miércoles, 21 de mayo de 2025

Capítulo 6: Cazar (Siempre es lo mismo)

Este es el sexto capítulo de Siempre es lo mismo.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -7 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Will Blake (personaje original), June Blake (personaje original)

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Siempre es lo mismo
Fatima_O

Sumario:
Siempre es lo mismo.
Cazan cosas. A veces salvan gente. A veces sólo se salvan ellos mismos. Sam es la estrategia. Dean es el disparo. Hermanos.

6 - CAZAR


 

Siempre es lo mismo.

Cazan cosas. A veces salvan gente. A veces sólo se salvan ellos mismos. Sam es la estrategia. Dean es el disparo. Hermanos.

 

Han puesto en marcha el Impala a una hora en la que el cuerpo aún pide cama y el mundo sigue a oscuras.

Es la noche. La noche en la que Will entrega una vida a cambio de la de su hija.

Dean juraría que lo que acaba de escuchar en la lejanía es el gruñido hambriento de un oso en el bosque. Otra amenaza. Justo cuando acaba de perder a su hermano de vista.

—Joder.

Sus botas derrapan en la hierba empapada. La linterna proyecta sombras de pesadilla entre los árboles. Cuando echa mano al bolsillo, descubre que sólo tiene tres balas de oro -lo único que puede parar a un dullahan- y un maldito cuando vuelvas.

Cacerías. Siempre es lo mismo, pero en sitios distintos, desde hace tantos años que parecen varias vidas.

La primera vez que John le llevó a cazar tenía 13 años. Estaban en Appleton, Wisconsin y llovía a puñetazos. Eran las cuatro de la madrugada a las afueras de la ciudad. El aire olía a alquitrán frío y el mundo parecía dormido. Su padre le pasó la escopeta cargada -Dean lo supo nada más cogerla, tenía un peso distinto a cuando sólo jugaba a apuntar a la nada-  y le dijo que se preparara.

—No dispares hasta que yo te lo diga. Y cuando te lo diga, no dudes, Dean.

Habían dejado a Sam en el motel. Estaba enfadado porque Dean iba a acompañar a su padre y él no. Se cruzó de brazos, intentando parecer más mayor de lo que era, con el ceño arrugado, la mandíbula apretada y los ojos desbordados de algo que nunca aprendió a disimular. Ten cuidado, Dean, le dijo lleno de miedo, cuando su padre ya había arrancado el Impala y Dean tenía una mano en la puerta. En el último momento, a Sam se le escapó toda la fuerza en un abrazo y le metió algo en el bolsillo de la chaqueta. Un soldadito de plástico.

—Me lo devuelves cuando vuelvas.

Soldados que iban a la guerra, mientras un niño convertía su juguete en un amuleto para traerlos de vuelta.

Dean nunca se lo dijo, pero aquella noche metió la mano en el bolsillo más veces de las que pudo contar.

El monstruo fue fácil de matar. Un cambiaformas, según John. No tan fuerte como un vampiro. No tan rápido como un wendigo. Un cabrón, como todos.

Y no fue lo único que murió.

El callejón donde se escondieron a esperarlo olía a basura mojada y todo lo quieto parecía moverse.

Dean nunca había visto un cambiaformas. Estaba nervioso, sentía las manos como si fueran de otro y tenía la cabeza asediada por la voz de su padre. La escopeta resbalaba entre sus dedos. La lluvia y el metal nunca hicieron buena combinación. 

Apuntó con el arma a una sombra, tensó el dedo en el gatillo.

—¡Ahora, Dean!

No disparó.

Lo que tenía delante no le pareció un monstruo cuando se dejó ver a la luz de las farolas, sino un hombre. Uno asustado, con las manos en alto y que suplicaba por su vida.

John le arrancó la escopeta de las manos y disparó sin pestañear. El cuerpo se desplomó como un saco de pieles podridas y Dean pudo ver la apariencia real de esa puta cosa, mientras la lluvia empapaba su cara y apretaba el soldadito dentro del bolsillo.

—Si no disparas, mueres. Morimos. Y si morimos, ¿quién va a cuidar de Sam?

Fue la primera y última vez que Dean dudó en disparar.




No es un soldadito de plástico lo que ahora tiene en el bolsillo. Es la anilla de una lata de cerveza.

