9 - DAZED AND CONFUSED
Cuando Dean lo dice, ha bebido mucho, lleva demasiada ropa para lo desnudo que se siente y no cree tener otra oportunidad. Cuando lo dice, tiene la voz rota y el atardecer no es más que un trazo torpe sobre un cielo de papel parafinado, pero qué sabrá un paisaje vulgar de fotografíar palabras extraordinarias. Cuando lo dice, tiene 28 años y tarda 28 segundos, que se sienten como 28 siglos porque Sam le interrumpe. Cuando lo dice, es 28 de octubre y están a 28 millas de donde supo -por primera vez y con todo su ser- que querría a ese maldito crío que acababa de nacer.
***
Dean para el Impala en un arcén que no aparece ni en los mapas, poco antes de llegar a Ottawa, una ciudad pequeña en la carretera 59 y que lo único que tiene de canadiense es el nombre. El paisaje se extiende quieto, mudo, como una postal con las esquinas desgastadas y arrugadas. El sol tiñe de naranja el rugido del motor y salpica de un azul reseco el crujido de la grava bajo las ruedas. Todo suena a no importa. Todo se agrieta, como una pintura vieja.
Dean resopla sobre el volante y abre la botella de whisky con un gesto casi ceremonial. Toma un trago largo, sin aire. Apenas lo saborea. Le da igual. Es un whisky magnífico, pero sirve para lo mismo que uno barato. La mirada se le pierde en el horizonte, mientras siente cómo la garganta le arde, la voz se le enturbia y las ideas se le aclaran.
Sam le mira como si le estuviera regañando, además de con incredulidad. Antes de que pueda reprocharle nada, Dean se justifica con un me lo ha regalado Jack.
Cuesta creerlo. Es un Macallan Fine & Rare 1952. Vale más que todos los Rolex que pudiera sacar si metiera la mano en una caja llena de ellos. Una joya embotellada que Jack le ha dado con la misma despreocupación que una lata de cerveza. Ese whisky no es un regalo. Es una medalla enorme para un soldado sin uniforme. Un soldado como Dean, que ha librado al mundo de cosas cabreadas y con ganas de morder, y que una de esas cosas va a matarlo en el peor de los casos. O a matarlos a los dos, en lo que demonios venga después de lo peor.
Dean ha insistido en hacer lo del espejo cerca de casa. Y ahí están. Emborrachándose a 28 millas de Lawrence, Kansas. Aunque aprendieron hace años que el hogar no es un lugar en el mapa.
—Está bueno.
Sam suena sin pretensiones, casi simplón. No entiende de whiskys, pero entiende de sabores. Y el trago le quema menos que el silencio que guarda su hermano mientras bebe. Y es mucho más dulce también. No quiere preguntarle por qué han parado a tan pocas millas de casa. Sólo tiene que esperar. Y no por mucho tiempo.
Beben. Y Dean hace algún chiste malo, como siempre.
—Hay libros tristes que no van de tragedias, Julieta.
Dean lo dice como si hubiera leído cientos.
No.
Miles.
—¿Ah, sí? ¿Como cuáles?
A Sam no se le ocurre ninguno. Tampoco se esfuerza en que se le ocurra. Lleva tres sorbos de whisky y le empieza a parecer que todo a su alrededor tiene una consistencia distinta.
—Los de mates, tío. Tienen demasiados problemas.
Sam se ríe a carcajadas, una risa que le arranca toda la tensión acumulada. Y Dean siente cómo se le calienta un poco el pecho con ese sonido, más de lo que le calienta el whisky.
Ahí está el verdadero motivo de la parada.
Pero, de pronto, la risa de Sam se apaga. Porque no es ningún chiste lo que Dean ha dicho. Las matemáticas son tristes porque son condenadamente exactas.
Sólo quedan dos Winchester sobre la tierra. Y si mañana sólo queda uno, al día siguiente no va a quedar ninguno. Una simple resta.
Beben. Y Dean suelta alguna tontería para chincharle. Porque es Dean. Porque puede. Porque es lo que hacen los hermanos mayores. Y porque no está ni la mitad de borracho que Sam, aunque está bebiendo el doble.
—El día que aprendas a peinarte, Sammy, los monstruos van a darse cuenta de que no eres uno de los suyos.
