lunes, 31 de marzo de 2025

Carry on my wayward son (fanart)

Fanart realizado con técnica mixta y diseño asistido por ordenador. Formato original 24x24 cm (300ppp). 

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Esta vez os comparto un fanart un poco diferente a lo habitual. Espero que os resulte original.
Como podéis ver, el propio texto de la canción da forma a la imagen. Y, por supuesto, la canción que inmediatamente te transporta a SPN es Carry on wayward son de Kansas.

Podéis verlo a mayor calidad en AO3. Pinchando aquí.

¡Espero que os guste! ❤️

viernes, 28 de marzo de 2025

Refugio (fanart)

Fanart realizado con acrílico sobre papel de 160gr. Formato original 21x26 cm.

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¡Estoy muy emocionada por compartir mi segundo fanart de Sam y Dean!
Espero haber capturado el parecido físico de los personajes y transmitiros esa conexión tan especial que tienen.
Utilicé tonos ocres, sienas y tierras -¡me chiflan!- para darle calidez a la obra.

Podéis verlo a mayor calidad en AO3. Pinchando aquí.

Deseo de todo corazón que lo disfrutéis y estaré encantada de leer y contestar vuestros comentarios. ❤️

lunes, 24 de marzo de 2025

Algo pendiente

Este fic me quedó un poco como todas las cosas blandas del mundo, pero escribir sobre un Sam borracho y un Dean tierno me vuelve loca.

Podéis leer este fanfic -capítulo único- también en AO3, justo aquí.

Espero que os guste y que os deje una sensación cálida en el pecho como la que me dejó a mí. ❤️


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Clasificación: Público adolescente y superior
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester

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Algo pendiente
Fatima_O

Sumario:
El motel Lucky Star no tiene ni una sola estrella. Ellos tampoco tienen demasiada suerte al llegar a él de madrugada.
Pero algunas cosas no se pueden quedar pendientes.


Fanfic situado en algún momento de la temporada 4.

ALGO PENDIENTE


 

El motel Lucky Star no tiene ni una sola estrella. Ellos tampoco tienen demasiada suerte al llegar a él de madrugada. Es simplemente un motel más en la carretera, a tiro de piedra del bar en el que acaban de dejarse medio hígado y de paso al siguiente pueblo.

El neón del cartel parpadea, como si estuviera pidiendo auxilio, y tiñe la habitación de un rojo sucio que convierte el papel pintado en la costra de una herida mal curada.

Dean se apoya contra el marco de la puerta y mira a Sam, tirado en la cama, todo brazos y piernas interminables, y tiene una sonrisa floja que parece que le va a partir la cara en dos. El muy capullo está borracho. Tan borracho que, probablemente, está viendo doble. Y eso significa que su cerebro está trabajando al doble de velocidad para compensarlo.

Sam quiere decir tenemos que hablar de algo muy importante, pero termina diciendo Deeeeean, escucha, escucha y algo pastoso y arrastrado detrás que suena como si todas las palabras estuvieran naufragando en un mar de cerveza después de chocar unas con otras.

Dean conoce ese tono. Ese tono que le obliga a cruzarse de brazos, suspirar profundamente y sacar a relucir su mirada de hermano mayor. Ese tono que siempre le hace querer ahogarse en whisky.

—¿Sabes qué es importante, Sammy? Que mañana vas a tener una resaca que hará que el Apocalipsis parezca un día de picnic.

Sam se ríe y es tan ridículo que Dean casi puede ver las burbujas de cerveza saliendo de su risa. Le dice un Dean,ven’quí y hace un gesto que pretende ser seductor, pero parece más un calambre a cámara lenta. Tiene los ojos vidriosos y ni siquiera puede mantener la cabeza recta.

Dean, por supuesto, no va. Así que Sam intenta levantarse con la coordinación de una jirafa recién nacida. Sus piernas deciden que no están de acuerdo con el plan y vuelve a desplomarse sobre el colchón, soltando una risita con hipo incluido.

Dean bufa y mira al techo. Porque los techos de los moteles cutres siempre están apuntalados de paciencia.

—¡Es-toy bien! —grita Sam e intenta enfocar a uno de los tres Dean que está viendo— Un poco desorientado espacialmente.

Y especialmente también. Dean se sorprende de que pueda usar dos palabras tan largas como desorientado espacialmente sin trabarse.

Sam logra ponerse de pie al tercer intento. Se acerca a Dean con paso tambaleante, como si la gravedad fuera un concepto opcional en su universo.

—Esto es... mu’serio. Y muuuu’importante, Deepn.

Dean sonríe al escuchar algo parecido a su nombre con hipo. No quiere sujetarle, pero, si no lo hace, su hermano va a acabar midiendo el suelo con la cara y la cama está demasiado lejos para que aterrice en algo relativamente blando.

Sam tiene un brillo peligroso en la mirada y huele a cerveza barata. Huele a esa colonia espantosa de gasolinera que insiste en usar. Huele a ideas descabelladas, a noches sin dormir, a carreteras polvorientas y a la chispa de algo que está a medio acorde de la destrucción para explotar.

—Tenemos algo pendiente, Dean.

Dean levanta una ceja y suelta un ¿Ah, sí? ¿Y qué coño tenemos pendiente, genio?, mientras intenta que la sonrisa no le derrape por el afecto. 

La respuesta de Sam no viene en forma de palabras. Agarra la cara de Dean y estrella los labios contra los de su hermano, mientras pierde el equilibrio.

El beso es un desastre glorioso. Todo dientes que chocan y entusiasmo mal dirigido.

A Dean, el beso le sabe a barra de bar y a las patatas fritas que Sam se comió de camino, mientras le recitaba a mordiscos Fuego y Hielo de Robert Frost y él se burlaba porque, de todos los libros de la biblioteca, su hermano había robado el menos útil para exorcizar a un demonio.

 

Algunos dicen que el mundo acabará en fuego. Otros dicen que en hielo.

 

Para colmo, Sam hace unos ruiditos al besarle que casi hacen que Dean muera de vergüenza ajena.

Es, objetivamente, el peor beso de toda la historia.

Pero Dean le corresponde porque hay algo entrañablemente Sammy en la forma en que su hermano le besa. Torpe y decidido y completamente seguro de que está haciendo lo correcto. Le besa como si fuera la cosa más increíblemente valiente de todas las cosas que ha hecho y también como si no tuviera ni puta idea de lo que está haciendo. Sus labios son suaves a pesar de la torpeza y logra encontrar un ritmo decente cuando mueve la lengua. Y cuando Sam inclina la cabeza -probablemente por accidente-, el beso se vuelve sorprendentemente dulce y delicado, como todas las cosas que son susceptibles de romperse si no se tratan con cuidado.

