lunes, 24 de marzo de 2025

Algo pendiente

Este fic me quedó un poco como todas las cosas blandas del mundo, pero escribir sobre un Sam borracho y un Dean tierno me vuelve loca.

Podéis leer este fanfic -capítulo único- también en AO3, justo aquí.

Espero que os guste y que os deje una sensación cálida en el pecho como la que me dejó a mí. ❤️


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Clasificación: Público adolescente y superior
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester

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Algo pendiente
Fatima_O

Sumario:
El motel Lucky Star no tiene ni una sola estrella. Ellos tampoco tienen demasiada suerte al llegar a él de madrugada.
Pero algunas cosas no se pueden quedar pendientes.


Fanfic situado en algún momento de la temporada 4.

ALGO PENDIENTE


 

El motel Lucky Star no tiene ni una sola estrella. Ellos tampoco tienen demasiada suerte al llegar a él de madrugada. Es simplemente un motel más en la carretera, a tiro de piedra del bar en el que acaban de dejarse medio hígado y de paso al siguiente pueblo.

El neón del cartel parpadea, como si estuviera pidiendo auxilio, y tiñe la habitación de un rojo sucio que convierte el papel pintado en la costra de una herida mal curada.

Dean se apoya contra el marco de la puerta y mira a Sam, tirado en la cama, todo brazos y piernas interminables, y tiene una sonrisa floja que parece que le va a partir la cara en dos. El muy capullo está borracho. Tan borracho que, probablemente, está viendo doble. Y eso significa que su cerebro está trabajando al doble de velocidad para compensarlo.

Sam quiere decir tenemos que hablar de algo muy importante, pero termina diciendo Deeeeean, escucha, escucha y algo pastoso y arrastrado detrás que suena como si todas las palabras estuvieran naufragando en un mar de cerveza después de chocar unas con otras.

Dean conoce ese tono. Ese tono que le obliga a cruzarse de brazos, suspirar profundamente y sacar a relucir su mirada de hermano mayor. Ese tono que siempre le hace querer ahogarse en whisky.

—¿Sabes qué es importante, Sammy? Que mañana vas a tener una resaca que hará que el Apocalipsis parezca un día de picnic.

Sam se ríe y es tan ridículo que Dean casi puede ver las burbujas de cerveza saliendo de su risa. Le dice un Dean,ven’quí y hace un gesto que pretende ser seductor, pero parece más un calambre a cámara lenta. Tiene los ojos vidriosos y ni siquiera puede mantener la cabeza recta.

Dean, por supuesto, no va. Así que Sam intenta levantarse con la coordinación de una jirafa recién nacida. Sus piernas deciden que no están de acuerdo con el plan y vuelve a desplomarse sobre el colchón, soltando una risita con hipo incluido.

Dean bufa y mira al techo. Porque los techos de los moteles cutres siempre están apuntalados de paciencia.

—¡Es-toy bien! —grita Sam e intenta enfocar a uno de los tres Dean que está viendo— Un poco desorientado espacialmente.

Y especialmente también. Dean se sorprende de que pueda usar dos palabras tan largas como desorientado espacialmente sin trabarse.

Sam logra ponerse de pie al tercer intento. Se acerca a Dean con paso tambaleante, como si la gravedad fuera un concepto opcional en su universo.

—Esto es... mu’serio. Y muuuu’importante, Deepn.

Dean sonríe al escuchar algo parecido a su nombre con hipo. No quiere sujetarle, pero, si no lo hace, su hermano va a acabar midiendo el suelo con la cara y la cama está demasiado lejos para que aterrice en algo relativamente blando.

Sam tiene un brillo peligroso en la mirada y huele a cerveza barata. Huele a esa colonia espantosa de gasolinera que insiste en usar. Huele a ideas descabelladas, a noches sin dormir, a carreteras polvorientas y a la chispa de algo que está a medio acorde de la destrucción para explotar.

—Tenemos algo pendiente, Dean.

Dean levanta una ceja y suelta un ¿Ah, sí? ¿Y qué coño tenemos pendiente, genio?, mientras intenta que la sonrisa no le derrape por el afecto. 

La respuesta de Sam no viene en forma de palabras. Agarra la cara de Dean y estrella los labios contra los de su hermano, mientras pierde el equilibrio.

El beso es un desastre glorioso. Todo dientes que chocan y entusiasmo mal dirigido.

A Dean, el beso le sabe a barra de bar y a las patatas fritas que Sam se comió de camino, mientras le recitaba a mordiscos Fuego y Hielo de Robert Frost y él se burlaba porque, de todos los libros de la biblioteca, su hermano había robado el menos útil para exorcizar a un demonio.

