12 - CARRY ON WAYWARD SON
Sed supra nos regnat lux æterna. Beati qui lavant vestimenta sua in sanguine Agni.
Así seguía el ritual del espejo.
A Sam no se le va olvidar. Nunca. Esas palabras le persiguen, se cuelan hasta en sus sueños. Ahora las repite como un mantra, en silencio, mientras el sepulturero hace descender el ataúd.
Todo son paraguas negros, caras tristes y figuras enlutadas en el cemeterio. Una estampa amarga que se escurre muy despacio, mientras una banda de músicos toca Amazing grace, bajo una carpa con la lona abombada por la lluvia. Parece que va a reventar en cualquier momento, como sus ojos, a punto de desbordarse.
Through many dangers, toils, and snares; we have already come.
'Twas grace that brought us safe thus far and grace will lead us home.
Es como uno de esos entierros que salen en las películas. Un maldito cliché, típico de cabronazos melodramáticos. Dean estará pensando que es jodidamente patético, esté donde esté. Lástima que no pueda preguntárselo.
—¿Le conocías?
Sam gira la cabeza hacia esa voz dulce y femenina, una interrupción suave bajo un paraguas que le saca de la oscuridad de sus pensamientos. Tiene una tristeza serena que no debería encerrar tanta belleza. Sus rizos rebeldes son lo único que parece resistir con vida en el cementerio.
—Sí, le conocía desde hace mucho.
Sam responde, con un peso opaco en la voz y la vista fija en las coronas de flores que se pierden bajo tierra. Se ajusta la corbata y el nudo de su garganta se vuelve más real. Se retira el pelo empapado de la cara, mientras ese olor a petricor hace llagas en su melancolía.
El relámpago estalla en esa piedra gris porosa que es el cielo, sin una grieta de luz que luche junto a él para no perder el calor de la respiración de Dean, que aún siente contra el lunar de su oreja. Cuenta en silencio. Uno, dos. Antes de llegar a tres, oye el estruendo del trueno.
Está empapado de pies a cabeza y la humedad le traspasa los huesos, pero se queda quieto, como una estatua más del cementerio.
Le gustaría que todo fuera un truco de magia, como ese de la moneda que Dean le enseñó en un motel de Cannon Beach, Oregón, cuando tenía 8 años.
Dean le había prometido ir a ver el mar, pisar la arena de la playa, recoger alguna concha. Mañana, Sammy. Cuando deje de llover. Pero nunca fue mañana porque no dejó de llover.
Sam se dedicó a hacer los deberes, resignado, mientras Dean se tumbó en la cama, aburrido como una ostra.
—Eh, Sammy, ¿quieres ver algo increíble?
Sam ni levantó la vista del libro. Lo único que quería ver era el mar. Y no creía que hubiera nada más increíble que eso.
Dean se levantó, cogió un vaso y sacó un centavo que rebuscó en su bolsillo. Colocó la moneda bajo el vaso en la mesa y empezó a llenarlo con agua, mientras hacía una serie de movimientos exagerados con la otra mano para darle más teatralidad.
—¡Abracadabra!
Para asombro de Sam, la moneda desapareció ante sus ojos.
—¿Dónde está?
Sam miró el vaso, boquiabierto, y luego miró a Dean, creyendo que su hermano podía hacer magia de verdad.
—Puedo hacer que aparezca de nuevo, enano.
En realidad, Dean no la había hecho desaparecer. Era una ilusión óptica muy simple. Sam no podía ver la moneda porque no estaba mirando desde el ángulo correcto.
Fue la primera vez en dos semanas que Sam dejó de quejarse por todo. Porque su padre los había dejado solos otra vez para irse de caza. Porque no paraba de llover. Porque no podía ver el mar. Porque tenía que aguantar a Dean sin más remedio.
Cuando uno se queja por todo, no es que le falten razones, es que no está mirando desde el ángulo correcto.
Ahora Sam no tiene un vaso y no lleva encima ni un centavo, pero sí tiene una botella y un dolor que quiere que desaparezca como aquella moneda. Mete la mano en el bolsillo de su abrigo y saca la botella de Macallan Fine & Rare 1952. La misma que Dean y él no llegaron a beberse entera a las afueras de Ottawa y que habían reservado para una ocasión especial.
