viernes, 21 de marzo de 2025

Capítulo 4: Oklahoma (I walk the blurry line)

Este es el cuarto y último capítulo de I walk the blurry line.
Un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -4 capítulos- también en AO3, justo aquí.

------------------------------------------

Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Marisol (personaje original)

------------------------------------------

I walk the blurry line
Fatima_O

Sumario:
Productos de higiene femenina en la balda de arriba. Condones y lubricantes en la parte de abajo.
Dean quiere pillar el lubricante porque anoche costó bastante y tuvo que sacar paciencia y saliva donde sólo había prisa y su polla y el culo de Sam en pompa. Pero Sam le dijo no tenemos por qué hablarlo, ni repetirlo y esa contradicción lo está llevando al borde del colapso. Agarra, sin pensarlo, un paquete de compresas de absorción ultra con alas y una caja de tampones de flujo medio con aplicador.

4 - OKLAHOMA


 

La gente que va de filósofa o está completamente fumada dice cosas como que los árboles no te impidan ver el bosque, o mierdas así de Mindfulness. Y Dean no hace más que chocar con árboles frondosos y oscuros esa mañana, antes de entrar con Sam al súper donde trabaja Marisol.

Cabreo. Un árbol. Silencio. Otro árbol. Remordimientos. Otro más. Cobardía. Un árbol centenario. Empalmado cada vez que mira a Sam. Una hilera de árboles que se extiende desde una costa a otra.

Está enfadado, empalmado y pensando en Sam y en su cuello y en su forma de gemir y en su sabor y en el olor persistente a pino del baño del bar. Y si olía a pino es otro árbol.

 

Genial.

El árbol del insomnio aún le da sombra cuando tropieza con la chica de cartón que anuncia manzanas a la entrada del súper. En vez de saludarla, le pega un puntapié. Porque si tiene manzanas es otro puto árbol.

Lo que más le jode es que Sam parece que está en una llanura, con todos los malditos árboles talados.

 

—Dean.

Sam suspira, mientras su hermano echa un cepillo de dientes al carrito. 

—¿Qué? He perdido mi cepillo y no me dejas usar el tuyo.

Sam suspira de nuevo antes de contestar.

Dos suspiros seguidos a Dean le dan qué pensar. Lo mismo Sam sí que tiene su propia serie de árboles tras esa llanura de paz y tranquilidad.

—Porque usar el mismo cepillo de dientes es asqueroso, Dean.

 

¡Hostias, Sam! ¿Asqueroso? Nos hemos cosido heridas que harían desmayarse a enfermeras veteranas, nos hemos revolcado por el barro persiguiendo a un hombre-lobo, hemos visto como un cambiaformas mudaba la piel frente a nosotros, ¡nos hemos besado como si estuviéramos haciéndonos una transfusión de saliva! y, ¿ahora te pones en plan escrupuloso y no quieres compartir tu cepillo de dientes conmigo?

A Dean le hierve la sangre. Fingir que todo está bien se le está haciendo bola. Cada vez que mira a su alrededor, el mundo pierde tres tonos su color.

Sam tiene que frenar en seco el carro porque Dean se queda clavado en mitad del pasillo contiguo al de higiene bucal, como si un nahual le hubiera paralizado con su mirada.

Productos de higiene femenina en la balda de arriba. Condones y lubricantes en la parte de abajo.

Dean quiere pillar el lubricante porque anoche costó bastante y tuvo que sacar paciencia y saliva donde sólo había prisa y su polla y el culo de Sam en pompa. Pero Sam le dijo no tenemos por qué hablarlo, ni repetirlo y esa contradicción lo está llevando al borde del colapso. Agarra, sin pensarlo, un paquete de compresas de absorción ultra con alas y una caja de tampones de flujo medio con aplicador.

Sam le mira como si le hubiera dado un ictus y se pregunta cómo y dónde piensa usar -ponerse, meterse- todo eso. Pero prefiere no decirle nada. Se guarda un bote de lubricante bajo la camiseta, sujeto a la cinturilla del vaquero, mientras el reponedor está entretenido, colocando champús a sus espaldas. Rueda el carro por el súper y va dejando las compresas en la sección de congelados y los tampones abandonados junto a los productos de limpieza. Al reponedor no le va a faltar trabajo esa mañana.

