lunes, 23 de junio de 2025

Capítulo 1: Hell Bells (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el primer capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
El fic es un crossover de Supernatural con la serie Misterio para tres (Friday the 13th). Contiene sinopsis, notas, portada, cabeceras por cada capítulo y hasta alguna sorpresa.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
Seis meses y dos días. Ni un puto respiro más. Es todo lo que tiene Dean antes de que los perros del Infierno le devoren.
Seis meses y dos días. Es todo lo que le queda a Sam para salvar el alma de su hermano.

Fanfic situado en la segunda mitad de la tercera temporada.

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Notas:
¿A alguien más se le partió el corazón al ver que Dean iría al Infierno y no había forma de evitarlo?
¡Seguro que aún estás gritando en mayúsculas!

En este fic, me he atrevido con un pequeño crossover de una serie que me gustaba mucho en los noventa, Misterio para tres (Friday the 13th). La idea surgió mientras escribía y me pareció que encajaba bien con SPN. Si conocéis la serie, estaré encantada de saber qué os parece. Y si no, también estaré encantada de leer comentarios.
Además del crossover, este fic tiene otra sorpresa en el capítulo 7. No os la voy a destripar, ¡jejeje!
¡Pssst! ¡Y aún hay más! No he podido resistirme a hacer una portada y una cabecera para cada capítulo. Me gusta que el arte y la literatura se comuniquen entre sí.

***

Espero que leer esta historia sea como una bocanada de aire fresco, porque escribirla ha sido como volver a respirar después de años en apnea.
Y a quién no le apetece respirar.


Sumario:
—Nah, Sammy. Las canciones country son tristes y siempre acaban mal. Yo soy como el rock clásico. Siempre en pie. Nunca muere. Sigo aquí, ¿no?
Por poco tiempo.
Por muy poco tiempo.
Y los rockeros siempre van al Infierno.


1 - HELL BELLS


 

La oscuridad devora el Impala en la carretera, una serpiente de asfalto que parece tragarse el horizonte y muda las sombras como muda la piel vieja.

Dean tamborilea los dedos sobre el volante al compás de esa canción que se niega a morir en su cabeza. Hace un rato que ha apagado la música porque Sam duerme en el asiento del copiloto, con la cara pegada al cristal y el pelo tan revuelto que parece que su cabeza ha traslado afuera la pelea con sus pesadillas.

En seis meses todo terminará.

Seis meses y dos días. Ni un puto respiro más. Es todo lo que tiene Dean antes de que los perros del Infierno le devoren.

Lo piensa mientras el motor amaga con desterrar la oscuridad. En el silencio de la noche, las cosas se sienten más cercanas, más reales.

La flecha del indicador de gasolina oscila entre reserva pánico.

Como su vida.

Tienen que parar a repostar. Y pronto.

—Sammy.

Dean le da un codazo suave, pese a la pena que le da despertarle. Últimamente, no es que Sam duerma poco, sino que pasa noches interminables entre libros antiguos de demonología y sorbos a cafés fríos.

Sam responde con un gruñido, abrazado al diario de su padre, como si fuera un maldito oso de peluche.

—Eh, bella durmiente, despierta. Necesitamos café y gasolina, y no necesariamente en ese orden.

Sam abre los ojos con pereza y mira a Dean con esa expresión de cachorro perdido que le sale sin querer. Bosteza como si intentara tragarse el Impala entero. El cuaderno se resbala de sus manos y las páginas se abren como labios para besar sus botas. Cada párpado le pesa una tonelada de culpabilidad. Culpabilidad por pegar una cabezada cuando lo que debería hacer es pensar. Pensar mucho y pensar mejor. Pensar hasta que se le sequen las neuronas.

Porque seis meses y dos días es todo lo que le queda a Sam para salvar el alma de su hermano.

—¿Dónde estamos?

Sam suena como si masticara gravilla. Está totalmente desorientado. La última vez que tenía los ojos abiertos, Dean tarareaba Don't stop believin' de Journey como si se la creyera, el atardecer se derramaba por la I-40 y aún no habían cruzado a Nuevo México.

