7 - LLEGAR A TIEMPO
Si Dean pudiera retroceder en el tiempo y cambiar algo, sería no haber salido por la puerta del motel de Madrid hace ya dos semanas.
Es de noche.
El Impala no arranca.
Está algo bebido.
Acaba de sacar del coche a una chica.
Lo menos malo es que está íntegramente vestida.
Lo menos bueno es que está completamente muerta.
Hay sangre por todas partes y no toda es suya.
Se ha tragado el último par de vicodinas a palo seco.
Apenas le queda gasolina.
Apenas le queda vida.
Apenas le queda una puta raya de batería en el móvil para pedir ayuda.
Está en Indiana. Y odia Indiana. En ese estado sólo le pasan cosas malas.
Llamar a su padre es como rezarle a Dios. Nadie contesta al otro lado. Hace casi una hora que le ha dejado un mensaje en el contestador y no le ha devuelto la llamada.
Menuda novedad.
Llamar a Bobby es como solicitar una subvención del gobierno. Cuando quiera llegar, ya estará muerto.
Espero que se acuerde de poner Highway to Hell en mi funeral.
Llamar a su hermano es como avisar a emergencias. Uno no marca el 911 si no es cuestión de vida o muerte.
Cógemelo, Sammy. Cógemelo.
Y es cuestión.
Cógemelo, maldita sea.
La víspera del Día de Acción de Gracias empieza a parecerse al puto día de la marmota.
Esta vez no han sido dos chicas, con el coche presuntamente averiado a las afueras de Castle Rock, Oregon. Esta vez ha sido una chica que estaba endemoniadamente buena, en el último bar de Indiana en el que entró, y que ha resultado estar endemoniada, a secas.
Tal vez si en mi lápida pone “Dean Winchester. Regresa al polvo por querer echar un polvo con alguien que no es su hermano”, nadie se fije en la jodida fecha.
Un día más en la oficina.
Un monstruo menos en el mundo y un ratito más para contarlo.
O casi contarlo. Porque Dean no cree que vaya a llegar a tiempo de contárselo a nadie si no es a través de una ouija.
***
Llevaba dos años sin ver a Sam. Seis meses tratando de encontrar casos cerca de Palo Alto para convencer a su padre y pasar por Stanford con alguna excusa. Día y medio despierto. Diecinueve horas sin comer. Más de diez conduciendo mientras se desangraba. Y toda una vida maldiciendo.
—Putos vetalas.
Era de noche.
Le pareció que el Impala iba a romper la barrera del sonido.
Estaba algo adormilado.
Lo menos malo fue que estaba medianamente vivo.
Lo menos bueno fue que para pasar a radicalmente muerto sólo era cuestión de un litro de sangre.
Se había tragado el último par de vicodinas a palo seco.
Se le acababa el tiempo.
Y la vida.
Y la suerte.
Pero no la carretera.
Tampoco la música.
Acababa de dejar atrás San Francisco. Y odiaba San Francisco. En las postales, el Golden Gate le parecía más bonito.
Dean no podía agarrar ni el volante de lo que le dolía el brazo derecho.
Se cosió la herida del costado, con mucha prisa y poco cuidado, y se anudó una camisa al torso. Temió que las tripas se le desparramaran por el Impala. Su padre había limpiado con esmero la tapicería hacía una semana escasa. Cuando John regresara de su cacería con Bobby, si no le encontraba muerto para entonces, no quería que le matara por ensuciarla.
Se perdió la puesta de sol.
Vaya mierda.
Con un pie pegado al acelerador y el otro criando malvas, no se le ocurrió mirar al cielo.
No es que fuera un atardecer impresionante, pero no creía que fuera a contemplar otro.
Y se acordó de los cerdos. De esas criaturas que vivían sin saber que había un cielo encima de sus cabezas.
Sam le dijo una vez que los cerdos eran los únicos animales que no podían mirar hacia arriba por no sé qué del cuello.
Sam siempre fue tan listo.
Dean nunca se lo dijo.
Había tantas cosas entonces que no le dijo.
***
—¿Qué quieres, Dean?
Sam resopla de mala gana al teléfono y le parece que está siendo demasiado cortés para cómo se despidieron.
Después de aquel portazo que aún retumba en sus oídos, es la primera vez que su hermano se digna a dar señales de vida.
Pensaba ignorar su llamada, como las siete anteriores, y seguir haciendo zapping en la tele del motel en el que está. Porque tragarse cualquier programa basura siempre es mejor alternativa que comer techo mientras se come la cabeza.
La teoría se la sabe. Siempre ha sido un empollón. El problema es la práctica.
—¡Hey, Sammy! No sabía si llamarte a ti o a la camarera por la que nos pegamos. Me he decantado por ti, pero creo que ella me lo hubiera cogido antes.
No parece un comentario muy acertado para soltárselo a la única persona de la que depende su vida, pero Dean no lo puede evitar. Intenta sonar entre gracioso e incordiante, pero apenas sabe disimular su entusiasmo cuando oye la voz de Sam al otro lado.
—Adiós, Dean.
Sam no sabe ni para qué se ha molestado en cogerle el teléfono. La voz de su hermano es una bruma densa que desdibuja las vocales. Suena como un gilipollas borracho que tiene ganas de burlarse de él. Suena muy Dean.
—¡Espera, Sam! ¿Recuerdas el Día de Acción de Gracias de 2003? —Dean hace una breve pausa para que la memoria de su hermano se ponga en funcionamiento—. Pues estoy atrapado en un puto revival, pero el coche no me arranca.
—¿Qué? ¿Dónde estás?
Sam reacciona de inmediato y no necesita más detalles. Olvida por completo que sigue muy enfadado con él cuando le menciona tal día.
—En Indiana.
—¿En Indiana? ¿En qué parte de Indiana?
Sam parece sorprendido, pero también como si le estuviera regañando.
Se pone la cazadora, guarda el cuaderno de su padre junto al arma en la mochila y ya se las arreglará para llegar a dondequiera que esté Dean.
Sam también está en Indiana. Y le encanta Indiana. Pensaba que Dean nunca le buscaría en Indiana porque su hermano cree que en ese estado sólo le pasan cosas malas.
Tal vez tenga razón.
—¿Podrías concretar un poco más? ¿Tienes idea de lo grande que es Indiana?
—Sí. Más o menos como tú de grande, Sammy, que ocupas noventa y dos condados cada vez que te tumbas en la cama.
—En qué parte de Indiana, Dean.
Sam no sabe cómo ese idiota que tiene por hermano puede seguir gastándole bromas mientras se está muriendo. Debería estar acostumbrado, pero su sentido del humor le pone de los nervios.