Lamentablemente, esta es la ocasión.
Le da un trago. Corto. Apenas se moja los labios. Luego, amablemente, se la ofrece a ella.
Pero no es ella quien recoge la botella.
—Después de 17 años, este whisky sabe aún mejor.
Apenas es un comentario, pero Sam lo percibe como una falta de respeto.
Mira a Dean. Sí. A Dean, que se encoge de hombros a su lado mientras bebe, como si no acabara de saltarse el responso. No puede evitar mirarle con cara de ¿dónde demonios te habías metido, Dean? para regañarle. Porque cuando un cura dice abracadabra en un entierro, Dean desaparece como la moneda de aquel truco de magia para no lidiar con el dolor de la pérdida.
Micki mira cómo el recién llegado derrama sobre el ataúd de Jack lo que queda de whisky. Parece un desperdicio, un completo sacrilegio, pero es el gesto más emotivo que ha visto de todos los asistentes al entierro.
Dean no lo sabe de Micki y Micki no lo sabe de Dean, pero los dos hubieran corrido la misma suerte hace años si no fuera por ese hombre al que acaban de enterrar. Micki fue asesinada por una moneda que estaba maldita -no era aquel centavo de Cannon Beach, ¿o sí? Las monedas pasan por muchas manos-, y Ryan y Jack engañaron a un aquelarre para traerla de vuelta. Es lo que hacen los seres queridos por sus seres queridos.
—Va por ti, amigo. Buen viaje.
Como le pasa con las lágrimas, a Dean nunca le salen las palabras con facilidad, así que derrama lo único que se permite derramar delante de tanta gente.
El whisky fue un buen regalo de Jack.
Pero no fue lo mejor que le regaló.
Sienten haber tardado tanto en volver a Chicago. Tanto que, en 17 años, su único agradecimiento fue una llamada rápida al hombre que les salvó el pellejo y ahora está tras la tapa de un maldito ataúd de nogal. Pero han estado ocupados. Encerrar a todos los demonios en el espejo les ha llevado mucho tiempo. Uno a uno. A veces tres de golpe. O cinco, como aquella vez en Arkansas, cuando hasta Bobby tuvo que echarles una mano.
Y siempre quedaban más.
Con los años, se volvió un trabajo rutinario, mecánico. Rápido. No había que romper un pacto, no había que elaborar una trampa, no había que engañarlos. Cavar en una encrucijada, enterrar una caja para invocarlos, destapar el espejo, sangrar sobre él, recitar en latín, tapar el espejo otra vez. Han cavado en tantos cruces de caminos que tienen las manos llenas de callos y han convertido Estados Unidos en un enorme campo minado de cajas enterradas, mientras el Infierno se vaciaba.
Se cortaban la mano por turnos. Dean tuvo que aprenderse el ritual definitivamente una noche en la que el viento soplaba con tanta fuerza que se le voló la chuleta donde lo había apuntado. Un día, a Sam se le ocurrió que podían almacenar la sangre en bolsas, como hacen en los hospitales, para evitar tantos cortes en las manos. Dean le propuso grabar el ritual en una grabadora, para que ninguno de los dos tuviera que depender del otro en caso de quedarse en blanco. Manos llenas de cicatrices, una cinta rayada y un par de cervezas cada noche para celebrarlo. En la salud y en la enfermedad. En la riqueza y en la pobreza. En lo bueno y en lo malo. A la muerte que la den por culo. Nunca la han esperado sentados.
Siempre han hecho buen equipo. Y también buena pareja. Una camarera de Bardstown, Kentucky, les prometió invitarles a un trago de bourbon si se besaban delante de ella. Se bebieron más de media botella. Consiguieron la otra media porque Sam la dejó vigilar la puerta y mirar de vez en cuando, mientras su hermano se la chupaba en el baño. Les regaló una caja entera de bourbon cuando Dean se acercó a ella y le soltó mi hermano quiere saber si ha gritado demasiado.
—Ryan, ¿verdad?
Ryan asiente y hace un esfuerzo porque le suene esa voz ronca y esa mirada descarada tras sus ojos enjuagados, pero no tiene ni idea de cuándo ni dónde ha visto a ese tipo que se toma demasiadas confianzas con él.
