jueves, 3 de julio de 2025

Capítulo 5: Time after time (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el quinto capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
El Espejo de los Condenados no es una novela de Stephen King. Aunque cuando Sam le habla sobre él durante el viaje a Chicago, Dean dice algo así como esperaré a que saquen la peli.
Tampoco es una peli de terror. Pero podrían hacer una saga entera sobre el puto espejo.


5 - TIME AFTER TIME


 

El Espejo de los Condenados no es una novela de Stephen King. Aunque cuando Sam le habla sobre él durante el viaje a Chicago, Dean dice algo así como esperaré a que saquen la peli.

Tampoco es una peli de terror. Pero podrían hacer una saga entera sobre el puto espejo.

La leyenda dice que el espejo fue creado hacia el siglo XII por un alquimista persa, Azar Karesh, obsesionado con erradicar el mal.

Karesh se alió con un místico sufí y un cabalista judío para combinar sus conocimientos. El ingrediente clave fue un fragmento de cristal negro, conocido como el Corazón del Abismo, un pedazo del espejo que Lucifer rompió al ser expulsado del Cielo. Fundieron el cristal en el espejo durante su fabricación, dotándolo con el poder de atrapar almas condenadas, tanto humanas como demoníacas, sin importar su rango.

El marco, forjado en hierro tibetano sagrado y templado en agua bendita, fue decorado con símbolos de protección de todas las religiones, lo que lo hace inmune a manipulaciones, tanto mágicas como demoníacas. Sam todavía no entiende gran parte de las inscripciones.

—Casi mejor no saberlo, Sammy.

Dean no va conduciendo y el sueño se le ha quitado de cuajo. Hojea de nuevo las notas de su hermano cuando se cansa de contar farolas tras la ventanilla, como el que cuenta ovejas para dormirse.

El espejo pasó de mano en mano como arma contra demonios y otras cosas cabreadas, hasta que desapareció en el siglo XIX. Se le perdió la pista cuando un grupo de espiritistas en Boston intentaron usarlo para contactar con los muertos, pero terminaron conectando con el otro lado de otra forma.

La policía encontró la habitación sellada, los cuerpos tirados, las sillas volcadas, el espejo en el centro. Y un único superviviente. Edward, un chico de 13 años, ayudante del grupo, sobrino de una tal Agnes, una de las médiums.

Desde entonces, cazadores, brujas, coleccionistas y hasta demonios lo han buscado sin éxito.

Hasta ahora.

Sam lo ha encontrado igual que siempre encuentra algo comestible y medianamente saludable en las gasolineras.

Improbable, pero no imposible.

—No creo que puedas mirarte ni tú en ese puto espejo, Sam.

Dean lo murmura con la voz escondida entre las páginas del cuaderno de su padre y encogido en el asiento. Le dan ganas de rezar para que el espejo no esté en Chicago. Prefiere ser devorado por los perros del Infierno que perder de nuevo a su hermano.

—Ya, bueno, el plan no es suicidarme, Dean.

El plan es revertir el pacto que Dean hizo en un cruce de caminos. Aunque Sam todavía trata de averiguar cómo. Pero es Sam y consigue cualquier cosa que se propone. Si no, que se lo digan al tipo de la gasolinera de Nuevo México.

—Pues espero que el plan tampoco sea suicidarnos, como Romeo y Julieta, Shakespeare. Porque no me apetece pasar la eternidad atrapado contigo en ese puto espejo.

Dean se queda en silencio un segundo y se replantea la última frase.

La verdad es que sí le apetece pasar la eternidad con Sam, donde sea.

Lo que le acojona es que a Sam no le apetezca.

—Oye, Sammy, a lo mejor no funciona.

La voz de Dean raspa como una servilleta de cafetería mala. Tiene los ojos de un rojo atardecer en el desierto, quemados por el insomnio y de tanto leer, y un cansancio que le borra hasta las pecas.

