lunes, 23 de junio de 2025

Capítulo 3: Knights of Cydonia (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el tercer capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
—Lo de anoche no fue más que un polvo. Somos otra cosa, Sam.
—Vale. Cuando acabes de mentirte y echarte la culpa por algo que los dos queríamos hacer, para el coche.
Lo para. Claro que Dean lo para. La cafetería está a tomar por culo, pero lo para porque está a tres segundos de explotar y pegarle una hostia a su hermano.


3 - KNIGHTS OF CYDONIA


 

Duermen como muertos por primera vez en mucho tiempo.

El aire en la habitación huele a horas sin contar. La mañana se cuela entre las cortinas viejas, con una luz desgastada, como si también estuviera agotada de seguir adelante. Esa cama tan terrible en la que están tiene un efecto casi sagrado, acerca los cuerpos y los empuja al centro, como en una comunión.

Dean intenta no hacer ruido al levantarse. Lleva dos horas despierto, contando grietas en el techo. Tantas grietas que tiene los ojos rotos y teme romper a Sam si le mira, mientras sigue dormido a su lado.

A fuerza de repetición, ha aprendido a afeitarse en cuatro minutos, a ducharse en tres, a revisar las armas en dos, a vestirse en uno. Vivir en la carretera, con poco equipaje, le ha enseñado a ahorrar tiempo.

Tiempo que se le acaba.

Tiempo que ha malgastado.

Tiempo que parece prestado.

Le da pena despertar a su hermano. Cinco minutos más. Así lleva una hora y tres cuartos. Sam dormido se parece un poco más a Sammy y menos a Sam atormentado. Casi es ese Sam antes de lo de Jessica. Antes de todas las nuevas cicatrices. Antes de perder a su padre. Antes de morir apuñalado por un puto demonio. Antes de toda esa mierda de la que Dean se siente responsable. Y por responsable quiere decir culpable.

—Eh, arriba, soldado —Dean le zarandea el brazo y le vuelca las palabras encima—. Tenemos trabajo que hacer.

Acabar con un poltergeist. Salvar gente. Esa mierda que a Sam ya no le importa y que no entiende por qué su hermano se empeña en fingir que le sigue importando.

—Y quiero desayunar antes, tío.

Es sólo un poltergeist, pero nunca se sabe. Lo mismo Dean no llega al almuerzo. Y si eso ocurre, quiere irse con el estómago lleno. Porque, viendo cómo la sal repele a los demonios, ya se hace una idea de lo soso que cocinan en el Infierno.

Sam no responde al instante. Se restriega los ojos y se estira como un oso recién despertado tras un invierno muy largo. Luego, resopla un buenos días a ti también. No espera hablar con Dean sobre lo ocurrido, pero tampoco que le trate como a esas chicas a las que se les deja dinero en la mesilla.

E, inevitablemente, mira la mesilla. Por si acaso.

Dean murmura algo, si no espabilas pronto, el poltergeist se va a morir de aburrimiento, y coloca tres capas de humor armado como hormigón para que su fachada no se derrumbe.

Estaría bien que ese poltergeist se muriera por sí solo. Les ahorraría trabajo.

Y tiempo.

Porque cada vez andan más escasos de lo segundo mientras se les acumula lo primero.

Sam se incorpora lentamente. Al poner los pies en el suelo, no siente el suelo, sino el techo del que pronto será el nuevo hogar de su hermano, a menos que consiga evitarlo.

Dean no le mira. No sabe ni dónde poner los ojos. Porque Sam está desnundo y quiere -por Dios, cómo quiere- mirarle y tocarle y besarle y lamerle y morderle y follarle de nuevo para que sus "buenos días" sean realmente buenos

—¿Te pasa algo?

No es una pregunta, sólo el tono desacertado. Sam lo dice preocupado, con esa suavidad que a Dean le raspa los oídos y le parte eso que ya no considera suyo. Eso que llaman alma.

Sam insiste mientras pone una mano en su hombro, casi con miedo, como si fuera a romperle.

—¿Estás bien, Dean?

Está bien jodido. Serio. Callado. Con la piel ardiendo, el silencio torcido, la mirada perdida, la voz oxidada. Tiembla. Tiembla más que nunca.

Porque no entiende qué clase de monstruo se acuesta con su propio hermano.

Ya hay que estar desesperado.

No.

Desesperadamente enamorado de la única persona de la que no debería estar enamorado.

Hasta la pasada noche, el Infierno le parecía un castigo. Ahora le parece un regalo.

Y no soporta -joder, Sam, no lo soporto-, que le trate con tanta dulzura cuando siente que le ha jodido la vida.

Dean hace un esfuerzo por responder con una indiferencia que se cae a pedazos. Siente la garganta seca, el pulso disparado, el pecho aplastado por algo que no sabe qué es ni cómo quitarse de encima.

—Date prisa. Te espero en el coche.

Sale de la habitación. Cierra la puerta como si quisiera dejar atrás todo lo que odia de sí mismo. Es decir, todo.