Sam se separa un poco y tiene esa sonrisa de oreja a oreja que suele reservarse para cuando resuelve un caso particularmente difícil. Parece orgulloso de sí mismo, como si besar a Dean fuera un puzzle que por fin ha conseguido completar, aunque haya encajado las piezas a martillazos.

—Te das cuenta de que acabas de besarme como si fueras un adolescente en su primer baile de graduación, ¿verdad?

Dean se ríe tanto que le duelen las costillas y murmura algo así como este idiota, mientras esquiva una mesa coja y una silla que parece haber sobrevivido a todas las guerras del mundo. Conduce a Sam hacia una de las dos camas, la que le pilla más cerca porque su hermano pesa como tres toneladas de adorabilidad suprema y camina como si estuviera jugando a eso de el suelo es lava.

Sam arruga el ceño, o lo intenta. Dice un ¡Eh! que se oye en mayúsculas y luego arrastra un ha sido un beso totalmente maduro, profesional y toudoesooo, mientras intenta apuntar acusadoramente a Dean y acaba señalando a la lámpara.

—Prefiero tus planes suicidas habituales, Sammy.

Sam se desploma en la cama como un castillo de naipes en medio de un huracán. Murmura un pues no te has quejado, con aire triunfal, mientras tira del brazo de Dean como si tuviera de nuevo tres años.

—Claro que no me he quejado, imbécil —Dean se tumba a su lado y le revuelve el pelo, porque algunas costumbres nunca mueren—. Sólo trataba de no ahogarme en mi propia risa mientras me atacaba tu lengua.

Sam le mira con esos ojos de cachorro que deberían ser ilegales en alguien de su tamaño y Dean siente que algo se le remueve en el pecho. Porque, joder, si su Sammy, con el pelo revuelto y esa sonrisa de borracho feliz, no es la única persona en el mundo a la que quiere besar hasta quitarle a besos la borrachera, que los perros del Infierno se lo lleven de vuelta.

—¡Mi lengua está perfectamente entrenada! ¡Tengo un máster en lingüística!

Y otro máster en hacer que Dean sienta su corazón pequeño para acoger un amor tan enorme cuando Sam le rodea con el brazo y se acurruca junto a él en la cama, como si fuera un peluche relleno de suavidad infinita, algodón de azúcar y todas las cosas blandas del mundo.

—¿Podemos repetirlo cuando el mundo deje de dar vueltas, Dean?

Hay algo tan vulnerable en su voz que Dean siente el impulso de protegerle de todo, incluso de su propia resaca. Después se toca los labios, donde todavía puede sentir el eco del beso de Sam. Le gustaría conservar esa sensación, plastificarse los labios para que ese beso nunca se borrara.

La luz del neón pinta sombras rojas en las mejillas de su hermano, que lucha contra el sueño como un niño testarudo. Por un momento, todo parece irreal, pero perfectamente correcto y girando en el mismo sentido. Porque el motel Lucky Star no tiene ni una sola estrella, pero ellos sí tienen suerte de estar en él de madrugada.

—Podemos repetirlo cuando quieras y todas las veces que quieras, Sammy —la voz le sale como un verso de Robert Frost, mientras cubre a Sam con la manta—. No quiero que tengamos nada pendiente.

Algunas cosas pendientes valen la espera. Los dos lo saben mientras se quedan dormidos.

Algunos dicen que el mundo acabará en fuego. Otros dicen que en hielo. A Dean le importa una mierda. Si tuviera que morir de nuevo, lo haría en paz. Llevando la huella de un beso en los labios que permanecerá incluso hasta el fin de los tiempos.

viernes, 21 de marzo de 2025

Capítulo 4: Oklahoma (I walk the blurry line)

Este es el cuarto y último capítulo de I walk the blurry line.
Un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -4 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Marisol (personaje original)

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I walk the blurry line
Fatima_O

Sumario:
Productos de higiene femenina en la balda de arriba. Condones y lubricantes en la parte de abajo.
Dean quiere pillar el lubricante porque anoche costó bastante y tuvo que sacar paciencia y saliva donde sólo había prisa y su polla y el culo de Sam en pompa. Pero Sam le dijo no tenemos por qué hablarlo, ni repetirlo y esa contradicción lo está llevando al borde del colapso. Agarra, sin pensarlo, un paquete de compresas de absorción ultra con alas y una caja de tampones de flujo medio con aplicador.

4 - OKLAHOMA


 

La gente que va de filósofa o está completamente fumada dice cosas como que los árboles no te impidan ver el bosque, o mierdas así de Mindfulness. Y Dean no hace más que chocar con árboles frondosos y oscuros esa mañana, antes de entrar con Sam al súper donde trabaja Marisol.

Cabreo. Un árbol. Silencio. Otro árbol. Remordimientos. Otro más. Cobardía. Un árbol centenario. Empalmado cada vez que mira a Sam. Una hilera de árboles que se extiende desde una costa a otra.

Está enfadado, empalmado y pensando en Sam y en su cuello y en su forma de gemir y en su sabor y en el olor persistente a pino del baño del bar. Y si olía a pino es otro árbol.

 

Genial.

El árbol del insomnio aún le da sombra cuando tropieza con la chica de cartón que anuncia manzanas a la entrada del súper. En vez de saludarla, le pega un puntapié. Porque si tiene manzanas es otro puto árbol.

Lo que más le jode es que Sam parece que está en una llanura, con todos los malditos árboles talados.

 

—Dean.

Sam suspira, mientras su hermano echa un cepillo de dientes al carrito. 

—¿Qué? He perdido mi cepillo y no me dejas usar el tuyo.

Sam suspira de nuevo antes de contestar.

Dos suspiros seguidos a Dean le dan qué pensar. Lo mismo Sam sí que tiene su propia serie de árboles tras esa llanura de paz y tranquilidad.

—Porque usar el mismo cepillo de dientes es asqueroso, Dean.

 

¡Hostias, Sam! ¿Asqueroso? Nos hemos cosido heridas que harían desmayarse a enfermeras veteranas, nos hemos revolcado por el barro persiguiendo a un hombre-lobo, hemos visto como un cambiaformas mudaba la piel frente a nosotros, ¡nos hemos besado como si estuviéramos haciéndonos una transfusión de saliva! y, ¿ahora te pones en plan escrupuloso y no quieres compartir tu cepillo de dientes conmigo?

A Dean le hierve la sangre. Fingir que todo está bien se le está haciendo bola. Cada vez que mira a su alrededor, el mundo pierde tres tonos su color.

Sam tiene que frenar en seco el carro porque Dean se queda clavado en mitad del pasillo contiguo al de higiene bucal, como si un nahual le hubiera paralizado con su mirada.

Productos de higiene femenina en la balda de arriba. Condones y lubricantes en la parte de abajo.