***
Dean nunca se había considerado muy listo, pero tampoco un inútil.
Servía para algo.
Servía, al menos, de ejemplo de lo que uno no debería hacer al encontrarse a dos tías buenas en mitad de una gasolinera abandonada. La premisa de una peli porno que acabó siendo una de terror de serie B.
Seguro que Sam hubiera desconfiado. Y no les hubiera mirado con tanto descaro el escote. Su hermano siempre fue un mojigato.
Dean no tuvo ni puñetera idea de lo que pasó después.
Cuando recobró el conocimiento, estaba amordazado y medio drogado en el almacén de la gasolinera. Todo estaba oscuro y no había más que cadáveres a su alrededor. Tuvo que arrastrarse entre los cuerpos para salir de allí y cargarse a esas dos cabronas que le habían capturado.
Se prometió no entrar en detalles con Sam si conseguía llegar a tiempo para verle. No le apetecía que su hermano se partiera el culo por haberse dejado engañar por dos cosas con apariencia femenina e ingenua.
A veces no buscamos las cacerías, hijo. Ellas nos encuentran antes. Su padre se lo decía constantemente.
Dean nunca había tenido ocasión de comprobarlo.
Hasta aquel día.
Dicen que hasta un reloj parado da dos veces bien la hora al día.
De momento, la había dado bien una vez.
***
Y dos años después, el reloj parado acierta por segunda vez.
—En qué parte de Indiana, Dean.
Sam se impacienta. Ya ha salido de la habitación del motel y le ha echado el ojo a un coche en el aparcamiento.
—A las afueras de Little York. Van a poner un circo o algo así. La carpa aún la están montando.
—Vale. Perfecto.
Datos útiles que Sam memoriza a la velocidad del trueno, mientras actúa a la velocidad del rayo.
Ya ha roto la ventanilla del coche con el codo, ha subido el seguro y tiene una maraña de cables entre sus manos para hacer un puente, mientras sujeta el móvil entre el hombro y la oreja.
—Little York está en Indiana, Sammy. Y es otro pueblucho de mierda.
Dean no quiere morir en Indiana. No quiere morir sin ver a su hermano. No quiere morir sin pedirle perdón. No quiere morir escuchando a Britney Spears, que es lo que estaba sonando la última vez que encendió la radio, casualmente como en 2003.
Britney Spears es como la muerte. Le persigue allá a donde va. Pero ya se libró de ella una vez, puede hacerlo de nuevo.
—Gracias por la info, pero no creo que me dé tiempo a hacer turismo por el pueblo antes de salvarte.
Sam bromea. Debe ser que el sentido del humor se contagia por teléfono.
El coche arranca tras el puente y tiene el depósito lleno. Genial. Da igual que sea un Pontiac Aztek anaranjado -feo hasta si lo mira con los ojos cerrados y dentro del maletero-, casi que le está haciendo un favor al dueño al robárselo.
—Llego en media hora.
Es mentira. Va a hacerlo en veinte minutos.
Dean no tiene media hora porque su voz suena como si en media hora fuera la última puesta de sol en Sedona.
***
—Voy a llegar a tiempo.
Dean se dio ánimos en voz alta para creérselo.
Le quedaba una media hora para llegar a Stanford. De vida, quizá, no tanto.
Se prohibió poner la calefacción durante todo el viaje. El calor llamaba a la sangre.
También se prohibió poner la radio.
Ni de coña me voy a morir escuchando a Britney Spears.
Puso a todo trapo Viva Las Vegas de Elvis Presley.
El himno a la Ciudad del Pecado vibró en todo el coche, como un par de dados agitando el azar en un cubilete.
Porque morir mientras sonaba Elvis -o cualquier cosa que no fuera Britney Spears- seguía siendo morir, pero con dignidad.
Tenía que aguantar.
Pero si se quedaba en una cuneta, ya había encontrado un recuerdo en el que refugiarse para abandonar el mundo en paz.
El día del fotomatón en Richfield.
Fue perfecto.
Dean no se dio cuenta de lo perfecto que fue hasta tres días después.
Aquel día le supo a pizza con extra de pepperoni. Le supo a la cerveza con la que le premió su padre por cargar las provisiones y la munición en el coche. Y le supo a la lengua de su hermano, moviéndose lenta, suave, húmeda y caliente dentro de su boca, tras la cortina de un fotomatón.
El Impala estaba en el callejón de al lado. Llegar hasta él les costó siete paradas de besos, ciento treinta y tres pasos sincronizados, tres choques contra nilosénimeimporta, un mierda,Sam,quenosvanaver, un ¿Y qué más da, Dean?, cuando sintió su mano dentro de la bragueta, y un iros a un hotel, degenerados de una señora que pasó por allí.
Antes del estribillo de Black dog, los cristales del Impala estaban empañados y Sam se derramó en su mano, mientras salivó un Dean contra su cuello de manera desconcertante y escandalosamente obscena.
Y setenta y dos horas más tarde, todo se fue a la mierda con una frase. La frase que asesinó a sangre fría esas ganas inaguantables de Dean por hacerse fotos con su hermano todos los días del resto de su vida.
—Puto Sammy, joder. Puto crío.
Le maldijo. Se le habían saltado las lágrimas, tenía un nudo en la garganta y le ardían los ojos cuando golpeó con rabia el volante.
Después miró a su derecha, como si parte de Sam aún estuviera ocupando el asiento del copiloto después de dos largos, muy largos, exageradamente largos e insoportables años.
Dos años sin hablarse, sin escribirse ni un mensaje, sin verse, sin tocarse.
Dos años sin Sam. El equivalente a dos eternidades.
Dean se limpió las lágrimas a toda prisa con la manga de la cazadora. Como si Elvis Presley le hubiera ordenado que dejase de gimotear para no estropear su canción. Como si Dios fuera a recriminarle algo por parecer humano. Como si llorar fuese el acto más vil y atroz que alguien pudiese cometer, tanto como para avergonzarse de hacerlo hasta en privado.
Le hirvió la poca sangre que todavía tenía circulando por todas sus venas y arterias, cada vez más secas, cada vez más quietas, cada vez más muertas.
Sintió una opresión enorme en el pecho al recordar aquel día.
No fue consciente en aquel instante, pero justo ese dolor emocional fue el que le mantuvo con vida durante todo el viaje, mientras el otro dolor, el físico, el que le recordaba que continuaba vivo, se la estaba arrebatando.
La presencia de una ausencia es uno de los peores dolores que conoce el ser humano.
***
—Te equivocaste, Sam.