—Que te den, Dean.
Sam finge que se enfada con más facilidad de la que finge no estar viendo a su hermano por duplicado. Y Dean no desaprovecha la oportunidad para humillarle aún más al revolverle ese desastre indomable que tiene por pelo. Ese mismo pelo al que le encanta agarrarse con fuerza mientras follan y que le hace cosquillas en la cara cuando Sam se queda dormido a su lado, mientras entierra la nariz en el único olor que se atreve a llamar hogar.
Beben. Y a Dean la nostalgia le oprime el pecho más de lo que el whisky intenta anestesiarle.
—¿Todavía soy la persona que más admiras, Sammy?
Dean le da un empujoncito con la rodilla. Le mira con esa vergüenza que se le cuela entre las palabras. El recuerdo no se presenta de manera mansa, le asalta violentamente y duele en la memoria como si acabara de ocurrir. Le cuesta horrores contener las ganas de abrazar a Sam tan fuerte que, sólo con un abrazo, puedan regresar a 1993.
Sam levanta las cejas, parpadea un par de veces, balbucea un ¿qué? con el que trata de decidir si Dean lo ha preguntado o se lo está imaginando. Debería dejar de beber.
—Presentaste un trabajo en el cole hablando sobre mí.
Dean parece orgulloso y avergonzado a la vez. Se lo recuerda con tanta ternura que quiere estamparse la botella en la cabeza. Está seguro de estar mirando a Sam con la típica cara de gilipollas enamorado de su propio hermano, sea cual sea esa cara que, en Dean, suele ser la habitual.
El personaje que más admiras y por qué. Ese era el tema de la redacción. Sam tenía 10 años. Todos en su clase hablaron de Abraham Lincoln, de Edison, de Cleopatra, de Einstein. Para Sam, no eran más que nombres y fotos en los libros. Gente con la que nunca había compartido una bolsa de Ruffles ni con la que se había peleado por la última porción de pizza. Personajes que no le preparaban el desayuno, ni le hacían cosquillas hasta que le entraba hipo. Mucho menos miraban debajo de su cama y dentro del armario cada noche para comprobar que no había monstruos.
Cuando salió al encerado y habló de su hermano, la clase se quedó en un silencio incómodo. Un silencio que duró dos frases antes de romperse en risas crueles, que le dolieron como 22 cuchilladas.
Idiotas. Todos. Los 22. Incluido su profesor, que le miró como si tuviera algún tipo de retraso.
Sam los miró, uno a uno, tan sorprendido como horrorizado de que no entendieran nada. Tan ciegos como para no ver que los verdaderos retrasados eran ellos por no valorar a las personas que tenían al lado más que a un puñado de muertos.
—Eras un niño raro, Sammy.
—Tú mojabas las patatas fritas en el batido, Dean.
Eso a Sam sí que le parecía raro. Y asqueroso. Admirar a su hermano no. Ningún personaje histórico hubiera vendido su alma para resucitarle.
—Recuerdo que me dijiste que me… Ya sabes. Eso.
Eso. Que le quería. Lo mismo que Dean quiere decirle ahora, catorce años después. Pero sigue sin saber cómo hacerlo. Las palabras nunca han sido su fuerte, así que bebe, esperando que el whisky le dé el valor que siempre le falta. Para darle una buena razón a Sam por la que le pueda mirar como antes, aunque aún cree que se equivocó al elegirle como personaje favorito. Hace todo lo que puede y no consigue ni la décima parte de lo que Sam se merece. Se pregunta si aún le quiere de esa forma tan pura e inocente. Tan ingenua. Pero tan despierta. O si ya no le quiere así.
O si ya no le quiere.
Dean bebe solo. Sam se ha rendido cinco tragos más atrás. Y habla de más sobre cosas que a Sam cada vez le importan menos.
—Todo lo que me gusta es ilegal, como robar. O es peligroso, como cazar. O engorda, como las tartas de manzana. O es inmoral.
Dean se ahorra el último ejemplo. Porque no ha parado el coche para discutir, aunque es históricamente imposible no hacerlo después de decir inmoral delante de Sam.
—El sexo consentido no es inmoral.