Dean quiere pillar el lubricante porque anoche costó bastante y tuvo que sacar paciencia y saliva donde sólo había prisa y su polla y el culo de Sam en pompa. Pero Sam le dijo no tenemos por qué hablarlo, ni repetirlo y esa contradicción lo está llevando al borde del colapso. Agarra, sin pensarlo, un paquete de compresas de absorción ultra con alas y una caja de tampones de flujo medio con aplicador.

Sam le mira como si le hubiera dado un ictus y se pregunta cómo y dónde piensa usar -ponerse, meterse- todo eso. Pero prefiere no decirle nada. Se guarda un bote de lubricante bajo la camiseta, sujeto a la cinturilla del vaquero, mientras el reponedor está entretenido, colocando champús a sus espaldas. Rueda el carro por el súper y va dejando las compresas en la sección de congelados y los tampones abandonados junto a los productos de limpieza. Al reponedor no le va a faltar trabajo esa mañana.

A ver si con un poco de suerte Marisol vuelve del descanso y no tienen que dar más vueltas porque está harto de sacar todo tipo de mierdas del carro.

—Estamos aquí para investigar, no para alimentar tu metabolismo adolescente.

Sam le lanza una queja y mira el carro como si le estuviera ordenando que lo vacíe. Dean lo que lanza es el tercer tubo de Pringles al carro, como si fuera una canasta.

—Normal que no tengas hambre. No fui yo el que se comió una hamburguesa doble con bacon y extra de queso antes de volver al motel.

Dean se lo reprocha y no pierde la oportunidad de añadir una caja de galletas Oreo a la ya abultada montaña de snacks que se alza bajo los cimientos de latas de cerveza.

—No. Te comiste dos —Sam gruñe, mientras arruga el ceño—. Coge fruta o algo más sano, Dean. Si sigues metiendo porquerías en el carro, cuando lleguemos a caja vamos a parecer un par de críos que van a una fiesta de cumpleaños.

¿Fruta? Ni de coña. Las frutas vienen de los árboles y Dean ya tiene bastantes plantados en el paisaje.

—No estamos para causarle buena impresión a Marisol, mister Tengo Todo Bajo Control, doctorado en La Fruta Es Comida. Somos un par de cazadores que no tienen ni puta idea de cómo hacer que deje de controlar mentes. ¿Te recuerdo lo que pasó anoche?

Dean no puede evitarlo. Es un árbol enorme, con las ramas demasiado bajas y las raíces demasiado profundas para esquivarlo. Se está estampando contra él desde anoche.

—Lo recuerdo lo suficientemente bien para ser algo de lo que no hablamos, Dean.

Sam quiere cambiar de tema como cambian las estaciones del año. Que los árboles empiecen a perder sus hojas cuando el verano se arrastra sediento y agonizante hacia el otoño.

—Fuiste tú el que propuso que no teníamos por qué hablarlo, Sam.

—¿Y es que quieres hablarlo?

No. Dean no quiere hablarlo. Quiere repetirlo. Pero no sabe cómo decírselo.

—No quiero que te sientas presionado, Dean.

—Presionado, ¿eh?

Dean aprieta la sonrisa. Nunca va a admitir que se siente lo suficientemente presionado. Es un Winchester. Los Winchester son como trozos de carbón antes de convertirse en diamantes, aguantan una presión extraordinaria.

Antes de que Sam siga presionando con su carita de cachorro abandonado, Dean echa una bolsa de malvaviscos al carrito. A nadie le amarga un dulce.

Después de pensarlo mejor, echa dos. Sam está muy amargado. Debe tener más árboles que él tras esa llanura de mierda en la que se empeña en dar paseos.

Justo cuando Sam está a punto de empezar a vaciar el carro por enésima vez, ve a Marisol en una de las tres cajas que están abiertas. Ella sonríe a un cliente al que parece que le va a hacer comprar un montón de cosas que están en oferta en la línea de caja, y sin necesidad de manipular su mente como se siga desabrochando botones del escote.

—Ahí está —Sam se detiene en seco y le da a Dean un par de manotazos en el brazo, como si fuera justo ahí donde tiene los ojos para que los abra—. ¿Notas algo raro esta vez?

Dean se encoge de hombros y se apoya en el carrito. Si Sam se refiere a que si tiene ganas de besarle, pues sí, muchas, tantas que no le caben en el supermercado. Pero esas ganas ya las traía de Oklahoma, desde hace muchos años.

—Al margen de que se ve ridículamente buena con ese uniforme, no. Nada.

Sam frunce el ceño por su comentario. Ese árbol Dean no lo ve venir, pero juraría que tiene la palabra celos tallada en su tronco.

 

¡Qué mono! Tal vez debería poner un cartel con una advertencia en ese árbol. “Cuidado. Celo-saurio Rex suelto”.

—Mi vista es de acceso público, como este súper, Sammy —Dean chasca la lengua y sonríe, mientras avanzan hacia la fila—. Oye, lo de anoche...

Dean empieza a murmurar tan bajito que no lo oirían ni los murciélagos. De pronto, sus palabras suenan dulzonas en la sección de conservas.

—Ya imagino que no sólo fue cosa de Marisol, también influyó el alcohol.

A Sam se le caen las excusas a la misma velocidad que va sacando cosas del carro antes de que lleguen a caja.

—Tú ni siquiera bebiste, hombre.

—Sí. Bebí. Mucho. Dean.

Se le han caído tantas excusas para Dean que se ha quedado sin reservas para él y hasta empieza a hablar como los indios.

—¿Dos cervezas es mucho para un tío que mide como un rascacielos?

—Fue culpa de ella. Ya está —Sam levanta las manos, defensivo.

Dean sonríe de medio lado con una inquietud mal calibrada.

Cuando llegan a la caja, Marisol se sorprende, no tanto de verlos como de que estén enteros.

—¿Todo bien anoche, chicos?

Marisol lo pregunta con verdadera preocupación. Le parece un milagro que escaparan de la pelea sin un sólo rasguño después de ver cómo quedó su novio.

Físicamente están bien. Emocionalmente, sin embargo.

Sam traga saliva con dificultad. Dean se apoya en el mostrador, como si fuera a pedirle su número de teléfono después de todo.

—Todo perfecto, guapa.

Dean le guiña un ojo, mientras ella pasa la tarjeta de crédito -falsa, por supuesto- por caja y Sam mete en bolsas todas las porquerías que han comprado.

 

Sam no puede mantener la boca cerrada ni dos segundos desde que suena el gracias por su compra cuando cruzan las puertas automáticas.

—¿En serio? ¿Todo perfecto?

—¿Acaso no lo estuvo, Sam? —a Dean le indigna su pregunta, la duda ofende—. Hasta los ojos te rodaron hacia atrás cuando me la metí en la boca. Parecías una jodida tragaperras a punto de soltarlo todo en cuanto agité la palanca. ¡Y premio!

