lunes, 23 de junio de 2025

Capítulo 2: Hotel California (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el segundo capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
—¿Una habitación?
No duda que estén buscando una habitación. Lo que duda es que quieran dos camas. Nunca ha visto a una pareja con tantas ganas de follar.


2 - HOTEL CALIFORNIA


 

There were voices down the corridor, I thought I heard them say.

Welcome to the Hotel California.

Such a lovely place. (Such a lovely place.) Such a lovely face.

 

No es un hotel ni mucho menos están en California, pero esa canción de los Eagles suena cuando llegan a la recepción de un motel en Truth or Consequences, Nuevo México. Un pueblo con nombre sacado de un mal guión. Una maqueta a la que Dios le dio un manotazo.

La recepcionista clava los ojos en la llave, como si fuera la llave la que se resistiera a entregarse. Mira el enorme coche negro aparcado fuera. Mira al más alto de los dos, con una actitud tan inerte como la planta artificial junto a la puerta. Mira a su acompañante de sonrisa desgastada, que oculta más ganas de llorar que armas en la bolsa que deja sobre el mostrador. Lo sabe porque huele a pólvora y a desinfectante y asoma el doble cañón de una recortada por la abertura de la cremallera.

Opta por sonreír en un retortijón, mientras hace clic con el boli repetidas veces. Le han rellenado el libro de registro con nombres que parecen inventados. Hasta empiezan por la misma inicial. Qué original. Deben llevar demasiadas noches sin dormir para que lo mejor que se les ocurra sea inscribirse como Jensen y Jared.

—¿Una habitación?

No duda que estén buscando una habitación. Lo que duda es que quieran dos camas. Nunca ha visto a una pareja con tantas ganas de follar.

Tiene problemas para procesar el hecho de que dos tipos que aparecen en mitad de la noche puedan compartir un coche como ese sin ser delincuentes y una habitación sin ser amantes. Además, no puede evitar preguntarse quién de los dos se habrá pedido el nombre de Jared. Apostaría por la planta artificial.

Dean repica los dedos contra el mostrador, a punto de bufar.

—Sí, señora. Una habitación con dos camas grandes.

Sam, en vez de irritarse como suele hacer cuando Dean se empeña en aclarar esa serie de malentendidos -especialmente delante de una mujer-, sonríe. Últimamente, se ha vuelto muy permisivo con él. Odia saber cuánto va a echar de menos sus gilipolleces y esa actitud de macho alfa que es todo compensación.

Tampoco es que Dean se esmere. Ni intenta bromear con la recepcionista. Está harto, muy cansado y jodido a la máxima potencia. Antes, siempre tenía un somos hermanos en la punta de la lengua. Ahora le importa una mierda si esa tía piensa que van a follar. A lo mejor deberían. Follar hasta borrarse el apellido. Follar hasta que el incesto sólo sea un vacío sin nombre ni peso. Ya que va a ir al Infierno, lo mismo le da que sea por una cosa o por más.

—Somos detallistas con nuestros clientes, queremos cuidarlos durante sus estancias y que se sientan lo más cómodos posible. Tenemos todas las mesillas surtidas, ya me entienden, por si cambian de opinión.

Ambos se miran como si ella les estuviera hablando en danés cuando suelta la llave. Parece que sigue pensando que sólo necesitan hacer crujir una cama.

 

***

 

El camino hasta la habitación huele a asfalto caliente y a un silencio espeso. Sólo se escuchan sus pisadas y algún grillo afónico en la lejanía.

Dean empuja la puerta y una ráfaga de aire viciado les da la bienvenida.

Por detallistas con nuestros clientes bla, bla, bla, se entiende una habitación vieja y empapelada con un estampado floral tan desgastado que las flores parecen marchitas. Una de las camas se hunde en el centro. La otra no está mucho mejor, pero al menos parece capaz de aguantar el peso de una persona más de dos noches seguidas.

Dean tira su bolsa de lona al pie de la cama más cercana, la peor. Lo llama generosidad. Lo llama cortesía. Lo llama ser un buen hermano. Lo llama de cualquier manera menos lo que es.

Ha vendido su alma por Sam, pero.

 

No. No es amor.

Lo bueno de repetírselo a sí mismo para creérselo es que no tendrá que hacerlo durante mucho tiempo. Seis meses y dos días. Y luego, ese hueso duro lo roerán los perros.

Sam ya duerme poco, como para que encima tenga que hacerlo en un colchón al que sólo le falta gritar no puedo más.