Sam lo dice con rapidez. Un reflejo. Es el abogado que lleva dentro, que tiene una buena defensa y necesita justificarlo todo. Arruga la nariz y tras dos días -todo un récord- asoma su carita de limón en todo su esplendor.
Por supuesto. Por supuesto que Sam protesta. Inmoral e incesto no están en la misma categoría, aunque empiecen por la misma letra.
—Y, ¿qué si es inmoral, Dean?
Sam no espera que le conteste. Porque Dean roba, aunque sea ilegal. Caza, aunque es peligroso. Come tartas de manzana, aunque engorden. Y folla con su hermano. Punto.
El silencio que sigue es gasolina que espera un chispa para que todo arda.
Dean murmura algo como venga, que esto no es un velatorio, mientras rebusca en la guantera hasta dar con una cinta grabada. Dazed and confused en vivo. Led Zeppelin, Madison Square Garden, 1973.
28 minutazos de canción.
28 años cargados de recuerdos. 28 de octubre. 28 millas hasta casa. 28 segundos para la inmolación.
Dean le da otro trago a la botella para armarse de valor, pero donde realmente se le quedan pegados los labios es al cuello de Sam. Le susurra contra ese lunar detrás de su oreja izquierda un te va a encantar, y Sam siente la cara ardiendo tanto como la entrepierna cuando entiende que no sólo se refiere a la música. Dean le besa con una intensidad que no tiene nada de suave y sí todo de urgente, como si quisiera saborearlo más que al whisky y emborracharse de él.
Por esa razón sí que ha parado el Impala. Para retomar lo que Jack interrumpió. Y si Dean no lo hubiera hecho, Sam le habría obligado porque estar a su lado es vivir perpetuamente empalmado.
Dean le desabrocha la camisa con la ansiedad metida bajo la piel. El sudor le recorre la frente y sus dedos tropiezan torpemente en los botones de los vaqueros de Sam, mientras jadea al mismo ritmo que la guitarra de Page se deshace en acordes.
—¿Me lo parece o Dean Winchester está nervioso?
Sam se burla descaradamente, mientras le quita la camiseta y arrastra la lengua por su yugular, con una obscenidad que convertiría en un espectáculo de club nocturno una simple rutina escolar.
Dean traga saliva. Tarda en contestar. Tiene el pulso disparado y la mirada de un verde inmortal. Una corriente eléctrica recorre su espina dorsal, mientras la boca de su hermano rueda por toda su piel. El whisky aún le quema en la garganta, pero no tanto como las manos de Sam. Sacude la cabeza para que los pensamientos no se le queden enganchados en el pelo, mientras las manos le tiemblan más de lo que quiere admitir.
—Nah.
La palabra le sale rota de la boca y marca el inicio de los 28 segundos más largos de su vida en una cuenta atrás.
- 26. 25.
Dean siente mucho calor, aunque está desnudo de cintura para arriba y la temperatura se ha desplomado desde que el sol se escurrió por las ventanillas.
No es la primera vez que echa un polvo en el coche. Ni tampoco la primera vez con Sam. Y había planeado decirle lo que tenía que decirle después.
Pero.
—Es la primera vez que voy a hacerlo en el coche con…
- 22. 21.
Dean se atasca. Le cuesta. Le cuesta hablar. Le cuesta mirarle. Le cuesta respirar. Lo que no le cuesta es tocarle. Siente a Sam como cubierto de pegamento y no puede despegarse de él. Aunque tampoco es que lo intente.
La música rellena todos los huecos que Sam deja al recorrerle con las manos. Dean tiene la voz más oscura de lo normal y ni Bonham hace sonar la batería tan rítmicamente pesada como su corazón.
—¿Conmigo? ¿Con tu hermano?
Sam intenta encontrar la pieza que Dean no logra encajar. Hay algo cálido, sobrecogedor y lleno de un afecto devastador en su voz cuando murmura pensaba que esa fase ya la habíamos superado, Dean, como si no quisiera regañarle de verdad.
Dean aprovecha para dar un trago. Y otro. Y otro más. Levanta la cabeza, con la mandíbula tensa, como si se preparara para una pelea.