Dean va tan cargado que tiene que dejar unas bolsas en el suelo para poder abrir el Impala y meter el botín en el maletero. Ni se molesta en dedicarle una mirada a Sam, seguro que está más rojo que las manzanas que anuncia la chica de cartón. 

—Fue bastante… intenso.

Sam tiene la cara ardiendo. Necesita aire fresco, pero todo lo que recibe es una bofetada del desierto.

Dean pone su mejor cara de no-me-digas y le da un empujoncito en el hombro, mientras guarda la última bolsa.

—Sólo para aclararme, ¿has dicho intenso incesto, Sam? —Dean se lo pregunta como el que pregunta si quiere azúcar o sacarina en el café, mientras baja la puerta del maletero.

Va a tener que subirla otra vez para colocarlo todo algo mejor. La puerta no cierra con las estacas atravesadas. Además, uno de los fusiles de asalto parece negociar con los Twinkies para liberar rehenes, mientras los Goldfish están asustados y una bolsa de Cheetos Flamin' Hot ha logrado escabullirse al refugiarse tras las cervezas.   

—He dicho lo primero, pero lo segundo también fue —Sam carraspea, incómodo.

—Es —le corrige Dean, cortante, como si pagara por palabras en un telegrama.

—¿Es qué, Dean?

—Es incesto, Sam. No digas fue. No es pasado.

Y está claro que no va a dejarlo pasar.

Se acerca a Sam con esa mirada que siempre le desconcierta. Le arrincona contra el maletero, pero de manera tan sutil que parece idea de su hermano. El roce de su respiración calienta el aire con una ternura que le presiona hasta el pecho. Esquiva su nariz, elude cualquier pausa y le besa. Le besa con todo lo que le faltó anoche. Lento, suave, con calma, sin prisa. Acaricia su lengua, se hace un hueco entre sus dientes, aprisiona sus labios, mientras enreda los dedos en su pelo, igual que los recuerdos de la noche anterior se le están enredando en la cabeza.

—¿Marisol te está obligando a hacer esto? —Sam lo pregunta con miedo, sin estar seguro de querer escuchar un sí cuando Dean se retira.

—¿Te sentirías mejor si así fuera? —Dean le devuelve la pregunta, mientras se encoge de hombros y le mira como un niño que espera una regañina— Me declaro culpable, señoría.

Algo en el tono de Dean, en la forma en que pronuncia culpable, golpea a Sam en el pecho.

—No me demandes por usar a una controladora de mentes como excusa para follar contigo. Te advierto que voy armado y que mi hermano es casi abogado. Aunque, si te sirve de consuelo, me dijo que le gusta más cuando soy yo el que le defiende.

Se tenía que decir y lo ha dicho. A tomar por culo las paredes, los árboles y toda la mierda que ha puesto entre ellos durante toda su vida. Está harto de tratar a Sam como si fuera la chica de cartón de las manzanas. Y más harto todavía de librar un cinco contra uno en la ducha pensando en él, calentándose sólo con imágenes que no puede tocar y el puto vapor del agua.

—Espera, ¿q-u-é?

—Intenté decírtelo anoche, Sam. También lo he intentado hace un rato, pero no paras con tu maldito bla, bla, bla. Te hice una mamada como si fuera una puta aspiradora de última felageneración, pero tú no me dejas usar tu cepillo de dientes porque te parece ASQUERO…

Sam le corta en seco con un lo siento. Suena a disculpa porque es una disculpa -una muy sincera-, pero le ha hecho gracia lo de felageneración. Cuando intenta contener la risa, el gesto le queda como si hubiera metido la cara en una lavadora.

—Son demasiados árboles para ver el puto bosque, Sam, y no sé si quieres, ya sabes, o prefieres…

Dean se muerde la lengua, como si las palabras le mordieran a él porque no llevan bozal. Se siente demasiado vulnerable, desarmado. No cree que le esté dando a elegir entre nada, sino entregándoselo todo.

Antes de que Dean le siga gritando las mismas cosas que le están gritando por dentro, Sam le besa justo ahí. Al lado de su oreja. En esa extensión diminuta de su piel que ambos han dejado que demasiadas bocas pisoteen.

—Oklahoma.

Dean susurra Oklahoma como si fuera un santuario y Sam se estremece al escuchar el nombre de ese lugar que parece quedar en otro planeta y pertenecer a un pasado muy lejano, cuando algunas estrellas que aún brillan en el cielo no habían muerto. Dean no estaba tan dormido aquella mañana y, para sorpresa de Sam, lo recuerda. Nunca lo ha olvidado.

—¿Esto es por mí, tigre?

Dean sonríe, orgulloso, al notar que la bragueta de Sam está dura como una piedra. Le da una palmada en la espalda porque no puede dársela a sí mismo. En verdad, considera que el mérito de su erección es más suyo que de Sam.

Juraría que anoche su hermano estaba todo lo empalmado que puede estar un tío y, aunque la tiene de un tamaño considerable -y no, no va a reconocer que va a proporción con él y que es ligeramente más grande que la suya- le entró entera en la boca. Pero lo de ahora le resulta descomunal.

—Esto —Sam se saca del vaquero el lubricante que ha robado en el súper, mientras una mezcla entre decepción y alivio se materializa en la cara de Dean— no es por ti, es para ti. Para nosotros. Creo que te has quedado con ganas de echarlo al carro, antes de que te bajara la regla.

—Mira, te voy a ahorrar la paliza que te mereces por decirme eso porque, por primera vez, mangas algo que no tiene hojas o no es comida para pájaros, como esas mierdas de avena, quinoa y, ¿cómo se llama lo otro? ¿Alpiste gourmet? Y sí, quería el lubricante, pero no sabía si tú querías porque me dijiste que no tenemos por qué hablarlo, ni repetirlo. Y lo de hablarlo me la sopla, pero lo de repet...

—Ahora eres tú el que está bla, bla, bla.

Sam le interrumpe, guardándose la educación en los bolsillos junto al lubricante, porque si Dean sigue soltando semejante perogrullada, va a tener su edad cuando termine.

—Cállate y bésame de una maldita vez, Dean.

 

Dean se calla y le besa. Y así termina esta historia y empieza otra. La historia que de verdad importa.


Notas:
Si has llegado hasta aquí, ¡gracias por leer y por regalarme un poquito de tu tiempo! ❤️
Y si te animas a dejar un comentario, sería como tomar tequila en buena compañía, ¡me harías muy feliz! Así que, ¡brindemos por eso! 🥂

Capítulo 3: Tres problemas (I walk the blurry line)

Este es el tercer capítulo de I walk the blurry line.
Iré subiendo un capítulo en cada entrada.
Podéis leer el fic completo -4 capítulos- también en AO3, justo aquí.