Dean no le reprocha que no le agradezca el gesto. Se sienta en el borde de la cama y empieza a desatarse las botas. El ruido del cuero y las hebillas llena la habitación, un metrónomo que marca el ritmo de su rutina.

Tic tac. Tic tac.

Dentro de poco no se escuchará nada. Dejará de hacer ruido. Dejará de sonar.

Sam deja caer su mochila al suelo de golpe. Se sienta en la otra cama y sigue el ejemplo de Dean. Ambos suenan al unísono. Botas y hebillas al mismo compás.

Tic tac. Tic tac.

Dentro de poco ese compás se romperá.

Y ninguno está hecho para sonar en solitario.

Dean sigue con la mirada fija en el suelo y esa pose derrotada que no consigue levantar ni su sonrisa. La pregunta que lanza es inesperada y le sorprende incluso a él.

—Entonces, ¿Julieta se apuñala?

Podría hablar del tiempo.

Podría hablar del poltergeist que van a cazar mañana.

Podría no hablar.

Sam levanta la mirada desde su cama, sorprendido, y sólo asiente.

Dean suelta un bufido y saca el cuchillo que lleva escondido en la bota para guardarlo bajo la almohada. Sam no necesita preguntar qué tipo de pensamientos, llenos de olor metálico, carne abierta y el rojo intenso de una amapola líquida, están inundando la cabeza de su hermano justo después de preguntar por la maldita Julieta.

—Al menos follarían antes, ¿no?

Contra todo pronóstico, Dean logra que suene romántico lo que debería sonar obsceno y grosero, mientras Sam se queda boquiabierto y los segundos se le atascan como se le atasca la respuesta.

—Supongo, Dean.

Supone porque se saltó un montón de capítulos y sólo se leyó el final del libro en cuanto se enteró de que sus expectativas por besar a Annie Snickerdoodle se redujeron a cero.

—No sé qué es más patético, morir por amor o hacerlo sin haber echado un polvo primero —Dean hace una pausa que hasta Shakespeare aplaudiría—. Prefiero a Bonnie y Clyde. Al menos murieron robando bancos. Y follaron.

Sam nota cómo Dean se hunde entre las palabras igual que se hunde en la cama. Le mira con confusión y sin entender exactamente qué es lo que Dean le trata de insinuar, puede que ni él mismo lo sepa. Mientras se agacha para quitarse la otra bota, se pregunta si su hermano alguna vez ha sentido algo más allá de la urgencia, de la necesidad física, del sexo. Algo que se le acerque, siquiera un poco, a lo que podría ser amor.

Dean abre el cajón de la mesilla y rompe ese silencio que ya está hecho añicos por la incomodidad. Busca cualquier cosa que le distraiga, hasta que apaguen la luz y Sam intente dormir mientras él intenta no llorar.

Se tira un buen rato sacando cosas del cajón, cada una más irrelevante que la anterior. Un taco de notas, un boli al que no hay que tomarle el pulso para saber que no pinta, un posavasos con cien vidas, un paquete de cerillas que resisten por costumbre más que por necesidad. Nada interesante hasta que ¡bingo! un sobre de muestra de lubricante y un condón hacen su aparición estelar. Ahora entiende lo de detallistas y todo ese rollo que les ha soltado la recepcionista.

Dean levanta las cejas y le sonríe. Y Sam juraría sobre la Biblia y la Constitución de los Estados Unidos de América que su sonrisa tiene más carga sexual que la que le dedicó a la rubia del último bar.

—Bueno. No es que necesite todo esto ahora. Como no me haga una paja de lujo.

Sam se pone rojo al instante al escucharle. Siente tal calor en la cara que podría fundir la habitación. Mueve los dedos de los pies, no sabe si por nervios o porque, sin ordenarles nada, han empezado a calentar por su cuenta, por si necesita salir corriendo, aunque sea descalzo. Piensa un maldita sea, otra vez no, mientras mira al suelo. Ha oído antes cosas más subidas de tono y ha reaccionado de maneras que no piensa contarle jamás a Dean. Aquella vez en Sedalia, Missouri, hace ya muchos moteles, cuando tenía la edad justa para conducir.

Dean mira de nuevo el condón y el lubricante. Y el posavasos porque está ahí. Pasa los dedos por el sobre del lubricante y traza el contorno con una precisión que no debería tener.

Ha habido tantas chicas. Tantas oportunidades. Tantos polvos que sólo recuerda porque sonaban sus canciones favoritas. Y ni una sola vez ha sentido que a largo plazo valiera la pena, pero

—si te besara.

