5 - DISCUTIR
Siempre es lo mismo.
Llegan al motel. Dean prepara las armas. Sam vive en un enfado permanente. Hermanos.
La habitación es un silencio que se esmera en conservar sus muebles viejos y un tufo a químicos que jura que nunca hubo un fiambre dentro. La luz de las farolas se cuela a través de las cortinas y llega desteñida hasta las camas y la mesa, donde Dean está concentrado en limpiar las armas.
Sam se deja caer en el borde de una cama y agradece que Dean esté de espaldas, porque su cuerpo se debate entre la furia y una erección bochornosamente justificada al verle pasar el trapo por el cañón de la recortada. La almohada le queda demasiado lejos para taparse la entrepierna. O la cara. O lo que sea que le ayude a morir con algo de dignidad.
Le gustaría tener más fuerza de voluntad, pero es imposible no arrastrar la vista hasta los dedos de Dean. Puede que el muy cabrón lo haga a propósito, o tal vez ni se dé cuenta, pero casi puede sentirlos en su propia piel. Ese roce lento y distraído que quema incluso en la distancia. Se deslizan sobre el metal con una insolencia casi obscena.
—¿Terminas ya?
Sam suena justo al contrario de cómo tiene la cara. Está cansado, pero no cree que pueda pegar ojo. Es lo que pasa cuando uno no sabe rechazar tanto café. Y parece que Dean ha encontrado la forma de castigarlo. Se está tomando su tiempo con las armas.
Dean no levanta la mirada. Frota el cañón con una devoción que alguien debería censurar. Luego desmonta la pistola con una meticulosidad enfermiza.
—No te encariñes mucho de June, ¿vale? —Suena más áspero de lo que le gustaría, porque no quiere hacerle daño a su hermano, ni mucho menos que piense que no tiene derecho a quedarse con esa chica, sobre todo cuando es tan obvio que le gusta—. Cazamos al monstruito y nos largamos al siguiente pueblo. Como siempre.
Cuando Sam le escucha decir eso, siente que la rabia ya le ha quemado más de la mitad de las entrañas. Esa rabia que siempre aparece cuando Dean trata de imponer su lógica, de marcar el ritmo de sus vidas como si fueran soldados.
—Claro, Dean. Encariñarse siempre es un problema.
Sam suena a cristales rotos en la garganta, un filo oxidado que raspa contra los dientes.
—Es un problema cuando sabes tan bien como yo que no hay forma de matar a un dullahan. A esa pobre chica le ha llegado su hora y no podemos hacer una mierda. Así que cuanto antes lo aceptes, mejor. Lo siento, tío.
Dean monta y desmonta la pistola sin mirarle. Está demasiado acostumbrado a hacer daño para siquiera notarlo. El dolor no es más que ruido blanco de fondo.
—Con esa delicadeza, no me extraña que no quieras decírselo a Will.
—Sólo estoy pensando en tu seguridad, Sam. No vamos a quedarnos a consolarle. Además, tenemos que seguir buscando a papá.
Cada palabra es un clic y un clack que encaja con cada pieza del arma, como si Dean pudiera ensamblar su propia convicción a base de repetir el proceso.
Y Sam empieza a preguntarse seriamente si sus vidas no son más que piezas que no encajan en un arma mal montada.
—Claro, Dean.
Sam gruñe con la garganta tan cerrada que casi se atraganta con su propio enfado. Se cruza de brazos, aprieta los dientes. Mira a Dean con esos ojos que se sienten como un abismo.
Pero su hermano sigue dándole la espalda. En todos los sentidos.
—Es nuestro padre. Te guste o no, Sam.
John y su puto legado de cazar cosas, salvar gente y el maldito negocio familiar que Dean se emperra en continuar.
—Lo que yo quiera no importa. Yo nunca importo. No soy más que una molestia.
Sam hace una pausa. Tiene que tragar saliva. Tiene que tragar el nudo que le oprime el pecho, el estómago, la entrepierna.
Lo odia. Odia que el cabreo le arda en las tripas y que, al mismo tiempo, haya un calor más bajo, más jodido, más incontrolable. Odia la forma en que Dean pasa el trapo por la pistola después de engrasar y montar cada pieza. Odia su olor a pólvora y a cuero y a esa maldita colonia que huele terrosa y animal. Odia la manera en que sus dedos recorren el cañón. Odia con todas sus fuerzas cómo mete y saca la baqueta. Es tortuosamente pornográfico.
No.
No lo odia.