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Clasificación: Explícito
Categoría: M/M (Hombre/Hombre)
Fandom: Supernatural (Serie de TV, 2005)
Relaciones: Dean Winchester/Sam Winchester | Dean Winchester & Sam Winchester
Personajes: Dean Winchester, Sam Winchester, Marisol (personaje original)

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I walk the blurry line
Fatima_O

Sumario:
—Ahora, con los brazos entrelazados, bebed los chupitos.
Marisol lo ordena con tanta energía que los dos podrían jurar que todo el bar aguarda expectante el último paso. Después, coloca entre sus bocas una rodaja de limón y, mientras la distancia se acorta entre ellos, la tensión se estira como un chicle.

3 - TRES PROBLEMAS


 

Si Marisol está controlando sus mentes, Dean no está notando nada. La chica los anima, eso sí, y parece disfrutar de la situación.

Dean se inclina hacia Sam para lamer su cuello. Le retira el pelo suavemente, como si quisiera espantar el fantasma de Jessica, que aún parece susurrarle promesas muertas al oído. Lo hace con el mismo cuidado con el que uno quita puntos de sutura, sin querer reabrir esa herida mal curada. Apenas le roza el cuello con la punta de la lengua y siente cómo su hermano se estremece. Un chispazo eléctrico que viaja directo desde su lengua a su columna vertebral, como si hubiera tocado un cable pelado.

Puede que Dean haga algo más que empaparle con saliva. Puede que le muerda un poco. Puede que se deje llevar. Puede que las margaritas le empiecen a hacer efecto. Quizás, se quede pegado a él más tiempo del que requiere el juego, mientras mueve las manos por toda su espalda, como si fuera un patio de recreo.

Y no. Dean no se siente obligado a nada. Hasta olvida que Marisol -y más de medio bar- está mirándolos.

—Ahora, Sam, lames el cuello de Ben.

Si Marisol está controlando sus mentes, Sam no está notando nada. La obedece porque le apetece.

Se acerca a Dean. Torpe al principio. Como un adolescente en su primer beso. Odia admitirlo, pero tiene miedo. Miedo a las comparaciones que, como todo el mundo sabe, son odiosas. Miedo a no ser más que otra cara reemplazable entre todas las que han jadeado contra ese rincón entre la oreja y el hombro de su hermano.

Cada paso hacia Dean es un nudo en el estómago. Tropieza la lengua contra su cuello y le cuesta tres pulgadas deslizarla con algo más de confianza. Se sorprende al descubrir que su piel es muy suave, está muy caliente y sabe malditamente salada. No debería estar lamiéndole como si la lengua se le hubiera quedado pegada, pero le gusta. Y Dean no se queja. Así que no puede estar mal algo que le hace sentir bien y no molesta a nadie. Podría saltarse el paso de la sal y hasta el chupito. Lo único que quiere es seguir saboreándolo.

Sam oye un carraspeo. O, tal vez, se lo imagina. Así que se retira, avergonzado. Nota la cara ardiendo y la mirada de Dean clavada en él, aunque ni se atreve a levantar la vista para comprobarlo. A saber qué diablos es lo que está pensando de él.

Lo que piensa Dean es que, si alguna vez se lo contara a Bobby, tendría que hacerlo después de beberse más de medio bar. Porque eso de ¡Oh, Dios! Mi hermano me lamió el cuello en un bar, como si fuera un puto helado derretido, no suena como parte del trabajo.

—¡Perfecto! Ahora, la sal.

Marisol sonríe y espolvorea la sal sobre sus cuellos con la misma delicadeza que un chef sazona su plato estrella.

Los dos se ven obligados a acercarse para lamerse de nuevo.

Es lo más cerca que han estado el uno del otro, sin contar aquella vez, de paso por un motel de Oklahoma y en una edad extremadamente complicada en la que su padre iba de cacería en cacería, sin fijarse en que su hijo pequeño había dado un estirón como si quisiera tocar la luna. Sam aún recuerda la sensación de Dean dormido a su lado, su respiración, el calor de su cuerpo, sus pestañas, su olor dulzón a gasolina sin quemar. Aquella mañana, Sam le miró con un deseo silencioso y pensó que cualquier chica sería asquerosamente afortunada si Dean fuera lo último que viera al acostarse y lo primero al despertar. Nunca se atrevió a decirlo. Tampoco tenía a quién contárselo. Le dejó un beso furtivo cerca de la oreja, antes de que el día fuera una sucesión interminable del mismo día, en el que le viera sin que le viera, le hablara sin que le oyera y toda su amargura se ahogara dentro de él.

 

—Ahora, con los brazos entrelazados, bebed los chupitos.

Marisol lo ordena con tanta energía que los dos podrían jurar que todo el bar aguarda expectante el último paso. Después, coloca entre sus bocas una rodaja de limón y, mientras la distancia se acorta entre ellos, la tensión se estira como un chicle.

Y ocurre.

Ocurre que el limón desaparece.

Los limones hacen ese tipo de cosas en Nogales cuando Marisol se encarga de sostenerlos.

No es exactamente un beso, es un choque entre narices que boxean, mientras las bocas buscan un trozo de limón inexistente hasta que se dan cuenta de que están mordiéndose mutuamente los labios. Como una pelea entre hermanos, de esas que empiezan con ¿Dónde está mi cuchilla de afeitar? y el otro contesta yo no te la he cogido y terminan revolcándose por el suelo del motel a hostias. Algo así, pero con más saliva y más raro.

Sam se queda paralizado. Necesita que su cerebro procese más rápido lo que acaba de pasar de lo que su cuerpo puede reaccionar. Quiere hablar cuando se separan, pero pasan cinco segundos que se sienten como cinco apocalipsis zombie, hasta que alguien -que no es él- llena el aire de palabras.

—Oye, tío, ¿por qué no dejas en paz a mi chica y te largas con tu novio de aquí?

El tipo que le ladra a Dean es grande. Grande como para que, incluso Sam, le tuviera que saludar dos veces si pretendiera ser mínimamente cordial.

No es que no se hubieran fijado en él al entrar. Su sombra ocupa más de medio bar y casi pega con la cabeza en el techo. Pero, hasta hace unos minutos, el tipo parecía muy entretenido, jugando al billar. Bueno. Metiendo las bolas de billar en la garganta de alguien y partiendo el taco en la espalda de otro.

—¿No me has oído?

El grandullón insiste. Hasta su camiseta de Harley Davidson y los parches de su chaleco de motero parecen gritar.

—¿Tu chica? Lo siento, amigo, pero desde que abolieron la esclavitud la gente no es propiedad de nadie.