Dean mira a su derecha, como si parte de Sam se hubiese filtrado a través del móvil y estuviera ocupando el asiento del copiloto después de dos largas, muy largas, exageradamente largas e insoportables semanas.
El tiempo cada vez hace sus equivalencias como le da la gana y reduce las eternidades a simples decimales.
—No me equivoqué, te dije el primer pueblo que me vino a la mente y empezaba por Little. ¿Quieres que te dé un premio por haberte molestado en encontrarlo en Indiana?
Sam suena resentido. Suena nervioso. Suena a contrarreloj. Suena a que el coche que ha robado no corre lo mismo que un Ferrari y que, para más complejidad, lo está conduciendo con una sola mano porque no quiere colgar a Dean.
—Te equivocaste conmigo. Me he comportado como un auténtico capullo. Lo he jodido todo, ¿no?
Dean se permite dudarlo porque todo el mundo merece un trato humano. Hasta los condenados a muerte.
Sam no dice nada. Tampoco sabe qué decir. Es lo más parecido que ha escuchado a una disculpa desde aquel montón de balbuceos al teléfono hace ya meses, cuando se pelearon en Indiana y quiso largarse a Sacramento por su cuenta para buscar a su padre.
Por teléfono. En Indiana. Qué ironía.
Al final Dean va a tener razón y no es simple superchería. En ese estado sólo le pasan cosas malas.
—¿Qué te ha atacado esta vez?
No es que a Sam le importe o le preocupe. Fuera lo que fuera esa cosa, seguro que Dean la ha mandado de vuelta al Infierno.
—Un puto demonio. No lo sabía, joder. ¿Cómo lo iba a saber? ¿Es que tengo que rociar a la gente con agua bendita cada vez que me acerco a la barra?
Dean protesta y refunfuña y, como siempre que habla mucho, lo importante es lo que se calla.
—¿Era guapa?
—¿Qu.. Qué?
—Debía serlo. Pobre chica.
Sam no nació ayer. Sabe leer cada tartamudeo, cada omisión y cada pregunta que Dean esquiva.
—Claro, Sam. Compadécela. Reza por su alma. No es que importe que me esté desangrando por su culpa.
Dean gruñe y hasta el resoplo final le sale sarcástico.
Pero, en el fondo, cree que se merece lo que le ha pasado.
De nuevo, Sam no dice nada. Tampoco es que pueda hablar. Y Dean ya se está castigando a sí mismo más de lo que él podría torturarle y sería humanamente proporcionado.
—Se supone que ahora es cuando cargas todo contra mí. Me sueltas que he herido tus sentimientos, que te he traicionado, que soy un cerdo y bla, bla, bla. Y yo hago algún chiste malo.
Las disculpas de Dean cada vez se parecen más a una defensa. Más que pedirle perdón, lo está esperando.
Sam deja pasar un silencio opaco que se extiende como alquitrán por toda la carretera.
No pienso disculparme por lo que te dije en Madrid, Dee. Nadie pide perdón por querer a alguien y decírselo.
Sam tiene claro que no se va a disculpar ni ante Dios el día que llegue su hora. Es más, a ese ser retorcido que tuvo la brillante idea de dividir un alma entre dos hermanos, le piensa soltar un pues lo has hecho mal. No es culpa mía, Dios. Te has equivocado. No eres perfecto. A veces cometes errores. Lo mismo que le dijo a su padre cuando se le encasquilló el arma.
Porque rebelarse contra los padres puede ser un deporte de riesgo, pero su afición favorita.
—No me rompas los esquemas y te quedes callado, tío.
Dean casi se lo suplica. Pero no necesita su compasión. Necesita su confianza. Eso que es tan fácil de perder y tan difícil de recuperar.
—¿Es que tienes chistes buenos, Dean?
Sam se lo pregunta, mientras la llama de su voz crepita, sin saber quién de los dos suena más vulnerable en un momento así.
—Te vas a quedar sin saberlos. No te los he dejado en el testamento.
Dean chasquea la lengua. Un ruido súbito y seco que chasca a su vez el aplomo de Sam.
Sam decide poner algo de música en el coche. No puede hacer más que conducir rápido y mantener entretenido a su hermano.
I'm gonna give it everything I've got. Lady luck, please, let the dice stay hot and let me shoot a seven with every shot.
Viva Las Vegas. Viva Las Vegas.
Elvis arroja luz a su impotencia con los colores de neón de su voz.
—Me mola esa canción. Tendríamos que haber llegado a Las Vegas.
—Aún podemos ir, Dean.
Sam se lo dice mientras sus esperanzas desempañan lo que las lágrimas enturbian, como si la carretera fuera un borrón oscuro en el paisaje que se fuga a toda prisa tras las ventanillas.
—Seguro que has robado un coche cojonudo, Sammy.
—No vas a querer cambiarlo por el tuyo, aunque no te arranque, créeme. Ya lo verás.
—Lo mismo no. No es la polea lo que falla. Es la correa.
—Aguanta, ¿vale?
A Sam le gustan las causas perdidas. Es cuasi abogado.
Va a hacerlo en quince minutos. Puede hacerlo en quince. Quién ha dicho que no pueda hacerlo en quince si pisa a fondo el acelerador.
El coche es feo, no lento. Va a ponerlo a tanta velocidad que, si alguien lo viera al pasar, sería indistinguible de un Ferrari.
***
Dean nunca había sacado la tira de fotos de su cartera, ni para comprobar que no se había velado. Le dijo a Sam que la perdió. O que la tiró. Le dijo cualquier cosa para que pensara que ya no la tenía.
Celebró no haberse deshecho de ella. No creyó que fuera a llegar a tiempo para ver a su hermano en persona.
Morirse mirando una foto era lo que haría cualquier soldado herido de gravedad, para consolarse ante la certeza de que no volvería con su familia si no era dentro de un ataúd.
Aquella tarde en Richfield, su padre estaba poniendo a punto la recortada en el motel cuando Dean le entregó las fotos. Que no le diese las primeras por equivocación, en las que aparecía dándose el lote con su hermano, fue una suerte porque ni las miró al sacarlas del bolsillo.
A Sam le pareció que su padre se fijó lo justo en las fotos para no pegarlas del revés en los carnés, aunque, antes de que salieran por la puerta para ir a una feria, John le preguntó por qué tenía el pelo tan revuelto.
John nunca ha pasado una por alto. Es cazador. Y los cazadores son observadores.
Sam se atusó el pelo a toda prisa y agachó la cabeza.
Dean se encogió de hombros y se tapó el chupetón disimuladamente al rascarse el cuello, no fuera a ser que su padre lo viera.
John frunció el ceño y aguardó una explicación que aún está esperando.
John nunca ha pasado una por alto. Es cazador. Y los cazadores son pacientes.