Las palabras le salen solas. Dean no sabe si está pensando en voz alta o si está pensando tan fuerte que su cerebro ha aprendido a hablar. Pero lo dice. Lo dice y ni siquiera se da cuenta que lo ha dicho hasta que Sam se levanta de la cama de enfrente.

Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie cerca para oírlo, ¿hace ruido?

Ni puta idea.

Porque Sam sí está cerca. Y cada vez se acerca más.

Porque Dean sí ha hecho ruido. Mucho ruido, pese a dejar caer ese árbol con suavidad. Un ruido deliciosamente atronador en los oídos de Sam.

Sam da un paso. Apenas medio. Lo suficiente para romper la distancia habitual que siempre hay entre él y su hermano. Dean no se mueve. No parpadea. Casi no respira.

—Hazlo.

Sam no lo pide. No lo ruega. Se lo exige con una determinación que le quema hasta la lengua. No importa cuántas veces hayan esquivado lo que sienten. Es hora de que sus bocas sirvan para algo más que para mentir.

Dean ni se lo piensa.

Las órdenes no se piensan.

Si va a arder, que sea ya. Que sea aquí. Que sea por dentro. Que sea con Sam.

Así que le besa.

Le besa lento y rápido y a un ritmo tan caótico que los labios tienen que luchar por ordenarse. Le besa con algo que le araña las entrañas y un ardor que no consigue sofocar con nada. Le besa como no ha besado antes a ninguna, convirtiendo cada beso en un ensayo. Le besa como si su lengua soportara todo el peso de sus días. Le besa y le parece lo más fácil y a la vez lo más difícil que ha hecho nunca. Le besa con las ideas ardiendo y no termina de besarle cuando se descubre a sí mismo pensando cómo hacerlo de nuevo de mil maneras distintas.

Sam siente ese primer beso como si el mundo hubiera creado a Dios y no al revés. Se resiste a que termine, aunque cada segundo que pasa y no piensa en cómo salvarle es un clavo más en el ataúd de su hermano. No pone dulzura en las manos cuando le agarra de la nuca, sólo rabia. Rabia porque, más pronto que tarde, tendrá que soltarle y no quiere. Lo que quiere es cada segundo, cada aliento, cada empujón de su lengua. Y ya que no sabe cómo salvarle ni cómo detener el tiempo, va a besarle hasta que los labios dejen de ser un poco menos suyos y mucho más de Dean.

Cuando se separan, quizá para coger aire -quizá para que sea soportable tanta carga emocional-, Dean apoya la frente contra la de Sam, que tiene la respiración agitada y algo que se parece a la felicidad justo al borde de los ojos.

Se estremece al pensar un joder, Sammy, ¿por qué no nos hemos besado antes?, pero no atina con las palabras. 

Ni falta que hace.

Sam se está preguntando exactamente lo mismo.

Son dos notas que vibran en una disonancia perfecta.

Y quieren vibrar al unísono.

Dean le mira y lo que busca lo encuentra rápido. En los ojos de Sam no hay ni pizca de arrepentimiento. Ni complacencia por un moribundo. Lo que hay es un montón de moteles y un montón de noches y un montón de impotencia acumulada durante años. Cada vez que salía, Sam nunca le preguntaba dónde iba, ni con quién, ni qué hacía. Ni mucho menos le decía en qué pueblo de todos los que han estado dejó de mirarle sólo como a su hermano.

No entiende cómo ha podido pasar tanto tiempo con él y no haberse dado cuenta de lo que Sam se estaba callando. Tal vez no quería fijarse. Es como revisar el puto equipaje y encontrar que toda su ropa está sucia, sin nada más que ponerse. Una incomodidad de cojones, pero necesaria.

Dean no termina de maldecirse cuando siente las manos de Sam en la cara, como un fuego abrasador en las mejillas, mientras le empieza a desnudar con tanta prisa que arrastra junto a la ropa cualquier mancha en su conciencia.

—¿Quieres ser Bonnie o Clyde?

Dean jadea la pregunta, mientras le arranca la camiseta, como si todo su tiempo se redujera a seis minutos, dos segundos y un puñado de milésimas. La lengua le exige más saliva para lamerle entero, mientras sus manos abarcan toda esa piel que arde, palpita, suda, se estremece bajo sus dedos.

No se le ocurre preguntar si van a follar. Sería como preguntarle al sol si piensa salir mañana.