Cuando Sam le escucha decir eso, rueda los ojos tan fuerte que casi le dan la vuelta y puede ver a su cerebro calculando las formas de salir del bar sin que los conviertan en pulpa.

Necesitan huir. Huir ya. Antes de que esa cosa barbuda -grande y peludo como un oso y lo suficientemente cabreado como para que incluso Hulk le pidiera perdón por estornudar a su lado- empiece a destrozar cosas y a desmembrar cuerpos.

La salida principal -ignoran si existe otra- no está cerca. Si antes de pronunciar tal frase, Dean se hubiera dado cuenta de lo lejos que están de la puerta en vez de hacerse el Abraham Lincoln delante de Marisol, hubiera cerrado la puta boca. Porque tiene toda la pinta de que van a acabar como el presidente en el Ford's Theatre.

El tipo golpea el vaso sobre la barra, que resuena como un tambor de guerra. Aprieta los puños. Afloja las ideas. Y Marisol se va retirando lentamente del escenario para no convertirse en un daño colateral.

—Te sugiero que cuides tu maldita boca.

Se oye una amenaza a las espaldas de Dean. Procede de una voz distinta.

El grandullón tiene dos amigos -y tampoco son tamaño llavero-, que se levantan de una mesa cercana, listos para unirse a la fiesta.

Dean no se inmuta, pero a Sam no le salen los cálculos. Su hermano es más que capaz de manejar una pelea de bar, pero tres contra uno no son buenos números. Tendrá que participar.

—Eh, tíos, tranquilos —Sam carraspea, colocándose entre Dean y el grupo para intentar establecer una paz que nunca ha estado presente—. No queremos problemas, sólo estamos aquí tomando algo.

—Tú quédate fuera de esto, larguirucho.

El grandullón empuja el pecho de Sam con una mano.

Mala idea.

Malísima.

Peor que despertar a un espíritu vengativo en su propia casa.

—¿Acabas de tocar a mi hermano?

La voz de Dean suena como una bala silbando que corta el aire.

Y fin de la conversación.

Ese tipo está muerto, sólo que todavía no lo sabe.

No le da tiempo a responder antes de que Dean le suelte el primer puñetazo, directo a la mandíbula. Los otros dos simios no tardan en abalanzarse sobre Dean, mientras Sam no tiene más remedio que unirse a la pelea para quitárselos de encima.

El bar estalla en caos.

Los golpes vuelan por todas partes. Todo el local es un desfile de vasos rompiéndose, sillas cayendo y clientes huyendo despavoridos como si hubiera estallado la guerra. El dueño, un viejo que mide como media camarera y que, dicho sea de paso, siempre ha estado detrás de la barra aunque ninguno lo viera, carga dos cartuchos en la escopeta.

Sam está ocupado con uno de los amigos del tipo cuando siente un puñetazo en el estómago. Apenas lanza un quejido, pero responde rápidamente con un rodillazo a las pelotas, haciendo que se doble como un acordeón. Dean, por su parte, ya ha noqueado al tipo principal y se está encargando del segundo. Pero cada vez más gente se pone a repartir hostias.

Dean se suelta de un tío -que no tiene ni idea de dónde ha salido, pero sí dónde va a entrar- que le tiene agarrado por la camiseta. Le da una patada con tanta potencia que el tipo traspasa una silla de mimbre hasta transformarla en un váter. Directo al Valhalla. Sam también se libra de su atacante que, tras tumbar al del bigote, es el tatuado número dos al que se enfrenta.

La pelea se convierte en un torbellino de puños y cuerpos, como esos remolinos de polvo que salen en los dibujos animados.

A punto de lograr que el greñudo número tres se aficione a los purés hasta que encuentre a un dentista, el instinto de supervivencia de Sam se convierte en algo más que en seguir defendiéndose hasta que no quede nadie en pie. Aprovecha el caos desatado, agarra a su hermano por el brazo y tira de él hasta el baño. No es una salida, es más, ignora si tiene ventana al exterior por la que puedan colarse para escapar, pero es el escondite más cercano.

—¿Qué? ¿El baño?

Dean protesta y con razón. El baño es una ratonera sin escapatoria. Dos lavabos destartalados a un lado, un paredón de tres urinarios y una cabina de retrete enfrente, y al fondo un ventanuco en el que, tras años de contorsionismo, Sam únicamente podría sacar medio antebrazo.

Están atrapados en el baño. Pero en uno que está insólitamente limpio y huele a pino. Dean apostaría a que hay jabón líquido en ese cacharro de la pared y hasta papel higiénico en la cabina. Va a hacer la vista gorda con eso que parecen agujeros de bala en los azulejos rotos y medio caídos.

—Lo siento, Sam, pero no me he traído la perforadora para hacer un túnel en la pared. No me cabía en el bolsillo.

—No te preocupes. A mi navaja suiza también le falta ese extra.

Un clic sordo suena cuando Sam cierra la puerta, antes de que Dean estalle en carcajadas. Le resulta curioso que el peligro le arranque el humor a hostias.

—Vale, Sam. Tengo un plan.

Un plan de mierda.

Y no el mismo plan de Sam, que acaba de fijarse mejor a su alrededor y observa el baño casi con incredulidad. Es viejo y, si sus paredes pudieran hablar, necesitarían años de terapia para superar lo que han visto. Sin embargo, resulta sorprendente lo limpio que está.

—Echamos un vistazo afuera y,

Sam lo siente otra vez. Cada paso hacia Dean es un nudo en el estómago. Quiere besarle. Besarle hasta que se le rompa la lengua. Besarle con la intensidad de una tormenta. Besarle hasta que el mundo desaparezca. Besarle como nunca antes ha besado a nadie y borrar los recuerdos de todas las bocas que le han besado antes. Deshacerle la memoria con los labios.

—si vemos que siguen entretenidos en pegarse entre ellos,

El temor de no estar a la altura se le enreda en la garganta. Imagina a Dean riéndose, gastando alguna broma pesada, comparándolo con una, con otra, con todas, con ellas. Y el miedo le arde en el pecho, como sal en una herida abierta.

—aprovechamos para salir y…

Da igual. Quien no arriesga no gana. Y él no tiene nada que perder. Roza la boca de Dean como el que toca una valla electrificada. No es un beso firme. Ni elegante. Ni perfecto. Es torpe, temeroso, impreciso, descoordinado. Un tanteo que tiembla en la piel como el humo tiembla en el aire.

Dean se queda congelado. Duda si es Marisol quien está manipulando la mente de su hermano. Pero decide no hacerle esa pregunta. Prefiere no saber la respuesta. Le jodería si así fuera.

Está a punto de soltar un ¿Todavía sigues buscando la rodaja de limón, Sammy? o cualquier gilipollez humillante, pero por primera vez se calla.

—Me gusta cuando me defiendes, Dean.