 

Algunos dicen que el mundo acabará en fuego. Otros dicen que en hielo.

 

Para colmo, Sam hace unos ruiditos al besarle que casi hacen que Dean muera de vergüenza ajena.

Es, objetivamente, el peor beso de toda la historia.

Pero Dean le corresponde porque hay algo entrañablemente Sammy en la forma en que su hermano le besa. Torpe y decidido y completamente seguro de que está haciendo lo correcto. Le besa como si fuera la cosa más increíblemente valiente de todas las cosas que ha hecho y también como si no tuviera ni puta idea de lo que está haciendo. Sus labios son suaves a pesar de la torpeza y logra encontrar un ritmo decente cuando mueve la lengua. Y cuando Sam inclina la cabeza -probablemente por accidente-, el beso se vuelve sorprendentemente dulce y delicado, como todas las cosas que son susceptibles de romperse si no se tratan con cuidado.

Sam se separa un poco y tiene esa sonrisa de oreja a oreja que suele reservarse para cuando resuelve un caso particularmente difícil. Parece orgulloso de sí mismo, como si besar a Dean fuera un puzzle que por fin ha conseguido completar, aunque haya encajado las piezas a martillazos.

—Te das cuenta de que acabas de besarme como si fueras un adolescente en su primer baile de graduación, ¿verdad?

Dean se ríe tanto que le duelen las costillas y murmura algo así como este idiota, mientras esquiva una mesa coja y una silla que parece haber sobrevivido a todas las guerras del mundo. Conduce a Sam hacia una de las dos camas, la que le pilla más cerca porque su hermano pesa como tres toneladas de adorabilidad suprema y camina como si estuviera jugando a eso de el suelo es lava.

Sam arruga el ceño, o lo intenta. Dice un ¡Eh! que se oye en mayúsculas y luego arrastra un ha sido un beso totalmente maduro, profesional y toudoesooo, mientras intenta apuntar acusadoramente a Dean y acaba señalando a la lámpara.

—Prefiero tus planes suicidas habituales, Sammy.

Sam se desploma en la cama como un castillo de naipes en medio de un huracán. Murmura un pues no te has quejado, con aire triunfal, mientras tira del brazo de Dean como si tuviera de nuevo tres años.

—Claro que no me he quejado, imbécil —Dean se tumba a su lado y le revuelve el pelo, porque algunas costumbres nunca mueren—. Sólo trataba de no ahogarme en mi propia risa mientras me atacaba tu lengua.

Sam le mira con esos ojos de cachorro que deberían ser ilegales en alguien de su tamaño y Dean siente que algo se le remueve en el pecho. Porque, joder, si su Sammy, con el pelo revuelto y esa sonrisa de borracho feliz, no es la única persona en el mundo a la que quiere besar hasta quitarle a besos la borrachera, que los perros del Infierno se lo lleven de vuelta.

—¡Mi lengua está perfectamente entrenada! ¡Tengo un máster en lingüística!

Y otro máster en hacer que Dean sienta su corazón pequeño para acoger un amor tan enorme cuando Sam le rodea con el brazo y se acurruca junto a él en la cama, como si fuera un peluche relleno de suavidad infinita, algodón de azúcar y todas las cosas blandas del mundo.

—¿Podemos repetirlo cuando el mundo deje de dar vueltas, Dean?

Hay algo tan vulnerable en su voz que Dean siente el impulso de protegerle de todo, incluso de su propia resaca. Después se toca los labios, donde todavía puede sentir el eco del beso de Sam. Le gustaría conservar esa sensación, plastificarse los labios para que ese beso nunca se borrara.

La luz del neón pinta sombras rojas en las mejillas de su hermano, que lucha contra el sueño como un niño testarudo. Por un momento, todo parece irreal, pero perfectamente correcto y girando en el mismo sentido. Porque el motel Lucky Star no tiene ni una sola estrella, pero ellos sí tienen suerte de estar en él de madrugada.

—Podemos repetirlo cuando quieras y todas las veces que quieras, Sammy —la voz le sale como un verso de Robert Frost, mientras cubre a Sam con la manta—. No quiero que tengamos nada pendiente.

Algunas cosas pendientes valen la espera. Los dos lo saben mientras se quedan dormidos.

Algunos dicen que el mundo acabará en fuego. Otros dicen que en hielo. A Dean le importa una mierda. Si tuviera que morir de nuevo, lo haría en paz. Llevando la huella de un beso en los labios que permanecerá incluso hasta el fin de los tiempos.

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