A ver si con un poco de suerte Marisol vuelve del descanso y no tienen que dar más vueltas porque está harto de sacar todo tipo de mierdas del carro.

—Estamos aquí para investigar, no para alimentar tu metabolismo adolescente.

Sam le lanza una queja y mira el carro como si le estuviera ordenando que lo vacíe. Dean lo que lanza es el tercer tubo de Pringles al carro, como si fuera una canasta.

—Normal que no tengas hambre. No fui yo el que se comió una hamburguesa doble con bacon y extra de queso antes de volver al motel.

Dean se lo reprocha y no pierde la oportunidad de añadir una caja de galletas Oreo a la ya abultada montaña de snacks que se alza bajo los cimientos de latas de cerveza.

—No. Te comiste dos —Sam gruñe, mientras arruga el ceño—. Coge fruta o algo más sano, Dean. Si sigues metiendo porquerías en el carro, cuando lleguemos a caja vamos a parecer un par de críos que van a una fiesta de cumpleaños.

¿Fruta? Ni de coña. Las frutas vienen de los árboles y Dean ya tiene bastantes plantados en el paisaje.

—No estamos para causarle buena impresión a Marisol, mister Tengo Todo Bajo Control, doctorado en La Fruta Es Comida. Somos un par de cazadores que no tienen ni puta idea de cómo hacer que deje de controlar mentes. ¿Te recuerdo lo que pasó anoche?

Dean no puede evitarlo. Es un árbol enorme, con las ramas demasiado bajas y las raíces demasiado profundas para esquivarlo. Se está estampando contra él desde anoche.

—Lo recuerdo lo suficientemente bien para ser algo de lo que no hablamos, Dean.

Sam quiere cambiar de tema como cambian las estaciones del año. Que los árboles empiecen a perder sus hojas cuando el verano se arrastra sediento y agonizante hacia el otoño.

—Fuiste tú el que propuso que no teníamos por qué hablarlo, Sam.

—¿Y es que quieres hablarlo?

No. Dean no quiere hablarlo. Quiere repetirlo. Pero no sabe cómo decírselo.

—No quiero que te sientas presionado, Dean.

—Presionado, ¿eh?

Dean aprieta la sonrisa. Nunca va a admitir que se siente lo suficientemente presionado. Es un Winchester. Los Winchester son como trozos de carbón antes de convertirse en diamantes, aguantan una presión extraordinaria.

Antes de que Sam siga presionando con su carita de cachorro abandonado, Dean echa una bolsa de malvaviscos al carrito. A nadie le amarga un dulce.

Después de pensarlo mejor, echa dos. Sam está muy amargado. Debe tener más árboles que él tras esa llanura de mierda en la que se empeña en dar paseos.

Justo cuando Sam está a punto de empezar a vaciar el carro por enésima vez, ve a Marisol en una de las tres cajas que están abiertas. Ella sonríe a un cliente al que parece que le va a hacer comprar un montón de cosas que están en oferta en la línea de caja, y sin necesidad de manipular su mente como se siga desabrochando botones del escote.

—Ahí está —Sam se detiene en seco y le da a Dean un par de manotazos en el brazo, como si fuera justo ahí donde tiene los ojos para que los abra—. ¿Notas algo raro esta vez?

Dean se encoge de hombros y se apoya en el carrito. Si Sam se refiere a que si tiene ganas de besarle, pues sí, muchas, tantas que no le caben en el supermercado. Pero esas ganas ya las traía de Oklahoma, desde hace muchos años.

—Al margen de que se ve ridículamente buena con ese uniforme, no. Nada.

Sam frunce el ceño por su comentario. Ese árbol Dean no lo ve venir, pero juraría que tiene la palabra celos tallada en su tronco.

 

¡Qué mono! Tal vez debería poner un cartel con una advertencia en ese árbol. “Cuidado. Celo-saurio Rex suelto”.

—Mi vista es de acceso público, como este súper, Sammy —Dean chasca la lengua y sonríe, mientras avanzan hacia la fila—. Oye, lo de anoche...

Dean empieza a murmurar tan bajito que no lo oirían ni los murciélagos. De pronto, sus palabras suenan dulzonas en la sección de conservas.

—Ya imagino que no sólo fue cosa de Marisol, también influyó el alcohol.

