miércoles, 21 de mayo de 2025

Capítulo 7: Hermanos (Siempre es lo mismo)

Este es el séptimo y último capítulo de Siempre es lo mismo.
Podéis leer el fic completo -7 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Will Blake (personaje original), June Blake (personaje original)

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Siempre es lo mismo
Fatima_O

Sumario:
Siempre es lo mismo.
Dean y Sam. SamyDean. Sus nombres siempre suenan juntos. Ni la muerte se atreve a escribirlos por separado. Son una sola palabra. Hermanos.

Y algo más que hermanos.

7 - HERMANOS


 

Siempre es lo mismo.

Dean y Sam. SamyDean. Sus nombres siempre suenan juntos. Ni la muerte se atreve a escribirlos por separado. Son una sola palabra. Hermanos.

Y algo más que hermanos.

 

Dean dispara.

Sin pestañear. Sin pensarlo. Sin dudar.

Como John le enseñó a hacerlo.

Primera bala y no en el monstruo que esperaba.

Pero si no dispara, Sam muere. Mueren. Porque sin Sam, él no es nada. No es nadie. Se queda sin aire.

Y nadie puede vivir sin aire.

La bala atraviesa el hombro de Will, que se tambalea hasta caer de rodillas al suelo. Cuando se lleva la mano a la herida, lo entiende. Dean ha fallado a propósito. Los Winchester nunca fallan un disparo.

—¿Sabes cuántas cervezas me habría comprado con ese bonito agujero que te acabo de hacer?

Lo que tendría que sonar gracioso, sangra igual que el hombro de Will. Dean carga la segunda bala, sin prisa, con calma. No le tiembla el pulso. No le tiembla la voz. No le tiembla ni el alma. No le tiembla porque Will acaba de arrancársela.

—Dean, para. Por favor.

Sam se interpone entre Will y la pistola. Intenta detener a su hermano en un acto de valentía. O en un acto de inconsciencia. O las dos cosas con toda esa culpa que Will le ha volcado encima.

—Sólo Dios puede perdonarte por poner a mi hermano en peligro.

Dean aparta a Sam, como si casi dos metros de resistencia y desesperación por hacerle entrar en razón fueran una mota de polvo frente a un huracán de rabia. Hace una pausa. No por dramatismo, sino para asegurarse de que Will le escucha.

—Y ¡vaya!, no es tu día de suerte, Will. No soy Dios.

No. Dean no es Dios. Pero desata una ira peor cuando alguien intenta hacerle daño a su hermano.

Will no responde. No le falta valor. Lo que le falta es aire. Tanto como le sobra entender esa determinación helada con la que Dean le habla. Se reconoce en esa mirada blindada, cargada de algo más destructivo que las balas. 

La mirada de alguien que lo ha perdido todo, menos lo que más le importa. Y está dispuesto a matar, a morir si es necesario para salvarlo.

—¿Lo sabe John?

No hace falta que Will aclare qué. A buen entendedor, no hay derroche de saliva.

La respuesta de Dean es un disparo a la rodilla.

—¡Dean, para! Sólo es un hombre que no quiere perder a su hija dos veces.

Sam le empuja, le grita, justifica su traición, saca toda esa histeria de la que Dean parece haberse deshecho. Apenas se le entiende un soltaste la cuerda por mi culpa, que arrastra junto a las lágrimas con el puño de su cazadora.

—¡Fue un accidente, Sam! No fue culpa tuya.

Will está fuera de combate y su hermano fuera de juicio, pero Dean empieza a preocuparse cuando ve la silueta del dullahan por el rabillo del ojo. Cuando se baja del caballo con un peso inexistente que, sin embargo, hace que el suelo se agriete. Cuando oye sus pisadas en la hierba. Cuando sacude cerca de él la espina dorsal del cadáver que usa como látigo. Cuando ve de reojo su sonrisa macabra bajo el brazo, donde lleva la cabeza. Cuando teme que pronuncie el nombre de su hermano con la voz podrida para descomponerlo letra a letra.

Desde el suelo, Will grita ¡Samuel William Winchester! Y un sudor frío resbala por su frente en contraste con la sangre de sus heridas.

Pero el dullahan es un sordo entre los vivos. Se acerca hasta el árbol, mientras su caballo resopla y el viento agita su capa de un color negro insostenible en el abismo. Agarra su propia cabeza para buscar en el tronco un nombre que no sabe que está incompleto.