No quiere que Sam le vea dudar porque no tiene ni la sombra de la duda de lo que le quiere decir. Lo que tiene es un miedo atroz a que a Sam no le suene tan real como él lo siente. Porque necesita que lo escuche. Necesita que lo entienda. Necesita que no sean las dos palabras que uno dice por decir, o que le suelta a cualquiera que le ha calentado un par de veces la bragueta con la esperanza de que le caliente el corazón alguna vez.
—Contigo. Con mi hermano. Con la única persona a la que…
- 14. 13.
La voz de Dean son cristales rotos y siente el aire como ácido en la lengua. Mueve los dedos alrededor del cuello de Sam. Se muerde el labio inferior como le está mordiendo la ansiedad. Le falta aire, le falta tiempo, le falta valor, le falta justo lo que Sam parece tener de sobra para hablar con esa calma que le desarma, mientras le toma de la cara y le obliga a mirarle, como si Dean tuviera algo más interesante que mirar.
—No hace falta que me lo digas, Dean. Lo sé.
Sam posa una mano en su hombro. Es consuelo. Es fuerza. Es calor. Es un roce. No es nada. Pero es todo lo que Dean necesita.
Claro que Sam lo sabe. Lo ha sabido siempre. Pero hay un cansancio hueco, una espera eterna, un demasiadas veces que ha dado esas dos palabras por sentado y ahora le cuesta disimularlo. Le gustaría escucharlas, pero no ve la necesidad.
Dean sí ve esa necesidad. Porque si algo ha aprendido en los últimos seis meses es que tiene mucha suerte de ser tan desgraciado al saber el día exacto en que todo lo que tienen, todo lo que son, se podría acabar.
—Sí hace falta, Sam. Porque si mañana…
- 9. 8.
—Dean.
Sam carraspea. Gruñe su nombre como un calco exacto de John. No le gusta que su hermano le diga las cosas igual que un escorpión se clava su propio aguijón cuando se ve acorralado por el fuego.
Pero se va a tener que aguantar porque las llamas no sólo calcinan su mundo. Tiene el alma cubierta de cenizas y el aguijón atravesando su coraza.
—Porque si mañana todo se va a la mierda —Dean retoma la frase, brusco y acelerado para impedir que Sam le corte de nuevo—, necesito que…
- 5. 4.
—...al menos hayas escuchado una puta vez en la vida que…
- 2. 1.
—...te quiero, Sammy.
Y ya está.
Dean lo dice.
Lo dice como algo que arde más al salir. De golpe, rabioso, con una sinceridad violenta que no parece una declaración de amor, sino un grito de guerra. No suena a un “te quiero” suave, prometedor, convencional. Suena a algo roto, a truenos y a tormenta, a una herida abierta que no deja de sangrar.
Lo dice y el cielo no se parte en dos. Ni hay ningún terremoto. Ni el planeta deja de girar. Aunque Sam juraría que todo eso que no le pasa al mundo le está pasando a él. Porque siente que el aire no le llega a los pulmones y que la sangre le circula al revés. Porque hay algo en la voz de Dean. Algo imparable. Algo completamente libre, humano, visceral. Algo en cada palabra que dice y cómo la dice y con qué fuerza indomable sale de él.
El tiempo se estira como un chicle sin sabor, pegajoso, interminable. Y Dean no espera un “te quiero” de vuelta. Es más, no quiere que Sam se lo devuelva. No, si eso significa que su hermano le quiere de maneras tan enfermizas como él. Prefiere quedarse con aquel “te quiero” de Sam que dejó sin contestar catorce años atrás, aquel “te quiero” que tampoco cree que mereciera escuchar.
—Y ahora que ya te lo he dicho, vamos a follar. Porque los muertos no follan. Y yo sigo aquí, ¿verdad?
Sam siente como si un rayo le partiera por la mitad. No es la frase que esperaba oír.
Bueno.
Es Dean y dice las cosas del mismo modo que le besa, como una explosión.
—¿Quieres ser Clyde, Sammy?
Sam parpadea como si así fuera a asimilar mejor la proposición. Pero es mucho, demasiado que procesar. Dean, su hermano, el mismo con un historial de conquistas tan largo como la lista de espera de un hospital, le está pidiendo que le folle después de soltarle un "te quiero” con la misma devastación que causa un meteorito del tamaño de Júpiter al impactar sobre La Tierra.
—Hazlo.