Han encontrado un posible caso de poltergeist en el periódico, como si a Sam le importara salvar a alguien que no fuera Dean. O a Dean le importara algo más que sobrevivir otro día, mientras ve que su hermano se convierte en una sombra de sí mismo.

—Estamos en medio de la nada. Como siempre.

Dean sonríe y se desvía hacia una gasolinera que se sostiene en pie por pura cabezonería.

Sam se desespera al ver esa sonrisa despreocupada, cien por cien fingida, como si el maldito Infierno fuera solamente un trámite burocrático.

 

Hay un cartel que dice ABIERTO 24/7 con la mitad de las letras fundidas, como si éstas hubieran decidido tomarse un descanso. Un descanso que a Sam le indigna. Lo que debería hacer el universo entero es colapsar sobre sí mismo y alinearse para salvar a su hermano, no seguir girando con esa indiferencia cósmica que tanto le cabrea. 

—¿Sabes lo que más me gusta de este lugar?

Dean da un portazo al salir del coche, mientras mira la gasolinera.

Cuesta imaginar que haya algo en ese sitio que se acerque siquiera a gustar.

—¿Que no vas a tener que pisarlo nunca más dentro de seis meses? —murmura Sam, apretando los dientes, con las manos en los bolsillos, completamente desencantado.

—¿Quieres dejarlo ya, Sam? —Dean le empuja lo suficiente como para que la puerta de la gasolinera le quede a su hermano tres pasos más atrás—. Lo que necesitas es menos café y más sexo. En serio, echa un polvo y deja de joderme con ese rollo neurótico.

 

El dependiente suelta un bostezo, que recorre todas las paradas del cansancio, y palpa disimuladamente su revólver bajo la caja registradora al verles pasar por la puerta. Sobre el mostrador hay una foto de una mujer con cinco niños que le recuerda cada noche por qué sigue trabajando; si la mira demasiado, le dan ganas de volarse la tapa de los sesos.

Dean decide que un par de latas de cerveza y tres bolsas de loquesea es una cena equilibrada, mientras Sam está en el pasillo de los sándwiches, creyendo que alguien más que Dios le escucha musitar no tienen pan sin moho.

—Esto y la gasolina del surtidor dos.

Ante la petición de Dean, el dependiente se cruza de brazos y decide esperar a que el otro tipo termine de elegir entre los distintos tonos de verde del pan. No va a sacar dos tickets, no le gusta hacer esfuerzos innecesarios.

—Nuestro padre decía que es especial.

Dean bromea con aburrimiento y resopla, mientras sigue a Sam con la mirada. Parece que se ha rendido con los sándwiches y ahora está en otro pasillo.

Eso es lo que más le gusta de ese lugar. De todos los lugares que ha recorrido. Sam. Si su hermano está en cualquier escenario se convierte automáticamente en el lugar donde quiere estar y no preferiría estar en ningún otro sitio.

Después se fija en la foto del mostrador. Le debería reconfortar que él, a diferencia de ese tío, no va a dejar una viuda y cinco bocas que alimentar. Pero va a dejar solo a ese cabrón cabezota que intenta encontrar algo comestible -igual que intenta encontrarlo todo, sin saber siquiera si existe- y que mide como un poste de electricidad. Un poste de esos contra los que alguna vez se ha chocado, porque esquivarlo significaba estrellarse contra algo peor.

 

Al salir, Sam se apoya en el capó, como un gigante recién desempaquetado por eBay, dispuesto a comerse lo único que ha encontrado medianamente sano y que sólo está caducado desde hace un par de días, mientras mira a Dean con desaprobación por las porquerías que está engullendo.

—¿Qué? Ni siquiera me va a dar tiempo a morirme de un infarto ni nada de eso.

Dean lo dice como si fuera una buena noticia, mientras se mete un puñado de patatas fritas a la boca. Mastica ruidosamente porque hacer ruido es la prueba de fe de que sigue vivo. Le resulta irónico -y totalmente absurdo e innecesario- que Sam se siga preocupando por gilipolleces como su dieta cuando, a lo sumo, le quedan unas veinte cacerías por delante y, con suerte, la mitad de polvos.

