7 - RAMBLE ON
El plan es sencillo.
Llegar con las luces apagadas. Aparcar al final de la calle. Forzar el cierre de la salida de emergencia sin ser vistos. Desconectar las alarmas y tapar las cámaras de seguridad. Entrar con calma y sin tirar nada. Llegar hasta el espejo. Cogerlo con cuidado y, sobre todo, no destaparlo. Salir sin dejar huellas y cargarlo en el maletero. Desaparecer de Chicago.
Llegar con las luces apagadas.
No es hasta dejar el motel cuando a Dean le entran dudas sobre si llevan todo lo necesario.
El motor del Impala rompe el frío por la carretera vacía, mientras las luces de las farolas apenas iluminan el camino.
—¿Has cogido las linternas?
Dean no aparta la vista de la carretera al preguntar. Unas gotas de sudor le resbalan por la sien y no es porque haga precisamente calor. La oscuridad se traga el asfalto. La niebla se acumula y no sólo afuera.
—Las cogiste tú, Dean.
O no.
Sam responde sin levantar la mirada del plano de la tienda. Lo ha dibujado de memoria porque Dean se negaba a buscar la salida de emergencia en Google Maps, asegurando que los mapas son para cobardes. No es arquitecto, pero le ha quedado bastante bien para no haber usado una regla y tener la lengua de su hermano trazando otro plano por su cuello, su nuca, sus hombros, su espalda.
Está casi seguro de que Dean guardó las linternas en la mochila, junto a los pasamontañas.
Casi.
Tuvo que quitarle el pasamontañas de la cabeza.
—¿No te pone que lleve uno de estos, Sammy? Porque, cuando me puse el casco de moto, noté cómo me mirabas.
Le ha hecho gracia que Dean se lo preguntara después de follar sin quitarle la corbata.
Sam no tiene fantasías con ladrones.
Ni con moteros.
Sólo con Dean.
Con Dean y con todo lo que se pone en la cabeza.
O, más bien, con todo lo inservible que se quita de ella.
—No. Yo no las he cogido, capullo.
Dean insiste, tentado de regresar al motel. Aunque empieza a dudar de todo lo que metió a presión en la mochila porque Sam le hablaba desde la cama completamente desnudo y jugueteando con la corbata.
—¿En serio, Dean?
Sam resopla su nombre como si dejara caer un ladrillo desde un quinto piso. Arruga el ceño cuando Dean da el intermitente, decidido a dar media vuelta. Antes de que su hermano gire el volante, abre la guantera, saca la linterna de repuesto y la encaja entre sus muslos.
—La culpa es tuya, Sam. La próxima vez me hablas vestido.
Hay partes de un plan que son totalmente improvisadas y, aun así, efectivas. Como las relaciones.
***
Aparcar al final de la calle.
No hay ni una sola luz encendida en el edificio frente a la tienda. Algunas ventanas de los otros bloques están iluminadas, pero con las cortinas echadas.
La calle está prácticamente desierta, salvo por algún coche ocasional que pasa sin detenerse. Ninguno lleva lucecitas giratorias, como si fuera un puto árbol de Navidad ambulante. Afortunadamente.
Dean aparca el Impala en una esquina poco iluminada, donde los árboles ayudan a disimular su presencia. Apaga el motor, pero no suelta el volante. Sus dedos repican sobre la cubierta, mientras observa detenidamente la calle a través del retrovisor.
—Demasiado tranquilo —murmura, como si esperara que el coche le respondiera.
Sam bufa. No entiende cómo Dean se puede quejar cuando los planes marchan según lo previsto. En eso consiste un plan. En que todo salga bien, sin cabos sueltos.
Dean detecta el primer cabo suelto. Un mendigo empuja un carro lleno de chatarra y bolsas. Su chaqueta tiene más agujeros que tela y cada paso suena más roto que su ropa. Apenas se le ve la cara con tanta barba. Parece un Papá Noel al que la última chimenea no lo trató nada bien.
Antes de que Sam pueda decir algo, Dean abre la puerta del coche con un billete de 50 pavos en la mano.
—¿Qué haces?
Dean no contesta. Camina hasta el mendigo, sin prisas. Una ráfaga de aire le obliga a subirse el cuello de la chaqueta. No aparta la mirada de las esquinas cercanas, atento a cualquier movimiento sospechoso.