A Dean la palabra se le cae como un peso muerto de la boca, pero está más viva que nunca.
Hazlo. No es el comienzo del Quijote. Ni Historia de dos ciudades. Aunque cuando Sam dijo esa palabra por primera vez en un lugar de Nuevo México de cuyo nombre no quiere acordarse, sí era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Una palabra que nadie imaginaría jamás que, siendo tan insignificante, fuera el inicio de una historia de amor tan grande.
Hazlo. Si Sam lo piensa, no es la palabra. Es el tono. Ese tono que reconoce en cuanto lo oye. Es desesperación pura. Y la desesperación siempre lleva su nombre. Sammy. Cuando Dean lo pronuncia es un cóctel molotov que prende todo lo que toca y no hay nada que Sam pueda hacer, excepto quemarse, besarle a empujones, arder.
Sam quiere preguntarle si está tan borracho como cabría esperar después de haberse bebido más de 16.000 dólares a palo seco, pero tiene la boca llena de Dean, de su saliva, de su lengua, de su aliento y de todos esos pedacitos de sus miedos. Los dedos de su hermano deberían arrastrarse más torpes, más alcoholicamente lentos, pero encuentran el camino hasta sus calzoncillos y le hacen ahogarse en jadeos. Si Dean está borracho, no lo parece en absoluto. Y un Macallan no es ni la mitad de bueno que el polvo que van a echar.
Se lamen como bestias heridas. Sus labios chocan con hambre. El aire los estrangula, mientras Sam dice Dean y Dean dice Sam hasta que sus nombres suenan confundidos en la piel, tatuando el calor de sus cuerpos dentro de ese santuario con ruedas y paredes de metal que Dean ha dejado de considerar mío para llamar nuestro.
Been dazed and confused for so long, it's not true.
Wanted a woman, never bargained for you.
Lots of people talkin', few of them know.
La música marca un ritmo sagrado que ninguno de los dos se atreve a profanar. Sam busca a tientas el lubricante en la guantera, mientras le roba a Dean todos esos besos que se le resbalan de la lengua. Le baja los pantalones con una necesidad salvaje, con el mismo instinto que surge en las cacerías. Se tocan, se frotan, se devoran hasta empañar las ventanillas. Sam no tiene ni que pedirle que se dé la vuelta. Tampoco es que pueda hacerlo de lo cachondo que está. Dean es todo rodillas hincadas sobre el cuero, piernas ligeramente abiertas, espalda contra su pecho y una erección dolorosamente gigantesca. Su hermano se agarra al borde del asiento como a un altar y Sam, a sus caderas, con una devoción ciega.
Sam apenas lleva medio dedo dentro cuando aquel comentario en Sedalia cobra su sentido real. Tan caliente, estrecho y mojado, Sammy, ni te lo imaginas. Y por fin no se lo tiene que imaginar. Dean se empuja contra él, impaciente, deliciosamente sumiso, sin rastro de resistencia, ni de arrepentimiento, ni mucho menos de culpabilidad.
Un segundo dedo no se hace de rogar. Porque puede. Porque quiere. Porque Dean lo pide, lo suplica, se lo ruega temblando y gime un joder, Sammy, más.
Piel, sudor, fricción y un coche que se siente ridículamente pequeño. Sam se golpea varias veces la cabeza contra el techo, mientras busca una postura en la que medianamente quepan, aunque cuando se trata de follar con Dean, cualquier postura es correcta.
Dean siente cómo Sam entra en él a la primera. Se arquea. Los pantalones medio bajados de su hermano se le clavan en la parte trasera de los muslos con cada embestida. Y la línea entre el dolor y el placer se emborrona, hasta que sólo queda una delicadeza que no esperaba encontrar en un tío tan grande como su cabezonería.
Es y no es como Dean imaginaba. Es dulce, es suave, es exquisitamente lento y es lo más jodidamente caliente que ha sentido en su vida. Es Sam. Sam y su peso y su calor y tan profundo, duro, resbaladizo y puta,Sammy,nopares,cristo,Saaam, junto a un puñado de blasfemias que escupe junto al veneno de esa sensación podrida que llama control y que nunca tuvo en realidad.