Están a dos calles de la tienda de antigüedades. De las veinte horas de viaje, Sam lleva conduciendo diez seguidas, con tres paradas tan breves como el eco de los pasos en una iglesia vacía. No parece ni la mitad de cansado, ni la mitad de hambriento, ni la mitad de pesimista, ni siquiera la mitad de humano que Dean. Encontrar la tienda lo activó como un resorte, con músculos listos para reaccionar ante cualquier situación, agilidad en el pensamiento. Ojos abiertos, nervios de acero, todo instinto y atención. Un soldado perfecto.

Dean le mira con orgullo y al mismo tiempo le jode que se parezca tanto a su padre. No quiere que Sam termine igual que John. Muerto. Porque Sam ha entrado en modo tengo que salvar a mi hermano y no hay fuerza en el mundo -ni divina ni humana- que lo saque de ese bucle.

A lo mejor sí funciona. Eso es lo que Sam escucha realmente. Ese miedo a que funcione de verdad. Pero, de momento, no sabe cómo salvarle ni cómo calmarle. Y se siente un jodido inútil.

Dean bufa y se entretiene revisando su arma por enésima vez. Seis balas como seis meses. Seis meses significa no tener que pensar en el futuro. Pero vivir sin saber cuántos cartuchos le quedan es sinónimo de no saber una mierda. Si Sam estará ahí o si, algún día, le abandonará. Ya lo hizo una vez.

 

Se cansará.

Le duele pensarlo. Y no puede evitarlo. Su mente siempre regresa a aquel día en que Sam se largó a Stanford, con la cabeza alta y treinta dólares en el bolsillo. Como treinta monedas de plata de traición a Jesucristo. Era todo lo que tenía y todo lo que necesitaba para darles la espalda. Dejar la vida de cazador fue tan fácil como subirse a un autobús y no mirar atrás, dispuesto a seguir su propio camino.

John le disparó un no vuelvas nunca. Sam le tiroteó con eso haré. Y, en medio del fuego cruzado, a Dean le dieron ganas de matarse de verdad. Porque las balas que no iban dirigidas a nadie acertaron de lleno en él.

Dicen que hace falta ser muy valiente para quitarse la vida.

Pero no hay mayor acto de valentía que seguir respirando cuando todo lo que quieres es dejar de hacerlo.

 

***

 

Desde fuera, la tienda parece el típico lugar que uno debería visitar esposado para no romper nada. Tras el escaparate se adivinan millones de cosas delicadas, carísimas, cubiertas de polvo y de años de olvido.

—¿Qué somos?

Dean se detiene en seco y lanza la pregunta antes de cruzar a la acera donde está la tienda. Las piernas le tiemblan, sobre todo al caminar. Le da tanto miedo que el espejo esté dentro como que no lo esté. El maldito espejo es como el gato de Schrödinger. Sam le intentó explicar esa paradoja una vez, en un McDonald’s, con la caja cerrada de un Big Mac. Dean supo que había hamburguesa dentro en cuanto cogió la caja y notó su peso. El tal Schrödinger debía ser manco. Un gato pesa más que un Big Mac. No, Dean, se supone que nadie duda de que hay un gato, lo que no se sabe es si está vivo o muerto, y no puedes saberlo hasta que no abras la caja. Manco y sordo. Porque las hamburguesas no maúllan cuando las encierras en cajas.

—¿Te parece un buen momento para hablarlo, Dean? Has tenido más de mil millas para sacarme el tema.

Y una pausa decente para hablar de ello entre polvo y polvo, antes de salir del motel con un recargo glorioso que haría que en vaquerosmontandoapelo.net no preguntaran si eres mayor de 18 años para ver el contenido.

Sam suelta el aire despacio, aire que le sabe raro, y se arma de paciencia cuando intenta ponerle color a un silencio tan opaco. No le parece que sea el momento ni el lugar de plantearse qué son. Le extraña la pregunta tanto como le extraña que Dean la suelte sin tartamudear, ni pestañear siquiera. Dean no es de poner etiquetas a las cosas, aunque últimamente sí de poner fechas de caducidad.

—Somos hermanos. Lo demás no es asunto de nadie.

