4 - INVESTIGAR
Siempre es lo mismo.
Llegan al sitio. No hablan de nada. Se centran en el caso. Hermanos.
801 millas hasta Ely, un motel a medio camino y lo más largo que ha salido de la boca de Dean ha sido algo sobre los Detroit Tigers. Como si a alguno de los dos les importara el puto béisbol.
Sam no espera un estuvo bien. Y mucho menos un gracias. Dean es Dean. No le habla, no le mira, no le toca. Lo que manda a la mierda cuando se mete en su cama.
No es que a Dean le moleste dormir con Sam. Le molesta dormir sin él.
Todo empezó con Sam quejándose porque su cama no tenía mantas y Dean gruñendo algo que, traducido del Winchester a cualquier idioma, significaba un aparta tus putos pies fríos de mí.
Pero Sam no obedece órdenes. No es ningún soldado.
Hubo rodillas chocando, camisetas enrolladas, pezones mordidos, manos agarradas al culo, calzoncillos medio bajados y cuerpos frotándose, jadeando, sudando, gimiendo hasta correrse uno contra el otro, con la boca de Sam ahogada en el cuello de Dean y los dientes de Dean clavándose en su hombro.
Nada de besos. Sexo fraternal.
Un modo eficiente de calentarse, relajarse y dormir.
Después Dean le rodeó con el brazo, le arropó con la manta y hubo algo desconcertantemente conmovedor. Algo de un afecto infeccioso cuando apoyó los labios en su frente y derritió su nombre como caramelo. Algo que sonó junto a ese montón de piezas sueltas que llevan chocando unas con otras desde hace mucho tiempo.
Algo que a Sam le da qué pensar.
Y piensa en muchas cosas desde que arrancaron el viaje a Ely. Como que Dean no le ha mencionado a la hija de Will. June. Ni-una-sola-vez.
Y eso que es muy guapa.
June no es de esa clase de chicas que Sam miraba con indiferencia en Stanford antes de toparse con Jessica. Esas tan listas, tan guapas y tan asquerosamente simpáticas que a veces resultaban intimidantes, pero que, después de cruzar una palabra y dos miradas, le parecían del montón.
June está estudiando Historia de las Religiones en la Macalester College. Tiene los ojos de su padre, con una tristeza azul que se derrama por toda su mirada. Y la sonrisa frágil de su madre.
Sam se ha fijado en la foto familiar que hay a la entrada de la casa. Parecían felices.
Su madre se llamaba Mary.
Qué ironía.
Otra madre. Otra esposa. Otra Mary.
Otra familia rota por un silencio pesado que nunca deja de gritar.
***
La casa de Will es un pasado muy sobado. Huele a capas y capas de tabaco, a madera vieja y a una tristeza apestosa, como la que Bobby suele destilar entre whisky y whisky cuando empieza a hablar de Karen. Hay libros olvidados por todas partes que han encontrado su propio orden en el caos. La mesa del comedor es una lápida recién colocada, pero el aparador es un mausoleo lleno de telarañas. El polvo en los marcos de las fotos cuenta que nadie se ha tomado la molestia de mirarlas para no limpiarlas con lágrimas.
—No os mentiré, chicos, esto me está superando.
Will se pasa una mano por la cara, como si intentara arrancarse el dolor de encima. Su expresión es la de un hombre que ha dormido poco y ha bebido demasiado. Tiene ese brillo aceitoso en los ojos que la angustia no hace más que engrasar.
Se parece tanto a John.
June deja una taza de café frente a Sam, aunque él no ha pedido nada. Desde que Sam entró por la puerta, ha crecido la casa, casi dos metros de expansión silenciosa que conjunta con el salón.
Sam sonríe, ligeramente ruborizado. No sabe qué hacer con tanta amabilidad.
June le devuelve la sonrisa, cálida, casi ingenua.
Y a Dean le dan ganas de sacarse los ojos con la cucharilla del café.
—¿Nos puedes explicar otra vez por qué ese dullahan la tiene tomada con tu familia, Will?
Dean lo pregunta mientras se cruza de brazos como si hasta el aire fuera su enemigo y retoma la conversación. Lo hace por Sam. Por su bien. Por el caso. O eso se dice a sí mismo. Su hermano parece distraído.
Le jode ver cómo Sam se acomoda en esa tristeza tan familiar de June, hasta el punto de olvidar qué les ha traído a Ely.
Will suspira como si el aire estuviera hecho de fuego, clavos y veneno.
—Se llevó a mi mujer, a mi hermana, a un montón de gente cercana. No voy a dejar que ese hijo de puta se lleve también a mi hija.
Dean le mira fijamente y da un sorbo de café tras otro, aunque el café no es lo único que le quema la lengua. Mientras, Will repite lo mismo. Las mismas palabras. Las mismas pausas. El mismo guión.
Si algo ha aprendido Dean en todos los años que lleva cazando cosas y salvando gente es que nadie cuenta nada sin cambiar ni una sola coma. Las historias que marcan, que atormentan, que acojonan son historias vivas, no un montón de palabras muertas.
Su instinto le dice a gritos que Will oculta algo. No se fía ni un pelo de él. No le gusta que le evite la mirada, que se rasque tanto la nuca, que su voz suene fría en momentos que debería sonar en llamas. Hay algo que no encaja con el tipo que recuerda. Con aquel Will al que le hacía recados y nunca le pedía las vueltas, el que le ofrecía media cerveza en el porche y convencía a John para que le dejase conducir un rato.
—Voy a tomar el aire.
Dean se levanta sin dar más explicaciones y sale de la casa.
La luz amarillenta del porche muerde la oscuridad de la noche y deja un borde dorado sobre el frío negro de la madrugada.