El corazón le late tan rápido como camina hacia el Impala. Con cada paso, el dolor crece, la ansiedad se le atasca en las venas, la respiración se le hace pesada, la vista se le vuelve un tachón de furia.

Siente el peso de la culpa. Siente el peso de la tristeza. Siente el peso de la rabia. Y hasta el peso de su propio cuerpo es una carga que no soporta.

Le da una patada al coche. El metal ni se abolla bajo su bota. No se calma. Respirar se convierte en una batalla perdida.

Otra patada a la rueda. Más fuerte. Y luego otra. Y otra. Y otra más. Para desahogarse mientras se ahoga. Para descargar todo lo que siente mientras se le carga la cabeza.

Sólo quiere dar patadas hasta que le duela el pie más que eso que no sabe ni qué es, ni dónde está, ni cómo sacárselo.

Las lágrimas caen con cada patada. Rápidas, violentas, ardientes, incontrolables. Una. Y otra. Y otra más. A borbotones. Hasta que siente que tiene más lágrimas mojando sus mejillas que las que le arden en los ojos.

Llora. Y sigue pateando la rueda. Sus puños se suman a los golpes.

Llora. Y le duelen los nudillos, pero el coche no se queja. Lo envidia. Quisiera ser metal, cuero, piezas que se pueden reemplazar. No sentir. No pensar. No tener un alma vendida ni un hermano al que siente que le ha fallado.

Llora. Y no cree que merezca siquiera ese alivio. Porque se siente egoísta. No puede dejar de quererle. No puede dejar de necesitarle. No puede dejar de culparse. No puede, sencillamente, dejarle.

Sam hace un rato que ha salido de la habitación, le mira desde la puerta y espera. Espera a que Dean termine de ensañarse con el coche. Espera a que explote del todo para poder acercarse. Espera como también espera que ponga su mejor cara de póker cuando le vea.

Se sienta a su lado, en el asiento del copiloto, donde quiere echar raíces y echar todos los polvos con Dean cuando no aguanten hasta un motel. Sin hacer preguntas. Sin moverse. Sin mirarle. Sin hacer nada.

Si Dean se dejara querer con la misma facilidad con la que le quiere, resultaría más sencillo. La última vez que intentó consolarle fue cuando perdieron a su padre y no salió bien. Dean le dijo, ven aquí, apoyaré mi cabeza en tu hombro y podremos abrazarnos, llorar y bailar una lenta. Y destrozó el Impala, convirtiendo de nuevo en chatarra lo que le había llevado semanas arreglar.

Dean arranca el motor y, más por costumbre que por orgullo, sube la música.

Knights of Cydonia de Muse aniquila el aire. Suena roja, pesada, ácida, insoportable.

 

No one's gonna take me alive. Time has come to make things right.

You and I must fight for our rights. You and I must fight to survive.

 

Dean le mira de reojo, con una rabia que le oscurece la mirada al escucharle bufar. Encima, Sam menea la cabeza y pone esa mueca que parece una sonrisa apretada, pero que no es más que un contenedor de reproches. 

—Sé lo que estás haciendo, Dean.

Sam suena a ese cabrón testarudo al que no le importa cuántas corazas se ponga su hermano porque sigue viendo lo que hay detrás. Puede sentir el peso de su alma al mirarle y no entiende por qué el Infierno quiere reclamar algo tan roto. Más que comprarla, deberían pagarle por quedársela.

—¿Ah, sí? ¿Qué coño crees que estoy haciendo, capullo?

Dean tiene que defenderse, aunque sabe que ha perdido antes de intentarlo.

—No voy a dejarte, Dean. No importa lo que intentes hacer para apartarme.

Sam lo dice con una seguridad que desarma. No entiende cómo su hermano puede despreciarse tanto, cómo no puede ver lo valioso que es, incluso tan roto como está.

—Cállate, Sam. No sabes lo que dices. No sabes una mierda.

Dean aprieta el volante, los dientes, los músculos. Aprieta todo lo que puede apretar porque lo que se le afloja son las lágrimas de nuevo. Y no va a llorar delante de Sam. Ni de coña.

—Sé que no te odio. Sé que no me odias.

Suficiente.

Sam elige las palabras con cuidado, pero Dean las escucha como realmente son.

Sé que te quiero. Sé que me quieres.

Y, por supuesto, Dean tiene que defenderse del no-odio que se tienen mutuamente.

—Lo de anoche no fue más que un polvo. Somos otra cosa, Sam.

—Vale. Cuando acabes de mentirte y echarte la culpa por algo que los dos queríamos hacer, para el coche.

Lo para. Claro que Dean lo para. La cafetería está a tomar por culo, pero lo para porque está a tres segundos de explotar y pegarle una hostia a su hermano.

Cuando sale del Impala, tiene la mirada cargada de pólvora y sangre. Camina hacia Sam como si pudiera hacer que el planeta girara en sentido contrario.

—Antes de que me sueltes un puñetazo —Sam hace una pausa arriesgadamente larga para haber un puñetazo en juego—, quiero que sepas que, mientras tú no dejas de culparte por lo de anoche, yo sigo haciendo todo lo posible por salvarte la vida. Aunque sólo sea para que encuentres más razones para odiarte.