Es sordo, pero no está ciego. Y no le gusta que le miren mientras reclama un alma para no alterar ese equilibrio tan frágil y delicado que mantiene entre el reino de los muertos y el infierno de los vivos.

—No lo mires a los ojos, Sam.

Dean arrastra la advertencia como arrastra a su hermano de la chaqueta. De pie, quieto, con la vista clavada en el suelo, con la misma impotencia violenta que sintió con cuatro años, cuando le sacó del fuego. No puede hacer nada más que pegarse a él, protegerle con su propio cuerpo. Porque se quedó sin casa, sin madre, sin hogar, sin infancia, sin futuro, pero no se va a quedar sin su hermano.

Sam apenas asiente. Dean le obliga a abrir la mano y le da la última bala de oro que ha guardado en el bolsillo. Brilla como la última esperanza que les queda.

—Manténla a la vista —dice con una autoridad que a Sam le sabe a cenizas—. Teme el oro. No dejes que se acerque.

Dean titubea. No porque el oro no funcione. No por darle a su hermano lo único que tiene para defenderse. No por miedo al jinete.

Titubea porque puede ser la última vez que tenga a Sam tan cerca, la última vez que le diga algo.

Y no quiere que una orden sea lo último que escuche.

Apoya la frente en la de Sam. Coge aire tan de golpe como lo suelta. Tiene el valor entre los dientes, atascado en la garganta.

Pero.

—Sabes que eres lo primero para mí, ¿no, Sammy?

En un mundo plagado de monstruos, Dean acaba de matar al peor con sus palabras.

La cara de Sam es puro desconcierto mientras mantiene la mano en alto, como si la bala de oro fuera la puta antorcha de la Estatua de la Libertad.

—Te creía menos patético, Dean.

Will lo escupe desde el suelo, con la voz llena de una envidia corrosiva. Odia eso que late bajo Dean y sobre Dean y que siente por su hermano. Odia que no lo sienta por su hija. Y ese odio es justo lo que le empuja, lo que le impulsa, lo que le arrastra hacia el árbol para terminar de escribir el maldito nombre de Sam.

—Y yo te creía menos hijo de puta, Will.

Dean aprieta la anilla en su bolsillo hasta que los nudillos se le ponen blancos y el metal se le clava en la carne.

—¡No me jodas, chico! Dime que sólo hay un rollo sensiblero de lo más raro entre vosotros y no te lo estás tirando.

Will lo suelta con una repulsión que le revuelve hasta la sangre.

—No le hagas caso, Dean. Sólo intenta manipularte. Ya has visto lo que ha hecho conmigo.

Sam nota cómo la provocación de Will endurece la mirada de su hermano, cómo el cabreo le está arrancando cualquier pelo que pueda tener en la lengua.

—Follamos. ¿Algún problema, Will? Porque follamos de puta madre.

Y si Dean no lo dice, revienta.

No tiene más balas de oro para espantar a esa puta cosa a la que le gustaría meterle la cabeza por el culo, pero tiene una chapa y una mano y una herida y mucha sangre. Sangre para escribir el nombre de June junto al de su madre en el árbol, antes de que Will termine de tallar el de su hermano.

Da gracias a que Sam tiene dos nombres por falta de uno y un apellido muy largo. Todo a proporción de él. Sus padres discutieron si ponerle el nombre de un abuelo u otro. Ninguno dio su brazo a torcer.

 

Gracias, mamá. Gracias, papá. Gracias por salvarle la vida con un puto desacuerdo.

 

 

 

Todo pasa muy rápido.

Dean escribe el nombre de June con su propia sangre en el árbol, deprisa, con la mano abierta, con una letra torpe, torcida, fea. Como nadie debería escribir el nombre de una buena persona.

Y sabe que no sólo acaba de condenar a muerte a June con el último trazo.

El dullahan entiende que la deuda está pagada. Ya no hay ningún nombre pendiente ni trato por cerrar.

Se monta en el caballo, que relincha con la misma furia con la que desaparece su sombra en la oscuridad. Se aleja al galope, mientras los árboles tiemblan como papel maché que se arruga en la noche entre el repique de los cascos.

—Buena jugada, chico.

Will no muestra rencor. Pero tampoco clemencia. Sólo esa tristeza vieja de un jugador de póker veterano que ha sido vencido por su aprendiz. Una voz que ya no busca redención, sino descanso.

Dean le mira. Le mira y lo sabe.

