3 - DESAYUNAR
Siempre es lo mismo.
Dean tiene hambre. Sam tiene preguntas. Hermanos.
A Sam le queda claro que Dean no quiere hablarlo. Ha intentado sacarle el tema mientras iban en el coche y la respuesta de su hermano ha sido poner a Metallica a todo volumen.
***
La cafetería se siente como un mal despertar en un día soleado.
Sam mira el menú y suspira. Su hermano ya está pidiendo café, algo con bacon y un cartón prensado al que llaman tortitas.
Dean se pasa la mano por la cara, se bebe el café de trago y decide que su mejor opción es cualquier cosa que no sea Sam al otro lado de la mesa, mirándole con la resignación de un maestro Jedi frente a un padawan muy imbécil.
—¡Eh, guapa! ¿Me sirves otro café?
No. Envenenarse no es la mejor opción, pero tampoco lo era hacerle una paja a su hermano y, oye, ahí está.
—¿Te das cuenta de que estás intentando ligarte a la abuela de alguien sólo para no hablar conmigo, Dean?
—¡Shhh, hombre! Que te va a oír.
Dean le regaña, aunque está convencido de que la camarera está lo bastante sorda como para no escuchar ni las voces del cocinero. Si realmente esa señora le presta atención a su hermano es porque hoy está especialmente guapo. Y sí. Es lo primero que ha pensado al despertarse a su lado. Lo siguiente que ha soltado ha sido consecuencia de pensarlo. Me ducho primero.
—Dean.
—¿Qué? Me gustan con experiencia.
Sam le clava una mirada asesina antes de que Dean se gire hacia la camarera con una sonrisa de niño bueno y la peor frase para ligar que ha salido nunca de su boca.
—Así que, uh… ¿Cuánto llevas trabajando aquí?
La camarera le mira como si le hubiera preguntado si hay vida inteligente en otro planeta.
La prueba la tiene justo enfrente. Tampoco la hay en la Tierra.
—Desde antes de que nacieras, cariño.
Dean se aclara la garganta y hace un esfuerzo monstruoso por no matar a Sam, que está disfrutando demasiado.
—Eso es… alucinante.
Y no sabe qué más decir. No es fácil impresionar a una camarera que, probablemente, estuvo presente en la fundación del pueblo.
—¿Y tú qué?
Ella se anima a preguntar con una media sonrisa que podría significar cualquier cosa, desde qué chico tan majo hasta voy a meterte el bolígrafo en el ojo si no dejas de molestarme.
—¿Cuánto llevas saliendo con él, cielo?
Sam se atraganta con el café, mientras levanta las manos con esa expresión de yo no he dicho nada.
—No. Él es mi… Él y yo somos…
Dean se para en seco. Aprieta los labios. Chasquea la lengua. Corregirla sería aún peor. Así que sonríe.
—Eso pensé en cuanto entrasteis. Hacéis muy buena pareja.
La camarera le da una palmadita en el hombro con una fuerza que le hace crujir hasta el alma y se aleja para atender otra mesa.
Sam espera exactamente tres segundos antes de clavar el último clavo en ese ataúd de humillaciones en el que su hermano está enterrado.
—No es mi culpa que tu magnetismo no funcione con todo el mundo, Dean.
Sam trata de mantener la compostura, pero la sonrisita no se le borra de la cara, mientras Dean mastica el bacon junto a los restos de su dignidad y empuja el plato hacia él con tanta rabia que casi lo manda fuera de la mesa.
—Cállate y cómete mis tortitas, genio.
***
No pasan ni dos segundos desde que Dean arranca el Impala cuando Sam carraspea su nombre con la intención de mantener esa conversación que Dean NO quiere.
—Sólo fue un poco de ayuda fraternal, Sam.
Dean decide aclararlo para que deje de dar por culo.
—No lo digas así, Dean. Suena raro.
Sam le mira de reojo desde el asiento del copiloto, con la voz baja y las expectativas bastante altas de salirse con la suya.
—Una paja entre hermanos. Ya está. ¿Quieres velas y música romántica la próxima vez, Sammy?
Dean intenta burlarse.
Pero.
—¿La próxima vez, Dean?
Es lo que tiene abrir la boca sin pensar.
—Cállate.
Dean aprieta el volante como si pudiera revertir el tiempo y tragarse sus propias palabras.
—No, no, no. Espera —Sam se reclina en el asiento con una sonrisa de tiburón—. O sea que, ¿si le ponemos fraternal a cualquier cosa deja de ser raro?
Dean siente cómo la trampa se cierra a su alrededor. Maldito cabrón.
—Por el amor de Dios, Sammy.
—Entonces, si ahora te hiciera una mamada mientras conduces, ¿sería normal?
Dean traga saliva y su cuerpo reacciona antes de que pueda ordenarle no te pongas cachondo.
Sam no puede estar diciéndolo en serio.
No puede.
No.
O sí.
Lo siguiente es la mano de Sam en su entrepierna. Sus dedos en la cremallera. Y oye cómo le baja la bragueta mientras inclina la cabeza.
No, no, no.
Sí.
Sam se la mete entera en la boca y Dean sólo puede reducir la velocidad para no estamparse contra algo. No sabe ni cuál es el pedal de freno ni cómo parar el puto coche porque Sam es calor y saliva y se la está chupando como si supiera lo que está haciendo. Lame, besa, succiona, saborea, devora. Termina de encontrar un ritmo que le hace jadear como nadie ha conseguido hacerlo nunca. Ni siquiera aquella tal Samantha Holloway en Iowa, cuando se la chupó detrás del bar en el que trabajaba y Dean tuvo que morderse la lengua para no gemir su nombre porque bastante enfermo se sentía al imaginar que su boca era la boca de su hermano.
A lo mejor Sam no tiene los labios tan carnosos, ni tan húmedos, ni la mitad de suaves después de limpiarse los restos del desayuno con esa mierda de servilletas de la cafetería. Pero sabe cómo hacerle una buena mamada.
Dean para el coche no sabe cómo y tampoco le importa dónde. Respira entrecortado. Intenta pararle. No puede. Quiere apartarle. No lo hace. Trata de hablar. No le sale. Antes de que pueda asimilar lo que está pasando, Sam aumenta el ritmo y Dean se sorprende a sí mismo agarrándole del pelo y empujándole la cabeza porque le está volviendo loco lo que hace con la lengua.
Dean se arquea. Se estremece. Se odia. Le quiere. La boca se le abre sin permiso. Se rinde. Gime.
Se corre.
Se corre, espeso, caliente, amargo, sin control en la boca de Sam, mientras jadea un hostia, Sammy, joder con la voz rota, totalmente aliviado después de haberse follado su boca.
Y para sentirse enfermizamente atraído por su hermano y cascarse tres pajas -no, cinco, si cuenta la de por la mañana- a la semana mientras piensa en él, aguantar dos minutos y medio a Dean le parece que está ¿mal?, ¿fatal?
Mejor dejarlo en normal.
Sam se relame los labios cuando levanta la cabeza y le clava una mirada orgullosa hasta ser indecente, mientras se traga hasta la última gota de su orgasmo.
—Tómalo como una mamada fraternal, Dean.
Han cruzado muchas líneas y aún no se han besado, aunque los dos se mueren de ganas por destrozarse a besos y desgastarse a lametazos.
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