Hay otras maneras de decirlo, pero.

—¿Tienes hambre, Sam?

Dean lo pregunta como si la discusión hubiera sido sobre si Keith Moon era mejor baterista que John Bonham. Bueno, posiblemente, si tocaran ese tema, también haría como si no lo hubiera oído. John Bonham es Dios. No se toma su nombre en vano.

Sam va a hacer como si Dean lo hubiera entendido. Porque lo ha entendido. Verdad o Consecuencias. Nunca fue tan cierto el nombre del pueblo.

Sí. Hay otras maneras de decirlo, pero no funcionan.

Porque Dean no se deja querer con la misma facilidad con la que le quiere.

Algún día.

Lástima que, por ahora, sólo tenga 183 días por delante para aprender a hacerlo.

 

***

 

La campanilla de la cafetería tintinea cuando entran.

Luces tan brillantes que dan dolor de cabeza, aroma a café recién hecho y tanta grasa en el aire que respirar resulta resbaladizo.

No llevan ni dos segundos sentados cuando el material de calendario aparece con su libreta y una sonrisa perfectamente diseñada para atraer propinas. Morena, labios cereza, manos de pianista y una chapa con su nombre que ya adelanta lo que va a pasar con ella en cuanto le sirva a Dean lo que necesita.

Olvido.

Sam juraría que, para su hermano, todas se llaman así.

—¿Qué vais a tomar, chicos?

Olvido se inclina sobre la mesa un poco más de lo necesario, pero no lo suficiente para que Dean se quede completamente bizco mirando su escote.

—¿Qué me recomiendas, guapa?

Por supuesto. Por supuesto que Dean va a coquetear con la camarera.

No importa que anoche le borrara el nombre a su hermano a lametazos. No importa que a Sam se le revuelva la bilis cada vez que la mira. No importa que tengan que cazar un poltergeist y ni hayan pensado un plan para cargárselo. No importa que Dean tenga los ojos hinchados, los nudillos destrozados y el pie palpitando, como si hubiera intentado abrir las puertas del Infierno a patadas para ahorrarle el paseo a los perros.

Porque Dean siempre, siempre necesita recordarle al mundo -y a sí mismo- que su vida es totalmente normal y que folla con chicas.

—¿Te gusta lo dulce o lo salado?

Olvido se muerde el labio inferior, mientras se lo pregunta con una voz no recomendada para menores de 18 años.

Dean suelta una risita que a Sam se le queda atascada entre el oído y el odio. Uno debe estar cerca del otro. Sólo hace falta mover una vocal y usar lo primero para sentir lo segundo.

—Café solo y un par de huevos revueltos con tostadas.

Sam se adelanta a pedir, aunque ella ni le ha dirigido la mirada. Planta el portátil en mitad de la mesa y levanta la pantalla como si quisiera que Olvido saliera despedida a la otra punta de la cafetería.

No.

A la otra punta del planeta.

Los huevos no son lo único que va llegar revuelto.

—Yo lo mismo que él.

Dean lo dice a toda prisa y con algo que suena a remordimiento, mientras Sam no aparta la vista de la pantalla.

Sam abre las últimas webs que ha visitado para seguir la pista a un objeto que, de existir, podría servir para salvar a su hermano, porque lo último que quiere es ver cómo Dean le mira el culo descaradamente a la camarera mientras se aleja hacia la cocina.

Tampoco quiere ver cachondasalvolante.com. Pero es lo primero que le salta en el historial.

Arruga el ceño y cierra la pestaña de inmediato, temiendo que el volumen esté activado y que la rubia que aparece en pantalla, maniobrando con el freno de mano -Dios, Dean, ¿en serio te pone esto?-, empiece a gemir.

Entonces, aparece otra web. Sam parpadea, confundido y muy, pero que muy sorprendido. Asoma la cabeza por el lateral de la pantalla y mira a Dean, que está tirado en la silla, con las manos en los bolsillos y todo cara de lo siento.

Dean le da un ligero puntapié en la pierna por debajo de la mesa y musita un ¿Te has enfadado, Sammy?  

A Sam le sale un no inmediato. Un no que no tiene nada que ver con perdonarle el tonteo que se trae con la camarera, sino con vaquerosmontandoapelo.net.

—No hay nada malo en ser amable, Sammy.

Ni tampoco en ver páginas de porno gay.

—No he visto a nadie tan amable desde aquella stripper en Chicago que te tiró su ropa interior.

Sam ni pestañea mientras mira la pantalla, sólo murmura con resquemor lo de Chicago porque, casualmente, es donde está ubicada Curious Goods, la tienda de antigüedades que ha encontrado por Internet, pero le está resultando difícil centrarse porque aún no ha cerrado la otra página. Página en la que aparece un vaquero montando -no precisamente un caballo- y le están sudando hasta los ojos porque quiere -imposible explicar cuánto y cómo lo quiere y lo quiere ya- que Dean le monte igual. Cerrar la pantalla se le hace tan difícil como cerrar los muslos porque nota que la bragueta le empieza a crecer y le va a estallar la cremallera. 

