jueves, 3 de julio de 2025

Capítulo 6: Eye of the tiger (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el sexto capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
Sam se apoya contra el lateral del coche y le mira con una paciencia infinita. A Dean se le caen tantas estrofas como piezas dentro del capó, a la vez que hace no sabe qué con las manos metidas entre un montón de tubos, que ni idea de dónde vienen, ni adónde van, ni qué función tienen. Tan perdidos, retorcidos y sucios como el rumbo de sus vidas.


6 - EYE OF THE TIGER


 

Dean tiene medio cuerpo dentro del capó del Impala y parece estar apretando tuercas que no forman parte del coche. Tiene puesta la música a todo volumen y canturrea Eye of the tiger de Survivor, con un entusiasmo que no se corresponde con toda la mierda que lleva callándose días.

 

So many times it happens too fast, you trade your passion for glory.

Don't lose your grip on the dreams of the past, you must fight just to keep them alive.

 

Sam se apoya contra el lateral del coche y le mira con una paciencia infinita. A Dean se le caen tantas estrofas como piezas dentro del capó, a la vez que hace no sabe qué con las manos metidas entre un montón de tubos, que ni idea de dónde vienen, ni adónde van, ni qué función tienen. Tan perdidos, retorcidos y sucios como el rumbo de sus vidas.

Sí. Dean tararea y Sam apenas escucha. Es extraño cómo a veces el ruido que hace su hermano parece llenar el vacío que él mismo crea.

Le resulta increíble cómo Dean puede seguir ocupado en arreglar un coche que no está averiado. Cómo puede cantar mientras todo a su alrededor desafina. Cómo puede seguir actuando como si aún no hubieran encontrado el espejo. 

La sangre le hierve. Dean sigue enredado entre cables y bujías, como si el olor a gasolina pudiera esconder lo que realmente apesta. Su miedo.

Y a Sam no le basta con salvarle. Ha empezado a necesitar a su hermano de formas que no sabe nombrar y el problema es que esas formas tampoco son suficientes.

 

—En vez de quedarte ahí pasmado, podrías mancharte las manos y pasarme la caja de herramientas.

A Sam le parece una orden y no es ningún soldado para cumplirla. Se queda de brazos cruzados y ni se digna a mirarle cuando le gruñe.

—Joder, Sam, ¿qué problema tienes?

Dean coge la caja de herramientas con una furia casi palpable y le mira con algo parecido al odio cuando pasa por su lado.

El problema que tiene es que Dean le está dando largas para todo.

Para el sexo.

—¿Por qué has alquilado una habitación con dos camas, Dean?

—Porque has dormido como tres horas desde que salimos de Nuevo México y no me apetece follar con alguien que parece muerto.

Para el robo.

—Podemos hacerlo mañana por la noche, Dean.

—¿Follar?

—Robar el espejo.

—Demasiado pronto. Antes tengo que hacer la puesta a punto al coche, no sea que nos deje tirados.

Para hablar.

—Creo que sé cómo podemos revertir el pacto, Dean. Bobby me ha mandado las fotos de un libro que ha conseguido de una bruja exiliada en Saratoga.

—¿Has dicho “creo” ? No pienso dormir con ese puto espejo al lado sin saber cómo funciona. Y mucho menos te voy a dejar tocarlo.

—¿Podrías ser un poco menos hermano mayor?

Para todo.

Un incordio.




—¿Sabes cuál es el puto problema, Dean?

Sam escupe las palabras como restos de metralla. Siete palabras como siete copas de la ira de Dios.

A Dean se le cae hasta la llave inglesa cuando le oye soltar un taco. Levanta las manos manchadas en un gesto defensivo, pero Sam lo interpreta como realmente es. Se ha rendido y ni siquiera lo ha intentado.

—Tienes miedo y me cuesta entender a qué.

Las lágrimas se le saltan de los ojos y empuja a Dean con más fuerza de la quisiera. Pero Dean no hace el amago de devolverle el empujón y eso hace que Sam tenga ganas de pegarle hasta que reaccione.

Algo está roto entre ellos y Dean no sabe cómo arreglarlo, no como hace con el Impala.

—Tú estás viendo un puñetero final donde yo sólo veo el comienzo. Ese es el puto problema, Dean. Tú y tus mierdas shakesperianas donde todos acabamos muertos.

Lo que le duele a Dean no es eso tan melodramático de un final, de un comienzo y de un no sé qué para un concurso cutre de poesía. No es tanto lo que Sam dice, sino cómo lo dice. Llorando. Con rabia. Gritando. Harto. Con las palabras hinchadas, amoratadas de tanto contenerlas. Y ese acabamos muertos acaba con todo.

Dean se queda callado. Aprieta la mandíbula tanto que le duelen los dientes y desvía la mirada hacia el horizonte. Mirar a Sam es como mirar al sol. Cada segundo le quema y ciega más que el anterior.

 

Face to face, out on the heat. Hangin' tough, stayin' hungry.

They stack the odds still we take to the street for the kill, with the skill to survive.