—A veces pienso que nuestra vida es como una canción country.

Sam lo dice convencido y con pocas ganas de que Dean le rebata lo contrario, aunque lo hará, además de soltarle algo como vaya cursilada.

Sam no aprendió a tocar ningún instrumento en el colegio y siempre le ha dado vergüenza cantar, pero una vez le escuchó decir a un profesor algo como somos música, mientras sentía que le faltaba aire, le faltaban dedos y que todos los trastos hacían un ruido infernal. Le pareció lo más estúpido e irracional que había oído por parte de un profesor.

Pero tuvo que darle la razón con el tiempo.

Las personas suenan, hacen ruido, empezando por el primer latido del corazón antes de nacer. La vida suena a ritmos impredecibles, a letras incompletas, a acordes rotos, a notas desordenadas, a partituras traspapeladas, a coros y a capelas. Y suena hasta el final. Aunque desafine.

Dean le mira de reojo y trata de no burlarse, mientras se registra los bolsillos en busca de algo de calderilla para un par de cafés.

—Nah, Sammy. Las canciones country son tristes y siempre acaban mal. Yo soy como el rock clásico. Siempre en pie. Nunca muere. Sigo aquí, ¿no?

Por poco tiempo.

Por muy poco tiempo.

Y los rockeros siempre van al Infierno.

Hay algo en la forma en la que Dean lo dice, algo en cómo mira a Sam. Quizás, están en medio de la nada y sólo le quedan treinta dólares para una habitación y seis meses cazando monstruos y comprando café malo en gasolineras destartaladas, pero está junto a Sam, su maldito poste de electricidad contra el que decide estrellarse una y otra y otra vez más. Y eso es lo único que le importa. Ya ha aceptado su destino.

Sam no.

Por supuesto que no.

No piensa rendirse.

Ni hablar.

Los ladridos de unos malditos perros no van a interrumpir la canción.

Les quedan tantas cosas que no decirse, tantas carreteras por recorrer, tantos moteles en los que pelearse por el mando de la tele o decidir en qué cama dormir, tantos chistes malos que sufrir, tantas canciones que aguantar, tantas cacerías a las que sobrevivir. Seis meses no bastan ni para la mitad de la mitad de lo que tienen que vivir.

Sam le mira con impotencia, mientras una sonrisa involuntaria asoma en su boca al ver cómo su hermano lucha sin cuartel con la máquina de café para conseguir algo remotamente bebible.

Ojalá Dios esté rodando la escena y pueda pasarle una copia el día que Dean no esté en el rodaje. Se niega a seguir una serie en la que su hermano no sea el coprotagonista.

—¿Crees que este café nos matará?

Dean le pasa uno de los vasos. Lo olisquea. Huele a rayos y amenaza con saber a matarratas.

—Después de todo lo que hemos pasado, ¿te da miedo un café de gasolinera?

Es lo único que tienen. De lo que están hechos. Miedo. Y cada vez lo disimulan peor. El miedo se filtra por cada grieta de sus voces, asoma en sus ojos como una llama que amenaza con prenderlo todo, agita sus manos con un temblor incontrolable, tiñe todas sus conversaciones, que desde hace medio año siempre acaban en el mismo tema.

Miedo.

Miedo perfectamente cosido como botones de una camisa de fuerza que los mantiene atados cuando se supone que están cuerdos.

Sam tiene miedo a perderle, y Dean no tanto a morir como a dejarle solo. Intentan no sonar asustados porque son Winchester y se dedican a matar cosas cabreadas y a vivir como nómadas en un mundo quieto. Pero también son humanos. Humanos que siguen haciendo ruido mientras el miedo trata de enmudecerlos.

Dean se bebe el café de un trago, como si fuera una medicina. Lo necesita para espabilarse hasta encontrar un motel.