Sam suaviza el tono como si así pudiera suavizar el mensaje, pero se siente muy parecido a cuando le dijo a su padre que prefería jugar al fútbol en vez de tirar con arco. Tiene la impresión de que acaba de decepcionarle.

—No me refería a eso —Dean carraspea. Las palabras se le oxidan en la garganta como clavos. Automáticamente, da dos pasos hacia atrás, como si la incomodidad tuviera un pasillo demasiado estrecho para pasar entre ambos—. No hemos decidido si el espejo es de nuestra querida bisabuela Agnes y estamos tratando de recuperarlo. O si somos marchantes de arte. O si somos simplemente un par de gays excéntricos que buscamos decorar la habitación con algo siniestro donde podamos mirarnos mientras follamos.

—¿Quieres que lo hagamos frente a un espejo?

Sam arquea las cejas, convencido de que Dean está proyectando alguna fantasía sexual por la forma en que pronuncia follamos, con la lengua casi fuera y las manos buscando dónde agarrarse. Tiene el mismo fuego en la mirada que en Nuevo México, con la vergüenza despeñada por las escaleras del motel, mientras los besos se les caían de las bocas y sus caderas chocaban desesperadamente en busca de fricción antes de atinar con la llave para abrir la puerta.

—¡Nooo! Santo Cristo, Sam, hablo de nuestra tapadera. Ni siquiera somos… eres… soy…

Gay.

Dean no lo dice. Decirlo lo hace real.

Debería tirarse a Sam todos los putos días durante una docena de años para sacudirse un poco la heterosexualidad.

Y, lamentablemente, teme que no vaya a pasar.

Doce años. Un suspiro. Haría un all in si llevara mejor mano.

No. No es gay.

Aunque, después de veinte horas de viaje, aún está empalmado sólo de recordar a Sam contra su espalda, jadeando, rígido, sudado, caliente, frotándose, mastubándole, empujándolo contra el colchón, imaginando cómo sería tener a Sam dentro, embistiendo con todo su cuerpo, DiosSamSammySamnoparesjoder, y haciendo que follar fuese algo completamente nuevo para él.

—Entonces, nuestra bisabuela Agnes, ¿no, Sammy?

¿Qué son, además de hermanos?

Ni puta idea. Y le importa una mierda.

Son lo que son. Todo a la vez.

Lo que siente por Sam es amor.

Lo del sexo es puro vicio.

 

***

 

Time after time de Cyndi Lauper los recibe al entrar en la tienda. Suena suave, melancólica, con esa dulzura polvorienta de las canciones ochenteras.

 

If you're lost, you can look and you will find me.

Time after time.

If you fall, I will catch you, I'll be waiting.

Time after time.

 

Dean reconoce la canción en dos notas. La música se le mete bajo la piel. Una broma cósmica de mal gusto que le hace llagas en las ideas. Porque si algo no tiene es tiempo. No ahora. Tal vez nunca.

A Sam la letra se le atraganta. Está perdido. Busca. No encuentra. Cae. Intenta atraparle. Espera. Espera. Espera.

Pero su cabeza no espera. Sin darse cuenta, está trazando un mapa mental de la tienda y memoriza cada rincón, mientras elabora un plan para volver. Cuando caiga la noche, cuando el cierre se haga, cuando la quietud lo envuelva todo y cada objeto dormido despierte para dar un miedo más profundo que el que provoca a plena luz del día.

El primer indicio de que algo no va bien llega cuando Sam saca el móvil para hacer fotos discretamente. La pantalla parpadea antes de apagarse por completo. Ni señal, ni batería, ni cobertura, ni explicación lógica. Dean se encoge de hombros y murmura algo como tecnología del demonio, como si eso lo explicara todo.

Huele a libros viejos, a madera encerada y a algo vagamente picante que se mezcla con un olor a iglesia. Las estanterías están abarrotadas de cosas hasta donde se pierde la vista. Cómodas con más capas de barniz que el grosor de su madera, camafeos, triciclos, juguetes de latón, candelabros, joyeros, trajes de época.