Dean se encoge de hombros ante ese tono quisquilloso. Le sorprende que Sam recuerde aquella noche en Chicago.

Bueno.

Dean también tiene buena memoria para lo que le interesa.

—Yo tampoco te había visto hasta anoche tan cachondo, desde aquella vez en Sedalia.

Simplemente lo suelta.

Lo suelta y le mira, mientras se pasa la lengua por los labios, como si estuviera lubricando las palabras. Y su segundo puntapié bajo la mesa se convierte en un roce que a Sam le quema la pierna. Dean asciende hasta su rodilla y busca refugio en sus muslos. Muslos que Sam no puede cerrar ni juntar ni tampoco apartar de Dean por su pequeño gran problema.

Sam da un respingo hacia atrás, casi derrapando con la silla. Se pone rojo como un tomate y suelta un ¡au! al pillarse los dedos con el teclado al bajar la pantalla de golpe.

—No sé de qué hablas.

Sam disimula. O lo intenta.

—En serio, Dean —insiste, con una mano levantada, como si eso detuviera la conversación y la dichosa pierna de hermano—. No sé... ¿Sedalia? Ni me suena.

Sam está convencido de que su interpretación es magistral, como cuando hizo la prueba para el papel de Romeo. Ni siquiera se da cuenta de la ternura que despierta en su hermano.

—Tranquilo, tigre. A esa edad me empalmaba sólo con imaginar unas tetas, no me hacía falta ni verlas en una revista. Si hubiera tenido un hermano mayor que llegara borracho una noche y…

Lo de borracho es un eufemismo. Sam recuerda que Dean llegó como para curar heridas con el aliento.

—... me contase con todo lujo de detalles cómo metió los dedos en una chica preciosa y totalmente virgen antes de…

—Dean. ¿Puedes dejarlo ya, por favor?

El por favor le sobra, pero Sam siempre ha sido ridículamente educado. Incluso cuando es tan útil como pedirle a un vampiro que no muerda.

Se obliga a levantar la pantalla, porque si no se esconde detrás de algo más tupido que su flequillo, va a morir de puro bochorno. Si afina el oído, todavía puede escuchar un eco remoto de aquel tan caliente, estrecho y mojado, Sammy, ni te lo imaginas, en Sedalia, con esa voz que aún le deshace los sesos. Sam no tuvo que imaginárselo demasiado aquella noche, antes de encerrarse en el baño para solucionar su pequeño gran problema. Gracias, Dean.

—No fue por ella, ¿verdad, Sammy?

Dean se recuesta en el respaldo de la silla, cruza los brazos y sonríe. Pero su sonrisa no grita ¡Te pille!

Es más suave. Más amarga. Más como una punzada por negarse a verlo antes.

Sam ni se molesta en contestar. Pero la respuesta afila sus ojos como navajas.

 

La camarera regresa y a Sam le interesa lo justo lo que Dean haga con ella, siempre y cuando no sea un remake de Sedalia, aunque Olvido tiene pinta de haber perdido su virginidad poco después de perder los dientes de leche.

No es hasta la cuarta taza de café -cuando Dean ya ha hecho la digestión de su plato y de la mitad del de su hermano-, cuando Sam abre la boca para algo que no es bostezar, bufar o beber.

—Si ya has terminado de entretenerte —Sam carraspea, mientras mira a la camarera y Dean siente que su voz es más legible que el número de teléfono que Olvido le ha apuntado en la servilleta—, nos vamos a Chicago.

Sam tiene los ojos secos tras pasar dos horas frente al portátil y la punta de los dedos casi cuadrada de tanto teclear, pero ha encontrado algo. Algo valiosísimo. Por fin.

—La envidia es muy mala. ¿Tanto te afectó que la stripper no te lanzara ni un besito que quieres volver a Chicago? —Dean se burla, mientras mira a Olvido con esa expresión babosa que a Sam le dan ganas de quitarle a hostias—. Además, ¿qué pasa con el poltergeist que íbamos a cazar hoy?

—¿No te gustaba Bonnie y Clyde?

Sam guarda el portátil, se pone la cazadora y deja una propina más generosa de lo normal en la mesa, no por la atención, sino para asegurarse de que Olvido no tenga excusas para volver a acercarse.

—¿Vamos a robar bancos, Sammy?

Es una chispa diminuta en las pupilas de Dean, pero lo suficientemente intensa para que se le ilumine la cara entera y sienta ese vértigo que no asomaba desde hace tiempo con ninguna cacería.

Un atraco es la mejor peor idea del mundo. A veces Sam tiene ideas tan brillantes que Dean se pregunta cómo el sol no tiene celos. Claro, que el sol bastante hace con alumbrarle hasta los pies, porque ahora que le mira, totalmente erguido y con esa sonrisa que no le cabe en la cara, juraría que Sam ha crecido desde la última vez que se puso de pie.

—No. Vamos a robar algo mejor.