Pero ya podía esperar sentado.
Sam le dio un codazo en las costillas, tras dedicarle una mirada fratricida, y le pidió a su padre que bajara el arma.
Porque ni una escopeta cargada en manos de John parecía un elemento disuasorio para que Dean no soltase alguna tontería.
***
—Sí que la conservo.
Dean lo murmura con una vergüenza que traspasa el móvil con más facilidad que su voz.
—¿Conservas qué?
Sam no está para jugar a las adivinanzas. Ya está jugando al poli y al ladrón. Reduce la velocidad cuando, a un lado de la carretera, las luces de las sirenas de un coche de policía le hacen chiribitas en los ojos.
Lo que le faltaba. Que le parara un sheriff y le pidiese la documentación. No está para entretenerse con idioteces.
Como ese agente le solicite detenerse, le va a arrollar. Decidido.
Sitúa el pie en el acelerador a la espera de cualquier ademán.
—La tira de fotos de Richfield. Sales horrible y con el pelo hecho un desastre, como siempre.
A Dean se le escapa tanta ternura al hablar que ni él mismo lo soporta. Parece que haya envuelto las palabras en algodón de azúcar.
—Bueno. Tú eres el guapo y yo soy el listo.
Sam se siente ridículo al sonreír cuando sólo tiene ganas de romper a llorar.
Deja momentáneamente el móvil en el asiento de al lado, agarra el volante con ambas manos y pone su cara de chico bueno al pasar por delante del gordo con uniforme y pinta de lerdo, que le indica con aspavientos que continúe circulando.
Qué suerte. Tanto para el poli como para Sam.
—¿Me estás llamando tonto, capullo?
A Dean le sale con afecto lo que en otras circunstancias sería el motivo por el que le retiraría la palabra durante tres minutos, que es lo que le suelen durar los enfados más largos.
—Tú me has llamado feo, Dean.
Sam se queja, como si tuviera de nuevo siete años y un berrinche de la misma añada, y acelera en cuanto las luces de las sirenas no parecen más que estrellas que se han descolgado del cielo a sus espaldas.
—No. Poco fotogénico. No es lo mismo, Sammy. No eres feo. Yo te veo muy
¡Venga ya, Dee! No te vas a atrever a decirlo.
—guapo.
—¡Vaya, Dean! ¿Sabes que vas a tener que vivir con eso el resto de tu vida?
—Podré soportarlo.
Tampoco es que me quede mucho.
Dean no lo dice, pero Sam lo escucha, alto y claro. También escucha otras cosas altas y claras al otro lado del teléfono. Juraría que Dean está llorando, pero ni siquiera va a hacer un comentario al respecto.
Para su hermano, nada es peor que llorar. Ni siquiera morirse.
Rara vez alguien elige libremente sus defectos.
—Dime una cosa, Dean. Aquella tarde, cuando le diste las fotos a papá y se fijó en mi pelo, ¿de qué narices te reías?
Sam no tiene pruebas, pero tampoco dudas de que Dean estuvo a punto de que se le escapase un comentario chistoso que los hubiera mandado directamente a la tumba.
—Estuve por decirle que de algún sitio te tenía que agarrar para no volverme reversible cuando me besaste.
La risa de Sam salpica vida, como un poema de Walt Whitman.
***
Cuando Dean llegó al campus de la Universidad de Stanford sólo un cuarto de hora le separaba del Día de Acción de Gracias. Y GRACIAS, con mayúsculas, es lo que dio por llegar.
No había ni un alma en las inmediaciones, sólo tres coches en el aparcamiento y ninguno era el Ford Escort blanco del 95 del compañero de cuarto de Sam.
Ni se molestó en aparcar bien el Impala en una de las plazas libres. Total, si la palmaba a quién le iba a importar. Los muertos no pagan multas por mal estacionamiento.
Apagó el motor y las luces, echó la cabeza hacia atrás en el respaldo y se tomó un par de segundos para creerse que había llegado a tiempo, aunque todavía no podía cantar victoria.
Habría sido una putada morirse tan cerca de su hermano, pero Dean no lo descartó. De hecho, había más probabilidades de que eso ocurriera que de lo contrario. Lo mismo pillaba a Sam en el quinto sueño, mientras él había venido desde el quinto pino para acabar en el quinto infierno.
Así es la vida. Unas veces se gana y otras se muere.
Dean no pudo ni abrir la cartera para guardar la tira de fotos. Impensable lo de llegar hasta la guantera. Así que la metió en un bolsillo de la cazadora, el único lugar accesible al que pudo aspirar a esconderla en su lamentable estado.
No quiso esconder las fotos para mantener intacta su reputación post mortem. Los muertos, además de librarse de las multas, no sufren por las críticas. Estar muerto son todo ventajas.
Lo hizo para no arruinar la reputación de Sam, que tenía toda la vida por delante y muchas chicas a las que conquistar con su sonrisa de 64 millones de vatios.
Dean, sin embargo, no creyó tener ningún futuro por delante, sino todo el pasado por detrás, su mejor recuerdo capturado en unas fotos y una colección envidiable de camareras que Sam no iba a superar ni aunque se reencarnara en un gato budista.
Consiguió sacar el móvil del bolsillo del vaquero a cambio de que se le saltaran algunos puntos.
Buscó en la agenda el nombre de su hermano. Acertó con el número, pese a estar muy mareado.
Tres tonos y no respondía.
Seis y empezó a comunicar.
Dean se juró que, si salía vivo de aquella, le haría engullir el móvil para que estuviera cagando piezas electrónicas durante meses.
Probó a mandarle un SMS. No atinó a la primera. Le bailaron las letras en la pantalla. Le patinaron los dedos sobre las teclas, como si los tuviera untados con mantequilla.
No era mantequilla. Era sangre. Su sangre. Sangre por todas partes.
"SOS. Baja. Muero. No bromeo." Abrevió en un mensaje que ni comprendió cómo le envió antes de que el móvil se le resbalara de la mano.
Dean sólo tenía que aguantar vivo hasta que Sam apareciera. A eso se redujo su propósito más ambicioso.
Pero, a medida que pasaron los segundos, más altas e inalcanzables le parecieron sus expectativas.
Estaba a media respiración de desmayarse.
***
—Sammy, si encuentras a papá, dile...
—No. Lo que tengas que decirle, se lo vas a decir tú. Y espero, por nuestro bien, que no sea eso último que me has dicho. O papá va a construir una máquina del tiempo sólo para darse el gusto de matarnos varias veces.
Sam suena mandón y cabezota, pero también terriblemente sincero. Suena cien por cien Winchester.