Recorre la espalda de Sam como un mapa que ha memorizado en cada abrazo y borra cualquier frontera con las uñas, con la lengua, con los dedos. Sólo piel caliente y gruñidos que hacen que su bragueta quiera estallar antes de tiempo.

—Decide tú. Has pagado la habitación.

Sam suena derretido y Dean decide que sea su hermano el que elija cuando siente sus labios en el cuello y sus manos de gigante por todas partes.

Le da igual ser Bonnie o Clyde. Murieron en una lluvia de balas. Así que lo piensa mejorar. Si tiene que morir, quiere hacerlo follando. Follando con Sam. Y que el único disparo que le atraviese sea el de su orgasmo.

Se quitan los pantalones con impaciencia, se besan destrozando el tiempo, se tocan, se agarran, se enganchan con una fuerza capaz de destruir el universo. Dean apenas logra sentarse en el borde de la cama cuando Sam se acomoda sobre él, con un movimiento que tiene algo de rendición y mucho de posesión. El espacio entre sus cuerpos ha pasado a tutearse, mientras los segundos muerden sus pieles como fuego.

Dean no tiene tiempo para pensar. Sam toma el control y parece que ya ha decidido ser Bonnie cuando ignora el condón y rasga el sobre de lubricante con un gesto ansioso que incendia el aire. Más que lubricante, Dean lo siente como gasolina y, por cómo Sam lo extiende, parece que quiera que le folle con todo, sin dejarse nada fuera.

La cama cruje bajo el peso de sus cuerpos, como si no pudiera soportar la fuerza de la historia que escriben en el colchón. Jadean sus nombres con errores ortográficos. Se besan corrigiéndose mutuamente cada párrafo. Se muerden los labios para tachar lo innecesario. Se dejan notas en cada rincón de la piel. Sam le dicta más adentro y Dean escribe más despacio. Y ni Shakespeare se atrevería a cambiar una sola coma de su historia de amor.

Hay algo salvaje y primitivo en el ritmo de sus cuerpos, en la presión de los dedos, en los gemidos que convierten sus nombres en protagonistas de esas historias épicas que no están hechas para puntos finales. No sólo están follando. Están follando de una forma en la que no han follado con nadie. Encajados. Mirándose. Agarrándose. Devorándose.

Sam está muy encima. Muy adentro. Apretando, empujando, contrayendo, haciendo que el mundo se vuelva borroso. Y Dean no quiere desenfocarle. Quiere verlo todo. Quiere memorizar cada detalle. Quiere inmortalizarlo. Quiere que nunca, nunca se acabe.

Dean le agarra del pelo, tirando hacia atrás, mientras Sam mueve las caderas a un ritmo que a Dean le cuesta domar. Entra, sale, entra en él cada vez con más facilidad, más profundidad. MásMás es todo lo que Sam le exige. Y más nunca será suficiente para todo lo que Dean le quiere dar.

Sam gime cerca de su oreja con un instinto animal y, cuando se muerde el labio, Dean lo encuentra sencillamente irresistible. Le sujeta con más fuerza y lucha por contener esa sensación de estar a punto de explotar. Oye cómo Sam le susurra un Dean, perfecto, Deeaanperfectoes,eresperfecto, que le derrite los oídos con su exquisita imperfección. Le parece indecente aceptar ese cumplido cuando Sam está haciendo que lo pasivo sea más activo de lo normal.

Sam aumenta el ritmo y Dean siente cómo se precipita la sacudida violenta de su orgasmo. Un golpe intenso, líquido, espeso, tan jodidamente caliente que, cuando Sam se corre, más que salpicar su abdomen, parece querer fundirlo. Dean se corre con él, tan dentro de Sam que siente que la única forma de salvarse del Infierno es follar con su hermano hasta que su propia alma quede atrapada en él.

Están tan irremediablemente enamorados que, con el simple roce de sus miradas, podrían reducir a Romeo y Julieta a notas insignificantes a pie de página.

Dean jadea y busca sus labios como un perro sediento. Le besa como si se estuviera disculpando por hacer que un polvo tan increíblemente bueno no dure más que un rato. Le besa suave, lento, descaradamente tierno, con la misma delicadeza con la que le sigue embistiendo por inercia.

El sudor resbala por sus pieles y notan cómo cada beso es un bypass para que el corazón no les lata al borde del infarto.

Dean pensaba aguantar más, alcanzarle en la segunda vuelta, pero.

—Nos hemos corrido a la vez, tigre.

Ninguno está hecho para sonar en solitario.




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