Sam sonríe de una forma tan enigmática que a Dean le dan ganas de tirar todo lo que hay en la mesa y follárselo ahí mismo. Cuando Sam se inclina ligeramente hacia adelante, Dean no sabe si quiere antes una aclaración o un beso. Un beso de esos que se dan con la mitad de la ropa puesta y el doble de lo que está empalmado.

Porque escucha a Sam hablar, con ese cosquilleo indecente de ilusión, y Knights of Cydonia vuelve a empapar su cabeza, sus oídos, sus ideas. Pero esta vez no suena roja, pesada, ácida, insoportable.

 

And how can we win when fools can be kings?

Don't waste your time or time will waste you.

 

Suena como es en realidad. A gritos en carne viva. A una obstinación cruda por seguir adelante. A no perder el tiempo, su poco tiempo, porque es lo único que Dean tiene, además de un nombre. Entregárselo todo a Sam antes de que no quede nada. Su tiempo, su nombre, cada maldito pedazo de sí mismo. Invertir el tiempo en arrancarle gemidos, mientras pronuncia su nombre y el calor los hace pedazos. Porque esa es la única manera en que la vida, su vida, la que le daría sin dudarlo ni un segundo, se vuelve insoportablemente imprescindible.

—¿Qué vamos a robar?

A Dean la intriga se le agolpa en las tripas. La chispa de sus pupilas ya no es tan diminuta. Ahora es más cegadora que las luces de la cafetería.

—Vamos a robar tiempo.

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Notas:
Sí, lo sé. Curious Goods está en Canadá. La serie de Misterio para tres se rodó allí. Pero por motivos de trama y coherencia interna con este crossover, me he tomado la libertad de situar la tienda en Chicago. Me parecía más lógico. Es una decisión consciente para que todo encaje mejor y tenga más sentido dentro del fic. A veces una mueve cosas del mapa como el que reordena muebles en casa. Porque queda más bonito y funcional así.

Capítulo 2: Hotel California (Sam & Dean y otros riffs shakesperianos)

Aquí os comparto el segundo capítulo de Sam & Dean y otros riffs shakesperianos.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -12 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005) y Friday the 13th: The Series (TV)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester | Ryan Dallion & Micki Foster
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Jack Marshak, Micki Foster, Ryan Dallion, Demonio del Cruce de caminos, Personajes originales

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Sam & Dean y otros riffs shakesperianos
Fatima_O

Sumario:
—¿Una habitación?
No duda que estén buscando una habitación. Lo que duda es que quieran dos camas. Nunca ha visto a una pareja con tantas ganas de follar.


2 - HOTEL CALIFORNIA


 

There were voices down the corridor, I thought I heard them say.

Welcome to the Hotel California.

Such a lovely place. (Such a lovely place.) Such a lovely face.

 

No es un hotel ni mucho menos están en California, pero esa canción de los Eagles suena cuando llegan a la recepción de un motel en Truth or Consequences, Nuevo México. Un pueblo con nombre sacado de un mal guión. Una maqueta a la que Dios le dio un manotazo.

La recepcionista clava los ojos en la llave, como si fuera la llave la que se resistiera a entregarse. Mira el enorme coche negro aparcado fuera. Mira al más alto de los dos, con una actitud tan inerte como la planta artificial junto a la puerta. Mira a su acompañante de sonrisa desgastada, que oculta más ganas de llorar que armas en la bolsa que deja sobre el mostrador. Lo sabe porque huele a pólvora y a desinfectante y asoma el doble cañón de una recortada por la abertura de la cremallera.

Opta por sonreír en un retortijón, mientras hace clic con el boli repetidas veces. Le han rellenado el libro de registro con nombres que parecen inventados. Hasta empiezan por la misma inicial. Qué original. Deben llevar demasiadas noches sin dormir para que lo mejor que se les ocurra sea inscribirse como Jensen y Jared.

—¿Una habitación?

No duda que estén buscando una habitación. Lo que duda es que quieran dos camas. Nunca ha visto a una pareja con tantas ganas de follar.

Tiene problemas para procesar el hecho de que dos tipos que aparecen en mitad de la noche puedan compartir un coche como ese sin ser delincuentes y una habitación sin ser amantes. Además, no puede evitar preguntarse quién de los dos se habrá pedido el nombre de Jared. Apostaría por la planta artificial.

Dean repica los dedos contra el mostrador, a punto de bufar.

—Sí, señora. Una habitación con dos camas grandes.

Sam, en vez de irritarse como suele hacer cuando Dean se empeña en aclarar esa serie de malentendidos -especialmente delante de una mujer-, sonríe. Últimamente, se ha vuelto muy permisivo con él. Odia saber cuánto va a echar de menos sus gilipolleces y esa actitud de macho alfa que es todo compensación.

Tampoco es que Dean se esmere. Ni intenta bromear con la recepcionista. Está harto, muy cansado y jodido a la máxima potencia. Antes, siempre tenía un somos hermanos en la punta de la lengua. Ahora le importa una mierda si esa tía piensa que van a follar. A lo mejor deberían. Follar hasta borrarse el apellido. Follar hasta que el incesto sólo sea un vacío sin nombre ni peso. Ya que va a ir al Infierno, lo mismo le da que sea por una cosa o por más.