Dean se apoya en la barandilla de madera, mientras su aliento se enreda con el frío. La noche tiene un sabor a tierra húmeda y a gasolina vieja. Huele insoportablemente a las sobras de un tiempo que está devorando el futuro.
La puerta de la casa chirría detrás de él. No tiene tiempo de girarse cuando siente el peso opaco de una mano sobre su hombro.
—Parece que mi hija y tu hermano se han gustado.
Will araña el aire con su carraspeo, sucio, áspero, como si todo lo que tocara su voz quedase marcado.
Dean debería sentirse aliviado, incluso alegrarse de no ser el único en darse cuenta de que entre Sam y June ha surgido algo. Lo que cualquiera en su lugar querría para su hermano. Lo que debería querer.
—Ya. Eso parece.
Y una mierda lo quiere. Lo único que le sale es morderse la lengua hasta hacerse sangre.
Y Will lo nota. Lo nota demasiado.
—Lo siento, chico.
Lo nota porque ha acertado con lo que Dean siente, pero se equivoca de lleno en por quién lo siente.
Will le da una palmadita condescendiente en la espalda.
Y Dean siente todavía más rabia.
Escupe un par de veces, pero no consigue quitarse el sabor metálico de la boca. Los ojos le arden y está tan cabreado que ni siquiera se da cuenta de que Will se está disculpando por algo que aún no ha hecho. Algo por lo que John tomó la precaución de largarse hace años. Algo que, si Dean supiera que es más que un rumor, estaría viendo esparcido por el suelo, junto a sus escupitajos y el cerebro de Will después de volarle la tapa de los sesos.
—Sé que tonteaste con mi hija cuando erais unos críos. No te preocupes por tu hermano, June se volverá a fijar en ti.
El comentario de Will parece casi inocente.
Pero Dean no tiene el juicio tan nublado como para no ver que no es nada reconfortante.
—¿Qué demonios quieres decir con eso, Will?
Dean suena tremendamente áspero. No le gusta nada esa sonrisa turbia con la que Will saca su paquete de tabaco del bolsillo y le mira con el mismo cinismo que gotea el veneno del colmillo de una serpiente después de morder a su presa. Reconoce enseguida a la gente que se ha desviado de su camino para caminar al lado del Diablo.
—Mi hija está acostumbrada a este mundo. Es más como tú, Dean. Tu hermano, bueno, nunca ha querido ser cazador. Tu padre siempre lo decía.
La cajetilla cruje cuando la abre. Le ofrece un cigarro a Dean, mientras le prende fuego al suyo y le mira de reojo.
Dean no fuma, pero acepta su invitación.
Dicen que el tabaco mata. Ojalá fuera tan rápido como los celos. O como ese mal presentimiento sobre Will que le llena los pulmones de alquitrán.
—No os habría molestado si John hubiera dado señales de vida.
Will expulsa el humo como expulsa las palabras, con una calma que a Dean le está asfixiando.
—Ya. Bueno. Ponte a la cola. Llevamos meses buscándole.
Will asiente a ese puñado de frustración que Dean escupe junto al humo. Fuma rápido y en silencio para volver al interior de la casa. Cuando aplasta la colilla con la bota, le lanza una mirada desafiante a Sam, que acaba de salir al porche.
—¿Qué..? ¿Fumas? ¿Desde cuándo fumas? ¡Tú no fumas, Dean!
Dicen que hay que probar de todo una vez en la vida.
Tampoco se corría con su hermano y resulta ser más adictivo que la nicotina.
—¿Qué pasa, Dean?
Sam lo pregunta entre incrédulo y molesto, con una preocupación descomunalmente grande. Porque cuando se trata de Dean, hasta la más mínima preocupación logra que Sam deje de parecer un gigante.
Dean vuelca aún más su peso sobre la barandilla, con el cigarro humeante entre los dedos, sin saber quién de los dos se está consumiendo más rápido.
—Nada. Sólo necesitaba tomar un poco de aire —Dean deja que su mentira se disuelva con una calada larga, mientras sacude la ceniza de un modo casi compulsivo—. ¿Por qué no vuelves dentro con tu nueva amiguita y te comportas como un ser humano normal por una noche?
—Te jode que hable con June, ¿verdad?
No es una pregunta, es un disparo. Sam ya conoce la respuesta, sólo quiere oírla romper el aire.
—No digas estupideces.
Pero Dean esquiva el tiro. Se ríe, amargo, vacío, nervioso. Da otra calada al cigarro, con la mirada fija en el suelo, en sus botas, en la colilla de Will, en cualquier parte menos en Sam.
—Si te molesta, sólo dilo.
Sam da un paso hacia él.
Y Dean se aparta. Le aparta. Aunque lo único que quiere apartar es el recuerdo de Sam jadeando contra él, lo cerca que anoche estaba su boca y lo jodidamente bien que encajaba su cuerpo en el suyo.
Pero ni de coña va a decirlo.
Porque Dean Winchester no baja la guardia. Nunca.
Aunque ya no tiene ni puta idea de quién es el enemigo.
—Deja de mirarme así, Sam.
Dean mastica la frase para no pegarle y gritarle y empujarle como todo lo que le está pegando y gritando y empujando por dentro.
No soporta esa cara que Sam le está poniendo.
Porque nunca, nunca, nunca ha tenido tantas ganas de besarle.
Nunca.
—¿Así, cómo?
—Como si esperases a que me pusiera a recitar poesía y a contarte lo mucho que significas para mí.
Ante ese puñetazo de celos, Sam arruga la cara, aprieta la mandíbula y decide callarse. Lo que más le jode es que, por un segundo, ha esperado algo así de Dean.
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