Dean le mira con cara de sé que no te acuerdas de mí, mientras caminan hacia la salida del cementerio. No puede evitar sentir pena por Ryan cuando se fija en cómo sigue mirando a la pelirroja después de tantos años. Hasta ha intentado rozar su mano de manera que parezca accidental durante el funeral para ofrecerle consuelo. Santo Cristo. Es lamentable. Ryan le recuerda demasiado a él mismo. Y demasiado a Sam, que aún se sigue poniendo rojo cuando le ve salir de la ducha, aunque le enternece su timidez al quitarle la toalla rodeada a las caderas.
—Sólo tienes una vida, tío. Aprovéchala.
Dean le da una palmadita en el hombro y esa clase de buenos consejos que antes no solía seguir él mismo, mientras mira a Micki de reojo, que va unos pasos por delante, hablando con Sam.
—Oye, no creas que… Ella y yo… Somos primos.
Ryan tartamudea. Se le resbala el paraguas. Tropieza con su propia sombra. No sabe dónde mirar.
Santo Cristo.
Dean levanta las cejas porque la noticia le pilla por sorpresa. Está a punto de soltarle yo me tiro a mi hermano desde hace 17 años, con total naturalidad. Porque ya se sabe, mal de muchos, más tontos consolados. O algo así dice la gente. Pero hay algo que no le termina de encajar. Puede que sea lo de hacer apología del incesto, pero no se detiene a pensarlo porque pensar no va con él. Así que suspira y hace algo que no acostumbra hacer. Decirlo de otra manera más suave.
—No es un delito si nadie sale perjudicado.
Es el tipo de revelación que a uno le cambia la vida. Y cuando uno tiene revelaciones así, su deber es compartirlas.
Ryan le quiere rebatir algo. Abre la boca, pero apenas le sale un balbuceo.
—A ella también le gustas, Ryan. Créeme, nadie tiene tanto tiempo como para perderlo.
Y si alguien tiene tanto tiempo, Dean lo que tiene son estacas, balas de plata y un par de sacos de sal de roca en el maletero para ponerle remedio.
Dean ha aprendido a ser discreto, excepto cuando Sam y él no pueden esperar a llegar a casa para echar un polvo.
Porque ahora tienen una casa. Bueno. Una cabaña cerca del bosque. En Dakota del Sur, al lado de Bobby. Está viejo. Más viejo de lo que sería recomendable. Pero sigue siendo Bobby. Habla poco, sabe mucho y no se mete en la vida de nadie. Excepto cuando el whisky le afloja la lengua y le da por soltar algún comentario que hace que Sam se sonroje mirando al suelo y Dean disimule un tirón en el cuello mirando al techo.
—Pasáis tanto tiempo juntos que me sorprende que el último hombre-lobo no os haya confundido con un menú especial de San Valentín.
Dean se apostó 200 pavos con Sam a que Bobby no sospechaba nada. Sam prefiere no ganar 200 pavos. Le basta con escuchar a Bobby comentar que les informará si se organiza alguna carrera nudista por la zona, cada vez que le abre la puerta y su hermano cruza el pasillo a toda velocidad en pelotas.
—Últimamente, Dean se está entrenando a fondo.
Hace un par de años enterraron la última caja en Grayling, Michigan. Ningún demonio se presentó al cruce. Una hora. Dos. Tres. Nada. Fue entonces cuando Sam soltó podríamos comprar una casa. Arrancarle a Dean con garaje le costó llevar el traje a la tintorería y unos cuantos tirones de la corbata. Dean aún se arrepiente. Tendría que haberle dicho a Sam sin paredes. Se habría ahorrado la puta odisea de elegir un tono de los tropecientos mil tonos distintos de blanco en el catálogo.
El sitio está bien. Es tranquilo. Y Sam ha pintado las paredes de color blanco hueso. Dean no ha visto unos huesos tan blancos en su puta vida y menos después de quemarlos. No hay vecinos cercanos, pero sí un pueblo al que pueden ir a por cerveza, munición y esas minas anti-todo a las que Dean llama chili con carne. Sam puede salir a correr por un sendero que hay en el bosque, mientras Dean tiene a los AC/DC a todo volumen y medio cuerpo dentro del Impala.