Por fin, ve la carpa de circo en el horizonte. Ya está cerca.
—Sería genial tener una máquina del tiempo y poder cambiar algo, Sammy.
A Sam le bastaría retroceder en el tiempo unas horas, antes de que la vida de su hermano corriera peligro.
Dean querría retroceder dos semanas.
Ninguno de los dos querría viajar más lejos para cambiar nada.
—Oye, Dean, ¿qué tal si rebobinamos hasta el momento de antes de decirte que necesitamos pilas para las linternas y reescribimos el guión de la peli desde ahí?
No es una propuesta. Es una oportunidad. La última.
Y Dean lo sabe.
Oportunidades. La vida consiste en eso. Se basa en eso. En enganchar una tras otra. En no dejarlas pasar. Es la única elección consciente, todo lo demás es respirar.
—Me sigue acojonando bastante todo lo que me dijiste, no te voy a engañar.
Dean se lo dice como si toda la sangre que ha perdido sólo hubiera estado ahogando una verdad que su hermano ya conocía y a él le ha costado aceptar.
Sam suspira. Siente que tiene que soltar algo de aire para hacerle más hueco a la paciencia. Le parece terrible que a su hermano, que ha matado a miles de monstruos, le aterre justo eso a lo que la gente se aferra cuando tiene miedo.
—Pero no hagas como que no ha pasado nada, Sam. Sé que lo he hecho mal. Ojalá tuviera tiempo de hacerlo bien.
—Voy a llegar a tiempo, Dean.
Sam lo dice, no como una promesa, sino como una realidad.
—No te he llamado para que vengas a salvarme el culo. Ni sabía a qué distancia estabas. Sólo quería hablar un rato contigo y que me perdo...
—No. No te voy a perdonar.
Sam le corta más rápido de lo que suele tardar en levantar el percutor cuando amartilla una pistola. Vuelve a sonar ontológicamente cabezón.
No te voy a perdonar por teléfono para que te rindas, Dee, y menos cuando estoy a diez minutos.
No hay nada que Sam no pudiera perdonarle a esa voz que lo funde todo como caramelo.
Le perdonó hace dos semanas, antes de que Dean saliera por la puerta, antes de que entrara en pánico, antes incluso de que se levantara de la cama.
***
En el edificio de la residencia estudiantil sólo había una habitación con la luz encendida.
En cuanto Sam leyó el mensaje, echó medio cuerpo fuera de la ventana para otear mejor el parking. Le resultó algo difícil divisar un coche negro en la noche y, para colmo, con el motor y las luces apagadas.
Atravesó el pasillo en dos segundos que recorrió en cuatro zancadas. Bajó las escaleras de tres en tres, mientras el corazón le iba a un compás de cuatro por cuatro.
Se reprochó unas 1.253 veces por peldaño no haberle cogido el teléfono a su hermano antes. Pensó que le estaba llamando desde algún antro a mil millas de allí, felizmente borracho y acompañado por un par de chicas.
Sam se olvidó de cerrar la puerta de la habitación y hasta de ponerse unas zapatillas. Salió descalzo, vestido con una camiseta vieja, un pantalón de chándal aún más viejo que utilizaba de pijama y sin ponerse ni una sudadera.
Si Dean tenía que morir -el inconveniente principal de estar vivo-, Sam rezó para que, al menos, fuera a su lado. Pero también rezó para que no fuera aquella noche. Así tendría algo importante por lo que dar las gracias en diez minutos, que era el tiempo que le separaba de la medianoche y del dichoso Día de Acción de Gracias. Un día sin celebraciones y que pensaba pasar solo, estudiando Derecho Financiero entre alguna cabezada y comiendo unas sobras recalentadas.
—¡Dean! ¡Responde! ¡Dean!
Sam le zarandeó el hombro tras abrir la puerta del Impala.
Dean estaba inconsciente, tirado en el asiento, con la camisa embebida en sangre.
Sam reparó lo justo en la escena para no quedarse bloqueado. Hasta al duro de John Wayne se le hubiera descompuesto el gesto.
Le tomó el pulso para comprobar si seguía con vida.
Aún latía, débil, pero latía. Suficiente para que la esperanza no fuera arena entre sus dedos.
Los otros tres signos vitales, Sam prefirió no molestarse en comprobarlos. Saltaba a la vista que le iba a costar encontrarlos.
—Despierta, vamos, Dee. Quédate conmigo. No te mueras.
Sam ni notó lo frío que estaba el asfalto bajo sus pies desnudos, ni siquiera las malditas piedras, que le hicieron polvo las plantas de los pies y se le clavaron por todas partes cuando se arrodilló frente a la puerta del coche.
Dean no respondía. No reaccionaba. No se movía.
—Estoy aquí, hermano. Estoy aquí.
Le abofeteó la cara con flojera porque pegarle con algo más de intensidad hubiera sido rematarlo.
No fueron las bofetadas lo que le hicieron regresar como a Lázaro de entre los muertos, sino aquel hermano. Fue como la sacudida de un desfibrilador ante un paro cardíaco.
Sam apretó su mano con fuerza hasta que no sintió ni sus propios dedos y los nudillos se le quedaron blancos. No le quería soltar, pero necesitaba coger el botiquín del maletero para ver qué magia podía obrar con él.
No le había cogido de la mano desde aquella feria local en Richfield en la que Dean, sorprendentemente, no hizo ni el amago por soltarse.
Algunas noches aún sentía sus dedos engarzados a los suyos, como una presencia invisible y fantasmal.
—Hey, Sammy.
Dean le saludó tras abrir los ojos con pereza, como si los dos años que llevaban sin verse hubieran sido tan sólo una pesadilla de la que acababa de despertar.
A la mierda las puestas de sol, los atardeceres y los colores tornasolados que se habían formado en el cielo. Una pena por los cerdos, pero Dean no quería mirar arriba. El mundo se había disuelto y, si había cielo o no, le importaba una mierda.
Sam tenía aquella estúpida promesa infantil que no paraba de gritar en sus pupilas, aquel juramento absurdo, rogándole que no se muriera.
—¿Qué te ha pasado, Dean?
—Nah. Una tontería.
Dean sonrió como si la muerte fuese un chiste que sólo él había pillado.
Sam tragó saliva ante aquella respuesta, la que Dean siempre daba para todo lo que era muy importante y no encontraba forma de canalizar.
—Me alegro de verte, Sammy. Te echaba de menos.
Dean lo pronunció muy bajito, como se dicen las cosas que se piensan muy altas.
***
—Venga ya, Sam. ¿No me vas a perdonar? ¿Sabes que vas a tener que vivir con eso el resto de tu vida?
—Podré soportarlo.