La tienda parece estancada en un siglo que no se atreve a morir y la realidad se desenfoca cuanto más miran alrededor. Se sienten observados por la tienda y no al revés, mientras la claustrofobia no es más que una palabra a la que le falta espacio.

Un calendario con hojas amarillentas marca octubre de 1989.

Son las diez de la mañana, aunque no saben de qué año. El cuco en la entrada, con el que Dean casi tropieza, asoma por una ventanita chirriante que se abre con flojera.

—¿Qué tal si empezamos por no romper nada, cariño?

Sam lo murmura, mientras se masajea el puente de la nariz. Empieza a notar todo el cansancio de golpe, acompañado por un dolor de cabeza espantoso.

Dean traga saliva y se esfuerza en fingir que no ha oído ese cariño. Pero algo se le remueve en el pecho y le agita la respiración más que cualquier carrera detrás de un hombre-lobo. Probablemente, Sam está tan jodidamente cansado que se ha equivocado de tapadera.

—¿Yo? ¡El cuco me ha atacado!

Dean se defiende, antes de seguir caminando. Las muñecas de porcelana parecen cruzar los dedos para que no las toque.

No hay cámaras de seguridad, ni rastro de tecnología moderna. La caja registradora parece sacada de un museo y, en una tele arcaica, Barbara Walters aparece tras el grano de la imagen, pero veinte años más joven.

Dean toquetea todo, con una despreocupación que a Sam le pone enfermo, y murmura con entusiasmo esto es vintage, como mi chupa, cuando manosea un casco de moto. Sam cree que no acaban de pasar a una tienda de antigüedades, sino de caer en un anacronismo temporal del que no sabe si van a lograr salir con la misma facilidad con la que han entrado.

—Oye, Bonnie, ¿no querías robar tiempo para mí? —Dean le pone ojitos tras la visera levantada del casco que, por supuesto, no se iba a ir sin probar, y Sam no sabe si matarle o besarle, porque ese casco le hace parecer doscientas veces más follable—. Porque aquí el tiempo se ha quedado estancado.

 

***

 

Tras el mostrador, entre millones de trastos, asoma una cabeza. Ella es todo rizos rojos que no riman con su jersey de lana. Su sonrisa profesionalmente calibrada denota que se suele encargar de atender amablemente a todo el que pase por la puerta.

Él aparece desde la trastienda, con un aspecto tan ochentero que parece recién salido de un anuncio de Pepsi. Su voz, algo aguda, no encaja con la huella de los días que hay bajo sus ojos.

—Buenos días y bienvenidos a Curious Goods. Mi nombre es Ryan y ella es Micki. ¿En qué os podemos ayudar?

Ryan les estrecha la mano. Parece un buen tipo. Simpático. Sonrisa fácil, casi encantadora, pero su mirada los mide con cuidado.

Sam mira de reojo el colgante que Micki lleva al cuello. Es un reloj de bolsillo en miniatura. Parece mentira que todo lo que le falta a Dean quepa en algo tan pequeño. Suelta un desafortunado ummm, interesante, totalmente distraído, hasta que se da cuenta de que está hablando en voz alta y se escandaliza al comprobar que Dean no es el primero en fijarse en su escote.

—Sois los dueños, ¿verdad?

Dean mira a la chica de arriba a donde sea que termine. No es porque las piernas no se le vean tras el mostrador, sino porque le da la sensación de que todo a su alrededor está embrujado y los dueños son simples fantasmas, aunque el tal Ryan le ha parecido de lo más corpóreo cuando le ha saludado. Mira a Micki un poquito más que a él, al que sólo lo hace de pasada y con eso es suficiente. Si algo ha aprendido de Sam es que los celos, más que llevarlos de exposición, saltan a la cara. No necesita el espejo que han venido a buscar ni ningún otro para ver que ese tío mira a la pelirroja como Sam le mira a él cada vez que se le acerca una chica.