No sólo son familia, sino que además han formado una. Una que va cambiando constantemente. Chicos perdidos. Chicos sin padres. Chicos inadaptados. Huérfanos permanentes en hogares provisionales. Almas errantes. Ellos saben lo que es eso. No siempre se quedan, pero siempre vuelven. Son como el gato que tienen. Bueno. Es salvaje y aparece cuando quiere. Una vez se encaró con un mapache. Es un puto kamikaze con bigotes. Dean le llama Macallan II. El primero decidió que Bobby le caía mejor cuando le compró latas de comida y una cestita acolchada al lado de la chimenea.
—Eso es soborno, Bobby. Era nuestro gato.
A Sam todavía le arde el pecho cuando le escucha decir a Dean, todo orgulloso, nuestro.
Sam trabaja de asesor jurídico en el pueblo. Dean, de mecánico. Lo que más le gusta a Dean del despacho de su hermano es la mesa. Grande, robusta y con la altura correcta. A Sam le gustan los capots relativamente altos de los coches que Dean arregla. Al menos una vez por semana, en la hora del almuerzo, Sam siempre recibe algún mensaje. “Estoy sudado y con las manos llenas de grasa. Una la tengo ocupada con el móvil para escribirte. Adivina dónde tengo metida la otra. Pista: No es en un motor, pero está igual de duro y caliente. Si no vienes en 10 minutos me las arreglaré solo, pero juro que gritaré tu nombre lo bastante fuerte como para que lo escuchen en tu despacho.”
Sam llega en 5. Aunque esté en mitad de una reunión y le pillen todos los semáforos en rojo. Merece la pena un despido si Dean le empotra contra el capó tan fuerte como Sam quiere gritar su nombre, para que todos sepan quién le está follando como se merece.
Siguen saliendo a cazar cosas y a salvar gente de vez en cuando. No están totalmente retirados. Dean a veces se queja de la espalda. Son 20 kilos de mochila y 45 inviernos los que lleva encima. Pero nunca, nunca se queja de cargar con su hermano si sale herido. Viven juntos, cazan juntos y follan juntos. Todo eso por lo Sam siempre discutía con su padre y Dean rechazaba porque nunca lo había tenido y no podía permitirse ni imaginarlo. Una vida casi normal. La normalidad es un coñazo.
***
Cuando llegan hasta el Impala, Sam saca el espejo del maletero, envuelto en la misma sábana en la que ha estado durante 17 años. Después mira a Ryan y a Micki. Parecen aliviados de que el bulto no tenga el tamaño ni la forma de una pistola o algo semejante.
—Queríamos haberle devuelto personalmente esto a Jack. Pero nos alegra saber que vosotros seguís con la tienda de antigüedades.
—¡Vaya! ¡Lo sentimos mucho! Sea lo que sea eso, lo guardaremos bajo llave.
Ryan se apresura a cogerlo con cuidado. No pregunta si es un cuadro u otra cosa lo que hay debajo. Se figura que está maldito.
—¿Os ha causado muchos problemas?
Micki se preocupa y con razón. Todavía siguen recuperando objetos de los que sólo saben por el reguero de muertos que dejan como rastro. Ni siquiera tienen claro cuántos más quedan por ahí para cerrar el inventario.
—Al contrario. Nos los ha solucionado todos.
Dean sonríe, mientras posa una mano en el marco, como si quisiera despedirse del espejo. Le ha cogido cariño y eso que no ha podido verlo ni una sola vez. Pero se ha bebido tanta sangre de Sam y de él que lo podría rebautizar con el nombre de El Espejo de los Condenados Winchester.
—El infierno está vacío. Todos los demonios están aquí.
Sam lo dice con tanta solemnidad que el responso del cura durante el funeral de Jack parece un chiste.
—¿Esa frase tan chula es tuya, Sammy?
Dean levanta una ceja con escepticismo. No duda de que esa cabeza que su hermano tiene sobre los hombros le sirva para algo más que para llevar el pelo cada vez más largo, pero le cuesta creer que una frase así no haya salido de uno de los millones de libros que no dejan ver el blanco hueso de las paredes.