Se han despertado antes de que el sol rompiera el gris depresivo del amanecer y velara un puñado de besos adormilados entre las sábanas. Sam se ha puesto a girar la anilla, mientras discutían sobre cómo organizar la cacería y Dean rumiaba unos trozos de pizza fría de la noche anterior.

Sam le ha contado algo sobre las anillas de las latas, que no sólo servían para abrirlas, sino que tenían ese agujero para meter una pajita.

—Nadie bebe con pajita una puta cerveza, Sammy.

Dean ha terminado dándole la razón, porque su hermano pretendía que le prestara atención mientras tenía la boca llena de pizza y los ojos llenos de Sam. Sam desnudo, con el pelo revuelto, más guapo que nunca. Después de una noche donde no hubo velas ni música romántica, pero sí lubricante y un recopilatorio de orgasmos, hasta dejarle lleno de semen y vacío de dudas.

Si el dullahan venía a por uno, iba a tener que cortar dos cabezas.

Sam ha empezado a mover la anilla mientras recitaba el abecedario. No ha llegado muy lejos. A la cuarta letra se ha quedado con la anilla en la mano y la misma sonrisa que puso cuando la recepcionista de Nebraska les dio la llave de la habitación.

—¡Me ha tocado tu letra en la chapa, Dean!

La misma puñetera sonrisa. Sólo le ha faltado un bigote de espuma. Dean juraría que olía a vainilla.

En algún momento, antes de que salieran, Sam le ha debido meter la anilla en el bolsillo sin decir nada. Como si Dean tuviera que llevarse algo suyo cada vez que sale a la guerra.




Dean aprieta la anilla hasta que le duele la mano. Hasta que le duele el pecho. Hasta que el único propósito es volver con Sam para abrir otra cerveza.

Porque lo que siente por su hermano le hace invencible, más letal que las tres putas balas de oro que le quedan.

 

***

 

Sam se adelanta junto a Will, sabiendo que le lleva directo a una trampa. Siente el repique vago de unos cascos, el aliento frío de la muerte en la nuca, pero al girarse no ve nada.

No le queda más opción que seguir a Will, no improvisar, asumir el riesgo.

Dean y él han llegado a la conclusión de que Will controla al dullahan, pero no han descubierto cómo. Quizá tenga que invocarlo o simplemente esperar su llegada para entregarle un alma en lugar de la de su hija.

Mentir a Will se ha vuelto una cuestión de supervivencia. Le han prometido que protegerían a June, pero no pueden. No saben cómo. No quieren. Salvarla significa morir. Y sería absurdo hacerlo por una chica que lleva once años muerta, sólo que aún no lo sabe. Una pobre chica que duerme en su cama, ajena a lo que hace su padre una noche -esa misma noche- cada año para que despierte a la mañana siguiente.

 

***

 

—¡Sam! 

Dean vuelve a apretar la anilla. Ya no es un niño aferrado a un soldadito de plástico. Es un hombre aferrado a su amor.

Otra chaqueta, otro bolsillo, pero la misma mano, el mismo miedo, la misma fe ciega en cuando vuelvas.

 

***

 

Siguiendo un sendero hecho a base de insistencia, Sam llega junto a Will a un árbol centenario. No es especialmente alto, pero parece que a la primavera le cuesta trepar hasta su copa.

La humedad del aire se le pega en la garganta mientras mira el tronco, robusto, oscuro, con un brillo resinoso y raíces enredadas como el pelo de una ninfa que se arrastra en busca de agua. Hay una serie de símbolos muy antiguos, grabados en la corteza. Sam juraría que son celtas, aunque no se detiene a mirarlos demasiado porque no sabe leerlos.

De una de las ramas más bajas cuelgan un par de cuerdas que alguna vez sostuvieron un columpio. Ahora sólo queda un tablón viejo y astillado que acaricia el suelo y que el musgo ha pintado de un verde maltratado.

A la luz titilante de las linternas, la imagen se distorsiona entre sombras siniestras, como un escenario arrancado directamente de la cabeza de M.R. James.

—A June le encantaba mecerse aquí. Yo mismo construí su columpio.

Will lo dice con la voz rota y la mirada baja, mientras acaricia las cuerdas roídas.