Micki asiente con cautela. Se cruza de brazos y sospecha que la mañana está a punto de complicarse. Siendo optimista. Porque esos dos tipos, sobre todo el que no para de mirarla como si también fuera una pieza de coleccionismo, van a complicarles algo más que la mañana.

—Estábamos buscando algo muy específico.

Sam se adelanta a hablar, antes de que Dean pueda meter la pata. Aunque lo más probable es que la meta igualmente cuando se inclina hacia una vitrina llena de dagas afiladas, alineadas como soldados en formación.

Es un desastre inminente.

—¿Cortan?

Dean abre la puerta acristalada de la vitrina y desliza un dedo por la hoja de una de ellas, con una torpeza calculada, mientras finge examinarlas.

Micki levanta una ceja y le mira como a un niño que se ha soltado de la mano de su madre y no para de enredar.

—Las dagas. ¿Son funcionales o sólo sirven de decoración?

—Son abrecartas.

—Claro, porque la gente sigue mandando cartas. Y palomas mensajeras.

Dean le da un pequeño empujón a la vitrina con la cadera al cerrarla y el cristal vibra como si se planteara romperse.

Sam le lanza una mirada que grita por favor, compórtate, antes de retomar la conversación con los dueños de la tienda.

—Estamos buscando un espejo.

Sam mantiene su tono serio y la pose más elegante que Dean haya visto nunca.

Joder. Sí que es guapo, el muy cabrón.

A Dean se le empieza a caer la baba sólo de imaginarse a su hermano repeinado, con olor a ejecutivo, vestido con traje y corbata, en una sala de juicios y diciendo cosas como protesto, señoría, y esas frases de abogados que sólo ha escuchado en Ally McBeal. Le encantaría susurrarle promesas sucias al oído cuando la sala quedase vacía, mientras le rasga la ropa con prisa por cumplirlas. No morirse de ganas por tirarle de la corbata y besarle hasta que fuera un delito para el que tendrían que inventar otro código penal.

No como la última vez que usaron trajes para hacerse pasar por agentes del FBI. Hasta pareces listo, Sammy, se burló, mientras le ajustaba el nudo de la corbata. Un nudo tan apretado como el que sintió en la garganta al reprimir la típica frase de peli porno barata. Avisa al despacho de que hoy vas a llegar tarde a la reunión. Porque quería follarle hasta arrancarle algo más profundo que su nombre en una confesión.

—Joder, ¿no hace demasiado calor aquí de repente? ¿Habéis subido la calefacción o algo?

Dean no sabe ni dónde apoyarse sin romper algo o, más bien, sin quemarlo porque siente tal fuego dentro que se está mareando.

—Será mejor que no toques esas dagas otra vez. Una actriz se apuñaló con una de ellas durante una función de Romeo y Julieta. Pueden hacerte perder la cabeza si reprimes demasiado tus deseos más oscuros.

Micki lo dice con una seriedad que corta más que las dagas.

—Supercherías de artistas.

Ryan trata de restarle importancia.

—Bueno. Decidnos más sobre ese espejo.

—Pertenecía a nuestra bisabuela Agnes. Era, bueno, digamos que muy especial para nuestra familia. Lo hemos rastreado hasta aquí.

Sam intenta seguir, aunque mira a su hermano y no entiende qué demonios le pasa. A saber qué lío se ha buscado al tocar esas dagas.

—¿Agnes?

Ryan entrecierra los ojos e intenta recordar un catálogo mental de clientes o alguna noticia truculenta con ese nombre de por medio. Más de la mitad de los objetos que tienen están malditos, pero ignora que sobre esos dos chicos recaen más maldiciones de las que pueda soportar cualquier antigualla que hayan recuperado.

—Sí, Agnes Fairchild —Dean interviene después de que le baje un par de grados la temperatura y de haber encontrado una figura de porcelana con la que entretenerse haciendo malabares—. Amaba los espejos. Casi tanto como a los gatos. Tenía más de treinta. Espejos, digo. Gatos tenía alguno menos, pero parecían más con tanto espejo en su casa.