—Cómprese algo caliente, amigo. Y, ¿por qué no pasea por otra calle un rato?
El mendigo le mira, primero a él y luego al billete. Parece que la Navidad se ha adelantado un par de meses. Pero no se lo piensa dos veces. Agarra el dinero, balbucea un gracias y se aleja con el carro, rechinando por toda la calle.
—¡Guau! Qué generoso por tu parte, Robin Hood.
Sam lo dice cargado de ironía, mientras recoge su mochila del asiento trasero y Dean regresa al coche con esa típica expresión heroica, como si acabara de salvar el mundo. A su hermano siempre le ha gustado ser el héroe, el que mata al monstruo y salva a la princesa. Probablemente, ser la princesa en la cama no le siente tan mal.
—¿Qué pasa, Sam? —Dean frunce el ceño, desconfiado. Algo trama.
Sam baja la cabeza para ocultar una sonrisa sutil. Con suerte, pronto tendrá la oportunidad de averiguar cómo lleva el cambio de papeles. No le oyó quejarse cuando se puso detrás, casi no tuvo ni que masturbarle.
—Tú tampoco fuiste muy tacaño con la propina que le dejaste a Olvido.
Sam cierra su mochila con un tirón exagerado que no logra esconder la punzada de celos al oír de nuevo ese nombre. Dean y él no son tan distintos. Ambos siempre buscan lo mismo. Deshacerse del problema.
—Veo que no te has olvidado de su nombre, Dean.
Dean abre el maletero y saca una palanca de hierro, mientras le dedica a Sam una de esas sonrisas que le derriten como mantequilla. Porque si hay algo que no olvida es esa carita celosa que le pone a mil.
***
Forzar el cierre de la salida de emergencia sin ser vistos.
Dean se agacha junto a la salida de emergencia, con el pasamontañas calado hasta las cejas por la niebla y sujeta el candado con una mano. Apenas se gira para comprobar que la calle sigue vacía. La niebla le pesa en los tobillos como una mala idea.
—¿Tienes algo para esto, Bonnie? —murmura sin dejar de vigilar.
Sam no necesita instrucciones. Se recoloca el pasamontañas, que no para de torcerse y picarle, deja caer la mochila al suelo y, antes de que Dean se impaciente, ya está tirándole la ganzúa.
Dean la coge al vuelo con una mano.
—Siempre te adelantas un poco, Sammy. Como cuando te corres.
El comentario de Dean, con ese tono socarrón que domina a la perfección, llega junto a un clic suave cuando el candado cede.
—Adiós, candado. Hola, puerta abierta.
A Dean se le llena la boca con una sonrisa triunfal y empuja la palanca con cuidado para que la puerta se abra sin hacer ruido.
Sam se cruza de brazos, más indignado por la desfachatez de su hermano que por la comparación. Si quisiera, Dean tardaría lo mismo en correrse que lo que tarda en abrir una puerta. Llevan el mismo mecanismo simple. Sólo hay que saber dónde tocar.
—Veo que lo simple es tu especialidad, Dean.
Dean levanta una ceja, a punto de responder, pero un crujido a sus espaldas hace que se detenga. Gira lentamente la cabeza. Sus músculos se tensan, sus sentidos se aguzan, el instinto de cazador se le activa.
—Es el viento y nada más.
La frase de Sam le golpea como un eco de otro tiempo. Hace tantos años que Dean no escucha ese poema tan deprimente de Poe que parece que lo que ha cambiado es el verso y no esa voz tan distinta, con la noche tan cerrada, tan lejos de Tulsa, Oklahoma.
Sam lo leyó en una actuación del cole. Tartamudeaba y sudaba como si estuviera en un interrogatorio cuando subió al escenario, pero se las arregló para terminarlo.
Su padre no estaba. Nunca estaba.
Dean sí.
Se sentó en la última fila. Sam lo hizo genial. Le aplaudió. Le hubiera aplaudido aunque se hubiera equivocado o caído del escenario. Se merecía un aplauso sólo por recitar delante de un montón de gente, con un micrófono al que apenas llegaba y tuvo que ponerse de puntillas -¿quién lo diría?-.
Sam siempre ha sido muy valiente. Aunque sea el único que no lo vea.
Dean nunca le dijo que estuvo allí.