Sabe lo que va a hacer cuando Will se agarra a una de las cuerdas del columpio para recostarse junto al árbol.

Lo sabe porque es lo mismo que haría él.

No intenta detenerle.

No porque no quiera.

Hay lugares de los que no se regresa.

Y Will hace años que se fue.

Un corte en el cuello. Limpio. Mudo. Sin titubeos. La navaja surca su garganta como si abriera una herida que lleva más de una década ahí. No le arranca ni un grito. Sólo un sonido húmedo y caliente y carne que se abre mientras su otra mano deja de apretar la cuerda. Una escena que nadie querría ver. Ni siquiera en las películas.

Dean sólo cierra los ojos cuando le oye caer. Cuando la navaja se resbala de sus dedos. Cuando su camisa se vuelve de un rojo que huele a culpa espesa. Cuando la cuerda es lo único que se mantiene en movimiento. Le parece una falta de respeto apartar la vista antes. Porque no se siente testigo de su suicidio, sino autor de su asesinato.

—Vamos a recoger el cuerpo de June. Se merece reunirse con su familia.

Dean se lo dice a su hermano antes de que las lágrimas ahoguen su garganta y no le dejen hablar.

Quemar los cuerpos junto con el árbol y no volver a ver a un puto dullahan ni en pintura. Arrancar el Impala, poner a Black Sabbath a tope, largarse al siguiente pueblo, no mirar atrás. Ese es el plan. Siempre ha sido el plan. Mantener a Sam con vida.

—No fue culpa tuya lo que le pasó a June, Dean. Y esto tampoco.

Sam intenta reconfortarle y Dean ni siquiera le puede mirar. Siente su mano apretando su hombro. Firme. Caliente. Segura. Real. Un paraguas que le mantiene cubierto, que repele toda esa culpa que empieza a lloverle a cañonazos.

—No tenías razón, capullo. Sobre las anillas de las latas.

Dean saca la anilla del bolsillo. Está manchada de sangre y aún está fresca. Tiene el mismo rojo tembloroso que sus palabras.

—Tienen un agujero para meterlas en el llavero del coche y oír el tintineo mientras conduces.

Dean guardaría la chapa junto a las llaves de casa, pero su casa es un coche en una puta carretera. Intenta no llorar delante de Sam con todas sus fuerzas y se restriega los ojos con una rabia que, como siempre, le sale a estallidos para limpiar los restos del delito.

—Para acordarte de la persona que te la regaló si está lejos. En California, por ejemplo. Y poder devolvérsela cuando vuelva. Si es que vuelve.

Dean lo dice como dice todo.

—Eso será si se marcha.

Dean habrá matado al peor de los monstruos, pero Sam acaba de prenderle fuego después de clavarle diez estacas, sepultarlo bajo cien toneladas de sal y vaciar un cargador entero. No sea que se fuera a levantar de nuevo.

—Te seguí hasta aquí sólo porque me prometiste invitarme a un par de rondas. En el camino ya he encontrado a alguien con quien hacer cosas no monásticas. No recita poesía, pero follamos de puta madre.

La voz de Sam es lo único que todavía suena humano, mientras sonríe amargamente. Y aun así es tan dulce. Más de lo que Dean la ha sentido en sus sueños. Sueños en los que no sólo había piel, fricción, calor, sudor y un suspiro como el que, en ese instante, sale de la boca de Sam.

Aprieta las llaves de casa antes de lanzárselas.

—Ese par de rondas sigue en pie, tigre.

Y lo demás también.

A Sam le gusta que le llame tigre. Le recuerda al poema de William Blake.

 

Tyger, Tyger, burning bright, 

in the forests of the night; 

What immortal hand or eye, 

Could frame thy fearful symmetry?

 

—¿Tienes sed, Sammy?

Sam no tiene tanta sed como ganas de abrazarle como lo que es, su hermano.

Y besarle como lo que no debería ser, algo más que su hermano.




Siempre es lo mismo.

Tipos duros, frases secas y una pistola enorme. Como en las pelis de Clint Eastwood.

Podría parecer una historia de porno incestuoso homoerótico con monstruos de por medio.

Pero en realidad va sobre dos personas que se quieren.

Y no siempre se quieren bien.

Y no siempre han sabido cómo.

El pasado no define quiénes son. Son las decisiones las que dan forma al futuro.

Qué más da que sean hermanos.

Qué más da que sean hombres.

Qué más da si cazan monstruos, si los que más acojonan siempre son humanos.