Si esa frase no es idea de Marisol, a Dean le jode no haberse metido en una pelea antes. Antes. Quizá, aquella mañana en la que sintió los labios de Sam cerca de su oreja, antes de que el día fuera una sucesión interminable del mismo día. Aún le gusta colarse por esa grieta del tiempo, quedarse indefinidamente en ese recuerdo de Oklahoma, cerrar los ojos con fuerza y no abrirlos cuando una chica le besa justo ahí. Imaginar que es Sam el que sigue ocupando esa extensión diminuta de su piel.

—Siempre me defiendes, aunque nunca te he dicho cuánto, cuánto lo necesito.

Sí que tiene una necesidad, pero no precisamente la necesidad de que Dean le defienda.

—Tienes un problema, Sam.

La voz de Dean suena totalmente aplastada. Le mira y siente que tiene muchas cosas que decirle, pero poco aire y poco espacio y que todo lo importante se lo ha confesado en la forma en la que ha pronunciado su nombre.

—Ya. Que me pone mi hermano.

Es un secreto a voces. A Sam ya no le importa admitirlo ni que Dean se entere porque parece que le mira demasiado asustado y con la espalda muy pegada a la puerta, como si intentara atravesarla igual que lo hacen los espíritus.

Roza su nariz con la de Dean, mientras dibuja el contorno de sus labios con el pulgar. No parece que Dean ponga mucha resistencia o que le aparte la mano de un manotazo. Es una buena señal.

—Me he equivocado, tío. Con ese tienes tres problemas.

Dean siente esos dedos enormes alrededor de sus labios que no puede resistirse a lamer como un caramelo y la otra mano en su espalda, cada vez más empapada en sudor. Entreabre la boca, ansioso porque Sam empiece a retirar escombros de besos de otras bocas, capas y capas inservibles de caricias ajenas que han cubierto su cuerpo como telarañas, un montón de basura sexual con la que se ha alimentado para no morir de hambre.

—¿Tres?

Sam se lo pregunta con extrañeza y Dean le planta una mano en la bragueta. Siente cómo Sam late y palpita bajo el vaquero. Y deja la mano ahí, sin más, quieta. Espera una reacción, que Sam haga algo, lo que sea. Apartarle. Besarle. Gritarle. Exorcizar a los demonios que tiene enjaulados entre las costillas. Que se mueva porque hostias,Sam,hazalgoypronto. Porque quiere pasar de tener la mano fuera y quieta a dentro y moviéndose hasta que su hermano esté tan empalmado, mojado y caliente como lo está él.

—El tercero es que, si salimos de aquí enteros, mañana te va a costar sentarte, Sam.

Sam se queda congelado. Duda si es Marisol quien está manipulando la mente de su hermano. Pero decide no hacerle esa pregunta. Prefiere no saber la respuesta. Le jodería si así fuera.

Dean se engancha a sus labios y Sam, a sus intenciones. Cuanto más intenta Dean separarse, porque esto está mal, porque, mierda, eres mi hermano y, ¿por qué no puedo dejar de besarte, joder, si nadie me está obligando?, más y más resbalan las lenguas dentro y fuera de la boca y más saliva y más caliente y más obsceno y más salvaje es el beso.

Trastabillan hasta la cabina del retrete y cierran la puerta con una necesidad violenta. Dean le besa tan jodidamente ansioso que Sam no sabe en qué momento le agarra de la camiseta y lo empuja contra la puerta, como si toda distancia entre ellos fueran millas que se pliegan y se retuercen dentro de la cabina.

Se recorren a mordiscos y con las manos perdidas bajo la camiseta del otro, con una urgencia que no han sentido desde nunca. Sam se revuelve como un animal rabioso, con la boca cosida al cuello de Dean, tirando de él como si su vida dependiera de ello.

—Puedo darte un anticipo, Sammy.

Dean respira acelerado, como si quisiera ensanchar las paredes a fuerza de jadear. El sitio es claustrofóbico de cojones, pero le sobra espacio de lo pegado que quiere estar a él, sudado, caliente, duro, derretido como mantequilla con Sam y sobre Sam y dentro de Sam y en todas las posturas existentes y las que están a punto de inventar. Su nombre, Sam,Sammy,joder,Sam, le emborracha, le sabe a puro tequila. La adrenalina por la pelea aún corre por sus venas y siente los besos de Sam como fuego líquido en la boca. Todo gira y le da vueltas, mientras el ruido del bar al otro lado es un recuerdo etílico que late a ritmo de ZZ Top.

 

And I hear it's tight. Most every night. But now I might be mistaken. A-hmm, hmm, hmm, hmm.

 

Al mismo ritmo pegajoso que Dean quiere follárselo. Apretado. Estrecho. Esa noche. Y le importa una mierda estar equivocado con tal de lograr que Sam se retuerza de placer y gima un a-hmm, hmm, hmm, hmm que lleva años esperando.

Sam intenta hablar, pero sólo pronuncia un Dean, seco, súbito, caído como un ángel hasta el Infierno. El siguiente Dean suena como un susurro desesperado, exigiendo tantas cosas que, para poder dárselas, va a necesitar hacer un pacto con el Diablo.

Dean no espera más. Baja las manos por su cintura y le desabrocha los vaqueros sin que los dedos se le hagan mil nudos de ansiedad, mientras Sam se arquea hacia él.

A la mierda dónde están.

A la mierda la pelea de afuera.

A la mierda con que sea su hermano.

A la mierda si lo que está pasando es idea de Marisol.

A la mierda si está mal.

Sam suelta un gruñido con las manos hundidas en el pelo de Dean, que comienza a bajar la cabeza hasta su bragueta abierta, como la puerta de una casa que piensa reclamar como suya, con la calma del que se sabe el camino.

En menos de lo que Sam es capaz de asimilar, Dean está de rodillas frente a él y no espera invitación para entrar. Pronuncia un Dios,Dean,Dios, que choca contra las paredes de la cabina, como si fuera una blasfemia llamar a Dios por otro nombre cuando la parte de su cuerpo que más sangre bombea está dentro de la boca de su hermano, tan jodidamente caliente, carnosa y húmeda.

Sam gime desde algún lugar que queda a años luz de su garganta y echa la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que los pensamientos le rebotan al golpearse contra la puerta.

Dean se aferra a sus muslos, empujándolo más cerca, más adentro. Suave, mojado, caliente, delicado, resbaladizo. No sabe bien qué está haciendo porque no lo ha hecho nunca. Y porque el amor fraternal no incluye un apartado en el que se den instrucciones de cómo hacerle una buena mamada a tu hermano. Pero tantea, prueba, lame un rato, luego chupa, desde donde empieza hasta donde termina y continúa. Sam se deshace en jadeos y es un fuego que quema y a cada segundo a Dean le quema más y más adentro de la boca. Mira un momento hacia arriba y le ve, por primera vez le ve le oye y lo que se ahoga dentro de Sam no es amargura, sino un gemido en contrapicado que le recorre los labios y resbala por su yugular con las venas tensas y a punto de reventar.