Ahora está. Y no se piensa ir. Ni sentarse en la última fila. En cada puerta que abre por Sam y para Sam y por los siglos de los siglos. Por eso hacen lo que hacen. Por eso están donde están. Y no esperan aplausos.
—Supongo que pretendías insultarme con eso de lo simple, pero te has insultado a ti mismo, Sam.
Lo primero a Dean le importa una mierda. Lo segundo le raspa por dentro.
Sam agacha la cabeza. Si hay algo que funciona con simplicidad no es precisamente el razonamiento de su hermano.
—Esta vez, quien sea que llama, ha llamado a mi ventana; veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Dean recita lo único que recuerda del poema, ese trozo que se le quedó grabado porque Sam metió la pata.
Los errores hacen que algo imperfecto sea único. Inolvidable.
Sam quiere decirle tantas cosas que los pensamientos se atropellan unos a otros, las palabras se descolocan, las vocales giran, los verbos chocan y termina por balbucear.
La verdadera especialidad de Dean es abrir puertas y cerrar bocas. Nada simple, en realidad.
—Ahí también te adelantaste un poco. No hay nada malo en adelantarse, Sammy. Ni en lo simple. Demasiado complicado es todo.
Dean pasa a su lado, dándole un empujón leve con el hombro, apenas un roce sutil al entrar. Como si fuera el viento y nada más.
***
Desconectar las alarmas y tapar las cámaras de seguridad.
Es rápido. No las hay.
***
Entrar con calma y sin tirar nada.
Caminan lentos. La tienda está sumida en una oscuridad espesa que hace que el aire se sienta denso, como si se metiera en las orejas. Las sombras son abrazos incómodos. Todos los relojes llevan el mismo tic-tac en un silencio opaco. Las tablas viejas del suelo protestan bajo sus botas, mientras intentan no tropezar con nada.
Sam va delante. Tantea con los guantes las estanterías que le sirven de guía. Los olores a polvo, a madera envejecida y a algo metálico se le meten en la nariz y le provocan un picor insistente en la garganta. El pasamontañas lo empeora. Está a punto de estornudar, pero se aguanta. No es fan de los estornudos ruidosos en misiones silenciosas.
—¿Ves el espejo?
—No veo nada si no enciendes la linterna, Dean. Voy a ciegas.
Sam gruñe. Sus ojos intentan adaptarse a la oscuridad, pero el lugar es tan opresivo que incluso lo que está a un palmo de su nariz desaparece en la negrura. Ya podría desaparecer también el maldito picor, que no está a un palmo de su nariz, sino metido en ella. Odia el pasamontañas. No le piensa pedir a Dean que se lo ponga. Nunca. El acto sexual sería un acto terrorista.
Dean hace un gesto vago con la mano, como si estuviera señalando algo, pero en realidad no tiene ni puta idea de lo que está haciendo. Su hermano no para de rascarse y carraspear. Presiente que no va a aguantar mucho más el estornudo. O las ganas de gritar cuando oiga lo que tiene que decirle a continuación.
—Me la he dejado en el coche.
Sam parece tener un ataque de nervios. O de alergia. O un ataque de algo que no es de risa. Dean se lo imagina todo porque Sam hace algún ruido, pero no ve una mierda. Por eso mismo no follan con la luz apagada.
Los móviles en la tienda no funcionan, así que Dean enciende el mechero. Lo primero que ilumina es la cara de Sam. Tiene el pasamontañas medio enrollado, medio torcido, medio quitado, medio pegado a la piel, roja y con un ligero sarpullido, y un cabreo capaz de apagar la llama sin soplarla.
Dean se echa hacia atrás y, sin querer, choca con una mesa, haciendo que se tambalee. No tiene ni idea de qué hay encima, pero está claro que peligra. La alumbra con el mechero y se maldice entre dientes cuando ve que una bola de cristal rueda con un ronroneo pesado y a cámara lenta por el tapete hasta el borde, a punto de caer al suelo.
Dean la agarra con la única mano libre que le queda, justo a tiempo. Al entrar en contacto con ella, una corriente invisible le recorre el cuerpo. El vello se le eriza y el calor que emana de la bola le traspasa hasta el guante, como si no llevara ni la piel puesta. Los colores del interior empiezan a girar en un remolino hipnótico, como si alguien los estuviera agitando desde dentro.