SamyDean.

Una sola palabra. Pareja. Cazadores. Equipo. Hermanos.


***

Notas:
Este fic es uno de esos en los que me digo nah, va a ser un capítulo, pero sé que van a ser muchos más antes de sentarme frente al ordenador.
No sé si es bonito. No sé si está bien. Sólo sé que tenía que escribirlo.

He intentado que fuera distinto, pero supongo que al final siempre es lo mismo.
Un amor que no cabe ni en todos los fanfics que pueda escribir sobre ellos.

***

Si has llegado hasta aquí, GRACIAS.
Me haría muchísima ilusión saber si te ha gustado.

Nos leemos. 💕

Capítulo 6: Cazar (Siempre es lo mismo)

Este es el sexto capítulo de Siempre es lo mismo.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -7 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Will Blake (personaje original), June Blake (personaje original)

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Siempre es lo mismo
Fatima_O

Sumario:
Siempre es lo mismo.
Cazan cosas. A veces salvan gente. A veces sólo se salvan ellos mismos. Sam es la estrategia. Dean es el disparo. Hermanos.

6 - CAZAR


 

Siempre es lo mismo.

Cazan cosas. A veces salvan gente. A veces sólo se salvan ellos mismos. Sam es la estrategia. Dean es el disparo. Hermanos.

 

Han puesto en marcha el Impala a una hora en la que el cuerpo aún pide cama y el mundo sigue a oscuras.

Es la noche. La noche en la que Will entrega una vida a cambio de la de su hija.

Dean juraría que lo que acaba de escuchar en la lejanía es el gruñido hambriento de un oso en el bosque. Otra amenaza. Justo cuando acaba de perder a su hermano de vista.

—Joder.

Sus botas derrapan en la hierba empapada. La linterna proyecta sombras de pesadilla entre los árboles. Cuando echa mano al bolsillo, descubre que sólo tiene tres balas de oro -lo único que puede parar a un dullahan- y un maldito cuando vuelvas.

Cacerías. Siempre es lo mismo, pero en sitios distintos, desde hace tantos años que parecen varias vidas.

La primera vez que John le llevó a cazar tenía 13 años. Estaban en Appleton, Wisconsin y llovía a puñetazos. Eran las cuatro de la madrugada a las afueras de la ciudad. El aire olía a alquitrán frío y el mundo parecía dormido. Su padre le pasó la escopeta cargada -Dean lo supo nada más cogerla, tenía un peso distinto a cuando sólo jugaba a apuntar a la nada-  y le dijo que se preparara.

—No dispares hasta que yo te lo diga. Y cuando te lo diga, no dudes, Dean.

Habían dejado a Sam en el motel. Estaba enfadado porque Dean iba a acompañar a su padre y él no. Se cruzó de brazos, intentando parecer más mayor de lo que era, con el ceño arrugado, la mandíbula apretada y los ojos desbordados de algo que nunca aprendió a disimular. Ten cuidado, Dean, le dijo lleno de miedo, cuando su padre ya había arrancado el Impala y Dean tenía una mano en la puerta. En el último momento, a Sam se le escapó toda la fuerza en un abrazo y le metió algo en el bolsillo de la chaqueta. Un soldadito de plástico.

—Me lo devuelves cuando vuelvas.

Soldados que iban a la guerra, mientras un niño convertía su juguete en un amuleto para traerlos de vuelta.

Dean nunca se lo dijo, pero aquella noche metió la mano en el bolsillo más veces de las que pudo contar.

El monstruo fue fácil de matar. Un cambiaformas, según John. No tan fuerte como un vampiro. No tan rápido como un wendigo. Un cabrón, como todos.

Y no fue lo único que murió.

El callejón donde se escondieron a esperarlo olía a basura mojada y todo lo quieto parecía moverse.

Dean nunca había visto un cambiaformas. Estaba nervioso, sentía las manos como si fueran de otro y tenía la cabeza asediada por la voz de su padre. La escopeta resbalaba entre sus dedos. La lluvia y el metal nunca hicieron buena combinación. 

Apuntó con el arma a una sombra, tensó el dedo en el gatillo.

—¡Ahora, Dean!

No disparó.

Lo que tenía delante no le pareció un monstruo cuando se dejó ver a la luz de las farolas, sino un hombre. Uno asustado, con las manos en alto y que suplicaba por su vida.