 

—Me gusta ese lunar que tienes detrás de la oreja izquierda y que no se te ve con el pelo.

Esa frase no es difícil de decir sin trabarse cuando la ha ensayado tantas veces como veces ha querido besar ese lunar. Pero a Dean le ha costado siete años arrancar esas palabras de un papel que no firmó como él.

Sam parpadea, desconcertado. Tarda un segundo, dos, tres. Tres segundos en silencio como tres estadios de fútbol, justo donde Elise le llamó feo.

La memoria le golpea con sonidos, con olores, con colores, sensaciones que tarda en reacomodar en sus recuerdos. Recuerda aquella noche en la que se lo contó a Dean. Su hermano ni le miró a la cara cuando sacó una cerveza de la mininevera del motel de Ridgewood, una ciudad vieja donde la estación de tren era la única cosa que funcionaba medio bien. Después Dean se tiró en la cama y se puso a ver Friends, sólo dijo papá no va a venir hasta el miércoles, mientras rumiaba a dos carrillos el tercer trozo de pizza que habían pedido para cenar. A Sam le pareció que le importaba una mierda que una chica no sólo le hubiera rechazado, sino que hubiera hecho más que un rasguño en su autoestima.

John, efectivamente, apareció el miércoles. Y para el miércoles, Sam ya estaba más animado y tenía una disculpa en la mochila que nunca relacionó con Dean, pero que le gustaba -Dios, cómo le gustaba- releer secretamente cada palabra con la voz de su hermano. Jamás pensó que la oiría fuera de su cabeza con esa entonación que moldeó hasta que hizo una copia exacta y perfecta de cómo se la diría Dean.

—Has cambiado bastante, Elise.

Sam murmura, bromea, sonríe con timidez, busca algo ingenioso que decir porque de lo contrario lo que va a tener que buscar es un desfibrilador en el maletero y no sabe siquiera si está atravesado por una estaca.

—Ya, es que en otoño se me pone la voz un poco más grave y me sale barba. Pero sigo estando igual de buena, ¿no?

Dean le sigue la broma mientras se frota la nuca. Esperaba cualquier cosa, como que Sam se cabreara, como que pensara que sólo se burlaba de un chico de 17 años, como que creyera que la escribió por pena, todo menos que se acordara y respirara aliviado al enterarse de que fue él. No sabe ni qué decir. No sabe ni por qué lleva una semana evitándole, sin tocarle, sin mirarle, sin hablarle, sin escucharle, sin abrazarle, sin dormirse a su lado en todas las putas noches interminables desde que llegaron a Chicago.

Sam quiere preguntarle por qué la escribió. Una tontería. Dean la escribió porque le vio herido. Así que termina preguntándole por qué no se lo dijo. Otra tontería. No se lo dijo porque no es Shakespeare y no es bueno con las palabras, aunque es insuperable cuando utiliza la boca para otras cosas.

—Ahora ya lo sabes. Yo también sé algo.

Dean se encoge de hombros para sacudirse de encima el peso de lo que está a punto de decir, mientras se limpia las manos en la camiseta y la expectación que genera no deja que Sam cierre la boca ni pestañee, no sea que los oídos le fallen y las palabras no tengan otra forma de entrar en él.

—Sé que no te odio, Sammy.

Dean lo dice rápido, como arrancándose una espina. No es un “te quiero” al uso, pero se le parece tanto que le da vértigo cuando se le cae de la lengua con la piel de las palabras dada la vuelta.

Silencio. Negro. Pesado. Como muros en el cielo. Un segundo. Un segundo que se siente como horas hasta que Sam contesta.

—Yo tampoco a ti, Dean.

Sam se acerca, como si quisiera terminar de apretar las tuercas que Dean se ha dejado algo sueltas. Le toma de la mano y entrelaza sus dedos con los de su hermano. Deja que sus líneas de vida se toquen, se junten, que sorteen los espacios y busquen ellas mismas la coincidencia. Una alineación perfecta. Como si en cada palma sólo estuviese dibujada la mitad del mapa, la mitad del viaje, la mitad del camino.

—¿Me harías un favor?

Sam se sorprende de que Dean, el mismo que una vez intentó sobornar a un policía con donuts y su sonrisa de te juro que soy agente del FBI, mientras le enseñaba una placa con restos de pegamento, empiece a pedirle algo con vergüenza. No le interrumpe. Le da tiempo. Eso que no tienen. Eso que parece detenerse cuando Dean apoya su frente contra la suya.

—Ponte el traje.

La petición de Dean vibra más como una súplica que una orden, mientras le muerde el labio con una suavidad que choca con la urgencia que siente.

Por una vez, a Sam no le importa obedecerle. No le está pidiendo algo que no necesite, como la caja de herramientas.

—Te prometo que decidiremos cómo robamos el espejo después de follar.

Tienen que robar ese espejo. Ya.

Tienen que saber cómo funciona. Pronto.

Es la única oportunidad de reescribir un final que Dean ya da por perdido. Porque si su historia está condenada a ser una tragedia, ninguno quiere que Shakespeare la escriba, sino escribirla juntos.


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