Algo frío y extraño le golpea, lo nota en las sienes, en el pulso, ruge desde dentro. No es dolor, pero le deja inmóvil. No está viendo con los ojos. Está viendo con la mano. Y lo que ve no es el reflejo de la tienda, ni de Sam, ni de sí mismo. Lo que ve son sensaciones, escenas rápidas, fugaces, imposibles. Como si pertenecieran a un espacio/tiempo que no debería mirar.
Un Sam muy joven. Un John herido. El Impala en una carretera por la noche, bajo una lluvia torrencial. Una canción de Keith Whitley. Y la sensación de estar al borde de un error cuando escucha un eco con la voz de Sam. No es culpa mía, papá. Te has equivocado. No eres perfecto. A veces cometes errores. Y siente una punzada de nostalgia prestada, de culpa arraigada, de todo a la vez.
Luego, la imagen cambia. Un Sam distinto. Un Sam con el pelo algo más largo y la mirada más dura. Un cementerio. El cadáver de alguna cosa cabreada al lado de la tumba de una tal Charlotte Noséqué. Y un Dean con arrugas que aún no tiene y que le dice a su hermano tú ganas, Sam. Vamos al motel. Allí hay menos lápidas y, con suerte, más cerveza, una ducha y no tendré que follar con Mister Moralista.
Dean empieza a marearse, incapaz de soltar la bola. Ahora está en una pelea, en un bar que no recuerda, pero siente el tequila en la boca, los puños apretados y una furia incontenible cuando un tío enorme empuja a Sam. Escupe ¿Acabas de tocar a mi hermano? y eso es exactamente lo que le diría a alguien antes de pegarle un puñetazo.
Es como estar intoxicado de recuerdos que no le pertenecen. Borracho, pero no tanto como el siguiente Sam, que aparece como una alucinación y le besa en una habitación de motel. Le besa con toda la suavidad de un mundo que no la tiene. Le besa y se defiende con un ha sido un beso totalmente maduro, profesional y toudoesooo, cuando apenas se tiene en pie. Un beso como la tecla pulsada de un piano, que sigue vibrando mucho después de tocarla, igual que Dean siente en sus labios ese beso de otro Sam, pero que sigue siendo su Sam.
Quiere dejar de sentir a la vez que no puede parar. La siguiente visión es rara. No entiende quién es esa chica sentada a su lado en la mesa. No entiende por qué sus padres -los dos-, están ahí. No entiende quienes son esos otros dos que le miran. Pero lo que menos entiende es que Sam no está. Parece que ese Dean está perdido, desubicado, tan aterrado como él. Tu madre nos estaba preguntando si ya hemos pensado un nombre para el bebé, le dice una voz que no conoce. Y se empieza a agobiar.
Otros Dean. Otros Sam. Otros mundos. Otros futuros. U otros pasados que no puede alcanzar. Se repiten una y otra vez, como si quisieran decirle algo que no entiende. Algo que no quiere entender.
Con un esfuerzo sobrehumano, Dean se obliga a soltar la bola sobre su soporte. Y todo vuelve a la normalidad. Todo, menos él.
—Como rompas algo, te mato, Dean.
Dean ni escucha su amenaza, sólo puede mirarle con la boca abierta y una incomprensión que le palpita en las sienes. Está absolutamente aturdido por esa sensación de haber estado espiando otras realidades. Pero a la vez está completamente seguro de que nada va a salir mal. Hay otros Dean y otros Sam y él tiene fe en que no la van a cagar. Y si existe esa bola de cristal en sus mundos, quiere que vean que ellos tampoco los van a decepcionar.
Dean hace un gesto con la mano que Sam traduce como sigue andando, pero nota a su hermano muy distinto. Algo en él ha cambiado al tocar esa bola de cristal.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Dean.
—He dicho que nada, Sam. Sigue buscando el maldito espejo.
***
Llegar hasta el espejo.
Sam se agacha con cuidado y le pide a Dean el mechero. Se acerca al espejo, retira lo justo la sábana que lo cubre para ver parte del marco y nota el relieve de las inscripciones bajo sus dedos, mientras busca cualquier detalle que no encaje. Esperaba sentir algo raro al tocarlo, pero es como cualquier otro espejo. Se parece al de los libros. Mucho. Es idéntico. Se lo ha aprendido de memoria de tanto mirar las fotos como algo inalcanzable.