A Sam se le caen las excusas a la misma velocidad que va sacando cosas del carro antes de que lleguen a caja.

—Tú ni siquiera bebiste, hombre.

—Sí. Bebí. Mucho. Dean.

Se le han caído tantas excusas para Dean que se ha quedado sin reservas para él y hasta empieza a hablar como los indios.

—¿Dos cervezas es mucho para un tío que mide como un rascacielos?

—Fue culpa de ella. Ya está —Sam levanta las manos, defensivo.

Dean sonríe de medio lado con una inquietud mal calibrada.

Cuando llegan a la caja, Marisol se sorprende, no tanto de verlos como de que estén enteros.

—¿Todo bien anoche, chicos?

Marisol lo pregunta con verdadera preocupación. Le parece un milagro que escaparan de la pelea sin un sólo rasguño después de ver cómo quedó su novio.

Físicamente están bien. Emocionalmente, sin embargo.

Sam traga saliva con dificultad. Dean se apoya en el mostrador, como si fuera a pedirle su número de teléfono después de todo.

—Todo perfecto, guapa.

Dean le guiña un ojo, mientras ella pasa la tarjeta de crédito -falsa, por supuesto- por caja y Sam mete en bolsas todas las porquerías que han comprado.

 

Sam no puede mantener la boca cerrada ni dos segundos desde que suena el gracias por su compra cuando cruzan las puertas automáticas.

—¿En serio? ¿Todo perfecto?

—¿Acaso no lo estuvo, Sam? —a Dean le indigna su pregunta, la duda ofende—. Hasta los ojos te rodaron hacia atrás cuando me la metí en la boca. Parecías una jodida tragaperras a punto de soltarlo todo en cuanto agité la palanca. ¡Y premio!

Dean va tan cargado que tiene que dejar unas bolsas en el suelo para poder abrir el Impala y meter el botín en el maletero. Ni se molesta en dedicarle una mirada a Sam, seguro que está más rojo que las manzanas que anuncia la chica de cartón. 

—Fue bastante… intenso.

Sam tiene la cara ardiendo. Necesita aire fresco, pero todo lo que recibe es una bofetada del desierto.

Dean pone su mejor cara de no-me-digas y le da un empujoncito en el hombro, mientras guarda la última bolsa.

—Sólo para aclararme, ¿has dicho intenso incesto, Sam? —Dean se lo pregunta como el que pregunta si quiere azúcar o sacarina en el café, mientras baja la puerta del maletero.

Va a tener que subirla otra vez para colocarlo todo algo mejor. La puerta no cierra con las estacas atravesadas. Además, uno de los fusiles de asalto parece negociar con los Twinkies para liberar rehenes, mientras los Goldfish están asustados y una bolsa de Cheetos Flamin' Hot ha logrado escabullirse al refugiarse tras las cervezas.   

—He dicho lo primero, pero lo segundo también fue —Sam carraspea, incómodo.

—Es —le corrige Dean, cortante, como si pagara por palabras en un telegrama.

—¿Es qué, Dean?

—Es incesto, Sam. No digas fue. No es pasado.

Y está claro que no va a dejarlo pasar.

Se acerca a Sam con esa mirada que siempre le desconcierta. Le arrincona contra el maletero, pero de manera tan sutil que parece idea de su hermano. El roce de su respiración calienta el aire con una ternura que le presiona hasta el pecho. Esquiva su nariz, elude cualquier pausa y le besa. Le besa con todo lo que le faltó anoche. Lento, suave, con calma, sin prisa. Acaricia su lengua, se hace un hueco entre sus dientes, aprisiona sus labios, mientras enreda los dedos en su pelo, igual que los recuerdos de la noche anterior se le están enredando en la cabeza.

—¿Marisol te está obligando a hacer esto? —Sam lo pregunta con miedo, sin estar seguro de querer escuchar un sí cuando Dean se retira.

—¿Te sentirías mejor si así fuera? —Dean le devuelve la pregunta, mientras se encoge de hombros y le mira como un niño que espera una regañina— Me declaro culpable, señoría.

Algo en el tono de Dean, en la forma en que pronuncia culpable, golpea a Sam en el pecho.