Se odia a sí mismo por mirarle así desde antes de saber siquiera lo que era una erección y qué demonios hacer con ella.
—¿Siempre estás así de insoportable cuando duermes poco? Porque podrías no haber tomado tanto café.
Dean deja de limpiar la pistola y se levanta de golpe. Le da un empujón a la silla por no dárselo a su hermano.
—Estás celoso, Dean.
—No. No lo estoy.
Mentiroso, celoso y sobreprotector. Un chollo de chico.
—¿Tuviste algo con June?
—No, capullo.
Dean miente otra vez. Bueno. Lo justo. No llegó ni a unos manoseos por debajo del sujetador.
—Te protejo. Es mi trabajo. Te cuido, Sam. Antes que nada, soy tu hermano.
Siempre es lo mismo.
El mismo discurso, pero sabe distinto.
Sam da un paso adelante con la mirada clavada en Dean, mientras el silencio rompe cada vértebra del tiempo.
—Lo que te ordenaba papá —le sale como una puñalada—. Porque tú eres su favorito. A mí que me jodan. Los demás que se jodan. Todo os da igual. Incluso Will.
A veces el dolor deja de ser un ruido de fondo para reventarte los tímpanos.
—¡No sabes una mierda, Sam!
Dean le empuja y la rabia le sale como su amor por él. A estallidos. Y no puede arrancarse ni una cosa ni la otra sin llevarse las tripas por delante.
Rabia y amor. Curioso cómo cosas tan opuestas funcionan igual. Cuanto más trata de esconderlas, más saltan a la vista.
—Papá se alejó de Will para protegernos.
A Dean le tiemblan las manos, los labios, la voz, pero no le tartamudean los sentidos.
—¿Protegernos de un hombre destrozado después de perder a su familia? ¡Claro! No sea que nos resultara demasiado traumático. ¡Y ahora tú piensas hacer lo mismo que papá!
Sam suena tan irónico, tan rencoroso, que hasta se siente mal al soltarlo.
—Will los sacrificó. A todos. Para salvar a su hija.
Dean lo dice como dice todo. Lleno de sangre, pólvora, fuego y astillas. No sabe hacerlo de otra manera.
Y Sam reacciona como reacciona a todo. Con el corazón arrugado y las palabras hechas trizas en la lengua. Porque no hay otra manera.
—¿Crees que Will no sabe que no se puede matar a un puto dullahan? ¿Para qué coño crees que nos ha llamado, Sam?
Dean intenta no sonar tan duro, pero la falta de costumbre le traiciona. Igual que le traicionan los ojos al volverse de un verde casi líquido, mientras la voz se le quiebra.
—Will quiere entregarte a esa jodida cosa para salvar a su hija.
Will le enseñó muy bien a jugar al póker. Dean ha visto su jugada. Va perdiendo. Y la gente desesperada lo apuesta todo a la última carta.
Sam se queda como si Dean le hubiera cortado las piernas y sólo se sostuviera porque alguien ha congelado el tiempo.
Si no hubiera estado tan centrado en culpar a John, tan cegado por la tragedia de Will, tan encoñado por su conexión con June, tal vez no habría pasado por alto tantos detalles.
Detalles que son datos.
Diez víctimas. Una por año. Todas en la misma fecha.
Diez años, once meses, veintitrés días, cuatro horas y descontando.
Un tiempo sordo que June ha vivido a costa de los demás.
—Y eso no va a pasar ni por encima de mi cadáver —Dean le agarra de la camiseta, le arrincona contra la mesa, respira agitado sobre su boca—. Oye, no creas que no le entiendo —baja el tono, afloja un poco las manos—. Si yo estuviera en su lugar, si tuviera que elegir entre tu vida y la de cualquiera, incluso la de papá o…
—Dean.
Sam no quiere escuchar algo que quema más al entrar. Tan irrespirable como tener a Dean a medio latido de distancia y no poder ahogar todo el enfado en su boca.
El borde de la mesa se le está clavando en los muslos, el aliento de Dean roza su mandíbula mientras le agarra y una de sus rodillas se hace hueco entre sus piernas.
Quiere besarle. Besarle ya. Porque no es normal. No es normal que hayan llegado tan lejos, que esté dispuesto a morir por él y que aún actúen como si todo fuera fraternal.
—...o la mía, elijo tu vida, Sam.
La mirada de Sam se cae dentro de esas palabras y más adentro sólo encuentra más verdad. No entiende cómo Dios no fulmina a su hermano con un rayo por mandar a la mierda el primer mandamiento.
Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Y una mierda.
Sam le agarra del cuello, tira de Dean con impaciencia. Sus bocas chocan con rabia, con hambre, sin aire.
No es suave. No es tierno. No hay nada de fraternal. Sus lenguas no piden permiso ni dejan tiempo para respirar. Sólo hay labios, dientes, saliva y un calor demencial.
Dean gruñe contra sus besos como única resistencia. Una mano en su cintura, con la otra le agarra del pelo, mientras Sam le muerde, le empuja, porque no tiene bastante, porque nunca ha tenido bastante y porque bastante jamás es suficiente.
Y si Dios quiere partirles con un rayo, que lo intente.
Dean le arranca los vaqueros, Sam le saca la camiseta a tirones y todo pasa tan rápido que no pueden procesarlo.
Medio vestidos, medio enfados, empalmados como nunca, se enganchan como en una pelea y tiran las armas al suelo cuando Dean le sube a la mesa y le separa las piernas.
Furiosamente empalmado, Dean intenta entrar en él con más fuerza bruta que cuidado, con la boca en su cuello, las manos en sus caderas, la piel ardiendo. Y Sam siente que va a tardar menos en correrse que la mesa en partirse. Caliente, duro y a menos de medio empujón de soltar el primer gemido.
Entra y duele. Duele a rabiar. Duele porque sólo hay prisa y ansia y embestidas y poca saliva y nada de dilatación.
Duele y quema y es un acto masoquista no protestar. Pero Sam no se queja. Jadea. Se arquea. Se agarra a sus hombros. Le clava las uñas con el único propósito de sobrevivir a un polvo salvaje y violentamente necesario. Porque Dean le empotra mientras le sujeta las piernas, sin parar, sin pensar. Tan rápido, tan fuerte, tan adentro, tan intenso, tan Dean.
Follan como bestias mordidas por la necesidad.
Hasta correrse.
Correrse espesos, calientes, temblando, sin control, mientras sus nombres salen disparados como sus orgasmos.
Y para estar enfermizamente enamorados, aguantar dos minutos y un puñado de segundos les parece que está ¿increíble?, ¿genial?
Ni de coña normal.
Sam quiere decir algo. Cualquier cosa. Pero sólo le sale un Dean, ronco, torcido, oxidado. Un Dean que cruje en su garganta como un hueso mal soldado. Porque su nombre fue la primera palabra que aprendió a pronunciar. Lo único que siempre quiere decir cuando se le olvida hasta respirar.
—¿Te he hecho daño, Sammy?
Dean jadea como un animal cuando aún sigue dentro de Sam. Sus manos se aflojan, se pierden. Cadera de Sam, muslo de Sam, abdomen de Sam. Todo es Sam respirando, sudado, manchado, marcado, con una expresión de dolor y felicidad. Sam con los ojos muy brillantes. Sam con esas manos que no deberían ser tan suaves para ser tan grandes. Sam y un montón de besos descoordinados que resbalan por su mandíbula. Sam y su cara de estoy bien, Dean, que le alarma más que le tranquiliza.
Sam querría darle un puñetazo por preguntar algo tan obvio, pero sería una pena partirle la cara cuando todavía puede relamer los restos de su orgasmo en esas pecas a la sombra de sus pestañas.
—No tanto daño como cuando te veo limpiar las armas.
Sam no sabe que lo que tiene es frío hasta que deja de sentir esa presión que le ha llevado hasta el orgasmo, cuando Dean se retira, despacio, goteando, y le baja de la mesa mientras le besa con toda la delicadeza que no ha puesto al follarle.
—Ya. Bueno. Leí tu diario de pajillero hace años.
Dean lo dice como dice todo. No sabe hacerlo de otra manera.
Y Sam reacciona como reacciona a todo. Porque no hay otra manera.
—¿Q-u-é?
Sam tarda en ver que no es una humillación, sino una confesión.
—No pasa nada, tigre. Desde entonces sueño muchas cosas.
Muchas cosas muchas noches, pero ninguna con tanta definición.
—¿Sueñas con polvos fraternales, Dean?
Sam se la devuelve, mientras le quita lo que le queda de ropa y le guía hasta la cama con la boca cosida a su piel.
—Que te follen, Sammy.
A estallidos. Y cuanto más trata de esconderlo, más salta a la vista.
—Mientras seas tú el que me folle.
Amarás a tu hermano sobre todas las cosas.
Lo demás da igual.
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