—¿Todo bien?
Dean pregunta más cerca de su oreja de lo que Sam espera y su voz hace que pierda un poco el equilibrio.
—Sí. Lo tengo.
Sam responde con una calma que no refleja cómo se siente.
Sí. Por fin lo tiene. Que sea el espejo auténtico y funcione sólo es cuestión de probarlo. Lo malo es que no permite ensayos ni errores.
***
Cogerlo con cuidado y, sobre todo, no destaparlo.
El espejo es ligero y mucho más pequeño que La Gioconda. Sam recuerda haber leído que Da Vinci la llevaba a todas partes.
Tal vez aquel estudiante de arte que conoció al llegar a Stanford pensaba algo parecido sobre él, que sería digno de llevarle a todas partes, aunque no era fácil de transportar.
El problema no era cómo le veía la gente. Sino cómo no veía él a los demás.
—Dime qué te ha pasado antes, Dean.
Sam levanta el espejo y siente que su peso es más ligero que el peso de la pausa de su hermano, que responde con una evasiva.
—¿Quieres tener más cuidado? Imagina que se rompe.
El espejo es indestructible, no como la paciencia de Sam. A Dean le ha pasado algo con esa bola de cristal y no se lo quiere contar.
—¿Has visto el futuro?
Sam pregunta, aunque teme la respuesta.
—No sé ni lo que he visto, Sammy, pero prefiero no repetir la experiencia.
Dean se pasa una mano por la cara e intenta ocultar lo que más le cuesta dejar atrás y que Sam siempre ve en él. Miedo.
***
Salir sin dejar huellas y cargarlo en el maletero.
La niebla los envuelve, mientras caminan hacia el coche. Sam carga el espejo en el maletero. Una esquina del marco que se ha quedado descubierta brilla débilmente bajo la luz de la farola.
Dean cierra el portón con un golpe seco y se gira hacia Sam con la mirada fija.
—Si no funciona…
Dean empieza a hablar con esa frialdad que adopta cuando aprieta los dientes. Es lo único que Sam puede ver, dientes apretados y ojos brillantes bajo el pasamontañas. Y decide cortarle antes de que pueda seguir.
—Funcionará, Dean.
Y no hay más que hablar.
Si no funciona, no va a quedarse a ver las consecuencias.
Dean se monta en el asiento del conductor con una expresión que dice al fin, mientras Sam se acomoda en el del copiloto. Gira la llave de contacto y el motor resuena junto a la música.
But now it's time for me to go, the autumn moon lights my way.
For now I smell the rain and with it pain.
And it's headed my way.
—Necesitaba esto.
Dean sube el volumen, mientras Jimmy Page llena el aire con su punteo y la lluvia fina contra los cristales parece la preparación del videoclip de la canción.
—Y yo esto.
Sam le quita el pasamontañas a Dean antes de arrancarse el suyo, aunque el propio es el que realmente le corre prisa. Se deshace de él como algo más que una tela que le ahoga y le pica.
Ramble On retumba dentro del coche y lo que ambos necesitan no es esto o esto otro, sino satisfacer la misma necesidad. Empañar los cristales del Impala a ritmo de Led Zeppelin, hasta que la niebla de fuera sea una reproducción a escala de la de dentro y Robert Plant no sea más que el coro de sus gemidos. Porque no son tan distintos. Ambos siempre buscan lo mismo.
Dean agarra la nuca de su hermano, con los labios hambrientos y la mirada llena de fuego. Sam pierde una mano en su entrepierna y la otra en la guantera, mientras posa los labios en su cuello. El aire les pesa, sucio, obsceno, atrapado entre los asientos.
Y algo cambia.
Un clic frío, metálico, certero, rompe el aire.
Antes de que Dean pueda reaccionar, tiene el cañón de una pistola presionando contra su sien desde el asiento trasero.
Sam no piensa. Se gira. Y antes de verle la cara, el metal de su arma se clava contra la cabeza del tipo que se atreve a interrumpirlos. Tan rápido e instintivo que su pistola parece una extensión de sus dedos.
—Deja de apuntar a mi hermano o no dejo de ti ni el recuerdo.
Se pospone lo de desaparecer de Chicago. También lo de echar un polvo en el coche mientras suena una de Zeppelin.

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