Micki le mira fijamente e intenta decidir si está siendo sarcástico o simplemente se cree muy gracioso, como Ryan. Parecen igual de inmaduros y fanfarrones.

—Un espejo del siglo XII, con marco de hierro e inscripciones. Una reliquia familiar que nuestra querida bisabuela heredó de sus antepasados más remotos.

Sam lo explica, mientras Dean deja la figura en su sitio -al revés-, pero milagrosamente de una sola pieza y, al parecer, sin causarle ningún efecto secundario. Casi es peor porque eso le da la confianza para inspeccionar un gramófono que tiene pinta de desarmarse con el roce de una mirada.

Por un segundo, todo se siente demasiado quieto. Sam parpadea repetidas veces. Juraría que ha visto moverse algo en el reflejo de un cristal, una presencia que poco tiene de fantasmal.

Un hombre mayor que Micki y Ryan aparece tras una cortina de un color que ni Da Vinci podría determinar. No parece una amenaza inmediata, pero la última niña a la que tuvieron que cortarle la cabeza cuando les enseñó los colmillos tampoco lo parecía. El tipo viste un traje gris oscuro que tiene el mismo aire que todo lo de la tienda. Usado, pero sorprendentemente bien conservado.

No tiene ni que hablar para llamar la atención, pero, aun así, se presenta.

—Hola. Soy Jack Marshak. Anticuario.

Sam le mira y siente un escalofrío. No un escalofrío de miedo, sino uno de esos que a veces nota cuando se topa con un desconocido que, paradójicamente, le resulta demasiado familiar. Esa mirada curtida que parece conocer todas las trampas del mundo. Quizá, sólo sea cuestión de cambiarle ese traje por ropa de leñador, encajarle una gorra en la cabeza y llamarme Bobby.

—Tenéis muchas cosas chulas por aquí. ¿Cómo conseguís mantener el orden?

Dean apenas se gira hacia el nuevo. Lo que gira es la manivela del gramófono hasta que el brazo con la aguja se balancea peligrosamente.

Obviamente, el orden lo mantienen como se mantienen los medicamentos: fuera del alcance de los niños.

—Por favor, no toques eso.

Dean levanta las manos ante la advertencia de Ryan, mientras Sam intenta reconducir la conversación por segunda vez. O por tercera. Imposible llevar la cuenta con tanta distracción.

—Lo cierto es que ese espejo tiene un gran valor sentimental para nosotros. Nos preguntábamos si…

Sam se ve interrumpido por un suspiro tan profundo que parece cavar un agujero en el suelo de la tienda.

—Tenemos muchos espejos. Si queréis echar un vistazo, adelante. Pero si no lo encontráis, me temo que no podemos ayudaros mucho más.

Ryan asiente a lo que Micki dice, mientras Dean le mira de brazos cruzados y se recuesta sobre el mostrador, con algo que se acerca al paternalismo y esa sonrisa que dice lo que diga la jefa, ¿eh, campeón?

Ni se da cuenta de que Ryan es el propio reflejo de sí mismo.

—Los espejos están al fondo. Y, por favor, tened cuidado. Algunos son bastante frágiles.

No tan frágiles como la vida cuando uno ya ha vendido su alma para que la otra que ha salvado se haga añicos dentro de 182 días si no consiguen encontrar ese espejo en el que ninguno puede mirarse.

—¿Has oído? Frágiles, como tu paciencia en la cama, cariño.

Dean le guiña un ojo a Sam, mientras le da una palmada en el culo y susurra la frase con una voz grave y ronca que hace que su hermano sienta un calor repentino. Esa torpeza contagiosa que Dean no ha tenido reparo en mostrar con todo lo que ha ido tocando, de pronto, a Sam se le traslada a las manos, que le empiezan a sudar y a temblar cuando Dean entra, casi de manera accidental, en contacto con sus dedos.

 

After my picture fades and darkness has turned to gray.

Watching through windows you're wondering if I'm okay.

 

Se dirigen al fondo de la tienda bajo la vigilancia de Jack.

El espejo tiene que estar. Necesitan encontrarlo.



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