—Somos detallistas con nuestros clientes, queremos cuidarlos durante sus estancias y que se sientan lo más cómodos posible. Tenemos todas las mesillas surtidas, ya me entienden, por si cambian de opinión.

Ambos se miran como si ella les estuviera hablando en danés cuando suelta la llave. Parece que sigue pensando que sólo necesitan hacer crujir una cama.

 

***

 

El camino hasta la habitación huele a asfalto caliente y a un silencio espeso. Sólo se escuchan sus pisadas y algún grillo afónico en la lejanía.

Dean empuja la puerta y una ráfaga de aire viciado les da la bienvenida.

Por detallistas con nuestros clientes bla, bla, bla, se entiende una habitación vieja y empapelada con un estampado floral tan desgastado que las flores parecen marchitas. Una de las camas se hunde en el centro. La otra no está mucho mejor, pero al menos parece capaz de aguantar el peso de una persona más de dos noches seguidas.

Dean tira su bolsa de lona al pie de la cama más cercana, la peor. Lo llama generosidad. Lo llama cortesía. Lo llama ser un buen hermano. Lo llama de cualquier manera menos lo que es.

Ha vendido su alma por Sam, pero.

 

No. No es amor.

Lo bueno de repetírselo a sí mismo para creérselo es que no tendrá que hacerlo durante mucho tiempo. Seis meses y dos días. Y luego, ese hueso duro lo roerán los perros.

Sam ya duerme poco, como para que encima tenga que hacerlo en un colchón al que sólo le falta gritar no puedo más.

Dean no le reprocha que no le agradezca el gesto. Se sienta en el borde de la cama y empieza a desatarse las botas. El ruido del cuero y las hebillas llena la habitación, un metrónomo que marca el ritmo de su rutina.

Tic tac. Tic tac.

Dentro de poco no se escuchará nada. Dejará de hacer ruido. Dejará de sonar.

Sam deja caer su mochila al suelo de golpe. Se sienta en la otra cama y sigue el ejemplo de Dean. Ambos suenan al unísono. Botas y hebillas al mismo compás.

Tic tac. Tic tac.

Dentro de poco ese compás se romperá.

Y ninguno está hecho para sonar en solitario.

Dean sigue con la mirada fija en el suelo y esa pose derrotada que no consigue levantar ni su sonrisa. La pregunta que lanza es inesperada y le sorprende incluso a él.

—Entonces, ¿Julieta se apuñala?

Podría hablar del tiempo.

Podría hablar del poltergeist que van a cazar mañana.

Podría no hablar.

Sam levanta la mirada desde su cama, sorprendido, y sólo asiente.

Dean suelta un bufido y saca el cuchillo que lleva escondido en la bota para guardarlo bajo la almohada. Sam no necesita preguntar qué tipo de pensamientos, llenos de olor metálico, carne abierta y el rojo intenso de una amapola líquida, están inundando la cabeza de su hermano justo después de preguntar por la maldita Julieta.

—Al menos follarían antes, ¿no?

Contra todo pronóstico, Dean logra que suene romántico lo que debería sonar obsceno y grosero, mientras Sam se queda boquiabierto y los segundos se le atascan como se le atasca la respuesta.

—Supongo, Dean.

Supone porque se saltó un montón de capítulos y sólo se leyó el final del libro en cuanto se enteró de que sus expectativas por besar a Annie Snickerdoodle se redujeron a cero.

—No sé qué es más patético, morir por amor o hacerlo sin haber echado un polvo primero —Dean hace una pausa que hasta Shakespeare aplaudiría—. Prefiero a Bonnie y Clyde. Al menos murieron robando bancos. Y follaron.

Sam nota cómo Dean se hunde entre las palabras igual que se hunde en la cama. Le mira con confusión y sin entender exactamente qué es lo que Dean le trata de insinuar, puede que ni él mismo lo sepa. Mientras se agacha para quitarse la otra bota, se pregunta si su hermano alguna vez ha sentido algo más allá de la urgencia, de la necesidad física, del sexo. Algo que se le acerque, siquiera un poco, a lo que podría ser amor.

Dean abre el cajón de la mesilla y rompe ese silencio que ya está hecho añicos por la incomodidad. Busca cualquier cosa que le distraiga, hasta que apaguen la luz y Sam intente dormir mientras él intenta no llorar.

Se tira un buen rato sacando cosas del cajón, cada una más irrelevante que la anterior. Un taco de notas, un boli al que no hay que tomarle el pulso para saber que no pinta, un posavasos con cien vidas, un paquete de cerillas que resisten por costumbre más que por necesidad. Nada interesante hasta que ¡bingo! un sobre de muestra de lubricante y un condón hacen su aparición estelar. Ahora entiende lo de detallistas y todo ese rollo que les ha soltado la recepcionista.

Dean levanta las cejas y le sonríe. Y Sam juraría sobre la Biblia y la Constitución de los Estados Unidos de América que su sonrisa tiene más carga sexual que la que le dedicó a la rubia del último bar.