—¡Aggg! Sammy, no te lo bebas —Dean le quita el vaso antes de que Sam se moje los labios y lo tira al suelo, un parche de asfalto a medio alquitranar que parece un intento fallido de arcén—. Se lo podría dar a esos putos perros, a ver si se mueren antes de que me maten.

—Dean.

Sam posa una mano en su hombro antes de que suba al coche. No sabe ni lo que le quiere decir. Sólo le toca para sentir que sigue ahí, sólido, vivo, haciendo ruido. Porque nota que le está perdiendo antes de tiempo. Es como cazar humo. Como si Dean ya sólo fuera una fachada mientras el interior de la casa se desploma. Como que se tiene que hacer a la idea de que pronto no va a quedar nada.

—Preferiría no adelantar acontecimientos por un café de un dólar, tío. Y, desde luego, no arrastrarte conmigo.

—Seríamos como Romeo y Julieta.

Sam sonríe con amargura. Le da rabia y le da pena y le hierve la sangre cada vez que lo piensa. Le gustaría pasar el resto de su vida en el asiento de copiloto, escuchando a su hermano quejarse por tonterías y yendo de pueblo en pueblo para cazar cosas y salvar gente. Sin prisa. Sin metas más grandes que el siguiente caso y conseguir algo de dinero para pasar el día. Hasta que los huesos no aguantaran sus pesos. Hasta que las canas los devoraran y las arrugas dibujaran el mapa del tiempo sobre sus pieles. Hasta que les temblara demasiado el pulso para sostener un arma. Hasta que la vista les fallara para ver venir al monstruo de la semana. Y quedarse dormidos para siempre la misma noche, pero dentro de muchas noches. Juntos. Hasta el último aliento. Una vida junto a Dean en la carretera, perfectamente imperfecta y llena de cosas malas que quieren matarlos. Pero una vida compartida, a fin de cuentas, con la única persona que no ha dudado ni un segundo en vender su alma para que la suya regresara y siguiera sonando.

—¿Esos dos tortolitos no acaban muertos, Sammy?

Como todos, algún día.

—Dime quién muere primero.

Dean arranca el motor a la vez que la pregunta.

—Bueno, si no te importa que te destripe la obra.

Sam lo plantea como si Dean fuera a gastar su tiempo en leer tragedias shakesperianas en los seis meses que le quedan.

Bueno. Tampoco está aprovechando el tiempo para beberse hasta el último bar o acostarse con cualquier cosa que le guiñe un ojo. De todo lo que puede elegir, ha elegido a su hermano.

Sam se siente extrañamente halagado. Dean está ahí. A su lado. Y no parece que necesite más.

—¿Quién la palma antes?

Dean insiste y no porque le interese lo que un tío, con leotardos y camisas de encaje, escribió hace siglos. Es más sencillo. Cuando Sam habla, su cabeza deja de hacer ruido improductivo. 

—Julieta finge su muerte para escapar con Romeo. Pero él no recibe la carta donde ella le explica el plan y, al verla muerta, decide suicidarse con veneno. Cuando Julieta despierta y encuentra su cadáver, toma una daga y se apuñala.

—Vaya mierda. Todo eso podría haberse evitado con un cartero más espabilado.

—Ya. Pues haberlo escrito tú, Dean.

Sam lo suelta con fastidio, mientras aparta la mirada hacia la ventanilla.

—Ya te moriste una vez, Sam. No hagas que yo la palme en vano. Para algo te he traído de vuelta.

Dean se lo advierte porque escribir como Shakespeare no sabe, pero sí leer letra a letra lo que Sam está pensando.

 

Sí. Para algo le ha traído de vuelta. Y a Sam le retumba en el pecho la respuesta.

Para dejarme solo, Dean.

Sam aprieta los labios para que no se le escape ese pensamiento que le resuena dentro con un eco de egoísmo.

Porque las lágrimas que se derraman por los muertos sólo sirven para aplacar el dolor de los vivos.

