Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
2 - MOTEL
Siempre es lo mismo.
Una habitación. Dos camas. Hermanos.
El cielo es de un azul oscuro ingobernable cuando paran en un motel entre Tú Llevas El Mapa, Dean y Kearney, Nebraska. Es barato, como todos, y está dentro de la ruta.
Sam aparca el Impala y Dean es el primero en bajarse con una mueca de asco.
Al menos no están en Kansas.
La recepción es un rincón trasnochado con la misma gracia mohosa que la mujer que les atiende. Les da la primera llave que pilla, pide que paguen por adelantado y le importa una mierda sus nombres porque ni siquiera se fija en sus caras.
Sí. Dean se alegra de no estar en Kansas.
—¿Sabías que tu inicial y la mía están juntas en el teclado?
Sam lo suelta con un entusiasmo desbordado al salir al parking y ver que, en vez de un número, el llavero lleva la W de su apellido.
—Guay.
Dean se muerde la lengua. Su hermano le mira agitando la llave, con una sonrisa que le derrite hasta los huesos. Es como si tuviera de nuevo cinco años y le hubiese tocado un premio en la chapa de una lata de Root Beer, esas cervezas de mentira que Dean le compraba, que le dejaban un bigote de espuma y un sabor avainillado en las palabras, cuando imitar a su padre aún le hacía ilusión.
Camina hasta la habitación, con los labios apretados, los puños cerrados, la cabeza baja, mientras intenta enterrar con cada paso su ternura atormentada. Porque ahora Sam no necesita permiso para beber. Pero Dean sigue queriendo besarle la frente. Sigue echando de menos ese olor a vainilla del pasado y abrazarle hasta que se ponga azul.
***
Una habitación. Dos camas. Estilo penitenciario chic. Nada fuera de lo normal. La clase de sitios a los que están acostumbrados, todo el espacio que deberían querer.
Dean deja la mochila en el suelo y abre un poco la ventana. Las cortinas se mueven como si el viento tuviera que pedir permiso.
Sam resopla. Se descalza. Abre su equipaje de mala gana.
Cada paso, cada ruido, cada distancia es una canción que repiten cada noche y se saben de memoria. Siempre es lo mismo.
De pronto, Sam se sorprende de estar mirando a Dean.
Después parpadea. No debería estar fijándose en sus labios. Carnosos, húmedos, suaves.
Dean tiene que ser bueno. Muy bueno con la boca. No sólo por la forma de sus labios, sino por cómo los mueve.
Se odia un poco al pensarlo.
No.
No se odia. Ni siquiera un poco. Le da rabia no poder comprobarlo.
—Voy a ducharme.
Sam lo suelta sin pensar, mientras Dean coge el mando de la tele.
El agua no le hace nada. Ni le relaja, ni le enfría, ni le limpia. Cuando vuelve a la habitación, Dean ya está en la cama, se ha quedado dormido viendo esa peli de Clint Eastwood de la que se sabe hasta los fundidos a negro. Tipos duros, frases secas y una pistola enorme, tampoco hay mucho más que saber.
Sam apaga la tele y se mete en la cama. Respira hondo. Da una vuelta. Otra vuelta. Vuelta y media. Se tapa. Se destapa. Tiene frío. Luego, calor. Debe ser el colchón. O las sábanas. O la maldita almohada.
Una vez leyó un artículo en el que decían que una persona tarda en dormirse entre 10 a 20 minutos. Lo apuntaría en su diario -si aún tuviera uno- y no llevase más de media hora deseando que el techo decida caerse de una jodida vez.
No encuentra la postura. No encuentra el sueño. No encuentra nada. Lo que sí encuentra es algo que no le deja encontrar todo lo demás. Eso que Dean le ha dicho en el coche. Su tono. Cómo le ha mirado. Su pregunta. ¿Cuánto hace que ni siquiera te la cascas?
Instintivamente, se lleva la mano a la entrepierna.
Primero es un roce. No piensa en nadie. No piensa en nada. Luego es la mano dentro de sus calzoncillos y algo más de presión y es difícil engañarse cuando lo único que escucha es la respiración de Dean a medio metro de distancia.
Lo hace demasiado lento para lograr algo más que frustración. Aprieta un poco. Tensa la mandíbula. Cierra los ojos. Se muerde el labio. Recuerda la última cosa que apuntó en su diario a los 14 años, cuando se quedaba embobado mirando a Dean limpiando las armas. Consigue estar medio duro.
Y entonces, algo cambia.
Siente un peso en el colchón. Un calor contra su espalda.
Ni respira. Se queda quieto como un muerto.
Tal vez está muerto. Muerto de vergüenza.
O muerto de ganas.
El aliento de Dean le quema la nuca. Y pasa de estar medio duro a demencialmente empalmado, como cuando tenía 14 años y una imaginación calenturienta y cualquier cojín era su mejor aliado para taparla.
—Déjame que te eche una mano, Sammy.
Dean estrella su nombre contra su cuello.
Sam se queda de piedra. La piel en llamas.
No está dormido. No está soñando. No está alucinando. La mano de Dean en su cadera es demasiado real. Demasiado firme. Demasiado.
Y la baja.
No, no, no.
Sí.
Dean le mete la mano dentro de los calzoncillos y Sam ni siquiera se molesta en fingir que no está desesperado porque lo haga. Toca, aprieta, acaricia, frota, agita. Termina de encontrar un ritmo que le hace jadear exactamente como Dean se lo imaginaba.
A lo mejor Dean no tiene los dedos tan largos, ni tan fuertes, ni la mitad de ágiles a las dos de la madrugada. Pero sabe cómo hacerle una buena paja.
Sam respira entrecortado. Intenta pararle. No puede. Quiere apartarle. No lo hace. Trata de hablar. No le sale. Antes de que pueda asimilar lo que está pasando, Dean aumenta el ritmo, mientras le susurra algo ininteligible contra su pelo mojado.
Sam se arquea. Se estremece. Se odia. Le quiere. La boca se le abre sin permiso. Se rinde. Gime.
Se corre.
Se corre, espeso, caliente, temblando, sin control en la mano de Dean, mientras le escucha susurrar un buen chico, Sammy, haciendo que suene tan fabulosamente obsceno que casi logra que se corra de nuevo.
Para sentirse enfermizamente atraído por su hermano y tirarse tres -no, cinco- meses usando la polla sólo para mear, aguantar dos minutos y medio a Sam le parece que está ¿bien?, ¿suficiente?
Mejor dejarlo en normal.
—Quédate, Dean.
Sam se siente expuesto y aliviado y más, mucho más confuso que antes. Quiere darse la vuelta, mirarle, tocarle, pero no se atreve ni a respirar, aunque la respiración tampoco es algo que controle en su estado de euforiansiedad.
Dean no contesta, no se mueve, pero tampoco se aparta. Y su mano sigue ahí, quieta, caliente, mojada.
—Buenas noches, Sam.
A Dean se le escapa un beso en su nuca antes de castigarse mentalmente unas mil millones de veces con menuda mariconada, como si un beso fuera a delatarle y no la paja.
No tiene que cambiar nada entre ellos si por una noche duermen más juntos de lo que están sus iniciales en el teclado.
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