7 - HERMANOS
Siempre es lo mismo.
Dean y Sam. SamyDean. Sus nombres siempre suenan juntos. Ni la muerte se atreve a escribirlos por separado. Son una sola palabra. Hermanos.
Y algo más que hermanos.
Dean dispara.
Sin pestañear. Sin pensarlo. Sin dudar.
Como John le enseñó a hacerlo.
Primera bala y no en el monstruo que esperaba.
Pero si no dispara, Sam muere. Mueren. Porque sin Sam, él no es nada. No es nadie. Se queda sin aire.
Y nadie puede vivir sin aire.
La bala atraviesa el hombro de Will, que se tambalea hasta caer de rodillas al suelo. Cuando se lleva la mano a la herida, lo entiende. Dean ha fallado a propósito. Los Winchester nunca fallan un disparo.
—¿Sabes cuántas cervezas me habría comprado con ese bonito agujero que te acabo de hacer?
Lo que tendría que sonar gracioso, sangra igual que el hombro de Will. Dean carga la segunda bala, sin prisa, con calma. No le tiembla el pulso. No le tiembla la voz. No le tiembla ni el alma. No le tiembla porque Will acaba de arrancársela.
—Dean, para. Por favor.
Sam se interpone entre Will y la pistola. Intenta detener a su hermano en un acto de valentía. O en un acto de inconsciencia. O las dos cosas con toda esa culpa que Will le ha volcado encima.
—Sólo Dios puede perdonarte por poner a mi hermano en peligro.
Dean aparta a Sam, como si casi dos metros de resistencia y desesperación por hacerle entrar en razón fueran una mota de polvo frente a un huracán de rabia. Hace una pausa. No por dramatismo, sino para asegurarse de que Will le escucha.
—Y ¡vaya!, no es tu día de suerte, Will. No soy Dios.
No. Dean no es Dios. Pero desata una ira peor cuando alguien intenta hacerle daño a su hermano.
Will no responde. No le falta valor. Lo que le falta es aire. Tanto como le sobra entender esa determinación helada con la que Dean le habla. Se reconoce en esa mirada blindada, cargada de algo más destructivo que las balas.
La mirada de alguien que lo ha perdido todo, menos lo que más le importa. Y está dispuesto a matar, a morir si es necesario para salvarlo.
—¿Lo sabe John?
No hace falta que Will aclare qué. A buen entendedor, no hay derroche de saliva.
La respuesta de Dean es un disparo a la rodilla.
—¡Dean, para! Sólo es un hombre que no quiere perder a su hija dos veces.
Sam le empuja, le grita, justifica su traición, saca toda esa histeria de la que Dean parece haberse deshecho. Apenas se le entiende un soltaste la cuerda por mi culpa, que arrastra junto a las lágrimas con el puño de su cazadora.
—¡Fue un accidente, Sam! No fue culpa tuya.
Will está fuera de combate y su hermano fuera de juicio, pero Dean empieza a preocuparse cuando ve la silueta del dullahan por el rabillo del ojo. Cuando se baja del caballo con un peso inexistente que, sin embargo, hace que el suelo se agriete. Cuando oye sus pisadas en la hierba. Cuando sacude cerca de él la espina dorsal del cadáver que usa como látigo. Cuando ve de reojo su sonrisa macabra bajo el brazo, donde lleva la cabeza. Cuando teme que pronuncie el nombre de su hermano con la voz podrida para descomponerlo letra a letra.
Desde el suelo, Will grita ¡Samuel William Winchester! Y un sudor frío resbala por su frente en contraste con la sangre de sus heridas.
Pero el dullahan es un sordo entre los vivos. Se acerca hasta el árbol, mientras su caballo resopla y el viento agita su capa de un color negro insostenible en el abismo. Agarra su propia cabeza para buscar en el tronco un nombre que no sabe que está incompleto.
Es sordo, pero no está ciego. Y no le gusta que le miren mientras reclama un alma para no alterar ese equilibrio tan frágil y delicado que mantiene entre el reino de los muertos y el infierno de los vivos.
—No lo mires a los ojos, Sam.