Sam siente cómo todo el calor se le acumula entre las piernas, esa presión familiar que apenas puede contener cuando Dean acelera el ritmo y hace algo que ha aprendido sobre la marcha, variando presión y succión y mil cosas más con la boca. Se corre con una fuerza imparable, como si llevara siglos sin hacerlo, y no le da tiempo a avisarle. Tampoco es que Dean se lo haya pedido. Tiembla de pies a cabeza mientras termina, se sacude, amargo, espeso y caliente, dentro de la boca de su hermano y después agacha la cabeza para verle.

Dean se relame, como si no quisiera perder ni una sola gota del sabor de su orgasmo. Ni una arcada. Ni una queja. Ni un gruñido cuando se pone en pie en un espacio en el que no tiene ni idea de cómo ha entrado arrodillado.

No parece arrepentido. Ni ligeramente arrepentido. Más bien, parece liberado, aunque sigan enjaulados en el baño.

Sam murmura algo, un balbuceo, un bien que ni se entiende, antes de que Dean le bese como si su lengua también tuviera que correrse. No es hasta que siente los labios algo hinchados cuando se da cuenta de que es la primera vez en toda su vida que le dan a probar el sabor de su propio orgasmo.

—Habrá que hacer algo con esto, Dean.

Esto es una erección que a Sam casi no le cabe en la mano y, en lo que tarda en barajar opciones, Dean le cambia el sitio, le da la vuelta y le hace apoyarse contra la pared, salvaguardando el retrete. Siente cómo Dean le baja los pantalones con urgencia, mientras le sube un ardor por la garganta que le agita la nuez. Oye su cremallera abrirse con prisa y decide soltarle un entrecortado ¿Vas a follarme? que empieza como pregunta y acaba sonando como una orden. Dean no contesta de inmediato y Sam siente cómo se restriega contra él, mojado, rígido, caliente, con una fricción que le abrasa la piel, hasta que le escucha decir un estoy demasiado cachondo y sería un polvo decepcionante.

Dean se desliza arriba y abajo, mientras le aprieta los cachetes del culo con ambas manos, como si pensara exprimirse la polla hasta hacerse zumo sobre él.

Sam se empalma de nuevo sólo con imaginar cómo sería, oh,Dios,Dean,cómosería tenerle dentro. Muy dentro, moviéndose, frotándose, empujando, embistiendo, chocando contra él.

—Fóllame sólo un poco, Dean, antes de que te corras.

Sam suena sobrenaturalmente caprichoso y su exigencia atraviesa a Dean como una bala.

Follárselo sólo un poco no parece posible. Nadie dice me follé a mi hermano sólo un poco. Bueno. Nadie dice me follé a mi hermano, a menos que estés en Juego de Tronos. Pero Sam empieza a masturbarse como si quisiera convertir el acto en una nueva filosofía y, por cómo le provoca y se empuja contra él, Dean decide probar a follárselo. Dado lo cachondo que está, tal vez pueda cumplir con lo de sólo un poco.

Hay más intentos al aire que embestidas cuando Dean logra enterrarse en él. Repite como un mantra avisa si te duele, que intercala con un ¿Estás bien, Sam? porque no puede hacérselo más suave, ni más despacio, ni con más miedo. Hasta que Sam oye algo distinto, algo como un hostia puta, Sammy, córrete de unamalditavez que arrulla con jadeos y Sam le obedece porque tampoco aguanta más, mientras Dean se corre y se corre y juraría que se corre más tiempo del que follan.

Lo que viene después del polvo, cuando Sam se da la vuelta y le mira, es Dean. Dean medio desnudo, medio vestido, medio muerto, medio empalmado, jadeando y goteando. Dean nervioso. Dean aterrado. Dean temblando y sudando. Dean con seis capas de palidez en la cara. Dean con el verde de los ojos quebrado. Dean con la voz atrincherada.

—¿Qué pasa, Dean?

A Dean esa pregunta le suena como si Hannibal Lecter hubiera decidido que lo quiere poco hecho para cenar.

 

No pensaba que nuestro primer polvo sería en el puto baño de un bar, Sammy. Ha surgido aquí, pero quería algo mejor para ti. Te lo juro.

Y sin jurar. Pero decirle eso es decir demasiadas cosas. Y derribar demasiadas paredes tras las que se esconde a diario.

Esa noche, los tabiques de sus paredes están compuestos de excusas muy gruesas. Mucho tequila, el presunto control de su mente por parte de Marisol, la pelea, Sam en plan sobón, más de cinco pueblos en los que no cae ninguna camarera, más de una semana sin cascarse una paja, que le quiere a rabiar, joder

—Verás, Sam…

La voz de Dean es una cuerda a punto de romperse. Se le hunden las palabras en el pecho y hasta el pecho al hablar.

—Yo…

Dean pronuncia ese pronombre como si hubiera que fusilarlo porque le suena demasiado personal.

Y qué si se lo dice. Y qué si le cuenta que no ha sido manipulado por Marisol, ni es por culpa del tequila, ni por cualquier otra excusa. Y qué si se pone a derribar paredes. Lo cierto es que se está agobiando y podría derribarlas de verdad. No consigue subirse la cremallera y está sudando más que cuando han follado. 

—No tenemos por qué hablarlo. Ni repetirlo. Lo entiendo, Dean. Una chica controlando nuestras mentes, demasiadas margaritas, cosas que te he dicho y te han confundido. Podía pasar y ha pasado. Un calentón. Un polvo. Ya está.

Sólo que a Dean se le rompe el alma al escucharle, igual que a Sam al decirlo y, sin saberlo el uno del otro, les cambia hasta la voz por dentro.

Dean piensa no quiero que sea sólo un polvo y ya está, cuando nota la mano de Sam apretando un poco su hombro, con una decepción muda que le traspasa hasta los huesos.

Sam piensa me gustaría que fuera más que sólo un polvo y ya está, cuando aprieta un poco el hombro de Dean, mientras una decepción muda le desgarra por dentro.

Sam abre la puerta de la cabina y todas esas millas que antes se han plegado y retorcido dentro empiezan a extenderse, recuperando su distancia original.

—Veamos si ya han terminado de pegarse y podemos volver al motel.

A los dos les da absolutamente igual. Han huido de una pelea para matarse entre ellos. Al salir del baño, sólo serán dos fantasmas vagando por un cementerio.

CuquiWinchis: Muak

Muak. Primer fanart de la colección CuquiWinchis , una serie de ilustraciones tiernas, con líneas suaves y redonditas, colores pastel y muc...