Sam encuentra un ritmo que hasta Led Zeppelin envidia y Dean se hunde en un ahhh, ronco, seco. Un ahhh que le araña la garganta y le arranca el aire de dentro cuando el orgasmo le sorprende casi por accidente. Es rápido, silencioso y pilla a ambos como una traición. Sam se detiene un segundo -más tiempo sería un fratricidio- y tiene la brillante idea de guardar un silencio rigurosamente enlutado contra la nuca de Dean, como si alguien se hubiera muerto.
Casi muerto. Dean agoniza. Le está matando la vergüenza, lenta y dolorosamente.
Sam no sabe qué decir, además de abrir la boca con sorpresa. Decir que no pasa nada sería mentir. Y mentirse es lo único que no hacen cuando follan. Es evidente que pasa algo. Algo que no puede ignorar. Algo que está empapando su mano tan caliente y espeso como la lava.
Dean entra en pánico. Suda. Mucho. Tiembla. Aún más. Y se le escapa un mierda, como si correrse durante semejante polvo estuviera penado con la muerte, mientras se encoge para intentar desaparecer dentro de su propia piel.
A Sam le parece que imaginarse la cara que su hermano está poniendo es peor que verla.
Se equivoca.
Le obliga a girarse y la palidez de Dean hace que le baje un par de grados la temperatura y otro par la erección. Es absurdo. Completa y catastróficamente absurdo. Dean debería presumir. Debería alegrarse. Debería verle la lógica a correrse porque para eso están follando. Pero Dean le mira con una frustración pesada, un terror compacto que no entiende.
Tiene que hacer algo para calmarle. Para calmarse.
Ya.
Sam balbucea algo, nada, hasta que las palabras llegan por sí solas al rescate. Le susurra contra los labios un contaba con ello, reconfortante, inevitable, y le sale tan natural como besarle. Besarle hasta que Dean entiende que su cuerpo reacciona bien, incluso cuando su mente lo convierte en un auténtico desastre. De seguido murmura un vas a tener que correrte otra vez, Dean, que dispara contra su oreja como una amenaza, en un tono caprichoso y mandón para contrarrestar tanta dulzura, mientras le saca las botas, que vuelan hacia los asientos traseros, como sus pantalones y todo lo que le estorba.
Cambian de postura. Se tumban de medio lado. Falta medio Impala o a Sam le sobran la mitad de las piernas y necesita el doble de brazos para sostener a su hermano.
Dean contra Sam, Sam contra el respaldo y es fácil recuperar el ritmo, tanto como girarse un poco de vez en cuando para besarle, hacer de la posición una puta obra de arte. Sam le masturba con una mano, mientras le embiste con fuerza y nota cómo Dean jadea de manera sucia y totalmente inabarcable, como para plantearse ampliar la lista de pecados capitales. Aguanta como Sam aguanta todo, como sabe, por Dean y para Dean en el polvo más increíble que ha echado nunca. Increíble, pero no irrepetible. No le cabe ninguna duda. Porque mañana van a usar ese maldito espejo y el Infierno entero se va a ir a la mierda.
Dean tiene el pelo empapado en sudor y las venas del cuello como cuerdas a punto de romperse. Se deshace en gemidos en los que apenas se le entiende un córreteconmigo,Sammy de lo más suplicante, cuando otro orgasmo se precipita sobre él y promete sacudirle con toda la fuerza que le faltó al primero. Porque ahora le parece que su hermano es rudo, es violento, es exquisitamente frenético y, por supuesto, sigue siendo lo más jodidamente caliente que ha sentido en su vida. Es Sam. Es Sam corriéndose por él y para él y dentro -muy dentro- de él y a la vez que él en el polvo más increíble que ha echado nunca. Increíble, pero no irrepetible. O eso espera. Porque mañana van a usar ese maldito espejo y a lo mejor todo se va a la mierda.
—No hay nada malo en adelantarse, Dean. Ni en lo simple.
Antes de que Sam reaprenda a respirar con normalidad, se atreve a recordárselo. Entrecortado. Agitado. Palabras que compiten con su pulso desbocado.
Es exactamente lo que le dijo Dean, que suelta consejos que luego no suele aplicarse.
Sam lo repite firmemente convencido, cuando aún sigue dentro de Dean, cuando los besos apenas le alcanzan, cuando cualquier “te quiero” parece vacío frente al único que todavía le retumba dentro.