John le arrancó la escopeta de las manos y disparó sin pestañear. El cuerpo se desplomó como un saco de pieles podridas y Dean pudo ver la apariencia real de esa puta cosa, mientras la lluvia empapaba su cara y apretaba el soldadito dentro del bolsillo.

—Si no disparas, mueres. Morimos. Y si morimos, ¿quién va a cuidar de Sam?

Fue la primera y última vez que Dean dudó en disparar.




No es un soldadito de plástico lo que ahora tiene en el bolsillo. Es la anilla de una lata de cerveza.

Se han despertado antes de que el sol rompiera el gris depresivo del amanecer y velara un puñado de besos adormilados entre las sábanas. Sam se ha puesto a girar la anilla, mientras discutían sobre cómo organizar la cacería y Dean rumiaba unos trozos de pizza fría de la noche anterior.

Sam le ha contado algo sobre las anillas de las latas, que no sólo servían para abrirlas, sino que tenían ese agujero para meter una pajita.

—Nadie bebe con pajita una puta cerveza, Sammy.

Dean ha terminado dándole la razón, porque su hermano pretendía que le prestara atención mientras tenía la boca llena de pizza y los ojos llenos de Sam. Sam desnudo, con el pelo revuelto, más guapo que nunca. Después de una noche donde no hubo velas ni música romántica, pero sí lubricante y un recopilatorio de orgasmos, hasta dejarle lleno de semen y vacío de dudas.

Si el dullahan venía a por uno, iba a tener que cortar dos cabezas.

Sam ha empezado a mover la anilla mientras recitaba el abecedario. No ha llegado muy lejos. A la cuarta letra se ha quedado con la anilla en la mano y la misma sonrisa que puso cuando la recepcionista de Nebraska les dio la llave de la habitación.

—¡Me ha tocado tu letra en la chapa, Dean!

La misma puñetera sonrisa. Sólo le ha faltado un bigote de espuma. Dean juraría que olía a vainilla.

En algún momento, antes de que salieran, Sam le ha debido meter la anilla en el bolsillo sin decir nada. Como si Dean tuviera que llevarse algo suyo cada vez que sale a la guerra.




Dean aprieta la anilla hasta que le duele la mano. Hasta que le duele el pecho. Hasta que el único propósito es volver con Sam para abrir otra cerveza.

Porque lo que siente por su hermano le hace invencible, más letal que las tres putas balas de oro que le quedan.

 

***

 

Sam se adelanta junto a Will, sabiendo que le lleva directo a una trampa. Siente el repique vago de unos cascos, el aliento frío de la muerte en la nuca, pero al girarse no ve nada.

No le queda más opción que seguir a Will, no improvisar, asumir el riesgo.

Dean y él han llegado a la conclusión de que Will controla al dullahan, pero no han descubierto cómo. Quizá tenga que invocarlo o simplemente esperar su llegada para entregarle un alma en lugar de la de su hija.

Mentir a Will se ha vuelto una cuestión de supervivencia. Le han prometido que protegerían a June, pero no pueden. No saben cómo. No quieren. Salvarla significa morir. Y sería absurdo hacerlo por una chica que lleva once años muerta, sólo que aún no lo sabe. Una pobre chica que duerme en su cama, ajena a lo que hace su padre una noche -esa misma noche- cada año para que despierte a la mañana siguiente.

 

***

 

—¡Sam! 

Dean vuelve a apretar la anilla. Ya no es un niño aferrado a un soldadito de plástico. Es un hombre aferrado a su amor.

Otra chaqueta, otro bolsillo, pero la misma mano, el mismo miedo, la misma fe ciega en cuando vuelvas.

 

***

 

Siguiendo un sendero hecho a base de insistencia, Sam llega junto a Will a un árbol centenario. No es especialmente alto, pero parece que a la primavera le cuesta trepar hasta su copa.

La humedad del aire se le pega en la garganta mientras mira el tronco, robusto, oscuro, con un brillo resinoso y raíces enredadas como el pelo de una ninfa que se arrastra en busca de agua. Hay una serie de símbolos muy antiguos, grabados en la corteza. Sam juraría que son celtas, aunque no se detiene a mirarlos demasiado porque no sabe leerlos.

De una de las ramas más bajas cuelgan un par de cuerdas que alguna vez sostuvieron un columpio. Ahora sólo queda un tablón viejo y astillado que acaricia el suelo y que el musgo ha pintado de un verde maltratado.

A la luz titilante de las linternas, la imagen se distorsiona entre sombras siniestras, como un escenario arrancado directamente de la cabeza de M.R. James.