Claro que le jode que Dean vaya a morir, pero por quien realmente siente lástima es por él mismo. Porque ya no volverá a verle. Porque ya no podrá estar a su lado. Porque ya no contará con su ayuda. Porque nunca tuvo madre y ya no tiene padre y, si pierde a su hermano, se quedará solo.

Y eso da miedo.

La muerte no duele a los muertos, sino a los vivos.

 

—¿Sabías que la señorita Harris casi me dio el papel de Romeo en Undécimo Grado para la obra de fin de curso?

Casi.

Sam lo dice con orgullo, pese a que fue como el que se presenta a un concurso y no recibe más que un gracias por participar como premio de consolación.

—No te lo dio porque te presentaste para el papel equivocado, Sammy. Tienes más pinta de Julieta. Estarías preciosa con un vestido.

—Muy gracioso, Dean —Sam gruñe y pone su carita de limón, esa que nunca coge vacaciones—. Era mi única oportunidad para besar a Annie Snickerdoodle.

A Dean le da un ataque de risa al volante que termina siendo una pedorrera cuando intenta contenerse. Ese apellido tan ridículo le sigue haciendo mucha gracia, incluso después de tantos años.

—No te perdiste nada. Annie besaba como si quisiera besar un cactus.

Dean lo suelta convencido de haberle hecho el favor más grande del mundo, como si Sam tuviera que agradecérselo de por vida.

—¿Te liaste con Annie?

Sam no lo pregunta. No realmente. Es sólo el tono de incredulidad que elige para volcar su indignación.

—De nada, hermano.

Dean chasca la lengua y sonríe, echando más leña al fuego. Le provoca porque, en el fondo, necesita que Sam reaccione. Que le grite, que le pegue, que rompa una ventanilla, que haga algo. Cualquier cosa, lo que sea, todo menos esa tristeza insoportable que lleva meses cargando.

—¡Sabías que me gustaba Annie!

—¡Oh, lo siento, Romeo! No pensaba que eras tan sensible ni que te iba afectar después de ¡ocho putos años! Si te consuela, no me moría por besarla, simplemente se puso a tiro.

Sam tarda unos segundos en comprender qué es exactamente lo que le molesta.

 

No te morías por besar a Annie, pero ahora sí te mueres por haber besado a un maldito demonio en un cruce de caminos para resucitarme.

Y tarda aún más en comprender qué es eso otro que le molesta.

No es que la señorita Harris le diera el papel a otro con dotes actorales muy cuestionables.

No es no haber conseguido besar a Annie.

Lo que le molesta es el beso.

No exactamente que Annie besara a otro. Sino que Dean vaya besando a cualquiera.

Descubre que eso -y no otra cosa- es lo que le molesta. Es como revisar el equipaje y encontrar que toda su ropa está sucia, sin nada más que ponerse. Una incomodidad inevitable, pero necesaria.

Y, casi sin darse cuenta, se pregunta si su hermano habrá besado alguna vez a alguien a quien quisiera de verdad. Tal vez a Cassie.

O tal vez no.

Él creía que quería a Jessica. Es fácil confundir algunas cosas con amor. Pero el amor no se confunde con nada.

 

—¿Se puede saber qué es exactamente lo que te jode, Sam?

Dean le mira de reojo, en busca de una respuesta que no va a tener. Y Sam siente que esa mirada tiene textura, como un roce de lija o esa mano que nunca se atreve a posar en su muslo cuando van en el coche.

Dean enciende la música y pisa el acelerador. Lo último que quiere es discutir con el único tío al que ha tenido ganas de besar más veces de las que está dispuesto a admitir.

Hell bells de AC/DC empieza a retumbar en el Impala.

 

I got my bell, I'm gonna take you to hell.

I'm gonna get you, Satan get you.

Hell's bells.

 

A veces el universo no sólo tiene un sentido del humor cruel e intolerable, sino que también sabe elegir la banda sonora perfecta.

Se miran durante un segundo. Casi por accidente. No dicen nada.

Sólo son dos idiotas demasiado tercos para admitir lo jodidamente enamorados que están, aunque las campanas del Infierno suenen cada vez más cerca.

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