora. No aquí. No en un cruce de caminos a 8 millas al sureste de casa.
Ni hablar.
Los árboles parecen sentarse al borde del camino, cansados, inertes, ramas desnudas que se estiran como dedos y hojas secas a los pies, como lágrimas cuarteadas de gigantes. Todo el paraje respira junto a la tierra reseca y a ese silencio de la noche que cruje como huesos rompiéndose.
El cruce de caminos parece distinto a la luz de la luna. Luz pálida que devora el aire y acaricia el campo, como el cuerpo de un amante con el que lleva milenios revolcándose cada noche. Deja sombras largas que se doblan, se quiebran, se retuercen. Sombras negras que se mueven, macabras, ciegas, con un arraigo profundo que duele. Raíces que huelen a carne abierta y a esa canción marchita de Pearl Jam que Dean siempre tararea cuando la radio la escupe.
Dean se detiene a mirar la luna llena, aunque no tanto como a su hermano, que casi resplandece con la misma claridad. Nunca se ha sentido tan atraído por él, tan cerca de ser una polilla moribunda con apenas unos minutos de vida, batiendo el cuchillo en lugar de las alas que se arrancó para no volar lejos de Sam.
Sam coloca el espejo en vertical, justo en el centro del cruce, donde la luna lo besa de lleno. No lo destapa. No es su trabajo. Las esquinas del marco se hunden un poco en la tierra y Sam lo empuja algo más para que se sostenga por sí solo.
—No te pongas delante. Ya lo sabes.
Sam se lo recuerda mientras le pide que le pase la pala para cavar un agujero y enterrar la caja. Como si Dean hubiera olvidado la advertencia principal. No han hablado de otra cosa que no sea repasar el plan en todo el día.
—Sammy.
Dean hace que su nombre suene con las letras partidas mientras Sam cava. Retira paladas de tierra que Dean siente que le caen encima, incluso estando a tres pasos de distancia. No le llama por ningún motivo. Sólo quiere oír cómo suena el nombre de su hermano por última vez desde su garganta. Antes de que Sam tenga que enterrar algo más que esa caja si algo sale mal.
Sam gruñe, se molesta por el reclamo, pero no le presta atención. Ahora que el ritual está tan cerca se le ha atascado lo que tiene que recitar de memoria. No es capaz de pasar de Speculum Damnatorum. Tene umbras et vincla dæmonum æternum en su cabeza. Se muerde el labio, agarra la pala con fuerza. Está bloqueado. Se queda en blanco con la siguiente frase.
—¿Qué pasa, Romeo? ¿Vas a enterrar la caja o a cavar un túnel hasta el Infierno?
Dean se pasa una mano por la nuca, se impacienta al mirar el agujero. Y también se escandaliza de lo profundo que es. Parece una excavación arqueológica. Sam está retrasando lo inevitable y él tiene prisa porque todo acabe, sea cual sea el final que les depare el puto destino.
—Romeo no. Orfeo.
Sam suelta ese nombre como si a Dean le tuviera que sonar de algo. Coge la dichosa caja y se agacha a dejarla dentro del hoyo.
—Otro tortolito que acaba mal, ¿no?
—Luego te lo cuento, Eurídice.
A lo mejor no hay un luego.
Ella aparece con una sonrisa amplia, dientes como enjambres de avispas furiosas que buscan donde clavar su aguijón. Tiene una apariencia joven para los milenios que lleva aprovechándose de la debilidad humana. Es perturbadoramente frágil, con un cuerpo demasiado menudo para albergar tanta maldad. Huele a azufre, tan fuerte que casi logra ahogar el olor a miedo y a desesperación que ellos despiden al verla llegar.
—¡Vaya! Dos Winchester por el precio de uno.
Se frota las manos. Sus ojos tienen un brillo aceitoso, charcos de petróleo ensangrentado.
Dean suelta una carcajada involuntaria. Por primera vez en mucho tiempo, parece que alguien se alegra de verlos. De hecho, la cabrona es más simpática que el recepcionista del motel.
—Vuestro padre os manda saludos. Le va a hacer mucha ilusión saber que su otro hijo me ha llamado. Dentro de poco, la familia volverá a estar unida.
No. No es simpática. Sólo es una hija de puta.
Sam se tensa. Siente su columna vertebral enredada en alambre de espino, mientras teme que Dean se deje llevar por sus impulsos y arruine el plan. Aprieta los labios hasta convertirlos en una línea fina, casi imperceptible, y agarra a Dean por el brazo como el tira de la correa de un perro a punto de atacar.
—Es de mal gusto invitar a tu novio a estas citas, Dean. A menos que quieras que también participe.
Ella se burla. Pero su atención no está en Dean. Recorre a Sam de arriba a abajo con la mirada, como un depredador mide a su presa.
—Besa mejor que tú, si es lo que te estabas preguntando, zorra.
Dean ladea la cabeza con esa media sonrisa con la que se ha ganado más de un puñetazo. Por primera vez no está siendo sarcástico. Aprieta la mandíbula lo justo para que se le marquen los músculos y parecer más agresivo. Un truco que le sale automático para ocultar lo indefenso que se siente en realidad.
—Te hemos traído algo que te puede interesar.
Sam se agacha hasta el espejo. La tentación de destaparlo y acabar con todo de una maldita vez le late en las sienes, pero no es lo que ha planeado con Dean. E improvisar significa morir.