—A June le encantaba mecerse aquí. Yo mismo construí su columpio.

Will lo dice con la voz rota y la mirada baja, mientras acaricia las cuerdas roídas.

Pero lo que Sam escucha es otra cosa muy distinta. Yo mismo construí su tumba. Sin saber que ataba la muerte a cada cuerda.

—¿Alguna vez te has caído de un columpio, Sam?

No es la pregunta en sí, sino el tono de Will lo que más le inquieta. Sam siente cómo se le eriza el vello y le escuece el recuerdo de sus propias caídas, paréntesis de sol en los parques y raspones en las rodillas entre pueblo y pueblo, entre cacería y cacería.

Es sumar uno más uno. Probablemente, June se cayó del columpio y se rompió algo más que una pierna. Will llegó tarde, o justo a tiempo para que el dullahan no la montara en su caballo y la llevara a un lugar sin vuelta.

—John y yo solíamos venir a cazar por aquí —Will hace una pausa. Los ojos se le oscurecen un poco de mirar hacia el pasado—. Liebres, venados, una vez hasta un oso. Cosas normales.

Sam se limita a asentir. No hay tiempo para escuchar más recuerdos de una época que ha olvidado. Sólo tiempo para atarse los cordones de las botas, tan prietos como siente el nudo de su estómago. No quiere tropezar si tiene que salir corriendo.

—A June le gustaba acompañarnos cuando era niña, pero espantaba a los animales. Hacía mucho ruido, nos retrasaba. Por eso la dejábamos jugando por aquí.

Will saca una navaja del bolsillo y la pasa lentamente por la palma de su mano.

Sam da un paso atrás. La corteza del árbol raspa un poco su chaqueta. Se lleva la mano automáticamente a la pistola, pero su incomodidad encaja con mayor precisión que sus dedos alrededor del mango, mientras mantiene la mirada fija en Will antes de hacer cualquier movimiento.

—Pero ya sabes, las niñas crecen, dejan de jugar, se juntan con un grupo de amigos, quieren impresionar a algún chico como tu hermano. Hacen cosas tan estúpidas como dar una vuelta completa en el columpio cuando pesan demasiado y las cuerdas ya son viejas.

Sin pretenderlo, Sam se da cuenta de que hay algo más que símbolos tallados en el tronco. Hay letras. Letras que forman nombres. Nombres que lee rápido, demasiado rápido. Nombres que se cruzan, se mezclan, se tuercen, se hunden en la madera.

No le importa quiénes eran Henry Ponson o Caroline Garrison. No cuando uno de esos nombres que sangran resina a la luz de la luna es el de Mary Blake.

Están muertos. Todos muertos.

Y no va a dejar que su nombre se una a esa lista de fantasmas atrapados entre las vetas.

—No lo hagas, Will.

Sam se lo pide con una calma que no encuentra el reflejo en su propia mano cuando le apunta con la pistola.

—Tu padre sólo miraba por ti. Como tu hermano —Will vuelca toneladas de resentimiento en esas palabras que deberían sonar reconfortantes—. Y tú lo único que has hecho es ser un lastre, despreciarlos, abandonarlos.

Por un segundo, a Sam le dan ganas de quitarle la navaja y escribir su propio nombre en el árbol, con la misma violencia con la que esa acusación le está marcando.

—No mereces nada, Sam. Y mucho menos te mereces a mi hija.

El metal raspa la corteza en un susurro aterrador y deja a la vista los surcos de una S.

—No te acuerdas de nosotros, pero yo no te he olvidado.

Will le mira de arriba a abajo. Sam ha crecido -mucho-, ha cambiado -no tanto-, pero lo que siente por él es lo mismo desde hace once años. Y su excelente memoria no es algo que Sam deba tomarse como un halago.

—No tenías ni que quejarte. Sólo con respirar cerca, hasta June se volvía invisible para Dean.

Una A se une a la S y se arrastra hacia lo que quiere ser el primer trazo de una M como una sentencia de muerte.

—No fue tu hermano el que soltó la cuerda. Fuiste tú, Samuel William Winchester. Tú y tu maldita presencia.

Es odio. Es culpa. Es dolor. Es algo que está roto y Will ha parcheado con un montón de vidas, haciendo que se rompa aún más. Es buscar a un inocente y hacerle sentir culpable. Es una navaja que Sam ya no quiere que pare de escribir hasta la última letra de su nombre.

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