—Bueno. No es que necesite todo esto ahora. Como no me haga una paja de lujo.

Sam se pone rojo al instante al escucharle. Siente tal calor en la cara que podría fundir la habitación. Mueve los dedos de los pies, no sabe si por nervios o porque, sin ordenarles nada, han empezado a calentar por su cuenta, por si necesita salir corriendo, aunque sea descalzo. Piensa un maldita sea, otra vez no, mientras mira al suelo. Ha oído antes cosas más subidas de tono y ha reaccionado de maneras que no piensa contarle jamás a Dean. Aquella vez en Sedalia, Missouri, hace ya muchos moteles, cuando tenía la edad justa para conducir.

Dean mira de nuevo el condón y el lubricante. Y el posavasos porque está ahí. Pasa los dedos por el sobre del lubricante y traza el contorno con una precisión que no debería tener.

Ha habido tantas chicas. Tantas oportunidades. Tantos polvos que sólo recuerda porque sonaban sus canciones favoritas. Y ni una sola vez ha sentido que a largo plazo valiera la pena, pero

—si te besara.

Las palabras le salen solas. Dean no sabe si está pensando en voz alta o si está pensando tan fuerte que su cerebro ha aprendido a hablar. Pero lo dice. Lo dice y ni siquiera se da cuenta que lo ha dicho hasta que Sam se levanta de la cama de enfrente.

Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie cerca para oírlo, ¿hace ruido?

Ni puta idea.

Porque Sam sí está cerca. Y cada vez se acerca más.

Porque Dean sí ha hecho ruido. Mucho ruido, pese a dejar caer ese árbol con suavidad. Un ruido deliciosamente atronador en los oídos de Sam.

Sam da un paso. Apenas medio. Lo suficiente para romper la distancia habitual que siempre hay entre él y su hermano. Dean no se mueve. No parpadea. Casi no respira.

—Hazlo.

Sam no lo pide. No lo ruega. Se lo exige con una determinación que le quema hasta la lengua. No importa cuántas veces hayan esquivado lo que sienten. Es hora de que sus bocas sirvan para algo más que para mentir.

Dean ni se lo piensa.

Las órdenes no se piensan.

Si va a arder, que sea ya. Que sea aquí. Que sea por dentro. Que sea con Sam.

Así que le besa.

Le besa lento y rápido y a un ritmo tan caótico que los labios tienen que luchar por ordenarse. Le besa con algo que le araña las entrañas y un ardor que no consigue sofocar con nada. Le besa como no ha besado antes a ninguna, convirtiendo cada beso en un ensayo. Le besa como si su lengua soportara todo el peso de sus días. Le besa y le parece lo más fácil y a la vez lo más difícil que ha hecho nunca. Le besa con las ideas ardiendo y no termina de besarle cuando se descubre a sí mismo pensando cómo hacerlo de nuevo de mil maneras distintas.

Sam siente ese primer beso como si el mundo hubiera creado a Dios y no al revés. Se resiste a que termine, aunque cada segundo que pasa y no piensa en cómo salvarle es un clavo más en el ataúd de su hermano. No pone dulzura en las manos cuando le agarra de la nuca, sólo rabia. Rabia porque, más pronto que tarde, tendrá que soltarle y no quiere. Lo que quiere es cada segundo, cada aliento, cada empujón de su lengua. Y ya que no sabe cómo salvarle ni cómo detener el tiempo, va a besarle hasta que los labios dejen de ser un poco menos suyos y mucho más de Dean.

Cuando se separan, quizá para coger aire -quizá para que sea soportable tanta carga emocional-, Dean apoya la frente contra la de Sam, que tiene la respiración agitada y algo que se parece a la felicidad justo al borde de los ojos.

Se estremece al pensar un joder, Sammy, ¿por qué no nos hemos besado antes?, pero no atina con las palabras. 

Ni falta que hace.

Sam se está preguntando exactamente lo mismo.

Son dos notas que vibran en una disonancia perfecta.

Y quieren vibrar al unísono.

Dean le mira y lo que busca lo encuentra rápido. En los ojos de Sam no hay ni pizca de arrepentimiento. Ni complacencia por un moribundo. Lo que hay es un montón de moteles y un montón de noches y un montón de impotencia acumulada durante años. Cada vez que salía, Sam nunca le preguntaba dónde iba, ni con quién, ni qué hacía. Ni mucho menos le decía en qué pueblo de todos los que han estado dejó de mirarle sólo como a su hermano.

No entiende cómo ha podido pasar tanto tiempo con él y no haberse dado cuenta de lo que Sam se estaba callando. Tal vez no quería fijarse. Es como revisar el puto equipaje y encontrar que toda su ropa está sucia, sin nada más que ponerse. Una incomodidad de cojones, pero necesaria.

Dean no termina de maldecirse cuando siente las manos de Sam en la cara, como un fuego abrasador en las mejillas, mientras le empieza a desnudar con tanta prisa que arrastra junto a la ropa cualquier mancha en su conciencia.

—¿Quieres ser Bonnie o Clyde?