—No me demandes por usar a una controladora de mentes como excusa para follar contigo. Te advierto que voy armado y que mi hermano es casi abogado. Aunque, si te sirve de consuelo, me dijo que le gusta más cuando soy yo el que le defiende.

Se tenía que decir y lo ha dicho. A tomar por culo las paredes, los árboles y toda la mierda que ha puesto entre ellos durante toda su vida. Está harto de tratar a Sam como si fuera la chica de cartón de las manzanas. Y más harto todavía de librar un cinco contra uno en la ducha pensando en él, calentándose sólo con imágenes que no puede tocar y el puto vapor del agua.

—Espera, ¿q-u-é?

—Intenté decírtelo anoche, Sam. También lo he intentado hace un rato, pero no paras con tu maldito bla, bla, bla. Te hice una mamada como si fuera una puta aspiradora de última felageneración, pero tú no me dejas usar tu cepillo de dientes porque te parece ASQUERO…

Sam le corta en seco con un lo siento. Suena a disculpa porque es una disculpa -una muy sincera-, pero le ha hecho gracia lo de felageneración. Cuando intenta contener la risa, el gesto le queda como si hubiera metido la cara en una lavadora.

—Son demasiados árboles para ver el puto bosque, Sam, y no sé si quieres, ya sabes, o prefieres…

Dean se muerde la lengua, como si las palabras le mordieran a él porque no llevan bozal. Se siente demasiado vulnerable, desarmado. No cree que le esté dando a elegir entre nada, sino entregándoselo todo.

Antes de que Dean le siga gritando las mismas cosas que le están gritando por dentro, Sam le besa justo ahí. Al lado de su oreja. En esa extensión diminuta de su piel que ambos han dejado que demasiadas bocas pisoteen.

—Oklahoma.

Dean susurra Oklahoma como si fuera un santuario y Sam se estremece al escuchar el nombre de ese lugar que parece quedar en otro planeta y pertenecer a un pasado muy lejano, cuando algunas estrellas que aún brillan en el cielo no habían muerto. Dean no estaba tan dormido aquella mañana y, para sorpresa de Sam, lo recuerda. Nunca lo ha olvidado.

—¿Esto es por mí, tigre?

Dean sonríe, orgulloso, al notar que la bragueta de Sam está dura como una piedra. Le da una palmada en la espalda porque no puede dársela a sí mismo. En verdad, considera que el mérito de su erección es más suyo que de Sam.

Juraría que anoche su hermano estaba todo lo empalmado que puede estar un tío y, aunque la tiene de un tamaño considerable -y no, no va a reconocer que va a proporción con él y que es ligeramente más grande que la suya- le entró entera en la boca. Pero lo de ahora le resulta descomunal.

—Esto —Sam se saca del vaquero el lubricante que ha robado en el súper, mientras una mezcla entre decepción y alivio se materializa en la cara de Dean— no es por ti, es para ti. Para nosotros. Creo que te has quedado con ganas de echarlo al carro, antes de que te bajara la regla.

—Mira, te voy a ahorrar la paliza que te mereces por decirme eso porque, por primera vez, mangas algo que no tiene hojas o no es comida para pájaros, como esas mierdas de avena, quinoa y, ¿cómo se llama lo otro? ¿Alpiste gourmet? Y sí, quería el lubricante, pero no sabía si tú querías porque me dijiste que no tenemos por qué hablarlo, ni repetirlo. Y lo de hablarlo me la sopla, pero lo de repet...

—Ahora eres tú el que está bla, bla, bla.

Sam le interrumpe, guardándose la educación en los bolsillos junto al lubricante, porque si Dean sigue soltando semejante perogrullada, va a tener su edad cuando termine.

—Cállate y bésame de una maldita vez, Dean.

 

Dean se calla y le besa. Y así termina esta historia y empieza otra. La historia que de verdad importa.


Notas:
Si has llegado hasta aquí, ¡gracias por leer y por regalarme un poquito de tu tiempo! ❤️
Y si te animas a dejar un comentario, sería como tomar tequila en buena compañía, ¡me harías muy feliz! Así que, ¡brindemos por eso! 🥂

No hay comentarios:

Publicar un comentario

CuquiWinchis: Muak

Muak. Primer fanart de la colección CuquiWinchis , una serie de ilustraciones tiernas, con líneas suaves y redonditas, colores pastel y muc...