Dean arrastra la advertencia como arrastra a su hermano de la chaqueta. De pie, quieto, con la vista clavada en el suelo, con la misma impotencia violenta que sintió con cuatro años, cuando le sacó del fuego. No puede hacer nada más que pegarse a él, protegerle con su propio cuerpo. Porque se quedó sin casa, sin madre, sin hogar, sin infancia, sin futuro, pero no se va a quedar sin su hermano.
Sam apenas asiente. Dean le obliga a abrir la mano y le da la última bala de oro que ha guardado en el bolsillo. Brilla como la última esperanza que les queda.
—Manténla a la vista —dice con una autoridad que a Sam le sabe a cenizas—. Teme el oro. No dejes que se acerque.
Dean titubea. No porque el oro no funcione. No por darle a su hermano lo único que tiene para defenderse. No por miedo al jinete.
Titubea porque puede ser la última vez que tenga a Sam tan cerca, la última vez que le diga algo.
Y no quiere que una orden sea lo último que escuche.
Apoya la frente en la de Sam. Coge aire tan de golpe como lo suelta. Tiene el valor entre los dientes, atascado en la garganta.
Pero.
—Sabes que eres lo primero para mí, ¿no, Sammy?
En un mundo plagado de monstruos, Dean acaba de matar al peor con sus palabras.
La cara de Sam es puro desconcierto mientras mantiene la mano en alto, como si la bala de oro fuera la puta antorcha de la Estatua de la Libertad.
—Te creía menos patético, Dean.
Will lo escupe desde el suelo, con la voz llena de una envidia corrosiva. Odia eso que late bajo Dean y sobre Dean y que siente por su hermano. Odia que no lo sienta por su hija. Y ese odio es justo lo que le empuja, lo que le impulsa, lo que le arrastra hacia el árbol para terminar de escribir el maldito nombre de Sam.
—Y yo te creía menos hijo de puta, Will.
Dean aprieta la anilla en su bolsillo hasta que los nudillos se le ponen blancos y el metal se le clava en la carne.
—¡No me jodas, chico! Dime que sólo hay un rollo sensiblero de lo más raro entre vosotros y no te lo estás tirando.
Will lo suelta con una repulsión que le revuelve hasta la sangre.
—No le hagas caso, Dean. Sólo intenta manipularte. Ya has visto lo que ha hecho conmigo.
Sam nota cómo la provocación de Will endurece la mirada de su hermano, cómo el cabreo le está arrancando cualquier pelo que pueda tener en la lengua.
—Follamos. ¿Algún problema, Will? Porque follamos de puta madre.
Y si Dean no lo dice, revienta.
No tiene más balas de oro para espantar a esa puta cosa a la que le gustaría meterle la cabeza por el culo, pero tiene una chapa y una mano y una herida y mucha sangre. Sangre para escribir el nombre de June junto al de su madre en el árbol, antes de que Will termine de tallar el de su hermano.
Da gracias a que Sam tiene dos nombres por falta de uno y un apellido muy largo. Todo a proporción de él. Sus padres discutieron si ponerle el nombre de un abuelo u otro. Ninguno dio su brazo a torcer.
Gracias, mamá. Gracias, papá. Gracias por salvarle la vida con un puto desacuerdo.
Todo pasa muy rápido.
Dean escribe el nombre de June con su propia sangre en el árbol, deprisa, con la mano abierta, con una letra torpe, torcida, fea. Como nadie debería escribir el nombre de una buena persona.
Y sabe que no sólo acaba de condenar a muerte a June con el último trazo.
El dullahan entiende que la deuda está pagada. Ya no hay ningún nombre pendiente ni trato por cerrar.
Se monta en el caballo, que relincha con la misma furia con la que desaparece su sombra en la oscuridad. Se aleja al galope, mientras los árboles tiemblan como papel maché que se arruga en la noche entre el repique de los cascos.
—Buena jugada, chico.
Will no muestra rencor. Pero tampoco clemencia. Sólo esa tristeza vieja de un jugador de póker veterano que ha sido vencido por su aprendiz. Una voz que ya no busca redención, sino descanso.
Dean le mira. Le mira y lo sabe.
Sabe lo que va a hacer cuando Will se agarra a una de las cuerdas del columpio para recostarse junto al árbol.
Lo sabe porque es lo mismo que haría él.
No intenta detenerle.
No porque no quiera.
Hay lugares de los que no se regresa.
Y Will hace años que se fue.