—Sí.
Sam tiene la poca vergüenza de asentir hasta con la cabeza, ofendido por la duda. Pero está seguro de que el fantasma de Shakespeare no se va a presentar para reclamar la autoría de su frase. Y menos si se ha molestado en echar un vistazo al maletero cuando lo ha abierto.
Micki reconoce la cita de La tempestad. Pero decide no hacer ningún comentario. No ha visto a nadie mirar a otra persona como ellos dos se miran. No hay ni un sólo signo de desgaste, más bien un amor reforzado.
Bueno.
Quizá sí que ha visto antes ese tipo de miradas. Sólo que prefiere no fijarse demasiado.
—Gracias por traerlo. Seguro que Jack, esté donde esté, está orgulloso de vuestro trabajo.
Recuerdan aquella noche de luna llena en la que usaron el espejo por primera vez, como si fuera ayer.
—¿Qué cojones hacemos ahora, Sam?
Dean se lo preguntó aterrado porque estaba midiendo el tiempo en segundos y a partir de entonces tenía que medirlo en días, meses, ¡años!, mientras se envolvía el corte de la mano con un trozo que había arrancado de la sábana.
Sam tapó el espejo a toda prisa, con el miedo aún pegado a la piel, por si todo lo que había encerrado en él podía escapar de dentro.
Aunque hubiera existido alguna forma de destruir el maldito espejo, no podían hacerlo. Los demonios y todas las almas condenadas hubieran salido a tropel y el caos contra el que habían luchado durante toda su vida se hubiera desatado en menos de un pestañeo.
—Los cazaremos a todos, Dean. Hasta que no quede ningún demonio en la tierra ni el Infierno.
A Sam se le ocurrió de repente. Esperaba que Dean se burlara de su plan. Esperaba que le soltara un estoy hasta las pelotas de que me robes las frases épicas. Esperaba que no parase de resoplar hasta el Impala. Esperaba cualquier cosa, menos que cerrara el trato que le había propuesto como se cierran todos los tratos en los cruces de caminos. Con un beso de esos que derriten las rodillas y hacen temblar hasta las puertas del Infierno.
—Aún no me has hablado de ese tal Orfeo, pero que se joda él y su novia y todas esas parejas de mierda que terminaron muertas. Yo no pienso morirme nunca, ¿te apuntas, Sammy?
—Entonces tenemos otro problema del que encargarnos.
Cuando Sam dijo eso, Dean levantó las cejas y esperó cualquier mierda filosófica.
—Si no tienes previsto morirte, ¿se te ocurre cómo puedo ser inmortal sin que me muerda un vampiro? Porque no pienso dejarte, Dean. Te lo dije, no te vas a librar de mí.
Un trato es más que una promesa. Un trato es un juramento.
Siguen juntos. Siguen vivos. Haciendo ruido. No necesitan sonar perfectos, sólo seguir sonando. Y mejor si lo hacen al unísono.
***
—El día que la palme…
Dean lo empieza a decir mientras se sube al coche. Le da hasta pereza pensarlo porque le sigue poniendo a mil que Sam aún jadee Dean, perfecto, Deeaanperfectoes,eresperfecto, después de 17 putos años agarrándole del pelo, aunque Sam ya tiene alguna cana.
—¿Sabes que si te arranco una te salen siete más, Sammy?
También le sigue llamando Sammy, como si le hubiera dado la vuelta a su edad y su hermano tuviera 14 en vez de 41. El afecto con el que siempre lo pronuncia hace que se le marquen un poquito las arrugas de la cara, o líneas de expresión, como Sam le ha enseñado a llamarlas.
—Me dan igual las canas, Dean. Mientras sepa que no me odias. Mientras sepas que no te odio.
17 años y aún les cuesta decir “te quiero”.
Los años dan eso. Más canas, más arrugas.
Y un montón de cafés con corazones en la espuma.
—No puedes morirte, Dean. Entonces, ¿quién me va a traer café los domingos? ¿Macallan VI?
Eso es una dinastía gatuna muy larga. Dean nunca ha hecho planes a tan largo plazo.