El de Dean no es el primer “te quiero” que oye, pero sí el primero que escucha.
Cuando Jessica le dijo te quiero, Sam le soltó tengo un hermano. Fue raro. Incómodo. Pero absolutamente lógico. Ha tardado en darse cuenta de que no se lo dijo a ella, sino que se lo recordó a sí mismo. Su subconsciente siempre encuentra el camino antes que él y convierte en atajos cualquier laberinto.
—No sé si quiero saber con quién has aprendido a follar así.
A Dean le da tanto miedo la respuesta como pereza levantarse. Siente algo dentro que le retuerce las tripas y le sube hasta la garganta. Pueden ser celos. Aunque también pueden ser ganas de vomitar. Ha bebido mucho para lo poco que ha cenado y, después de un polvo digno de una placa conmemorativa, su estómago amenaza con rebelarse al menor movimiento.
Sam está ardiendo, sudando, abrazándole por la espalda como una estufa, un edredón y una ducha caliente, todo a la vez. Lleva un buen rato soportando todo el peso de Dean, usando su brazo como dique para impedir que se estrelle contra el salpicadero y sus rodillas acaben tocando el claxon.
A regañadientes, Dean decide deshacer el nudo de piernas y brazos que ha formado con su hermano para cederle a Sam algo de espacio y que pueda estirar de nuevo esas medidas desproporcionadas de gigante.
No lo llama generosidad. No lo llama cortesía. No lo llama ser un buen hermano. Lo llama como lo que es.
Ha vendido su alma por Sam.
Y lo volvería hacer todas las veces que hiciera falta. Sin dudarlo.
Y sí.
Es amor.
Y no.
No son ganas de vomitar.
Está celoso de sus ex y hasta del aire que toca la piel de Sam.
Ojalá mañana ese hueso duro no sea para los putos perros.
—La pregunta no es con quién, Dean, sino dónde he aprendido.
La corrección de Sam le descoloca tanto como el tono tranquilo con el que lo dice.
Dean se viste con tanta desgana como Sam, que le mira como si quisiera imponer como nueva norma conducir en pelotas, tanto en el código de circulación como en el código fraternal.
Conducir. Buscar un motel. Revisar y limpiar las armas. Hacer reír a Sam hasta que su cuerpo se vengue con el hipo. Mirar debajo de la cama y dentro del armario para comprobar que no hay monstruos. Y -qué coño- traerle el desayuno a la puta cama. Al menos mañana. Se lo ha ganado. No se corría dos veces seguidas en el mismo polvo desde nunca. Porque aquella vez en Pocatello, Idaho, no cuenta. Una fue en solitario en el baño del motel y la otra con una chica, con horas de diferencia entre ambas. Y, bueno, disfrutó más la primera.
Pues eso. Tareas de las que Dean aún se puede encargar. Cazar cosas y cuidar de su hermano. Cuidarle en más sentidos de los que le gustaría a su moral. Su trabajo. Para lo que ha nacido. Para lo que su padre le entrenó. Para lo único que cree que vale.
Ser el personaje que más admira un niño de 10 años no sirve de nada si no puede conservar ese privilegio cuando crece.
Sam le mira de reojo, mientras se abrocha los pantalones. Le extraña que Dean no insista en averiguar dónde. Así que insiste él.
—Una web muy instructiva la de vaquerosmontandoapelo.net.
Sam lo dice aguantándose la risa porque la cara de Dean es para enmarcar.
Dean abrió esa web muchas veces y mucho antes de lo que Sam pueda imaginar. Y le proporcionó muchas horas de entretenimiento. Especialmente en Pocatello. Porque su subconsciente siempre encuentra el camino antes que él y convierte en atajos cualquier laberinto.
No son tan distintos. Ambos siempre buscan lo mismo. El uno al otro. Por eso saben que el hogar no es un lugar en el mapa.
—¿Nada que decirme, Dean?
Putos picapleitos. Siempre buscando una confesión.
Dean no le mira. No le habla. No quiere decirle que abrió esa web por equivocación. Porque sería mentir.
Y mentirse es lo único que no hacen cuando follan.
Ni cuando terminan de follar.

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