Tampoco es que me quede mucho para llegar a donde estás, Dee.
—Vale, no me perdones, perotampocomecuelgues. No quiero… Ya sabes. Estás en tu derecho de seguir enfadado.
—No estoy enfadado, Dean.
***
Por primera vez en dos años, Dean comprendió que lo que sintió cuando Sam se largó a Stanford no era enfado. Era amor pisoteado.
No me enfadé.
A Dean no le salió de forma oral y apretó la mano de Sam, como si se lo quisiera transmitir en código morse.
—Vaya chapuza.
Sam no disimuló estar escandalizado cuando le destapó la herida. Era tan profunda que casi estuvo por llamarla zanja.
No sólo parecía grave. Era grave. Nah. Una tontería.
—¿Tenías algo mejor que hacer que coserte en condiciones o ir a un hospital?
Dean le oyó regañarle con la cabeza metida en el maletero, mientras lo revolvía todo en busca del botiquín.
—Sí, tenía pendiente el último episodio de Friends.
Sam se frotó las manos con alcohol y se topó con aquella mirada verdosa, donde asomó un amor que ni Dean comprendía.
—No me toques, maldita sea.
—¿Y cómo quieres que te cure, Dean? ¿Por ciencia infusa?
—¿Tienes antibióticos?
—No. Pero te los conseguiré.
Siempre había habido límites para todo. Algunos, mejor no atravesarlos. Todo se podía separar con una línea.
O unir con un punto.
Un punto de sutura, por ejemplo.
—En conserjería seguro que tienen, Dean.
Un punto tras otro.
Qué paradoja. Qué era una línea, sino una sucesión de puntos.
Separar y unir podían ser lo mismo.
La conserjería estaba cerrada y Sam llevaba dos años retirado de esa clase de vida donde no se pedía permiso para entrar en los sitios cerrados, pero no había olvidado cómo forzar una simple cerradura sin causar ningún desperfecto.
El enfoque moral sobre qué límites -líneas, puntos, puertas, loquefuera- era mejor no atravesar lo iba a ignorar.
Nada es absoluto, todo es relativo.
Cuando Sam acabó de arreglar la escabechina, había muchos puntos de sutura, poca sangre fuera, algún grado menos de temperatura, dos pies congelados y magullados, una herida cerrada en el abdomen de su hermano y otra abierta en el corazón que no sabía cómo cauterizar.
—Voy a sacarte del coche.
A Sam siempre le había gustado verbalizar la realidad. Era así. Un maestro del suspense.
—No me jodas, ¿y me vas a llevar en brazos a la habitación, como si fuera una novia en su noche de bodas?
—No. Pensaba esperar aquí, hasta que te murieras. Se ha quedado buena noche. Mira cuántas estrellas hay.
Dean apenas podía sonreír, así que como para contemplar el cielo. Se la sopló si hacía o no buen tiempo y hasta si habían desaparecido constelaciones desde que no se molestaba en mirar arriba.
Volvió a acordarse de los cerdos.
Pero no le dijo a Sam lo listo que era. No le dijo nada.
Día de Acción de Gracias y Dean no le dio las gracias ni por salvarle la vida. Tampoco pensaba darle un abrazo de despedida cuando se marchara. Ni le iba a llamar por Navidad en unas cuatro semanas. Ni para su cumpleaños, del que siempre se acordaba.
***
—¿Qué piensas hacer con mi cuerpo cuando me encuentres?
—Ya he llegado, Dean.
A Sam le sigue gustando verbalizar la realidad e ignora la pregunta de su hermano, aunque sus palabras se le claven como astillas en los oídos.
Sale del coche para adentrarse en la maleza, dirección hacia la carpa de circo.
—¡Vaya! Sí que necesitamos pilas para las linternas.
Sam refunfuña, mientras agita y golpea varias veces la linterna, que no enciende, y avanza sin saber dónde está poniendo el pie. Al menos, los faros del coche iluminan un buen tramo del camino.
—Joder, qué oscuro está esto.
Vuelve a rezongar en esa oscuridad que arranca chasquidos a las ramas secas bajo sus botas e intensifica ese olor a cuentos viejos y salvajes que tiene la naturaleza de noche.
—¿El bueno de Sam acaba de soltar un taco? ¿Y tus modales de universitario?
Dean se sorprende al otro lado del teléfono. No le ha oído decir una palabrota desde nunca.
—Esos me los dejé en la cama del motel de Wisconsin. Ya lo sabes.
—No me vayas a enterrar en ese pueblucho que ni sabemos cómo coño se llama. Hazlo en Madrid, al menos allí han asfaltado una autopista directa al Infierno. Así llego antes.
—¿Podemos cambiar de tema de conversación?
Sam protesta, se molesta. El humor de Dean hace el aire irrespirable. Pero sigue andando a tientas en la oscuridad, buscando, rezando, tropezando.
—Vale, hablemos de la fiesta de bienvenida que me espera en el Infierno. Los demonios ya estarán inflando globos. ¿Crees que los harán con tripas humanas y que el confeti será con huesos machacados de niños no bautizados?
Dean está desvariando.
A Sam le dan ganas de vomitar el medio sándwich que ha cenado antes de salir pitando del motel. Seguro que el Infierno no es un lugar peor que el que su hermano lleva en la cabeza.
—En serio. Entiérrame en Madrid. Así la de la cafetería me puede llevar un café y unas tortitas a la tumba los días que no llueva.
—¿Puedes parar ya, por favor?
Sam no quiere colgarle, pero ganas le están entrando.
—Es que no me gusta el café aguado.
—Deja de decir tonterías y resérvate las fuerzas.
—Tengo dos puñaladas en el costado y he perdido mucha sangre. Me queda de vida lo mismo que de batería en el móvil. Acéptalo, Sam. Aunque llegues antes de que la palme, no te va a dar tiempo a llevarme a un hospital.
Eso ya no son astillas en los oídos, son estacas.
—No, Dean. Hay una pizzería muy buena, cerca del motel en el que estoy. Tienen pizzas con extra de pepperoni. Es donde vamos a ir cuando te canses de mirar el papel pintado de la habitación entre polvo y polvo. Tú y yo.
Tú y yo. Nosotros.
Cuanto más se desdibuja el futuro, Sam más se empeña en definirlo.
Sam no ve el Impala y la pernera del pantalón se le ha enganchado tres veces con el mismo arbusto porque no para de caminar en círculos. Empieza a desesperarse.
—A Memphis, Dean. Ahí vamos a ir.
—¡Hostias, Sam! ¿De Tennessee a Indiana en menos de media hora? Tú no has robado un coche, has secuestrado el Air Force One del presidente, no me jodas. Seguro que estaba visitando al puto Elvis en Graceland.