Un corte en el cuello. Limpio. Mudo. Sin titubeos. La navaja surca su garganta como si abriera una herida que lleva más de una década ahí. No le arranca ni un grito. Sólo un sonido húmedo y caliente y carne que se abre mientras su otra mano deja de apretar la cuerda. Una escena que nadie querría ver. Ni siquiera en las películas.
Dean sólo cierra los ojos cuando le oye caer. Cuando la navaja se resbala de sus dedos. Cuando su camisa se vuelve de un rojo que huele a culpa espesa. Cuando la cuerda es lo único que se mantiene en movimiento. Le parece una falta de respeto apartar la vista antes. Porque no se siente testigo de su suicidio, sino autor de su asesinato.
—Vamos a recoger el cuerpo de June. Se merece reunirse con su familia.
Dean se lo dice a su hermano antes de que las lágrimas ahoguen su garganta y no le dejen hablar.
Quemar los cuerpos junto con el árbol y no volver a ver a un puto dullahan ni en pintura. Arrancar el Impala, poner a Black Sabbath a tope, largarse al siguiente pueblo, no mirar atrás. Ese es el plan. Siempre ha sido el plan. Mantener a Sam con vida.
—No fue culpa tuya lo que le pasó a June, Dean. Y esto tampoco.
Sam intenta reconfortarle y Dean ni siquiera le puede mirar. Siente su mano apretando su hombro. Firme. Caliente. Segura. Real. Un paraguas que le mantiene cubierto, que repele toda esa culpa que empieza a lloverle a cañonazos.
—No tenías razón, capullo. Sobre las anillas de las latas.
Dean saca la anilla del bolsillo. Está manchada de sangre y aún está fresca. Tiene el mismo rojo tembloroso que sus palabras.
—Tienen un agujero para meterlas en el llavero del coche y oír el tintineo mientras conduces.
Dean guardaría la chapa junto a las llaves de casa, pero su casa es un coche en una puta carretera. Intenta no llorar delante de Sam con todas sus fuerzas y se restriega los ojos con una rabia que, como siempre, le sale a estallidos para limpiar los restos del delito.
—Para acordarte de la persona que te la regaló si está lejos. En California, por ejemplo. Y poder devolvérsela cuando vuelva. Si es que vuelve.
Dean lo dice como dice todo.
—Eso será si se marcha.
Dean habrá matado al peor de los monstruos, pero Sam acaba de prenderle fuego después de clavarle diez estacas, sepultarlo bajo cien toneladas de sal y vaciar un cargador entero. No sea que se fuera a levantar de nuevo.
—Te seguí hasta aquí sólo porque me prometiste invitarme a un par de rondas. En el camino ya he encontrado a alguien con quien hacer cosas no monásticas. No recita poesía, pero follamos de puta madre.
La voz de Sam es lo único que todavía suena humano, mientras sonríe amargamente. Y aun así es tan dulce. Más de lo que Dean la ha sentido en sus sueños. Sueños en los que no sólo había piel, fricción, calor, sudor y un suspiro como el que, en ese instante, sale de la boca de Sam.
Aprieta las llaves de casa antes de lanzárselas.
—Ese par de rondas sigue en pie, tigre.
Y lo demás también.
A Sam le gusta que le llame tigre. Le recuerda al poema de William Blake.
Tyger, Tyger, burning bright,
in the forests of the night;
What immortal hand or eye,
Could frame thy fearful symmetry?
—¿Tienes sed, Sammy?
Sam no tiene tanta sed como ganas de abrazarle como lo que es, su hermano.
Y besarle como lo que no debería ser, algo más que su hermano.
Siempre es lo mismo.
Tipos duros, frases secas y una pistola enorme. Como en las pelis de Clint Eastwood.
Podría parecer una historia de porno incestuoso homoerótico con monstruos de por medio.
Pero en realidad va sobre dos personas que se quieren.
Y no siempre se quieren bien.
Y no siempre han sabido cómo.
El pasado no define quiénes son. Son las decisiones las que dan forma al futuro.
Qué más da que sean hermanos.
Qué más da que sean hombres.
Qué más da si cazan monstruos, si los que más acojonan siempre son humanos.
SamyDean.
Una sola palabra. Pareja. Cazadores. Equipo. Hermanos.
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