Dean jadea la pregunta, mientras le arranca la camiseta, como si todo su tiempo se redujera a seis minutos, dos segundos y un puñado de milésimas. La lengua le exige más saliva para lamerle entero, mientras sus manos abarcan toda esa piel que arde, palpita, suda, se estremece bajo sus dedos.

No se le ocurre preguntar si van a follar. Sería como preguntarle al sol si piensa salir mañana.

Recorre la espalda de Sam como un mapa que ha memorizado en cada abrazo y borra cualquier frontera con las uñas, con la lengua, con los dedos. Sólo piel caliente y gruñidos que hacen que su bragueta quiera estallar antes de tiempo.

—Decide tú. Has pagado la habitación.

Sam suena derretido y Dean decide que sea su hermano el que elija cuando siente sus labios en el cuello y sus manos de gigante por todas partes.

Le da igual ser Bonnie o Clyde. Murieron en una lluvia de balas. Así que lo piensa mejorar. Si tiene que morir, quiere hacerlo follando. Follando con Sam. Y que el único disparo que le atraviese sea el de su orgasmo.

Se quitan los pantalones con impaciencia, se besan destrozando el tiempo, se tocan, se agarran, se enganchan con una fuerza capaz de destruir el universo. Dean apenas logra sentarse en el borde de la cama cuando Sam se acomoda sobre él, con un movimiento que tiene algo de rendición y mucho de posesión. El espacio entre sus cuerpos ha pasado a tutearse, mientras los segundos muerden sus pieles como fuego.

Dean no tiene tiempo para pensar. Sam toma el control y parece que ya ha decidido ser Bonnie cuando ignora el condón y rasga el sobre de lubricante con un gesto ansioso que incendia el aire. Más que lubricante, Dean lo siente como gasolina y, por cómo Sam lo extiende, parece que quiera que le folle con todo, sin dejarse nada fuera.

La cama cruje bajo el peso de sus cuerpos, como si no pudiera soportar la fuerza de la historia que escriben en el colchón. Jadean sus nombres con errores ortográficos. Se besan corrigiéndose mutuamente cada párrafo. Se muerden los labios para tachar lo innecesario. Se dejan notas en cada rincón de la piel. Sam le dicta más adentro y Dean escribe más despacio. Y ni Shakespeare se atrevería a cambiar una sola coma de su historia de amor.

Hay algo salvaje y primitivo en el ritmo de sus cuerpos, en la presión de los dedos, en los gemidos que convierten sus nombres en protagonistas de esas historias épicas que no están hechas para puntos finales. No sólo están follando. Están follando de una forma en la que no han follado con nadie. Encajados. Mirándose. Agarrándose. Devorándose.

Sam está muy encima. Muy adentro. Apretando, empujando, contrayendo, haciendo que el mundo se vuelva borroso. Y Dean no quiere desenfocarle. Quiere verlo todo. Quiere memorizar cada detalle. Quiere inmortalizarlo. Quiere que nunca, nunca se acabe.

Dean le agarra del pelo, tirando hacia atrás, mientras Sam mueve las caderas a un ritmo que a Dean le cuesta domar. Entra, sale, entra en él cada vez con más facilidad, más profundidad. MásMás es todo lo que Sam le exige. Y más nunca será suficiente para todo lo que Dean le quiere dar.

Sam gime cerca de su oreja con un instinto animal y, cuando se muerde el labio, Dean lo encuentra sencillamente irresistible. Le sujeta con más fuerza y lucha por contener esa sensación de estar a punto de explotar. Oye cómo Sam le susurra un Dean, perfecto, Deeaanperfectoes,eresperfecto, que le derrite los oídos con su exquisita imperfección. Le parece indecente aceptar ese cumplido cuando Sam está haciendo que lo pasivo sea más activo de lo normal.

Sam aumenta el ritmo y Dean siente cómo se precipita la sacudida violenta de su orgasmo. Un golpe intenso, líquido, espeso, tan jodidamente caliente que, cuando Sam se corre, más que salpicar su abdomen, parece querer fundirlo. Dean se corre con él, tan dentro de Sam que siente que la única forma de salvarse del Infierno es follar con su hermano hasta que su propia alma quede atrapada en él.

Están tan irremediablemente enamorados que, con el simple roce de sus miradas, podrían reducir a Romeo y Julieta a notas insignificantes a pie de página.

Dean jadea y busca sus labios como un perro sediento. Le besa como si se estuviera disculpando por hacer que un polvo tan increíblemente bueno no dure más que un rato. Le besa suave, lento, descaradamente tierno, con la misma delicadeza con la que le sigue embistiendo por inercia.

El sudor resbala por sus pieles y notan cómo cada beso es un bypass para que el corazón no les lata al borde del infarto.

Dean pensaba aguantar más, alcanzarle en la segunda vuelta, pero.

—Nos hemos corrido a la vez, tigre.

Ninguno está hecho para sonar en solitario.




CuquiWinchis: Muak

Muak. Primer fanart de la colección CuquiWinchis , una serie de ilustraciones tiernas, con líneas suaves y redonditas, colores pastel y muc...