A Sam se le escapa una carcajada entre tanto llanto soterrado. Dean no sabe que hay otro Memphis en Indiana y es muchísimo más pequeño.
Elvis está muerto, tú no, Dee. Y no voy a permitir que esta noche vayas a uno de sus conciertos.
***
Tras un montón de tumbos por el pasillo, ante los ojos de Dean se mostró la tierra prometida. La habitación de Sam.
Estaba claramente dividida. Eran dos universos paralelos, con una ventana en medio que los separaba y un microondas encima de una mininevera que hacía de frontera.
A mano derecha de la puerta, se encontraba la típica habitación de un adolescente. Revuelta y desastrosa. El terror de todo padre y asistente de la limpieza.
Había un camastro hecho de manera descuidada, un escritorio esquizofrénico, un póster de baloncesto de los Utah Jazz en la pared y otro de la dichosa Britney Spears, entre un montón de pegatinas y fotos familiares, donde todos salían muy sonrientes, como sacados de un anuncio de Colgate.
Los pósteres asomaban entre un desorden formado por montones de libros y ropa sucia, indistinguible de la limpia, es más, indistinguible de los libros.
Ni de coña me voy a morir mirando a Britney Spears.
Sí. Britney Spears era como la muerte.
El otro lado de la habitación, el que correspondía a Sam, necesitaba Prozac.
Dean no tenía ni idea de decoración, nunca había tenido un hogar ni sucedáneo que adecentar, pero la estampa le causó una profunda depresión.
Todo estaba escrupulosamente organizado y pulcro. Parecía la habitación de un soldado a punto de pasar revista, como si su padre se hubiera adelantado para estar allí y ordenarle recoger su cuarto.
—Perdona el desorden.
¿Qué desorden?
A Dean casi le entró la risa nerviosa por aquella disculpa tan ridícula.
Al parecer, Sam se había vuelto un poquito maniático. No había que tener un máster en Psicología para llegar a esa conclusión, sólo ojos en la cara.
No era lo peor que a Sam podrían diagnosticarle. A nadie le importaría una mierda ser un pelín maniático cuando se había pasado la adolescencia cazando monstruos, discutiendo con su padre y enrollándose con su hermano.
El escritorio no tenía ni un solo boli fuera del bote. Los libros estaban perfectamente alineados en un extremo. A la cama le habían hecho un lifting. La pared estaba desangelada y supuraba tristeza. Sólo tenía una postal clavada con una chincheta a la altura del cabecero, como si estuviera estratégicamente situada para darle un beso de buenas noches antes de cerrar los ojos.
Por Dios. Cristo bendito.
Dean se sobrecogió al reconocer la postal. Hizo acopio de palabras sagradas para exorcizar sus pensamientos más impuros al verla.
Dichosa postal de Illinois. Sam no sólo la conservaba, sino que la exhibía delante de cualquiera que pasara a su cuarto, como si estuviera orgulloso de lo que pasó allí.
Orgulloso del incesto. Claro que sí. Haciendo apología de ello, pero sin que nadie lo supiera.
Muy sutil, tío.
Dean se alegró de haber quemado todas las cartas y postales que sí le escribió y no le mandó. Porque si no hubiese sido así, en aquel instante tendría que haber visto la pared empapelada con todas ellas y se hubiera quedado afónico de tanto decir por Dios. Cristo bendito. PorDios.Cristobendito. POR DIOS. CRISTO BENDITO, SAAAM.
—¿Qué te ha atacado?
Dean se sentó en el borde de la cama y arruinó la cirugía estética de la colcha. Se quedó bloqueado durante unos segundos ante la pregunta, embobado con lo guapo que estaba su hermano desde que no le veía, incluso estando serio, especialmente tan serio.
Sam parecía haber crecido dos pisos más de altura y su pelo también. Todo había crecido. Incluidas aquellas ganas inaguantables de Dean por hacerse fotos con él todos los días del resto de su vida. Unas ganas que, al parecer, Sam no asesinó del todo a sangre fría y se habían hecho resilientes.
—Dos putos vetalas.
Dean ya lo sopesó antes. No iba a entrar en detalles con Sam.
Sam procuró no moverle mucho el brazo al quitarle la cazadora. Sus dedos olían a tardes enteras entre libros, a cuadernos nuevos y a tinta de bolígrafo.
Dean ni sabía que ese olor a papelería y a biblioteca le sentaba tan bien a su hermano, como un perfume desorbitadamente caro.
Dean se rindió y aceptó su ayuda. Dejó de poner impedimentos así como resistencia. Porque todo aquello que había esquivado desde que llegó era lo único que quería, lo único que necesitaba, que Sam le cuidara por todas las veces que había sido al revés.
Al infierno si parecía vulnerable, indefenso y débil. No tuvo fuerzas ni para fingir delante de Sam que siempre era así, que no era indestructible, que sólo era humano y que a veces -demasiadas veces- era muy gilipollas con él.
—Joder, cómo duele.
Dean no le mintió. No especificó que no era exactamente el brazo lo que le dolía.
Sam ni se atrevió a mirarle a los ojos. Se limitó a limpiarle los restos de sangre reseca y las magulladuras de la cara con una toalla, que humedeció con agua tibia en el lavabo.
Le dio la sensación de que Dean estaba esculpido en cristal y se iba a quebrar si presionaba demasiado. Parecía frágil, delicado, desempañado.
Dean entendió de pronto aquel perdona el desorden. Notó la habitación abarrotada y más angosta que al pasar, como si estuviese menguando a cada instante y llenándose a su vez de cuanto su hermano se estaba callando.
Todo a su alrededor se amontonó sin orden ni concierto.
—No pasa nada, Dean. Tranquilo.
Sam se lo dijo con el aire que parecía faltarle a su hermano.
***
—¡No veo ni el coche, Dean! ¿Dónde coño estás? He dado como tres vueltas a la carpa. Estoyempezandoapensarquemeheequivocadodesitio.
Lo de menos es el taco que Sam suelta. Hay tanta desesperación en su voz que la última frase es una sola palabra.
—No pasa nada, Sam. Tranquilo.
Dean se lo dice con el aire que parece faltarle a su hermano.
Lo menos malo es que Sam se encuentre un cadáver al llegar.
Lo menos bueno es que se encuentre dos.
—Préstame atención, Dean. Voy a decirte lo que veo. Hay un montón de barras de hierro apiladas a un lado y unos andamios y una especie de caseta de madera a medio montar de color azul y también un…
—Creo que he visto todo eso al pasar y lo he dejado a la izquierda, no sé, he bebido un poco.