Ella mira el bulto con una mezcla de desprecio y cautela. Labios apretados. Ojos abiertos. Brazos cruzados, como si intentara sujetar su propia curiosidad. No sabe lo que hay debajo de esa sábana sucia, pero deduce que tiene más valor que el que ellos han reunido para atreverse a llamarla.
—¿Qué es exactamente eso?
Su intriga es más fuerte que la vergüenza de preguntar. Se inclina hacia la sábana para ver si se transparenta lo que hay detrás, pero no mueve ni un dedo.
Aún.
—Vamos, guapa. Conmigo no fuiste tan tímida. Destápalo y echa un vistazo. No muerde.
O sí.
Hora de pescar. La voz de Dean es un anzuelo con el mejor cebo. Después se arrodilla al lado de su hermano, colocándose tras el espejo, tal y como Sam se lo ordenó. Nota el sudor resbalando por su frente, la punta del cuchillo presionando la palma de su mano izquierda, tan hundida en la carne que casi la da por abierta.
Espera.
Respira.
Espera.
—El Espejo de los Condenados. Atrapa todo tipo de almas malditas, incluso demonios de alto rango.
Sam suelta el discurso como si lo leyera en un guión, con una calma que no tiene. El corazón amenaza con partirle las costillas y teme que ella escuche sus latidos delatores más altos que su explicación. Voz y postura, tan simétricas en su desorden.
—Resumiendo: puede capturar todas esas cosas que os mandamos de vuelta. Perdonad si a veces no las envolvemos con un puto lazo de regalo. Si tu jefe se entera que lo has rechazado, ¿cuánto tiempo crees que durarás?
Dean habla mucho y sonríe aún más. Presiente que ella está a punto de picar.
Espera.
Respira.
Espera.
—Es todo tuyo a cambio de dejar libre el alma de mi hermano. ¿Qué te parece el trato?
Sam no puede sonar más tentador, mientras tiene la mirada fija en ella.
—Es una puta ganga. La única pega es que no te lo podemos dar con el manual de instrucciones. A nosotros no nos sirve para nada, no sabemos usarlo. Pero tú pareces lista y tienes como ¿4.000 años? Te conservas bien.
Una pausa. Un respiro. Dean suelta un poco el sedal antes de tirar de la caña de nuevo.
—Mi alma no vale una mierda comparado con todas las que puedes tener.
Suelta otro poco más. Que se confíe.
—Espejito, espejito mágico, ¿quién tiene más almas en este reino? Todas las que puedas imaginar, zorra. Todas bajo tu control. Todas a tus pies.
Dean lo vende como si fuera un maldito comercial de teletienda. Tan perfecto que no puede ser real.
Sam se exaspera por la exageración. No entiende cómo ella no sospecha que es una trampa. Está por tirar él mismo de la sábana para ponérsela a Dean de mordaza.
—¿Todas a cambio de tu alma?
La voz de ella tiembla unos segundos con desconfianza. Pero la codicia tiene dedos largos y oídos sordos. Y eso es todo lo que ellos necesitan.
Dean espera. El cuchillo le quema en la mano. El filo de su hoja es lo que separa el fracaso de la supervivencia.
Espera.
Respira.
Espera.
Sólo un poco más.
Ella acepta el trato. Agarra la sábana y tira suavemente de ella.
Un poco más.
Los segundos arrastran sus grilletes por el suelo.
Sam empieza a decir Speculum Damnatorum y todas las palabras mordidas por su memoria en ese libro que Jack le dejó.
Dean no duda en hacerse un corte en la palma de la mano. Rápido. Limpio. Eficaz. La adrenalina no deja espacio para el dolor. La sangre corre, roja, caliente, densa, y resbala por toda la superficie del espejo.
Ella se da cuenta de que acaba de cagarla. Por su ambición. Por su jodida curiosidad. Porque los Winchester nunca han sido de fiar. Intenta taparlo de nuevo, pero el espejo escupe la sábana, se vuelve casi líquido, como si se pudiera atravesar. Le muestra su verdadero reflejo, un reflejo roto al otro lado que empieza a moverse de forma distinta, como si las reglas del mundo real no se aplicaran en su interior.
—Tene umbras et vincla dæmonum æternum.
El espejo está sediento. Bebe. Bebe. Bebe. Despierta con esa nana en latín después de un siglo sin alimentarse. Ya ni recuerda qué sabor tenía la tal Agnes. Rendijas de luz negra se abren desde dentro, un abismo que se traga todo lo que un día fue creado y se pone por delante.
—Ubi lugetur et plangitur, in sæcula sæculorum.
Ella grita. Lucha. Suplica. Maldice. El espejo la empieza a absorber, a arrastrar, a vencer.
—Solus in tenebris, sine spe.
Sam tartamudea. Se le traban las palabras de esa lengua que siente tan muerta como la suya. Y nota cómo Dean le mira, como si todo a su alrededor fuera líneas que se fugan, cosas a lo que no se puede agarrar. No quiere distraerle, pero le está suplicando con la mirada que se dé prisa porque el espejo es una puta sanguijuela que le está dejando seco.
—Clamat abyssus et resonat Infernus.
Más le vale acordarse de lo que viene detrás porque el espejo funciona, es el auténtico. Y no tienen otra oportunidad.

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