Sam suena enfurruñado. Y asquerosamente romántico. Aunque no tanto como cuando Dean le propuso ir a Dallas para desenterrar a Bonnie del Crown Hill Memorial Park y enterrarla en el Western Heights, junto a Clyde. Casi se le escapó un ohhh cuando su hermano dijo llevan separados desde 1934 por sus putas familias, como si fueran los Capuleto y los otros gilipollas. Tenemos que solucionarlo, Sammy.
Dean suspira. Piensa en cómo sonar menos drástico.
—El día que la palme, hipotéticamente, claro —retoma la frase—, no pongas Amazing grace en mi funeral. O te juro que vuelvo para cambiar la música y darte un puñetazo.
—Pienso poner My heart will go on.
Sam lo dice sólo porque Dean amenaza con volver de entre los muertos. Y porque le gusta Céline Dion.
—Ni de coña, Sam.
Dean abre la guantera, se pone las dichosas gafas que ahora necesita para conducir. Las usa sólo porque a Sam le sigue poniendo muy cachondo cualquier cosa que se coloque en la cabeza.
—Vale. Pues Rihanna. A veces tarareas Umbrella en la ducha.
—¡Porque es muy pegadiza! Además, esa tía está buenísima.
Dean intenta justificarse sin mucho éxito. Dice lo de Rihanna por la misma razón que sigue coqueteando con cualquier cosa con tetas, porque le gusta gustar, porque le hace sentir que aún no está fuera del mercado como un filete caducado, porque Sam se sigue poniendo celoso y le parece tan sumamente adorable que le dan ganas de plantarle un beso en la frente.
—When the sun shine, we'll shine together. Told you I'll be here forever, said I'll always be your brother. Took an oath, I'm a stick it out 'till the end.
Sam canta como para dejar sin existencias a todas las fábricas de paraguas. Y encima se toma la licencia de cambiar la letra de una estrofa, como si fuera un puto compositor y supiera lo que hace. Pero ya le dijo que no sabe cantar ni tocar ningún instrumento. Sin embargo, sigue teniendo buen oído.
Y Dean ha aprendido a escuchar diabólicamente afinado lo que para el resto suena desarmonizado.
—Como sigas cantando me vas a enterrar antes de tiempo, capullo.
Dean enciende la música y pisa el acelerador. Lo último que quiere es discutir con el único tío al que tiene ganas de besar hasta que la Muerte se muera y los deje tranquilos.
Carry on wayward son de Kansas empieza a retumbar en el Impala.
Carry on, my wayward son.
There'll be peace when you are done.
Lay your weary head to rest.
Don't you cry no more.
A veces el universo no sólo tiene un sentido del humor sencillo y llevadero, sino que también sabe elegir la banda sonora perfecta.
Se miran durante un segundo. Esta vez no por accidente. No dicen nada.
Ni falta que hace.
Sólo son dos idiotas descarriados a los que les ha dejado de importar una mierda admitir lo jodidamente enamorados que están.
***
Notas:
Si alguien ha llegado hasta aquí, se merece una medalla por sobrevivir a mi amor por los cliffhangers y los giros finales.
Podéis dejarme comentarios, críticas o, si preferís la vía rápida, amenazas. Amenazas constructivas, claro. Estoy más que dispuesta a leer todo lo que se os ocurra.
Escribir este fic ha sido un viaje increíble. Hubo momentos de atasco, no os voy a engañar. Y otros en los que el Impala iba tan rápido que era imposible no marearme en alguna curva. Ha sido como todos los viajes. Reales. Auténticos. Aunque nazcan de nuestra imaginación.
Y estoy muy, pero que MUY FELIZ y me siento muy afortunada de que mi amiga María haya sido la encargada de leerlo y revisarlo antes de publicarlo. Gracias, Mari. ❤️
Espero que hayáis disfrutado de esta historia. Si al menos os ha entretenido y no os he hecho perder eso de lo que todos, como Dean, andamos tan justos, considero la misión más que cumplida. ❤️❤️❤️
Gracias por poner la música a tope y mantener el Impala siempre en marcha.
¡Ah! Y una cosita. Podéis probar el truco de magia en casa con una moneda y un vaso, es totalmente inocuo. Eso sí, el ritual en latín me lo he inventado, pero yo, por si acaso, no lo pronunciaría delante de un espejo. 😅