—¿No podías follar con esa chica algo más cerca de la civilización?
Sam se lo recrimina con la misma erraticidad con la que sigue caminando. No habla él. Habla el miedo. Miedo a que le queden más recuerdos que planes con Dean.
—No me la he tirado, Sam.
—No te he preguntado, Dean.
—Lo has dado por sentado.
Dean no lo deja estar.
—¿Ahora vas a decirme que lo que querías hacer con ella era hablar?
Sam no lo deja pasar.
—Sigues siendo el último, Sammy.
—Pero esa no era tu intención al montarla en el Impala y traerla hasta aquí, ¿verdad?
—No quiero que esta sea nuestra última conversación, tío.
—¡Ya veo el coche, Dean!
Y todo deja de importar.
—Tengo derecho a unas últimas palabras, ¿no?
—A las primeras en cuanto me veas. Siento lo de antes, no quería decir todo eso.
La voz de Sam suena entrecortada por la carrera. Veintitrés zancadas y estará allí.
—Mejor te las voy diciendo ya.
La voz de Dean suena entrecortada por la muerte. Veintitrés latidos y se desmayará.
—¿Tan importantes son esas palabras?
—Nah. Una tontería.
Dean tose. Se vacía.
Y pasa un silencio tan largo como la inmortalidad hasta que vuelve a hablar.
—Te quiero, Sammy.
Se vacía aún más.
Lo pronuncia muy, muy bajito, como se dicen las cosas que se piensan muy, muy altas.
Para alguien que lo hace todo complicado porque su vida es complicada y no sabe hacerlo de otra manera, resultan ser palabras muy sencillas de articular, más fáciles de decir que de ocultar.
En decirlas ha tardado un segundo con cinco milésimas. Ocultarlas le ha llevado una vida entera.
Un "te quiero" por teléfono no es una puñalada trapera. Es como la radiactividad. Invisible, pero letal.
***
Botella y media de agua, unos noodles con pollo precocinados y tres barritas de Snickers después, Dean creyó haber muerto de verdad y que, por un error burocrático, había ido a parar al Cielo. Le pareció imposible que aquellas sábanas fueran tan suaves, que el colchón fuera tan firme, que la almohada fuera tan cómoda y que todo tuviera el olor de Sam. Pero, sobre todo, le pareció imposible tener a su hermano al lado, como si dos años hubieran pasado en un parpadeo.
—Voy a llamar a papá.
Fue el inicio de una maldición muy larga sobre John, donde la insolencia de Sam llenó tres estadios de rugby.
Dean le interrumpió antes de que terminara de decir me da igual que esté ocupado. Siempre está ocupado.
—Pues quédate hasta el domingo.
Sam se lo propuso y fue una orden más que una invitación.
—¿Contigo y tu compi? Y duermo en… ¿el suelo? ¿El coche? ¿Contigo en esta cama tan pequeña?
Dean lo preguntó como si no supiera que su compañero de cuarto se llamaba Mark Stone, era el pequeño de tres hermanos, sus padres residían en Salt Lake City y no iba a volver hasta el domingo. Le había abierto un expediente completo al chico, hasta sabía que tomaba un par de dientes de ajo en ayunas.
Dean estuvo por suplicarle hasta de rodillas que se metiese en la cama con él, por patético y desesperado que pareciera.
Porque si aquella herida no le mataba, lo iban a hacer las ganas que tenía por acurrucarse junto a su hermano y despertarse entre aquel revoltijo de brazos grandes, piernas largas, pelo enmarañado, mantas robadas y aliento cálido que medía como una puta secuoya. Sam ocupando todo el espacio, todos los huecos vacíos y toda aquella soledad interminable que había arrastrado durante dos años de bar en bar.
Le quería tan cerca, tan caliente y tan pegado, que su roce le descolocara hasta las pecas de sitio e hiciese que no recordara ni cómo se llamaba, hasta que Sam no disparara su nombre contra su cuello por la mañana y le quemase con la pólvora de sus labios.
—¿Sabes qué, Sammy? Ya había encontrado mi recuerdo favorito para morirme pensando en él.
Dean no pudo dejar de mirar aquella camiseta vieja que Sam llevaba puesta cuando se sentó en el borde de la cama, junto a él. Le quedaba holgada y estaba dada de sí en el cuello, dejando al descubierto parte de su clavícula, allí donde Dean quería dormirse, o morirse, daba igual. La muerte y el sueño no diferían demasiado cuando uno estaba reventado.
—¿Y cuál es?
—Aquella vez que hice un trío con la capitana de animadoras de béisbol y su amiga, en Idaho, ¿te lo conté, Sammy?
Con pelos y señales.
A Sam se le revolvió el estómago sólo de recordar lo gráfico y explícito que fue. Podría haberse ahorrado la mayor parte de los detalles para su gusto, o habérselo ahorrado todo. Fue abominablemente descriptivo.
—¿Tú tienes un recuerdo favorito, Sam?
—Me vale cualquiera en el que estés tú.
Sam vio venir aquel abrazo que sonaba a guitarras rotas y olía a tormenta de verano. Era el primero que se daban tras muchos inviernos. Dean pensó que iba a ser el último.
Lo que Sam no vio venir fue el beso.
Ni Dean lo vio. Sólo descarriló su boca sobre la de Sam, como un tren a toda velocidad y hasta arriba de explosivos en cada vagón de carga. Un choque de lengua, labios, dientes y saliva en el que salieron ardiendo.
Dicen que más vale pedir perdón que pedir permiso.
Dean nunca pedía ninguno de los dos. No era su estilo.
—Quería llevarme al Infierno un recuerdo más reciente que el de Idaho, ya sabes, por si acaso la palmo durante la noche.
Dean se lo dijo cuando Sam aún estaba tratando de averiguar en qué momento sus manos acabaron sujetándole la cabeza y las de Dean se perdieron bajo su camiseta.
Sam intentó decir algo coherente, pero no le salió nada más que aire de la boca y tampoco era que le sobrara mucho. No podía ni pensar. Dean aún estaba mordiéndole la oreja, lamiendo su cuello y pidiendo asilo con las manos.
—Exageré bastante lo del trío. Apenas participé. Esto ha estado mucho mejor, aunque no esté ni para pasar de la primera base.
***
—¿Dean? ¿Me oyes? ¿Dean?
Sam le grita a la nada.
Hace un, dos, tres segundos que Dean no responde.
Y en tres, dos, uno se queda sin batería.
—Dean. ¡Dean! ¡Deeeaaan!
Sam sigue gritando a la nada.
Es como rezarle a Dios o llamar a su padre. Nadie contesta al otro lado.
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