Pero lo que Sam escucha es otra cosa muy distinta. Yo mismo construí su tumba. Sin saber que ataba la muerte a cada cuerda.

—¿Alguna vez te has caído de un columpio, Sam?

No es la pregunta en sí, sino el tono de Will lo que más le inquieta. Sam siente cómo se le eriza el vello y le escuece el recuerdo de sus propias caídas, paréntesis de sol en los parques y raspones en las rodillas entre pueblo y pueblo, entre cacería y cacería.

Es sumar uno más uno. Probablemente, June se cayó del columpio y se rompió algo más que una pierna. Will llegó tarde, o justo a tiempo para que el dullahan no la montara en su caballo y la llevara a un lugar sin vuelta.

—John y yo solíamos venir a cazar por aquí —Will hace una pausa. Los ojos se le oscurecen un poco de mirar hacia el pasado—. Liebres, venados, una vez hasta un oso. Cosas normales.

Sam se limita a asentir. No hay tiempo para escuchar más recuerdos de una época que ha olvidado. Sólo tiempo para atarse los cordones de las botas, tan prietos como siente el nudo de su estómago. No quiere tropezar si tiene que salir corriendo.

—A June le gustaba acompañarnos cuando era niña, pero espantaba a los animales. Hacía mucho ruido, nos retrasaba. Por eso la dejábamos jugando por aquí.

Will saca una navaja del bolsillo y la pasa lentamente por la palma de su mano.

Sam da un paso atrás. La corteza del árbol raspa un poco su chaqueta. Se lleva la mano automáticamente a la pistola, pero su incomodidad encaja con mayor precisión que sus dedos alrededor del mango, mientras mantiene la mirada fija en Will antes de hacer cualquier movimiento.

—Pero ya sabes, las niñas crecen, dejan de jugar, se juntan con un grupo de amigos, quieren impresionar a algún chico como tu hermano. Hacen cosas tan estúpidas como dar una vuelta completa en el columpio cuando pesan demasiado y las cuerdas ya son viejas.

Sin pretenderlo, Sam se da cuenta de que hay algo más que símbolos tallados en el tronco. Hay letras. Letras que forman nombres. Nombres que lee rápido, demasiado rápido. Nombres que se cruzan, se mezclan, se tuercen, se hunden en la madera.

No le importa quiénes eran Henry Ponson o Caroline Garrison. No cuando uno de esos nombres que sangran resina a la luz de la luna es el de Mary Blake.

Están muertos. Todos muertos.

Y no va a dejar que su nombre se una a esa lista de fantasmas atrapados entre las vetas.

—No lo hagas, Will.

Sam se lo pide con una calma que no encuentra el reflejo en su propia mano cuando le apunta con la pistola.

—Tu padre sólo miraba por ti. Como tu hermano —Will vuelca toneladas de resentimiento en esas palabras que deberían sonar reconfortantes—. Y tú lo único que has hecho es ser un lastre, despreciarlos, abandonarlos.

Por un segundo, a Sam le dan ganas de quitarle la navaja y escribir su propio nombre en el árbol, con la misma violencia con la que esa acusación le está marcando.

—No mereces nada, Sam. Y mucho menos te mereces a mi hija.

El metal raspa la corteza en un susurro aterrador y deja a la vista los surcos de una S.

—No te acuerdas de nosotros, pero yo no te he olvidado.

Will le mira de arriba a abajo. Sam ha crecido -mucho-, ha cambiado -no tanto-, pero lo que siente por él es lo mismo desde hace once años. Y su excelente memoria no es algo que Sam deba tomarse como un halago.

—No tenías ni que quejarte. Sólo con respirar cerca, hasta June se volvía invisible para Dean.

Una A se une a la S y se arrastra hacia lo que quiere ser el primer trazo de una M como una sentencia de muerte.

—No fue tu hermano el que soltó la cuerda. Fuiste tú, Samuel William Winchester. Tú y tu maldita presencia.

Es odio. Es culpa. Es dolor. Es algo que está roto y Will ha parcheado con un montón de vidas, haciendo que se rompa aún más. Es buscar a un inocente y hacerle sentir culpable. Es una navaja que Sam ya no quiere que pare de escribir hasta la última letra de su nombre.

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